Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 15 Kai Kita-senju, Tokio 31 días para el solsticio de verano #2
26%

15 Kai Kita-senju, Tokio 31 días para el solsticio de verano #2

Se da la vuelta y entorna un poco la puerta, pero no se marcha.

—¿Qué es un tsukumogami ? —insiste.

Me quito lentamente la venda del brazo.

Sigue infectada.

En realidad, que no se cure es bueno. De otra forma, puede resultar difícil saber cuándo has sido infectado con el doku de un oni . Que la herida no termine de cerrarse es la forma que tiene el cuerpo de avisarte de que algo va mal.

Luego, me quito la otra venda y contengo el aliento.

La herida con los precisos puntos de Kiera me recorre el antebrazo de arriba abajo y cuando la miro aún puedo recordar lo que sentí al hacerla.

—Cuando una herramienta es usada durante más de cien años puede cobrar vida.

Si eso ocurre se convierte en alguna clase de yokai y desarrolla personalidad.

—Dejo de mirarla y me meto con cuidado bajo el agua—.

Cuando los objetos han sido tratados amablemente suelen ser buenos, pero se vuelven malvados si han sido alimentados con odio.

Dejo que el agua caliente temple mi cuerpo. Solo cuando cierro los ojos soy consciente de lo agotado y hecho mierda que estoy.

—¿Y Onimaru es…?

Me esfuerzo por no ceder a lo que me pide el cuerpo: dejarme caer al suelo y abandonarme aquí mismo. Y me obligo a responder:

—Un viejo cascarrabias consentido y con sed de sangre que además tiene un paladar exquisito. No le suele gustar la sangre de los oni menores, pero le encanta la sangre humana.

Se hace el silencio, pero Kiera no se ha ido.

—¿Cómo conseguiste un objeto así de peligroso?

—¿Conseguido? —Suelto una carcajada—. Onimaru me eligió a mí. Yo no tuve nada que hacer. Se pudría en una sala de exposiciones hasta que tuve que… —Me detengo—. Tuve un asunto con su dueño.

—Lo mataste.

Me encanta que no se escandalice.

—Sí —reconozco—. Lo maté. Y Onimaru me ayudó a hacerlo. Me habían desarmado y lo cierto es que habría estado en un aprieto de no haber sido porque esa katana apareció en mi mano. Tiene vida, y voluntad, y se cabrea cuando no la cumplo. Por eso me extrañó que te permitiera usarla contra mí.

Salgo de la ducha, me seco rápidamente y me miro en el espejo.

Ojos hundidos, ojeras profundas, labios cuarteados…

—Así que a tu espada maldita le caigo bien.

—No la llames así o se enfadará —le advierto. Me anudo la toalla alrededor de la cadera y Kiera da un respingo cuando abro la puerta y aparezco a su lado—. Voy a vestirme y luego nos pondremos en marcha. Pero tengo una condición.

—Dispara.

—Necesito comer algo decente. Ve a por sopa de miso , tamagoyaki y algo de salmón o caballa.

Kiera arquea las cejas, pero asiente y se echa atrás para tomar las llaves de mi moto.

No se fía de que no vaya a largarme en cuanto ella salga por esa puerta.

—Te traeré la sopa —accede—. Creo que te sentará bien. También el tamagoyaki, pero nada de pescados grasos todavía.

—Qué puta mierda.

—Lo tomas o lo dejas.

Suspiro.

—Ve. Te espero.

Cuando regresa yo ya estoy listo. Comemos, me tomo la medicación que Kiera me da y salimos en busca de la Bruja Akane.

—La Bruja… ¿es de fiar?

Akane ha respondido enseguida. Nos ha dado una dirección a las afueras de Tokio y nos ha citado allí dos horas después.

Tardamos más de lo esperado en llegar porque algunas carreteras están cortadas y en otras han montado controles militares que debemos evitar.

El camino serpenteante que lleva a la casa, un poco inhóspito, acaba al final de una pendiente donde se erige el conjunto tras un muro de piedra.

La casa principal está construida en forma de u y los tres edificios que la componen se encuentran comunicados por pasarelas.

El cuarto edificio se trata de una chashitsu, o casa para el té.

Y el quinto es un gazebo de estilo japonés, abierto y colocado en medio del jardín, junto a un estanque de considerable tamaño.

—Akane nunca me ha fallado —le aseguro, a las puertas del conjunto. La Bruja ha dejado las malditas puertas abiertas, como siempre.

—Tampoco te ayudó mucho cuando Echo Akiyama te metió en una celda —replica.

—¿Tú me habrías ayudado si tu libertad no hubiera dependido de ello? —respondo y miro a mi alrededor, en busca de alguna señal de la Bruja—. Akane es una sacerdotisa y una sanadora. No interfiere en los asuntos de los hombres. Su misión es otra.

—¿Pero sí va a interferir ahora? —inquiere, desconfiada.

—Los oni están agitados. Tú lo has visto. Las calles son ahora más peligrosas que nunca, tanto de noche como de día. Algo está ocurriendo y ella debe de tener tantas ganas de pararlo como nosotros.

Kiera se vuelve hacia mí.

—No podemos embarcarnos en otra misión, Kai —contesta, muy seria—. Ya tenemos suficiente con Raine Andrews. No podemos encargarnos también de los oni.

—Sospecho que ambas cosas podrían estar relacionadas —respondo.

—Así es —confirma una voz de terciopelo. Me llevo la mano a la empuñadura de Onimaru, pero la sonrisa afable de Akane me hace bajarla—. El mundo espiritual está revuelto.

La Bruja se acerca desde uno de los laterales. No he visto de dónde ha salido. Si no fuera porque Kiera parece tan sorprendida como yo, me preocuparían mucho más mi estado y mis reflejos.

—Akane.

—Inoue-san, Amell-san… —nos saluda, con una leve inclinación de cabeza.

Lleva una de esas túnicas extrañas que tanto le gustan, semejante a un kimono, pero más informal. La tela es blanca y delicada, casi traslúcida, y las mangas, anchas. Los motivos grabados en ella imitan flores de loto que salpican los bordes.

Bajo la túnica luce unos pantalones similares a los hakama de los kimonos tradicionales masculinos, pero más delicados. En la parte de arriba, una sencilla camiseta de tirantes negra.

—¿Qué quieres decir con eso? —la interroga Kiera, que no espera a que llegue a nuestro lado.

Akane la contempla con cuidado. En realidad, nos mira a los dos.

Creo que nota algo diferente en mí, porque se detiene un segundo en mis brazos. Llevo la cazadora de cuero, pero no parece un impedimento para que se haya dado cuenta de que hay algo distinto.

—¿Por qué no damos un paseo? —pregunta, con suavidad, y echa a andar hacia el interior del recinto.

Yo suelto una maldición y me vuelvo para cerrar las pesadas puertas de madera. Kiera me observa sin estar muy convencida. Seguro que está pensando que escapar, si esto es una trampa, será más difícil ahora. Yo solo pienso en los oni que campan a sus anchas por la ciudad.

Akane nos lleva hasta el gazebo de estilo tradicional.

Se encuentra frente al estanque y tiene un tejado a cuatro aguas cuyas esquinas se curvan hacia arriba. La parte trasera alberga paneles de papel traslúcido que dejan entrever que allí dentro aguarda alguien más.

—¿Vas a hacer que nos pongamos nerviosos, Akane? —pregunto, con la mano ya en la empuñadura de Onimaru.

Gira el rostro hacia mí sin dejar de andar y enarca sutilmente las cejas.

—En absoluto —asegura, y empieza a rodear el gazebo—. Tú lo has dicho. Todos los que estamos en esta casa queremos lo mismo: proteger a la gente de Japón.

Akane sube los escalones que separan la estructura del jardín y camina hasta tomar asiento frente a una mesita para el té, pero yo dejo de mirarla, porque mis ojos vuelan al chico de ojos castaños que me contempla sentado en el tatami.

Parece demasiado grande arrodillado junto a la mesita de té, con su altura y esos hombros anchos y fuertes.

Tiene esos ojazos de osito de peluche muy abiertos en medio de un rostro estrecho, cuajado de pecas y ese lunar sobre la comisura derecha de su boca.

La última vez que nos vimos él me puso un filo bajo la garganta y yo le robé un beso.

Noto una punzada en el pecho y me pregunto si mi corazón sigue resentido.

—¿Qué es esto? —inquiero.

Me obligo a dejar de mirarlo y me encaro a Akane.

—Sentaos, por favor. El té se enfría.

Sobre la mesa baja han dispuesto un juego de té que Akane se apresura a servir.

Kiera es la primera en avanzar, un poco dubitativa. Se acerca con prudencia al centro del gazebo hasta que Markel se pone en pie con cierta torpeza y, sin preguntar, la envuelve entre sus brazos.

—Kiera, ¿cómo estás?

Tras la sorpresa inicial, ella se recobra un poco y le devuelve un abrazo sentido.

—Estoy bien. ¿Y tú?

—Siento mucho lo que pasó. Lo siento tantísimo… No me dejaron ir a verte.

—Lo imaginaba. —Esboza una sonrisa que pretende disculparlo—. Recuerdo que me defendiste cuando todo ocurrió.

—¿Cómo no iba a hacerlo?

Kiera pone una expresión que viene a significar que en realidad se podría esperar todo lo contrario, pero no se atreve a decirlo en voz alta.

Carraspeo, subo los tres escalones que llevan al tatami y me quito a Onimaru de la cadera para poder acomodarme frente a Akane de una manera mucho menos refinada que ella.

—Ya, ya… Un reencuentro precioso. —Hago una floritura con la mano para que abrevien, como si me aburriera; en realidad, me duele no poder ser yo quien abrace a Markel—. ¿Para qué lo has traído?

Akane me observa unos segundos antes de tomar el vasito de té, darle un sorbo y responder:

—Para ayudar, Kai. En el Palacio también hemos sentido la agitación del mundo espiritual.

Es un lugar protegido, sagrado en muchas zonas y, aun así, hemos sufrido ataques de oni furiosos, perversos…

Hay más, y los que atacan son peores; más violentos y malvados.

Los hemos alimentado con la guerra y ahora están ebrios de miseria.

Tenemos que parar a Raine Andrews, restablecer la paz en el Imperio de Echo Akiyama y, mientras tanto, proteger a tantos como podamos.

—¿Crees que la guerra provoca que haya tantos oni ? —pregunta Kiera, que se sienta a mi lado.

Todavía mira a la Bruja con cierta desconfianza, como si esperara que en cualquier momento pudiera volver a hacerle las mismas preguntas que le hizo estando presa.

—Sí —contesta ella—. Estoy prácticamente segura. El Imperio necesita recuperar la estabilidad. Necesita paz. Kai me ha dicho que debéis purificaros antes de continuar, que estáis persiguiendo los planes de Raine Andrews para detenerla. Os ayudaremos.

—¿Y qué opina Echo Akiyama de esto?

Los ojos almendrados de Akane me devuelven una mirada del todo elocuente.

—Hay asuntos en los que la voluntad de la Emperatriz no es lo más importante.

Suelto una carcajada un poco incrédula.

—¿Vas a traicionarla?

—Voy a tomar otro camino para luchar contra un mal que afecta a todo su Imperio, pero no voy a dejar de servirle.

Me hace un gesto elegante con la mano para que tome mi té, pero yo no he acabado.

Miro a Markel.

—¿Y cómo encajas tú en todo esto?

Markel duda.

—Raine Andrews está demasiado tranquila para haber perdido el plan de toda una vida.

He estado pensando en cómo lo haría yo para bombardear las Cinco Puertas del Infierno y he llegado a la conclusión de que no lo haría, porque es prácticamente imposible.

—Hace una pausa y mira a Kiera—. Las bombas ya están aquí dentro.

—Eso hemos pensando nosotros —confirma ella.

Durante unos segundos todos se quedan en un silencio grave y denso. Y yo no soporto esa solemnidad.

—¿Y te has atrevido a venir solo hasta aquí, con la Bruja, la terrorista y el asesino?

No sé a cuál de los dos cabreo más, si a Kiera o a él.

Creo que se va a limitar a apretar esa mandíbula tan marcada y mirarme de forma incendiaria cuando abre la boca.

—En realidad, no he venido solo.

La sorpresa que consigue arrancarme le gusta. La siente como una victoria cuando me ve arquear las cejas y llevarme la mano a la empuñadura de Onimaru.

—Kai, por favor —me dice Akane. Se está quedando sin paciencia, se lo noto—. Todos los que estamos en la casa somos amigos.

Enarco más las cejas a propósito y miro descaradamente a Kiera y acto seguido a Markel.

—Ah, ¿sí?

—¿Quién más ha venido, Akane? —insiste Kiera, que debe de estar pensando en toda esa gente que la quiere encerrada.

El quinto cojín cobra un significado distinto.

Markel abre la boca cuando ve que Akane no dice nada, pero no llega a responder, porque sus ojos se desvían por encima de nuestros hombros.

Me giro al tiempo que lo hace Kiera y descubro una figura que se acerca por el jardín: altura considerable, constitución elegante y atlética, pelo rubio oscuro rapado a los lados y bien peinado hacia atrás y una mirada profunda.

El mismísimo capitán Neal Kellum.

No me quedo mucho tiempo mirando cómo atraviesa el jardín, porque me interesa más mirar a Kiera.

Se ha quedado rígida sobre el cojín, demasiado tensa para estar cómoda. Tiene los ojos muy abiertos, las cejas enarcadas en una curva casi como de… miedo.

Y antes de que el capitán llegue al gazebo se pone en pie, rodea con rapidez a Markel y a Akane, se apoya en la pasarela de madera y salta al otro lado antes de echar a correr hacia la casa.

Corre como una flecha sin mirar atrás y Neal cambia el rumbo para salir tras ella.

Se me escapa una carcajada.

—Qué reacción tan normal y comedida. —Tomo el té por fin y le doy un sorbo—. Estamos todos genial, ¿eh?