Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 17 Kiera A las afueras de Tokio 31 días para el solsticio de verano
28%

17 Kiera A las afueras de Tokio 31 días para el solsticio de verano

N o sé dónde estoy.

Corro a través de las pasarelas del recinto y entro en la construcción principal por uno de los fusuma abiertos que dan al jardín, pero la habitación es sencilla y demasiado minimalista para albergar espacio alguno en el que ocultarse.

Y todo mi cuerpo clama:

Huye, huye, huye…

Así que eso es lo que hago: correr, correr hasta que me arden los pulmones, hasta que empiezo a oír los pesados pasos de unas botas a mi espalda y sé que Neal me ha alcanzado.

Acabo en una sala extraña y hermosa.

La quietud, los kanji que cubren las paredes, los faroles que cuelgan de las vigas y en el centro de un estanque una visión compleja: un árbol que arde… No, que brilla . Un Árbol de Raij ū .

Se trata de un cerezo de tronco y ramas retorcidos cuyos pétalos rosados cubren casi por entero la superficie del estanque redondo, así como las tablas de madera que lo bordean.

Sobre él, en contraste con los pétalos brillantes, una abertura en el tejado deja entrar la luz y los elementos, y de los bordes cuelgan ramilletes de glicinas de diferentes tonos violáceos que no sé de dónde salen.

Sin tiempo, entro en el cuarto y estoy a punto de seguir abriendo paneles para escapar cuando una voz grave lo interrumpe todo.

—Deja de huir, Kiera.

Me quedo congelada porque una parte de mí estaba convencida de que jamás volvería a escuchar esa voz.

Me giro hacia él y me preparo para el impacto, pero incluso así no estoy lista.

El amplio pecho que se mueve arriba y abajo con una respiración entrecortada, los hombros fuertes, la esbelta figura, la ropa táctica: pantalones cargo llenos de bolsillos en los que debe de haber muchas armas, botas militares y una camiseta de manga corta, blanca y ajustada que no debería sentarle así de bien a nadie.

El mentón firme, los pómulos altos, la nariz recta y bonita… Y los ojos, verdes y dorados en el centro, me contemplan con una gravedad que no sé interpretar.

Parece furioso.

Y entonces da un paso adelante con decisión y todo mi cuerpo reacciona solo. Me echo atrás, empiezo a rodear el árbol sagrado. Neal frunce aún más ese ceño y su gesto se endurece cuando se queda quieto y me contempla como si fuera algo extraño e impredecible.

Me da tanto miedo lo que pueda salir de esa boca que me muero por besar que me adelanto.

—Has despertado.

Neal parpadea y me observa unos segundos con cuidado.

—Estoy bien —confirma. Da un paso adelante, yo doy otro atrás y él esboza una mueca de fastidio—. Parece que tú también estás bastante entera —añade, con intención.

Contengo el aliento ante el tono un poco frío.

—Te lo debo a ti —me obligo a decir, aunque la voz me sale como un hilo muy fino.

Neal empieza a rodear el Árbol de Raij ū en mi dirección y yo doy pasos cortos en la otra, muy pendiente de cada gesto suyo, que podría engañarme, cambiar de rumbo y atraparme en cualquier momento.

Se da cuenta de que estoy tensa y esboza una sonrisa demasiado débil que no le llega a los ojos.

—Tienes una deuda bastante importante conmigo y, aun así, cuando me ves escapas de mí. No una, sino dos veces.

Esta vez, el tono hace que la temperatura baje un par de grados.

Qué guapo es. Incluso cabreado, con ese gesto duro y la mandíbula tensa, es absurdamente atractivo.

Neal sigue caminando en círculos. Como en el juego del gato y el ratón, mido cada zancada hacia atrás, muy pendiente de no adelantarme y cederle una ventaja que, sin duda, aprovechará.

—¿Para qué has venido, Neal? —inquiero.

La pregunta debe de sorprenderle tanto que se detiene en seco y yo he de parar también. Suelta una carcajada seca y áspera, sacude la cabeza y se pasa una mano por el pelo rubio, que se le ha despeinado por la carrera.

—¿Tú qué crees? —pregunta, con dureza.

Da otro paso hacia mí. Yo retrocedo.

Su imagen, poderosa, viva, danza durante un instante con el recuerdo de su cuerpo postrado en esa cama de hospital.

Recuerdo el dolor.

Recuerdo su rostro lleno de lágrimas y el tormento de su alma a través de sus ojos.

Recuerdo el sonido de los balazos cuando decidió apagar una a una todas las luces.

¿Sabía lo que hacía? ¿O solo quiso morir conmigo?

Siento una mano oscura, hecha de sombras y espinas, cerrándose en torno a mi garganta y oprimiendo con tanta fuerza que me cuesta respirar.

—¿Lo recuerdas?

Neal entiende enseguida a qué me refiero.

Asiente levemente mientras sus ojos me contemplan y me recorren de arriba abajo con descaro.

—Hasta el último segundo.

La inquietud se enrosca en mis costillas y el miedo se abre paso a bocados hasta que siento que me tiemblan un poco las piernas.

—¿Querías salvarme o pretendías…?

Se me quiebra la voz.

—¿Matarme? —Arquea una ceja más oscura que su cabello.

En su expresión no queda nada amable. Se parece tanto al capitán autoritario e intransigente que conocí al comienzo de mi instrucción en el Skytree…

—. No me siento tentado de regalarte respuestas cuando tú pareces tan poco comunicativa; pero sí puedo comerciar con ellas.

¿Por qué no empiezas a contarme algo y yo te respondo a cambio?

—¿Qué quieres que te cuente? —se me escapa, sin pensar.

Neal vuelve a soltar una carcajada que suena amarga.

—¿De verdad necesitas que te lo diga?

Procuro respirar hondo.

Abro la boca e intento buscar algo que decir, cualquier confesión, por pequeña que sea.

Las sombras de los recuerdos me llevan primero a un hospital en el que dije «sí» creyendo que me comprometía a seguir luchando, a un cuarto de paredes blancas y al dolor de la piel desgarrada después, de las noches eternas, de la oscuridad devolviéndome la mirada, hambrienta.

Me tropiezo y he de recomponerme.

—Lo siento —le digo tan solo, porque no encuentro confesión que salga por la garganta sin herirla con sus dientes aserrados.

—¿Nada? ¿No tienes nada que decirme?

Me tiembla el labio inferior.

—Solo que siento lo que te pasó. Habría dado mi vida para evitarte ese dolor. Tuvo que ser…

No llego a terminar.

Porque entonces Neal suelta un resoplido y en el último instante cambia el rumbo de sus pasos hacia el estanque.

Me quedo quieta, sin saber qué pretende, incluso cuando rompe la quietud del agua con sus botas militares, hunde sus piernas casi hasta las rodillas y lo atraviesa con una furia que no me deja reaccionar a tiempo.

Intento correr, pero él es más rápido y me agarra por la muñeca.

Doy un tirón tratando de liberarme en vano y él hace más presión.

—No quiero hacerte daño —susurra.

—Pues déjame ir —respondo, casi sin voz.

El terror me constriñe la garganta.

Aprieta más la mandíbula y acerca mucho su rostro al mío cuando articula un:

—No.

Trago saliva.

—No puedo… No puedo darte explicaciones —le digo, de forma atropellada—. Aunque quisiera, no sé, yo no…

—¿Eso es lo que crees que me cabrea? —pregunta, con voz grave. De cerca el anillo dorado que bordea su pupila es más intenso y su mirada más penetrante—. He creído que te perdería dos veces, y la primera te prometí algo que no me dejaste cumplir.

«Te amo, Kiera. Y te habría amado mucho mejor, con todo lo que soy, de haber tenido otra oportunidad».

Su voz resuena a través del eco de los recuerdos, aquel día que decidimos salvar Japón juntos y yo lo traicioné para morir sola.

Se pega más a mí, hasta que siento su aliento contra los labios.

—Lo que más me duele no es que no quieras decirme la verdad.

Eso me da igual. Pensé que te sostendría entre mis brazos mientras morías, y ¿crees que me importa el motivo de que sigas con vida?

Me da igual, Kiera. Me da igual, joder. Lo único que quiero es abrazarte, besar esa boca y ese cuello tan bonito… Pero tú pareces tenerme miedo.

Casi escupe la última palabra.

El corazón se me salta un latido.

Voy a replicar, pero me doy cuenta de que no puedo hacerlo sin mentir.

Claro que tengo miedo: miedo de que no lo entienda, miedo de que me rechace como lo han hecho otros, miedo de perderlo.

Neal me suelta de golpe y con tanta brusquedad que me sobresalto. Me mira como si esperara que saliera corriendo de nuevo, pero no lo hago.

Me obligo a quedarme frente a él para sostener esa mirada iracunda.

Ojalá pudiera decir algo que aliviase esa carga que lleva. Ojalá encontrara la manera de abrirme…

—Daría mi vida por ti, Neal Kellum —le confieso, con voz temblorosa—. Quiero que lo sepas.

—¡Claro que lo sé! —replica, hosco. La voz le sale ronca—.

Mierda, Kiera. ¡Si ya lo has hecho dos veces!

Te has sacrificado por mí sin preguntarme si era eso lo que yo quería.

¡Porque estás dispuesta a morir, pero no a confiar en mí!

Y eso es lo que más me duele. Después de todo, eres capaz de interceptar una bala por mí, pero no confías en que yo haría exactamente lo mismo por ti.

Los ojos se me llenan de lágrimas sin que pueda evitarlo.

—Sé que lo harías. Sí sé que…

—¡¿Entonces por qué te escapas?! ¡En la Metropolitana! ¡Ahora! ¿Por qué me tienes tanto miedo, Kiera?

Porque te quiero tanto que nadie podría destrozarme como tú, estoy a punto de decir.

Porque si te lo cuento todo y aun así te marchas, no habrá ningún motivo para que nadie más se quede nunca, ni siquiera yo misma.

No lo digo.

No soy capaz.

Me quedo sin aire. Me cuesta enfocar a través de las lágrimas. Y el dolor en el pecho es tan insoportable que me doy la vuelta, dispuesta a marcharme.

No lo hago. Siento sus dedos alrededor de mi muñeca y un segundo después sus labios están sobre los míos y Neal Kellum me está besando.

No es un beso amable; tampoco diría que es pasional.

Es… furioso . Un beso lleno de aristas afiladas, cortante y brusco, tan violento que lo siento como un golpe en el pecho.

Y, aun así, necesito más. Mucho más.

Le echo los brazos al cuello y me cuelgo un poco de él cuando enreda los dedos en mi pelo y tira hacia atrás provocándome un dolor muy placentero.

Su lengua no pide permiso, entra y lo conquista todo a su paso mientras yo me rindo a sus brazos, a esa mano en mi nuca, a esos dedos clavándose en mi cintura.

Dejo escapar un gemido y eso hace que Neal me sostenga con más fuerza contra su cuerpo.

Me devora con rabia; la necesidad guiando cada movimiento, cada caricia de su lengua… Le doy un suave mordisco en el labio inferior que le arranca un gruñido ronco y que le hace tirar con un poco más de presión de mi pelo, obligándome a apartarme.

La pausa dura apenas un segundo.

Nos miramos a los ojos y algo me empuja de vuelta hacia él.

Nos encontramos en otro beso profundo mientras suelto su cuello para recorrer sus clavículas y su pecho.

Trazo las líneas duras de su abdomen mientras sigo bajando y estoy a punto de llegar al cinturón cuando Neal me agarra por los hombros y me detiene.

Esta vez, al mirar sus ojos sé que no ha sido una pausa.

—No vamos a hacer esto —gruñe, con la voz raspada, todavía arrastrando deseo—. No así.

—Neal… —murmuro.

No me deja preguntar. No me deja pedir perdón.

Se da la vuelta y camina hacia la salida con grandes zancadas.

Yo me quedo mirando su espalda, deseando que se detenga, que se dé la vuelta.

No lo hace y me quedo sola, un poco perdida… imaginando sombras oscuras donde no las hay.