18 Markel A las afueras de Tokio 31 días para el solsticio de verano #2
—¿Es que te cuesta decidirte, capitán Kellum?
—lo provoca entonces Kai. No deben saber que, en realidad, ha sido ascendido a comandante…
aunque si está aquí quizá signifique que ha renunciado al cargo—.
¿Qué más necesitas saber? ¿Quieres que te diga si volvería a matar a algún inocente por mi hermano…
a alguno de los vuestros ? Creo que ya sabes la respuesta.
—¡Kai, cierra la puta boca! —exclama Kiera, y acto seguido se vuelve hacia Neal—. Y tú, baja eso. Solo te está provocando para ver si disparas.
—Quizá se sorprenda con el resultado —opina Neal, que no flaquea con el arma en alto.
Me entran ganas de vomitar.
Kai enarca las cejas. No se asusta ni un poquito y yo me pregunto si es fachada o si realmente está tan seguro de que diga lo que diga Neal no apretará el gatillo.
O, tal vez, tal vez no le importe que lo haga…
Kai abre la boca, pero no llega a responder.
—¡Cállate! —escupe Kiera—. Neal no te va a disparar, pero lo estás cabreando y eso solo hará las cosas más complicadas.
—No voy a disparar —le asegura Neal, con un tono cortante—. Pero sí puedo detenerlo y hacer que la Emperatriz vuelva a encerrarlo.
—¿Crees que podrías pararme sin disparar una bala? —lo interroga Kai, encantado—. ¿Podrías hacerlo antes de que le partiera el cuello?
Hace un gesto hacia Kiera, que es la que más cerca tiene, y se me hiela la sangre.
Eso provoca algo: en Akane, que inspira con fuerza a pesar de que intenta parecer imperturbable; en Neal, que flexiona los nudillos alrededor de su arma; y en Kiera, que aprieta la mandíbula.
No le dice nada. Esta vez no.
En su lugar, echa a andar hacia Neal, salva rápido la distancia que los separa y apoya una mano sobre el cañón del arma.
Me doy cuenta de que Kellum traga saliva, incómodo, cuando ve a Kiera en la trayectoria de una bala. Acaba bajando lentamente el brazo.
—Basta ya. —Hay algo denso entre los dos cuando posa una mano sobre la del soldado y ambos se miran a los ojos hasta que aparta el arma—.
Nadie te ha pedido que vinieras. Si estás aquí es porque estás de acuerdo con lo que queremos hacer, y si eso no encaja con tu moralidad sabes dónde está la puerta.
Los dos se sostienen la mirada sin que ninguno vacile.
Neal no dice nada. No pide disculpas. No hace promesas.
Pero guarda el arma.
Kiera suelta el aire que había estado conteniendo y regresa junto a Kai. Esta vez, se sienta aún más cerca y al hacerlo le da un fuerte codazo en las costillas.
—No seas idiota —masculla, entre dientes.
—Es que se pone tan mono cuando te amenazan…
Kai mira a Neal y este se abstiene de responder antes de sentarse.
—Kellum-sama —lo llama Akane, con dulzura, y le tiende la mano—. El arma.
Él duda, pero acaba entregándosela.
Tratándose de esos dos, sin embargo, no me extrañaría que se mataran con sus propias manos.
Miro a Kai.
Sé que él sería perfectamente capaz, pero algo me dice que ni siquiera se defendería.
Y me pregunto por qué.
Akane termina con el ritual como puede, sin el vapor sofocante que sale del quemador, sin que Neal cierre los ojos mientras recita sus plegarias…
No hay despedidas cuando cada uno se marcha por su lado, camino de sus aposentos a través de las pasarelas iluminadas en la noche.
Yo los veo marchar a todos sin saber bien qué hacer. Me obligo a moverme hasta mi puerta pero no la cruzo. Me quedo ahí plantado, en la pasarela exterior, observando la puerta de Kai al otro lado del patio.
Un árbol, un arce japonés, crece en el centro. La brisa nocturna agita sus ramas frondosas y le arranca un susurro a las hojas que en esta época del año son verdes.
La luz del dormitorio de Kai es un destello dorado tras los paneles de papel.
Y no me lo pienso mucho. Procuro no hacerlo porque, de lo contrario, no avanzaría más de dos pasos.
Recorro la pasarela y no llamo antes de descorrer el fusuma.
Kai se gira hacia mí sobresaltado y se agacha un poco para agarrar la katana que descansaba en una mesita baja.
Estaba desnudándose. Es evidente por la túnica suelta del kimono, la tela cayendo de sus fuertes hombros y el pecho descubierto hasta el estómago.
Trago saliva.
Paso dentro y cierro la puerta a mi espalda.
Kai deja la katana donde estaba y se yergue muy despacio. No se acomoda la ropa. La deja así, sin pudor. Alza el mentón y me contempla con curiosidad, sin una palabra, esperando que sea yo quien hable.
Tardo un rato en encontrar el valor.
—¿Cómo te dio un infarto?
Enarca mucho las cejas, como si no se hubiera esperado esa pregunta, como si no fuera siquiera digna de ser realizada.
—No lo sé, Markel. No soy médico.
Aprieto los nudillos.
—Kiera ha dicho que has dejado el amai doku . ¿Es verdad?
Ladea la cabeza y me contempla unos segundos que se me hacen muy largos aquí a solas con él.
—Me lo ha quitado ella. Me ha obligado.
—A ti no se te puede obligar a nada.
Kai sonríe de medio lado y me da la espalda para deshacerse del kimono con movimientos elegantes y despreocupados y quedarse solo con los pantalones hakama.
Así de espaldas tengo un vistazo perfecto de sus tatuajes, de la máscara mengu gigantesca entre las nubes que bajan más allá de la cinturilla de sus pantalones, hasta que se gira y sobre la piel dorada de su torso veo las líneas negras que trazan un tigre imponente entre peonías.
Sobre ese corazón que ahora sé que se ha parado, la palabra luz : Hikari.
Los tatuajes de ambos brazos se ven interrumpidos por las vendas.
—¿Qué haces aquí, Markel? —pregunta, con cierto deje cansado.
—He venido a ayudar.
Kai vuelve a sonreír. No parece una sonrisa de verdad. No como las que le he visto esbozar alguna vez, antes de que todo esto estallara.
O quizá tampoco aquellas sonrisas fueran de verdad.
Me lo he preguntado mucho durante estos días; si se acercó a mí para matar a Anna, si todo lo que hizo fue parte de una actuación… Nunca llego a una conclusión, porque el pecho me duele tanto que me obligo a parar antes.
—¿Cómo me vas a ayudar en este cuarto? —inquiere, bajando mucho el tono de voz.
Trago saliva y me preparo para responder con aplomo, porque sé que pretende amedrentarme, pero no me da tiempo.
—Márchate, Markel. Cuando amanezca lárgate de vuelta al Palacio. Aquí no se te ha perdido nada.
Ese tono cortante, el frío azul de sus ojos, me sientan como un puñetazo en el estómago.
Inspiro con fuerza.
—¿Fue todo mentira? —inquiero. Kai ladea la cabeza—. ¿Algo de lo que ocurrió entre los dos fue real o todo lo hiciste para acercarte a Anna?
Entrecierra un poco los ojos y la mirada se le oscurece cuando responde, con voz ronca:
—Todo lo hago siempre por algún motivo, pero algunas de las cosas que te hice a ti las hice muy a gusto. —Baja la mirada por mi cuerpo—. ¿Por qué? ¿Quieres repetir?
Su tono pasa del frío más absoluto al calor de una provocación descarada, pero nada de lo que dice se refleja en esos ojos que parecen tan exhaustos y tristes.
Contengo el aliento.
Debería sentirme ofendido, molesto, dolido… Sin embargo, es algo diferente lo que me acelera el pulso.
—¿A cambio de qué?
No sé de dónde me sale la voz.
Kai arquea mucho las cejas.
—¿Qué quieres decir?
—Todo lo haces por algo, ¿no? ¿Qué querrías para volver a meterte en mi cama?
Kai parpadea dos veces, muy lentamente.
Yo procuro respirar con normalidad, que no note lo nervioso que me pone este farol.
—No juegues conmigo, Markel —ronronea, con voz queda—. Casi siempre gano y, cuando no, no soy buen perdedor.
Se me saca la garganta, pero me obligo a dar un paso adelante.
Kai lo nota. Ve la vacilación en mis pies, la forma en la que contengo la respiración, y algo se enciende en su mirada cuando echa a andar hacia mí, obligándome a detenerme.
Se para a un palmo de distancia, tan cerca que siento el calor que emana de su cuerpo casi desnudo.
—No me provoques. Me he cansado de fingir que soy un buen chico. Y si no sales ya de esta habitación no respondo de mis actos.
Me imagino quedándome, confrontándolo hasta que me diga la verdad: sobre las heridas, sobre su corazón enfermo, sobre nosotros.
Me imagino también que Kai cumple su amenaza y me obliga a seguir con el farol hasta sus últimas consecuencias.
En un rincón de mi mente dejo que se acerque.
Permito que me alce el mentón con los dedos.
Le doy permiso para besarme. En un rincón prohibido tomo más, le pido más.
Y nada me parece suficiente mientras nos desnudamos el uno al otro y Kai me toca con esas palmas rasposas y me trata con la brusquedad que promete y que no debería encenderme tanto.
Pero una parte más sensata, la misma que recuerda lo que le hizo a Anna, me obliga a dar un paso atrás y después otro, para abandonar los aposentos de Kai, que me ve marchar hasta que desaparezco.
Siento sus ojos en mi espalda hasta el final y una parte peligrosa de mí desea que no me deje marchar, que se porte mal.
No lo hace.