Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 19 Neal A las afueras de Tokio 28 días para el solsticio de verano
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19 Neal A las afueras de Tokio 28 días para el solsticio de verano

L as últimas luces de la noche se han suavizado, y ahora a través del papel opaco de los fusuma solo se advierte el resplandor dorado que ha de perdurar hasta el amanecer para que las anomalías no nos destrocen.

A pesar del agotamiento soy incapaz de dormir. Por eso advierto la sombra que se desliza en la noche, un paso silencioso tras otro, a través del corredor iluminado que bordea toda la casa… hasta que unos dedos gráciles retiran la puerta y la sombra se desliza en el interior del cuarto.

Aguardo sin moverme. A pesar de estar en un lugar desconocido, durmiendo pared con pared con un asesino, no me preocupa porque sé perfectamente quién es.

Por eso espero a que cierre la puerta y se acerque, y la siento caminar muy despacio. Debe de estar descalza porque apenas oigo sus movimientos livianos rodeando el futón y aproximándose a mí por la espalda. Si no hubiera estado despierto tal vez lo habría conseguido. Qué mala suerte para ella.

Procuro no alterar mi respiración y continuar con bocanadas superficiales y tranquilas hasta que noto algo cerniéndose sobre mí y, entonces, me giro con brusquedad y alargo la mano a tiempo de cazar la suya antes de que me toque.

Kiera me taladra con sus ojos azules iluminados por la sorpresa, como si de verdad hubiera esperado tomarme desprevenido. Durante un largo segundo nos sostenemos la mirada a un palmo de distancia y entonces, cuando siento resistencia en su muñeca, tiro de ella con fuerza.

Soy tan brusco que no le doy una oportunidad.

La agarro, deslizo el brazo tras su cintura y la coloco sobre mi regazo.

La forma en la que me mira, entre combativa y molesta, me hace sonreír, y eso la irrita aún más.

Bien. Se lo merece.

—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunto y la voz me sale ronca.

Kiera lleva el pelo cobrizo suelto. Le cae sobre los hombros, brillante y liso, y un poco húmedo en las puntas. Debe de haberse dado un baño después de la sesión ritual. Sus ojos vuelan de los míos a algún lugar por encima de mi hombro y no entiendo qué busca.

—Necesitaba hablar —responde; también a ella le sale la voz un poco grave y carraspea.

—Para hablar es necesario que las dos partes estén conscientes —replico, sin mudar mi expresión—. Y tú te estabas esforzando mucho por no despertarme.

Kiera se muerde el labio inferior, contrariada. Aunque siga enfadado y sepa que miente, me lo está poniendo muy difícil para no echarme a reír.

—¿Y bien? —insisto, solo para ponerla aún más nerviosa.

Kiera suspira y hace amago de levantarse, pero yo hago más fuerza en su muñeca y le apoyo una mano en la cadera, provocando una mirada incendiaria.

—¿Dejas que me siente bien?

—Yo te veo muy bien sentada —replico—. Y yo estoy bastante cómodo así.

Mentira. Kiera se está moviendo en mi regazo de una forma que me está despertando en todos los sentidos, pero aún no se ha dado cuenta y, además, resulta que me encanta la forma en la que me mira.

Deja escapar un sonoro resoplido, sus hombros se hunden un poco, como si se hubiera rendido, y de pronto siento todo su peso sobre mí y sus caderas encajando sobre las mías.

Mierda.

—Quería ver cómo estaba la cicatriz —reconoce, de pronto, y cuando sus ojos vuelven a escudriñar por encima de mi hombro su mirada toma otro significado.

—Podrías habérmelo preguntado.

Kiera traga saliva de forma visible.

Le veo pelearse con las palabras y las posibilidades, y aunque intento mantenerme firme, al final, no lo soporto.

Giro un poco el rostro, concediéndole acceso, y dejo que vea el lugar de la cicatriz de la operación.

Sus ojos azules se abren de pronto, se le dilatan las pupilas y se echa adelante.

Siento el roce de sus dedos contra la piel y el pelo rapado que ya ha comenzado a crecer alrededor. Aún está sensible y su tacto, aunque es suave como la caricia de una pluma, resulta ligeramente doloroso.

Por el rabillo del ojo le veo inspeccionarla con ojo clínico, que enseguida se transforma en algo diferente.

—¿Secuelas? —pregunta, con voz ahogada.

—Sí —respondo.

Kiera ahoga una exclamación.

—¿Cuáles? —murmura, apenas sin voz.

—Molestas visitas nocturnas para mirarme mientras duermo.

Tarda un rato en entender que bromeo, y cuando lo hace la tensión le abandona el cuerpo y está a punto de pegarme, pero al final baja la mano y la deja sobre su regazo.

Bien, porque no sé cómo habría reaccionado mi cuerpo si la hubiera dejado sobre el mío.

—Estoy bien. Tuve dolores de cabeza un tiempo y me encontraba débil al principio, pero salvo cansancio y algunas agujetas por haberme pasado días en cama… Estoy perfectamente. También se me han curado las costillas.

Cierra los ojos unos segundos.

—Es un alivio… —susurra y echa un vistazo a su espalda—. Debería irme. Mañana tendremos que tomar decisiones importantes y es mejor que ambos intentemos dormir algo si queremos…

Antes de que pueda levantarse, rodeo su cadera y le subo la mano por la espalda.

—Quédate —le ruego—. Tú has hecho tus preguntas, ahora me toca a mí.

—Neal…

—Kiera —respondo, y vuelvo a bajar la mano por su espalda para deslizarla bajo la camiseta.

Necesito sentir su piel.

Ella contiene el aliento, pero no se aparta, no me pide que pare y yo prolongo la caricia disfrutando del calor que desprende.

—¿Cómo estás tú? —inquiero, en apenas un susurro, y ella parece sorprendida, pero yo no he tenido que pensar mucho lo que quería saber.

—Bien —contesta, distraída. No es capaz de sostenerme la mirada, y me doy cuenta de que está pendiente de mis dedos, pero yo me porto bien y mantengo inocente la caricia.

—Sé que puedes andar perfectamente —le digo, eligiendo las palabras con mucho cuidado—. Sé también que no te cuesta respirar. ¿No tienes secuelas? ¿No notas nada ?

Mueve la cabeza despacio.

—Salí de ese cuarto oscuro sin un solo rasguño —confiesa.

Asiento y al subir la mano por su espalda me doy cuenta de que no lleva sujetador. La miro a los ojos y de alguna forma creo que es consciente de lo que estoy pensando, porque veo un rubor levísimo en sus mejillas.

—Una respuesta sincera a cambio de otra, ¿no? —tantea, para mi sorpresa.

No me lo pienso.

—Sí.

Noto a través de los dedos cómo deja de respirar.

—¿Por qué apagaste la luz?

Siento la urgencia en sus ojos azules y el miedo en la garganta y en la línea apretada de sus labios, y sé que no debo dilatar la respuesta.

Intento no dar margen a la duda y que no pueda cuestionar mi sinceridad.

—Porque en tu primera misión en los túneles sobreviviste a un encuentro con anomalías; porque cuando Linus Edwards te disparó a un par de metros de distancia no te atravesó bala alguna, pero tu piel sí reaccionó como si algo la hubiera alcanzado; porque el día que llegamos a Palacio y tuviste que cruzar un túnel oscuro se te curaron todas las heridas de pronto; porque Aya y Mitsuki me acababan de enseñar cómo había quedado el Scorpion V en el que te estrellaste.

Siento cómo inspira con fuerza.

—¿Y?

Quiere oírmelo decir.

—Y pensé que la oscuridad tiene algo que te protege.

—Podrías haber muerto —me dice, con voz rota.

—De no haberlo intentado tu muerte habría sido una certeza, no una posibilidad —replico, sin dudar, y aguardo unos segundos en los que no aparta los ojos de los míos—. Una respuesta sincera por otra. ¿Por qué no me pediste tú misma que te llevara a un lugar oscuro para salvarte?

Kiera abre tanto los ojos que resulta imposible pensar que finge su respuesta.

—Porque no sabía lo que pasaría.

—¿De verdad?

—No te miento —replica, con rapidez, y se lleva la mano al pecho—. Igual que tú, me había dado cuenta de todas esas cosas, pero no tenía explicación ni respuestas… ¡Aún no las tengo!

—De acuerdo. —Dejo la palma de la mano abierta sobre su espalda y la acerco más a mí mientras le suelto la muñeca y deslizo la mano libre por su antebrazo y luego más arriba, en una pasada lenta—. Está bien.

—¿Cómo va a estar bien, Neal? Sé lo que parece.

Soy muy consciente de la pinta que tiene esto.

El tema de mi muerte inminente revertida por la oscuridad ya es bastante perturbador, pero lo que no me quito de la cabeza es el disparo de Edwards.

—Se muerde el labio inferior tan fuerte que se le hincha un poco—.

Seguro que tú también te has dado cuenta de que las armas del Skytree tienen un selector: munición real para personas; luz para anomalías.

—Se le salta una lágrima que resbala con rabia por su mejilla—.

Ese día el puto selector me disparó luz, y me hizo daño. ¿Qué mierda significa eso?

Se me parte el alma al verla así y todo el cuerpo me pide que tire de ella, que la estreche con fuerza entre los brazos y le prometa que todo va a ir bien, pero la conozco lo suficiente como para saber que una promesa ingenua y vacía, ahora mismo, me haría perderla de nuevo.

Así que me esfuerzo por no moverme, apretar la mandíbula y contestar con honestidad:

—No lo sé, pero te decía la verdad cuando te juré que no me importa.

Cualquier cosa que te traiga de vuelta a mí cuando no queda más esperanza es un regalo —le aseguro, con rotundidad, y le poso una mano en la mejilla al ver que cierra los ojos—.

Kiera, estamos vivos y me importa una mierda si es gracias a los kami, a la suerte o a las putas anomalías.

De pronto me besa.

Es tan repentino que me mueve un poco hacia atrás y estoy a punto de caer. Tengo que apoyarme en el suelo, pero en cuanto recupero el equilibrio vuelvo a rodearle la nuca con la mano para mantenerla presa contra mis labios.

No pienso dejarla ir ahora.

Kiera desliza los brazos por mi cuello, se deja caer contra mí en un arrebato y yo la estrecho con fuerza mientras un beso torpe e improvisado se convierte en algo más meditado.

Me muerde el labio inferior y antes de que pueda reaccionar siento su lengua recorriéndolo con suavidad, pidiendo entrar.

No hay tregua.

Tiro hacia atrás de su pelo y me trago un gemido de sus labios cuando profundizo el beso y sé, por cómo mueve las caderas, lo mucho que esto le gusta.