Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 15 Kai Kita-senju, Tokio 31 días para el solsticio de verano
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15 Kai Kita-senju, Tokio 31 días para el solsticio de verano

K iera tiene un aspecto terrible.

Creo que ella tampoco ha dormido mucho estos dos días. Cada vez que abría los ojos estaba ahí, lista para ofrecerme un vaso de agua, de plástico, o para darme unos putos ibuprofenos.

He debido de quedarme traspuesto un rato con la dosis de metadona. No consigo dormir, a pesar de que esté agotado. Creo que es por el mono, pero estar encadenado a un radiador tampoco ayuda demasiado.

—¿Cómo estás? —pregunta, asomada a la puerta del baño.

Sus ojos pasean rápidamente desde mi rostro hacia el resto de mi cuerpo, asegurándose de que ni he conseguido soltarme ni he escondido ningún arma.

Después del incidente Kiera limpió el suelo como pudo. Me soltó para cambiarme la camiseta empapada de sangre y se aseguró de borrar cualquier rastro de lo que había hecho.

—Genial —contesto, alargando los sonidos, y cruzo una pierna por encima de la otra—. Disfrutando de la experiencia.

Kiera no responde, pero pasa adentro con una bolsa de plástico en la mano. Se sienta frente a mí en el estrecho espacio y saca un recipiente y unos palillos que desliza por el suelo.

—Arroz blanco otra vez… —murmuro, con fingido entusiasmo—. Qué festín. Me pregunto si seré capaz de aguantar tanta emoción.

—Has estado vomitando —replica—. No puedes comer nada muy exigente a nivel digestivo. También he preparado té. Cuando se enfríe te lo traigo.

Espera a que se enfríe por si se me ocurriera echarle agua hirviendo encima.

Ya.

Lleva el pelo castaño recogido en un moño medio deshecho y tiene los ojos enrojecidos.

—¿Cómo va el dolor?

Tomo el bol de arroz, le quito la tapa y empiezo a comer.

—¿Qué dolor?

—Kai, necesito saberlo para ajustar la dosis.

—La dosis está bien —contesto, tajante—. Tampoco siento náuseas.

Kiera parece sorprendida, y aliviada. Asiente lentamente y se me queda mirando mientras como.

—He tirado el amai doku que te quedaba —me informa.

Dejo los palillos y levanto los ojos hacia ella. Me doy cuenta de que está esperando una reacción.

He intentado alcanzarla, he gritado y la he amenazado muchas veces.

—Qué desperdicio… Si lo hubieras vendido te habrían dado una pasta. Imagina cuánto arroz podrías haber comprado —respondo.

Sé que quiere preguntar algo más, pero no debe encontrar la forma de hacerlo.

—Llevo dos días con la misma camiseta —le digo yo entonces—. Podrías dejar que me cambiara.

—Claro —se apresura a decir.

El efecto de su amai doku también se ha disipado casi por completo. Lo noto en la forma que tiene de mirarme y en esos ojazos tristes.

Se inclina sobre mí, tan tensa como yo lo estaría y lista para defenderse de un ataque, pero dejo el bol a un lado y levanto el brazo libre.

Kiera me agarra la camiseta por el borde para tirar de ella.

Cuando llega al brazo encadenado, sin embargo, no me suelta para terminar de quitármela.

Se saca una navaja del bolsillo, la abre con rapidez y me raja la tela de la manga para terminar de quitármela.

Kiera se la guarda enseguida y se aparta con la camiseta rota entre las manos.

Me quedo mirándola de hito en hito.

—Me gustaba mucho esa camiseta.

Ella frunce el ceño.

—Solo es negra.

—Precisamente.

—Ahora te traigo otra.

—Espera. —La detengo. Kiera se para junto a la puerta—. No quiero que rompas otra camiseta. Déjame darme una ducha y ponérmela yo mismo.

Kiera tarda un rato en reaccionar.

Vuelve a pasar dentro y se apoya en la pared frente a mí para cruzar los brazos frente al pecho.

—¿Ya no quieres matarme?

Sonrío, porque sé que esa pregunta encierra otra más oscura, otra que ni siquiera ella se atreve a hacer todavía.

—Sí. Sí que quiero, pero no lo voy a hacer.

—¿Por qué?

Medito muy bien mis próximas palabras.

—En algún momento vas a tener que decidir si confías en que no intente matarte para soltarme. Y tú misma lo dijiste: no disponemos de mucho tiempo.

Descruza los brazos.

—¿Has cambiado de idea?

Podría mentirle. No sería difícil. Sé lo que quiere escuchar, y sé lo desesperada que está, así que ni siquiera tendría que esforzarme mucho.

Pero la miro a los ojos y, a pesar de todo, decido ser sincero.

—Ya ha pasado lo peor, ¿no? Por lo menos que sirva para algo.

Kiera sacude la cabeza.

—No ha sido lo peor.

Vaya. Parece que ella también ha decidido ser sincera.

—¿Qué puede ser peor que esto? —Extiendo los brazos y me señalo a mí mismo y luego a la venda que me cubre los puntos.

Ella sonríe un poco de forma desganada.

—Solo he tomado media pastilla una vez y ahora me siento tan mal que me pregunto varias veces al día qué pasaría si cuadruplicara la dosis. No volver a consumir va a ser duro. —Hace una pausa—. La metadona te ayudará con el dolor físico, pero…

—No quería morirme —le suelto.

Kiera inspira con fuerza y se deja caer al suelo para que nos quedemos frente a frente.

—Pues te esforzaste mucho para hacerlo —contesta, apenas en un susurro.

—Me dolía mucho, muchísimo, Kiera. No te imaginas cómo es. Lo sentía en la piel, me ardían los huesos… Necesitaba que parara.

—No podía ponerte la metadona —murmura—. La naloxona la habría bloqueado y no habría servido de nada.

Me paso la lengua por los labios.

—Ya.

Nos quedamos callados de nuevo.

—Entonces, ¿solo lo has hecho por el dolor físico? —tantea.

Hay una respuesta larga, larguísima; pero no tengo fuerzas para escucharla en voz alta.

—Sí, solo por el dolor —contesto, burlón.

No consigo que sonría.

—¿Cómo te sientes ahora? El dolor físico, el mental… ¿Cómo son?

Inspiro con fuerza y el mero hecho de tomar aire me duele.

—Son malos, pero no tanto como antes, cuando me quería morir.

—Te seguiré ajustando la dosis hasta que apenas sientas nada.

La medicación te ayudará durante un tiempo, hasta que te notes estable y, entonces, deberías dejar también la metadona.

—Hace una pausa y baja un poco el tono de voz—.

El resto dependerá de ti, de que encuentres una razón para no volver a tomar amai doku.

—Si me ayudas con la metadona podré aguantar hasta que solucionemos el tema de Raine Andrews y todos estén a salvo.

Kiera alza un poco el mentón, porque la elección de palabras no le pasa desapercibida. Tampoco he intentado ocultarlo.

—¿Solo hasta entonces?

Me encojo de un hombro.

—Eso es lo que quieres, ¿no? Me necesitas limpio para ayudarte. Luego, ya no importará.

Se muerde los labios y aparta la mirada, porque es consciente de que tengo razón; pero es tan decente como para que no le parezca bien del todo… incluso después de lo que le hice a Anna.

—¿Cómo sé que no me estás engañando?

—No lo sabes —respondo.

Kiera se ríe. Se ríe de verdad, con esa sonrisa un poco floja que ya he visto otras veces.

—Antes, quiero que me respondas a algo.

—Tú dirás.

—¿Quién es Arashiro?

Levanto de golpe la cabeza y estoy tan débil que el movimiento me marea un poco.

—¿Cómo sabes ese nombre?

—Lo has dicho en sueños un par de veces.

—En sueños, ¿eh?

Supongo que fue antes de abrirme las venas.

—¿Alguien importante?

Aprieto los labios.

—Mi maestro. —Casi suena como una mentira. Maestro. Parece demasiado burdo con todo lo que hizo por mí. Suspiro—. Me enseñó a usar la katana , y también a pelear sin ella. Cuidó de mí cuando mi madre murió.

—¿De ti? ¿No de Hikari también? —pregunta.

Quiere saber cómo de importante fue Arashiro para mí.

Qué lista es.

Decido ser sincero.

—Se portó muy bien con los dos, pero especialmente conmigo. Entrenaba a muchos chicos, pero cuando me expulsaron del Rockethill y dejaron de pagar por mi formación al maestro Arashiro le dio igual y siguió enseñándome.

—¿Tu madre os dejó muy pronto?

—Hikari era muy pequeño.

—¿Os quedasteis solos? ¿Y tu padre?

—Se largó poco después de que mi hermano naciera, pero hasta entonces tampoco ejerció mucho de padre.

—¿Cómo murió tu madre?

Enarco una ceja.

—Mierda, Amell. Deja alguna pregunta divertida para luego.

—Perdón —se disculpa—. Mis padres murieron de gripe blanca cuando yo tenía nueve años. Sé lo que es quedarse sola.

—Yo no estaba solo. Tenía a Hikari, pero creo que eso fue peor —contesto, casi sin darme cuenta. Guardo silencio, pero ella no parece juzgarme—. Mi madre murió por una negligencia. Se quedó a oscuras en el trabajo.

—Eso es horrible. Lo siento mucho.

—Ya… bueno. —Me esfuerzo por encogerme de un hombro. —La vida sigue, ¿no?

Muevo un poco la muñeca para recordarle nuestro tema pendiente y ella me observa en silencio unos instantes. Debo de pasar la prueba, porque entonces se saca la llave de la bota. Qué hija de puta. Y se inclina para soltarme la mano.

Se aparta enseguida, se levanta y me mira mientras intento ponerme en pie y muevo un poco los brazos y las piernas agarrotadas.

Tensa, me observa hasta que echo a andar hacia ella.

No ha ido a armarse antes de soltarme. No tiene más que esa pequeña navaja que lleva en el bolsillo.

Hay que reconocerle el valor.

Me quedo mirándola a medio metro de distancia. Kiera me sostiene la mirada, lista para defenderse.

—Iremos a buscar a Akane. Prepárate.

—¿La Bruja? ¿Crees que el doku del oni aún…?

Me miro el otro brazo, el que tiene la venda más pequeña.

—Sí. Aún está en mi sistema y lo noto.

—¿Qué notas?

Sé que la forma en la que sonrío haría que hombres más grandes que ella retrocedieran; Kiera no lo hace.

—Me siento primario, instintivo…

—Una forma elegante de decir que todavía quieres atravesarme con tu katana .

Me echo a reír.

—Algo me dice que Onimaru no estaría de acuerdo.

Me doy la vuelta, abro el agua de la ducha y empiezo a quitarme los pantalones. A ella no le molesta. Tampoco le ha importado que yo la viera en otras ocasiones en ropa interior.

—No es la primera vez que te refieres a ella de esa forma. ¿Por qué hablas de la katana como si tuviera conciencia? —pregunta.

—Porque, de hecho, la tiene. Es un tsukumogami .

—No sé qué es —responde.

Se me queda mirando. Yo arqueo las cejas y señalo abajo con los pulgares ya dentro de la cinturilla de los calzoncillos.

—¿Te quedas a ver el resto o…?