Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 18 Markel A las afueras de Tokio 31 días para el solsticio de verano
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18 Markel A las afueras de Tokio 31 días para el solsticio de verano

K ai tose con fuerza y Kiera lo mira sin apartar los ojos de él hasta que el ataque se detiene.

Akane recita plegarias mientras los demás escuchamos, arrodillados frente al quemador del que escapa el vapor constante, caliente y pegajoso que se me mete en los pulmones y hace que tenga la sensación de no estar tomando suficiente aire.

Su zorro negro lo observa todo desde una esquina, sin que dé la impresión de que el calor le afecte en absoluto. Entre el vapor, apenas soy capaz de atisbar sus ojillos brillantes como dos botones.

Nos ha encerrado en una pequeña sala para rituales y solo nos alumbra la luz mínima para no ser todos devorados.

Unos farolillos decorados con kanji adornan las vigas de madera del techo y el vapor es tan intenso que incluso los rostros que tengo a menos de un metro se desdibujan de cuando en cuando.

Kai inspira con brusquedad y se tira del borde del kimono.

—¿Falta mucho? —pregunta Kiera, interrumpiendo las plegarias de Akane.

—Ahora queda más, Amell-san —replica la Bruja, con total tranquilidad.

Kai se echa hacia atrás, hace una mueca que no es capaz de disimular y Kiera, a su lado, lo agarra por los hombros en un gesto que me descoloca.

—No puede aguantar más. Necesita un vaso de agua.

Miro a Kai de hito en hito. Lleva el pelo mal recogido en un moño del que ya han escapado varios mechones que se le pegan a la cara, tiene las mejillas encendidas y los labios un poco hinchados, y la mirada… me tiene enfrente, pero no me mira.

¿Esto se lo hace el mordisco de oni ? ¿O será por el amai doku ?

Akane no responde, sigue murmurando las peticiones a los kami, rogándoles que limpien la impureza de Kai, que liberen de paso a Kiera, que nos protejan a Neal y a mí…

Y entonces Kai se desploma en los brazos de Kiera, que lo deja con suavidad sobre el tatami, pero no se detiene ahí. Se pone de pie con rapidez y corre hacia los fusuma exteriores para dejar que el aire de la noche entre y arrastre el vapor.

La bruma se disipa enseguida, permitiéndome ver mejor sus rostros, y el de Kai, tirado en el suelo. Todavía consciente pero débil.

¿Qué demonios le pasa?

Me fijo mejor en él, en el revoltijo de tela sobre el que ha caído, la túnica oscura del kimono que le sienta tan bien y esos pantalones hakama que le hacen parecer un samurái de otros tiempos. Y entonces, bajo las mangas del kimono que se han levantado un poco, las veo: vendas, en ambos brazos.

Deben de ser mordiscos de oni.

—Kiera… —le advierte Akane.

—Tendrá que ser sin calor. Continúa de otra forma o, si no, no quedará nada que purificar —declara, con solemnidad.

Akane parece meditarlo, pero echa un vistazo a Kai, que respira con dificultad tirado en el tatami, y acaba asintiendo.

—Traeré un poco de agua —cede por fin.

Cuando regresa, han de erguir a Kai entre las dos.

Neal asiste al espectáculo tan callado como yo. No sé si es que no tiene nada que decir o si también está intentando comprender qué pasa.

—Esto no se lo ha hecho el mordisco de un oni —declara entonces la Bruja—. Quiero ver la herida.

Kai tira de las vendas de su brazo izquierdo y revela las marcas de unos dientes que se cierran sobre su antebrazo. Tiene las venas ennegrecidas alrededor, pero la herida parece estar cerrándose.

—Enséñame la otra —pide.

Como si entendiera, el zorro negro de la Bruja se acerca para observar también, con las orejas tensas y la cola de punta blanca meneándose tras él.

Kiera es la primera en abrir la boca, pero no dice nada. Se limita a mirar a Kai con intensidad, hasta que es él quien responde.

—¿Dos por uno, Akane? ¿Desde cuándo eres tan generosa purificando heridas? No te preocupes, la otra no me la hizo un oni .

La Bruja, que se ha arrodillado al otro lado de Kai, lo observa detenidamente. Debe de estar evaluando los ojos enrojecidos y las ojeras, y el cansancio que tira hacia bajo de sus hombros…

—¿Quién te la hizo?

Kiera aparta la mirada y eso me confirma que ocurre algo extraño, y puede que preocupante.

Akane se da cuenta de la reacción de Kiera.

—¿Quién te la hizo, Kai? —insiste.

—Uno de los hombres de Nomura —responde, con pereza, y se baja la manga para cubrirse de nuevo las vendas.

—¿Te hirieron en algún otro sitio? —pregunta—. Antes de que lo digas, no es generosidad, sino puro interés. No podrás ayudar a nadie en tu estado.

—Todavía no puede, pero podrá —declara Kiera y, entonces, toma aire—. Sufrió un paro cardíaco hace apenas dos días.

—¿Qué? —se me escapa.

Kai me mira.

Clava los ojos azules en mí un segundo que se me antoja eterno y vuelvo a odiarme por ser tan transparente cuando se supone que no debería importarme nada.

Estoy aquí por Japón, no por él.

—¿Un paro? —inquiere la Bruja y estrecha los ojos.

Kai bufa, como si la inquietud le pareciera excesiva.

—Por eso está débil —contesta Kiera—. Necesita reposo, pero en unos días…

—¿Cómo sufrió un paro? —la interrumpo yo. Todos me miran esta vez—. ¿Fue por el amai doku ?

Kai se pasa la lengua por el labio inferior con lentitud, pero no parece tener intención de responder.

—¿Es que es un puto yonqui? —pregunta Neal, levantando el tono de voz.

También él lleva un kimono. Tiene el rostro empapado en sudor, como todos, y varias gotitas le caen por el cuello.

En él no hay ni rastro de preocupación, solo un ceño fruncido muy crítico.

—No. No lo es —contesta Kiera con una ferocidad que me sorprende un poco, creo que también al propio Kai—. Ya no. Se está limpiando y está débil, pero en unos días podrá ayudarnos.

—No tenemos días, Kiera. El solsticio es en un mes —replica Neal con brusquedad.

Ambos se sostienen la mirada y es ella quien la acaba apartando para centrarse en Akane.

—Solo necesita tiempo… y que tú lo purifiques. Mientras tanto nos organizaremos, yo ayudaré con los oni . Él me ha estado entrenando.

A Kai se le escapa una carcajada corta y seca cuando lo escucha y Kiera lo fulmina con la mirada.

—Para cuando lo necesitemos de verdad estará recuperado —asegura, ignorando esa risa.

Akane le dedica una ceja arqueada.

—Fresco como una lechuga —responde Kai sin mucho humor.

—Estaba dispuesto a colaborar con él porque necesitamos sus habilidades de matademonios —declara Neal, con dureza—. Pero ahora me entero de que además de ser un asesino de mierda es un yonqui. ¿De qué nos sirve?

—No es un asesino —replica Kiera, con rotundidad—. No quería matar a Anna. Hizo lo que hizo porque no tuvo más remedio.

La sola mención me revuelve el estómago.

Anna…

Puedo imaginar cómo me miraría si supiera que estoy aquí, con él.

No le conté la verdad. No toda, al menos. Le dije que Neal me necesitaba para dar con Kiera y que yo ya no aguantaba más sin hacer nada… y le pedí que cuidara de Hikari.

También pensar en él hace que me pesen un poco más los hombros.

Primero me miró con cierto temor y luego agarró su novela gráfica, hundió el rostro en ella y me aseguró de muy mal humor que le daba completamente igual lo que hiciera.

Seguro que ambos me mirarían ahora de forma parecida.

—Bueno, en realidad, sí que soy un asesino de mierda —interviene entonces Kai, con una sonrisa perezosa—. No maté a Anna, pero he matado a muchos otros inocentes.

—¡Kai! —ladra Kiera, volviéndose con brusquedad hacia él—. ¡Basta ya!

Neal también se mueve y Kiera reacciona al gesto, tensándose, lista para levantarse. ¿Es que cree que va a tener que interponerse físicamente?

Kai no parece dispuesto a moverse siquiera. Se limita a recostarse en el tatami, medio tirado, con las telas del kimono y los hakama revueltos a su alrededor, el cabello despeinado y una sonrisilla amarga en los labios.

—Me encargaron matar a la aviadora —declara.

Tiene la voz un poco pastosa—. Las órdenes me llegaron a través del señor Nomura, pero procedían de Raine Andrews, igual que las recibidas por el soldado aquel que casi se carga a Kiera.

—Hace un gesto y la señala con la cabeza sin dejar de mirar a Neal, al que parece retar con esos ojos que no albergan miedo, no ahora—.

Bajo otras circunstancias podría haber sido al revés perfectamente.

A Kiera no la conocía como a Anna, así que supongo que la historia habría sido muy diferente si el encargo hubiera sido matarla a ella.

Kiera lo mira antes de volverse rápidamente hacia Neal.

—Kai, es suficiente —insiste, mosqueada.

—¡Pero es verdad! —replica él, jovial—. El capitán debe saberlo y tú también, por nuestra relación…

para que sea sincera. —Se lleva la mano al pecho y finge un mohín con los labios—.

Tuve tantos reparos con Anna porque tenía un pasado con ella.

Si me hubieran encargado matar a un soldado del Skytree cualquiera…

te habría atravesado el pecho con mi katana sin dudar.

O quizá ni siquiera me habría asegurado de hacerlo rápido. Te habría rajado la garganta y…

Clic.

Todo ocurre a la vez y tan deprisa que tardo un rato en procesarlo.

Neal se levanta con brusquedad y lo hace con su arma desenfundada y apuntado a Kai.

Kiera se pone en pie también y alza las manos como si así pudiera frenarlo.

Y Kai… Kai se echa a reír.

Yo me quedo donde estoy, sin saber qué hacer, hasta que Kai se serena y le dice a Neal:

—¿Tienes ganas de apretar el gatillo?

—No me tientes, Inoue.

—Creía que había dicho que las armas se quedaban fuera de la sala de ritos —interviene Akane, con la voz templada pero severa.

También ella se ha puesto en pie y observa a Neal con prudencia.

—¿Con un asesino suelto por aquí? Discúlpame, Akane, pero la seguridad va antes que el respeto por los kami.

La Bruja no responde. Se limita a observarlo con gravedad, claramente molesta.