19 Neal A las afueras de Tokio 28 días para el solsticio de verano #2
Nos enredamos en un beso largo, en caricias ávidas que me hacen perder roce a roce la cabeza. Le beso el cuello y le meto las manos por debajo de la camiseta.
Era cierto que no llevaba sujetador.
Soy tremendamente egoísta cuando le rodeo el pecho con las manos y deslizo los pulgares por sus pezones, pero ella no debe darse cuenta, porque se aparta de mí para echar la cabeza hacia atrás y emitir un gemido muy suave que se me clava en el pecho y acciona algo oscuro en mí.
—Joder… —murmuro, un segundo antes de que Kiera ahogue mi voz con un beso que me deja sin aliento.
Desciende las manos por mi pecho y he de soltarla cuando me agarra del borde de la camisa y tira de ella.
La forma en la que me mira me inflaría el ego si yo no estuviera mirándola igual, completamente perdido en esos labios hinchados, en los ojos anhelantes, en ese cuerpo que se mueve de forma sutil sobre el mío, apenas un roce comparado con lo que quiero hacerle.
Por Dios…
La beso en el instante en que sus manos bajan hasta la cinturilla del pantalón de chándal y en cuanto recorre con los dedos la dureza de lo que me ha provocado detengo el beso, la agarro de la cintura y le doy la vuelta para tumbarla sobre las mantas.
Kiera deja escapar un grito ahogado y yo me llevo un dedo a los labios.
No debería encenderme tanto el rubor que se extiende por sus mejillas, pero aquí estoy, frente a ella, con una rodilla entre sus piernas, un brazo a cada lado de la cabeza e intenciones tan malas que no sé ni por dónde empezar.
La agarro del mentón y la beso casi con desesperación. Kiera me rodea el cuello con las manos, las desliza por mis hombros y tira de mí al tiempo que mueve las caderas para acomodarme y la presión me hace perder un poco la cabeza.
Le meto la mano bajo la camiseta y al deslizarle de nuevo el pulgar sobre el pezón Kiera emite un ruidito que me hace desear repetirlo enseguida, pero en lugar de eso me aparto y disfruto de la forma en la que me mira, a punto de rogarme que vuelva a ella.
Sonrío sin poder evitarlo y le agarro la cintura, tan estrecha entre mis manos, antes de subirle la camiseta muy despacio, por si aún quisiera frenar esto.
—¿Sigo? —pregunto, en voz baja.
—Neal… —protesta, y mueve las caderas buscando de nuevo mi contacto.
Me trago una risa que suena demasiado ronca y entonces, cuando estoy a punto de quitarle la camiseta, Kiera apoya una mano sobre las mías.
—No tengo condón.
—Oh. —Me cuesta un rato procesarlo—. No me preocupa.
Kiera arquea las cejas y tengo que volver a ahogar una risa.
—Quiero hacerte muchas cosas. Empezaré por las que no requieren condón.
Me gusta verla así. Me gusta esa reacción, la forma en la que se encoge un poco y se mueve debajo de mí, expectante y, por una vez, sin palabras.
Estoy preparado para quitarle la camiseta, bajarle los pantalones y provocarla hasta que no pueda más, se retuerza entre mis manos y ruegue usando mi nombre.
Para lo que no estoy listo es para sus dedos tanteando sobre la cinturilla de mis pantalones y deslizándose después dentro, hasta agarrármela.
Inspiro con fuerza.
Kiera sonríe y vuelve a mover los dedos ejerciendo una presión deliciosa.
—Para —le advierto, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Deja que me concentre en ti.
A ella se le escapa una risa que me hace querer comérmela enterita.
Dios mío… Esta mujer va a ser mi perdición.
—¿No me digas que el solícito soldado Kellum no sabe hacer dos cosas al mismo tiempo?
— Capitán Kellum para ti —le digo, contra los labios, con un aplomo que se esfuma en cuanto vuelve a deslizar la mano abajo y arriba, en una caricia meditada y certera que me hace besarla con fervor.
Supongo que no me apetece sacar el tema de la comandancia ahora. De todas formas, ¿cuántas misiones hice en el cargo antes de huir del Palacio Imperial?
Kiera gime contra mi boca sin detenerse y yo pierdo la razón. Devoro sus labios y bajo después por su cuello antes de quitarle la camiseta, pero en cuanto lo hago advierto que tiene un golpe en el hombro y me detengo.
—¿Qué te ha pasado ahí?
—Nada —asegura, con rapidez—. Ya no duele.
No se mueve como si le doliera, así que debo creerla, y para cuando bajo los ojos hasta el tatuaje que le bordea el pecho izquierdo, ella vuelve a tocarme.
Me inclino sobre su cuerpo y le lamo el pezón. Pierdo completamente el rumbo y no sé ni qué estoy haciendo cuando de pronto comprendo que si sigue así voy a correrme.
Busco toda la fuerza de voluntad que me queda, le agarro la muñeca y le sujeto las manos por encima de la cabeza antes de ordenar, con firmeza:
—Estate quieta.
Esta vez no se ríe y esa mirada oscurecida por el deseo me gusta aún más.
No le doy tiempo a rebelarse. Le agarro la cinturilla de los pantalones y tiro de ella.
—Levanta el culo.
Kiera obedece, le quito los pantalones y antes de que pueda decir nada hundo los dedos bajo su ropa interior.
Se muerde los labios, echa la cabeza hacia atrás y a mí me encanta que reaccione así a una sola caricia.
Ahora me toca a mí hacer que pierda el control.
—Creo que Kai tiene condones —jadea y siento cómo se revuelve un poco para levantarse.
Le apoyo una mano en el hombro ileso y la devuelvo al suelo.
—Quieta.
—Es que te quiero dentro. Ahora —murmura y esa cadencia necesitada está a punto de convencerme.
Pero no cedo al impulso.
Hundo un dedo en su interior y Kiera ahoga una maldición.
—¿Así?
—No, ni por asomo… —protesta y sé que va a insistir cuando le meto un segundo dedo—. Neal…
Se retuerce entre mis manos y yo me siento tan indecente como para ir a pedirle ese condón a Kai yo mismo.
Pero no lo hago.
Empiezo a trazar círculos con el pulgar mientras sigo dentro de ella y Kiera mueve las caderas contra mi mano, incapaz de contenerse.
Sigo tocándola, disfrutando de la forma en la que se arquea contra mí y se muerde el labio inferior para ahogar un gemido que no se puede disimular y, entonces, cuando tampoco yo aguanto más le saco los dedos.
Ella echa la cabeza hacia atrás, jadeante, pero no he terminado. Le agarro las bragas del borde y se las bajo por los muslos mientras le acaricio la piel. Se las saco por los tobillos, las aparto a un lado y vuelvo a recorrer con mis manos el mismo camino a la inversa.
Cómo me gustan estas piernas.
Le agarro una rodilla, se la doblo ante su atenta mirada y me inclino sobre ella para devorarla.
Oigo algo que suena como una maldición y un ruego y apenas he empezado cuando siento cómo se tensa bajo mis manos y he de bajar el ritmo.
Me aparto lo suficiente para mirarla a los ojos y ver en los suyos que está completamente rendida.
—Aguántame un poco más —le ordeno.
Kiera suelta un quejido.
Y entonces la provoco. Me deleito con la forma en la que alza las caderas, tensa los muslos que tengo entre las manos o gime, y cuando enreda los dedos en mi pelo yo ya he aprendido cómo le gusta.
—Neal, por favor… —suplica, y la forma en la que me tira con suavidad del pelo me enciende tanto que no me reconozco.
Lamo con lentitud y le doy un mordisco muy suave y meditado que hace que se retuerza bajo mi cuerpo y cuando sé que ha llegado al límite, sigo hasta que noto cómo se corre.
—Neal… —murmura entre gemidos.
Y yo me adapto al ritmo más suave que exige su respiración agitada, los quejidos entrecortados y esos músculos que se quedan blandos.
Cuando me incorporo, me paso el pulgar por los labios y la admiro detenidamente: el pelo castaño desparramado por la almohada, un reflejo de la luz suave de la habitación en el brillo de sus ojos azules oscurecidos por el deseo, los pómulos encendidos, los labios que me muero por volver a besar rojos e hinchados…
Se incorpora sobre los codos con una sonrisa entre vacilante y divertida. Dejo que me alcance, deslice la mano por mis pantalones y me la agarre con suavidad, pero apenas una caricia después vuelvo a inclinarme sobre ella y la empujo hasta que acaba de espaldas, desorientada y jadeante todavía.
—Te he pedido que aguantaras —le digo, usando un tono que sé que en otro contexto la cabrearía—. No he terminado contigo.
Esta vez no hay caricias tentativas. Deslizo el dedo corazón y el anular en su interior y suelta una palabrota que me hace reír.
Se resiste un poco, todavía sensible, pero pronto el deseo vuelve a adueñarse de ella, que tira de mis hombros, me enreda los dedos en el pelo y vuelve a agarrármela haciendo que sea muy difícil mantener el control.
Cuando noto cómo se le acelera el pulso, su respiración se vuelve más jadeante y siento el temblor de sus piernas, yo ya estoy al límite.
Me inclino sobre ella, a un palmo de sus labios.
—¿Puedo correrme encima de ti?
Kiera me mira de tal manera que estoy a punto de hacerlo.
Joder.
—Puedes correrte donde quieras —jadea y suelta un quejido que me trago en un beso profundo, poco meditado y torpe que, sin embargo, le gusta tanto como para hacer que se precipite al abismo una segunda vez.
Es todo cuanto necesito para abandonarme al placer también y me corro encima de ella.
Me desplomo, exhausto, feliz y un poco incrédulo mientras la sangre me vuelve a la cabeza y soy consciente de cuánto he perdido la razón y de cuánto más podría hacerlo.
Me levanto para buscar algo con lo que limpiarnos, pero no la dejo sola mucho tiempo.
Me recuesto a su lado, con la cabeza apoyada en el brazo, y la miro mientras se estira cuan larga es, dobla la rodilla y levanta esa pierna que pienso ponerme en los hombros la próxima vez.
Kiera me devuelve la mirada sin decir nada y mis ojos vuelan al tatuaje que antes no he podido apreciar, a esa ramita de lavanda que le rodea el pecho izquierdo, delicada y sutil, antes de que mis dedos recorran el mismo camino.
Noto cómo se le eriza el vello ante mi tacto.
—Kiera Amell sin palabras —susurro—. ¿Me lo tomo como un cumplido?
Ella suelta una risa suave, que suena limpia y dichosa, y siento que podría morir feliz ahora mismo.
—No ha sido como había imaginado.
Arqueo una ceja. No dejo de rozarle la piel.