Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 16 Echo Palacio Imperial 31 días para el solsticio de verano
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16 Echo Palacio Imperial 31 días para el solsticio de verano

E l consejo se ha reunido. Han insistido en verme antes de que tenga lugar el encuentro con los daimy ō .

Volvemos a encontrarnos en la sala de ceremonias.

Esta vez, no estoy sola en el trono. Tora Satake permanece sentado a mi lado, en un asiento más modesto y, por protocolo, algo más atrás que el mío, mientras que todos mis consejeros se han reunido a ambos lados del pasillo.

Muchos son ancianos que ya aconsejaban a mi padre cuando vivía.

Otros ascendieron al cargo cuando yo lo hice, pero son pocos, porque quienes tenían lazos con el clan Kanmu han desaparecido.

La reunión es una sucesión de preocupaciones que quedan sin respuesta: Raine Andrews, las bombas, los insurgentes que se alzan en el resto de Japón.

La región de Kant ō , en la que nos encontramos, está asegurada, y también las de T ō hoku, Ch ū bu y Kansai, pero la situación sigue siendo complicada en el resto, sobre todo en Hokkaido, donde las fuerzas de Raine Andrews continúan haciendo presión junto con los sublevados de la Agencia Hawk.

Los delegados militares exponen la situación de cada región, dan los datos y se debate sobre cómo afrontarla. Hora tras hora asisto al resumen de la catástrofe, consciente de que soy la primera Emperatriz en más de un siglo que se enfrenta a una guerra civil.

Soy yo quien decide cuando existen dos planes de actuación, pero en general no puedo hacer mucho más que escuchar y sentir cómo el trono me engulle poco a poco.

Junto con los informes proyectan imágenes de las ciudades más afectadas, y cada revuelta, cada muerte en las calles, se clava en mis hombros como las garras de una gran ave que me empuja hacia abajo cada vez más.

Disparos en las calles.

Destrucción en las ciudades.

Cadáveres que riegan los santuarios.

Algunas de las batallas más cruentas han dejado pueblos enteros sin luz… y cientos de personas han sido masacradas por las anomalías.

Los hospitales están desabastecidos.

La gente saca el dinero de los bancos y el valor del yen cae en picado.

El cierre de carreteras ha provocado que en algunos lugares ya falten alimentos básicos.

Y cuando el último delegado ya ha hablado y toma la palabra uno de los consejeros, yo ya no escucho.

Sigo perdida en las muertes y en la oscuridad que ha devorado pueblos enteros.

No siento el silencio al principio, no comprendo las miradas; tampoco la de Tora, a mi lado, que rompe un segundo la compostura para inclinarse hacia mí.

Solo entonces escucho, vuelvo a prestar atención, y en la larga letanía que suena como una consigna advierto una palabra que se me clava en el vientre.

«Heredero».

Quieren un heredero para el Imperio.

Entrecierro los ojos, sin importarme que los consejeros adviertan lo mucho que esto me molesta. Algunos, siempre pendientes de mis reacciones, se dan cuenta. Pero quien tiene la palabra debe insistir ante mi silencio.

—Aunque en época de paz una soberana joven y sana nos libera de la carga de tener que pensar más allá, el futuro del Imperio es incierto durante la guerra —continúa, deprisa.

Quieren saber qué ocurriría si me mataran.

No moriría en batalla; jamás me dejarían acercarme tanto a la guerra, y después de la incursión a Palacio, no creo que una situación así se repitiera. Sería un asesino, o un grupo de ellos, aprovechando el caos y los recursos desperdigados por el Imperio.

—Un heredero siempre afianza el poder; uno proveniente de los clanes Akiyama y Satake sería, además, una baza política importante. Ahora tiene a su consorte —añade otro consejero—. Un niño traería estabilidad.

Veo algunos rostros que asienten, miradas cómplices de quienes sin duda ya han discutido esto en privado. Otras voces se alzan, más asentimientos, más ventajas de quedarme embarazada en medio de una guerra.

Siento cómo el ave de plumaje bermellón hunde más sus garras en mis hombros y el dolor trae de vuelta el recuerdo vívido de otro más profundo y visceral, que nace en las entrañas y muere en ellas, como los dos bebés que perdí: un niño que no llegó a nacer y una niña que llegó muerta al mundo.

Acababa de librarme del control del clan Kanmu y mis consejeros también opinaron entonces que un heredero consolidaría mi poder.

Tatsuki Hokke fue el padre en ambas ocasiones.

Estuvo de acuerdo en intentarlo, pero no le conté que me quedé encinta la primera vez, aunque eso no lo hizo más fácil cuando lo perdí.

Al quedarme embarazada de nuevo, como la niña parecía crecer sana en mi vientre, al final, lo supo; se enteró toda la corte, todo el Imperio.

Tenía veintidós años cuando enterré a mi hija; una que no había llegado a respirar en este mundo.

Cumplí los veintitrés cuando decidieron que el luto oficial debía finalizar, un luto que se había extendido por todo Japón: visible, pero innombrable.

Cada parte de mi vida era regida por ese luto; cada prenda de ropa, cada ritual, cada plegaria…

Sin embargo, la mención a la heredera muerta fue un tabú tal que no volví a escuchar a nadie pronunciar el nombre de mi hija.

Hanae.

Todo el mundo era consciente de la tragedia, pero nadie se atrevía a nombrarla.

Y ahora estos hombres y estas mujeres quieren que vuelva a intentarlo porque sería beneficioso para el Imperio.

Hablan de mi expediente médico como si no estuviera presente, comentan que no debería tener problemas para engendrar, calculan el tiempo pasado desde el último intento, plantean un embarazo de laboratorio para asegurar más el éxito…

Y me doy cuenta de que podría matarlos a todos.

Así es la rabia que me pone en pie, la que me hace apretar los nudillos y alzar la voz y ordenar:

—¡Silencio!

Todos obedecen al instante. Algunos, los que más han hablado, me miran con creciente cautela. No saben que no me importan individualmente, que la ira me haría acabar con todos por igual.

—Desde ahora hablar de mi cuerpo, de mi vientre, será considerado una blasfemia y un pecado castigado con la muerte —declaro.

La sentencia cae en la sala ceremonial como una losa afilada. Los deja inmóviles y tensos, temerosos de dar un paso en falso.

Y a mí me parece bien.

Nadie dice nada. Nadie se mueve.

Soy yo la que se pone en pie y doy por concluida la reunión sin una sola palabra.

Después de haber abandonado la estancia, aún oigo en el silencio los ecos del impacto.

Murase-san me alcanza enseguida y adelanta a Tora, que se esfuerza por seguirme el ritmo sin decir nada.

—Convoca a los daimy ō —le pido—. La reunión va a celebrarse en tres días, antes de la caída del sol.

Volvemos juntos a mis aposentos, y cuando Tora va a tomar la puerta interior que conduce a los suyos, lo detengo.

—¿Puedes sentarte un momento?

Tora me contempla con cuidado, pero asiente con solemnidad y se sienta frente a mí en una mesita baja para el té que pido enseguida que nos traigan.

Se limita a comentar el buen tiempo y las victorias que sí hemos conseguido en algunas prefecturas, y tiene la prudencia de no preguntar qué hace aquí hasta que la joven que sirve el té nos abandona.

—¿Qué ocurre?

—Hay algo que como consorte debes saber.

Cruzo las manos frente a la mesa, esperando que el contacto me ancle a esta tierra.

—¿De qué se trata?

—Esta no es la primera vez que el consejo sugiere que engendre un heredero. Como bien sabrás, no es necesario tener un esposo oficial para hacerlo, yo misma soy la prueba de ello. El caso es que he perdido ya a dos hijos.

Tora enarca las cejas y parpadea en un gesto sutil, que no deja traslucir más que una vaga emoción de sorpresa.

—Solo tenía constancia de una de las pérdidas. —Baja la cabeza en señal de respeto—. Lo siento muchísimo.

—Es un dolor viejo —respondo, procurando mostrarme más entera. En realidad, si cierro los ojos siento que me desarmo pieza a pieza—. Te lo cuento para que entiendas por qué hasta ahora me he negado.

Busco las palabras, pero no las hallo.

Miro el fondo de mi vaso de té.

Y es Tora quien se adelanta.

—Si lo dices por nuestro trato, por mis derechos, no creo tener ninguno y no espero lo que buscaría cualquier otro consorte —responde, con seguridad—. Creo que me elegiste por eso. Te prometí libertad a cambio de la unión.

Alzo un poco el mentón y sostengo sus ojos negros.

—Sin un heredero, con mi muerte, tu poder se desvanecería —le advierto, aunque sé que es consciente.

Tora es un hombre inteligente y no creo ni por un segundo que no haya entendido por qué el consejo quiere un heredero.

—Mi poder seguirá siendo mío. El tuyo no me interesa.

Dijo que quería unirse a mí por libertad. Y nunca le pregunté.

—¿Qué has ganado tú con esta unión, Tora?

Su semblante se transforma ligeramente cuando la sorpresa le hace fruncir el ceño.

—Tú y yo sabemos lo que es crecer en un clan que está bajo el punto de mira —responde, sin tapujos—.

Un clan políticamente tan relevante como para que los demás quieran a sus niños muertos…

con lo que ello conlleva: las normas, los protocolos, el encierro .

Soy adulto, pero no hubo un solo día, hasta nuestro casamiento, en el que no tuviera que obedecer a mis mayores.

Si acudí a aquella cita fue porque me lo pidieron ellos.

No hubo cortejo; solo una honestidad brutal que a mí me sirvió más que cualquier otra promesa.

—Y tú viste una oportunidad para huir.

Ladea la cabeza y esboza una sonrisa.

—No pueden darle órdenes al Emperador consorte. —Hace una pausa. Vacila—. Y tú y yo tenemos un trato que nos hace libres en otros aspectos.

—¿Cómo?

—Como en el amor —contesta y observa mi respuesta—. ¿Verdad?

—Verdad —confirmo—. ¿Amas a alguien, Tora?

—No —responde muy rápido—. Todavía no. Pero podría enamorarme.

No se mueve ni un ápice, formal y regio frente a mí, pero sus ojos negros se llenan de algo cálido.

—¿Y no te importaría no tener un heredero jamás?

Esta vez, lo medita un poco más y yo estudio cada gesto sutil.

—Podría vivir sin él —responde, y entonces advierto algo en sus ojos.

—Pero sí que lo quieres —adivino.

—Querría un hijo —contesta, y la franqueza le hace esbozar una sonrisa que resulta dolorosa—. Tú y yo sabemos que no son lo mismo.

—No. No lo son —contesto, con un nudo en la garganta y ambos nos contemplamos en silencio—. Si pudiera elegir tener un hijo y no un heredero, me gustaría tenerlo con alguien como tú —confieso.

La voz que me sale no es la de una Emperatriz y en cualquier otro momento esta vulnerabilidad podría asustarme… pero no ahora, no con él, cuando su rostro se transforma y sé leer en sus ojos la misma fragilidad que siento yo.

Baja un poco la cabeza con aprecio y cortesía y vuelve a mirarme enseguida directamente.

—También a mí.