14 Markel Palacio Imperial 33 días para el solsticio de verano
E l dolor de las cicatrices nunca ha sido del todo lineal. He aprendido a predecir cuándo me va a doler más: si hago ejercicio intenso, si fuerzo posturas que me perjudican, si una prenda de ropa es especialmente molesta o incluso si duermo mal.
Desde que estoy encerrado en Palacio combatirlo ha sido más difícil porque me cuesta más no pensar en ello.
La impotencia me consume y distraerme es tarea imposible. Ahora soy más consciente de todo… y hay noches de insomnio en las que me arrancaría la piel a tiras.
Tampoco ahora soy capaz de prestar atención a la lectura. Estoy releyendo la misma frase por tercera vez cuando dos golpes en la puerta me sobresaltan.
En el marco, el ahora comandante Neal Kellum aguarda todavía con el uniforme del Skytree, ese traje que es un prodigio de la nanotecnología y que se ajusta a un cuerpo entrenado y fuerte a pesar de los días que ha pasado en cama.
—¿Tienes un momento?
Neal le dedica un vistazo a Hikari. Está mejor desde ayer, cuando Aya le puso uno de los viales de Kai, pero aún parece débil y al ofrecerle pasar el rato conmigo solo ha aceptado tumbarse en mi cama a leer.
Dejo la novela a un lado y bajo las piernas de la cama.
—Sí, claro. Pasa.
Neal sacude la cabeza y me hace un gesto que no admite réplica.
—Fuera —ordena, autoritario.
No le molesta el mohín que hace Hikari. Si advierte la mueca de fastidio del chico no parece importarle.
Suspiro y le dedico una sonrisa amable a Hikari, que se ha cruzado de brazos y me fulmina con la mirada.
—Vuelvo enseguida.
—No soy un niño —protesta, y la voz, presa de la rabia, le sale aguda.
Ojalá sí lo fueras, pienso. Así no tendría que haberse enterado de lo de Kai. Así, reflexiono, sintiéndome un poco culpable, mentirle habría sido más fácil.
Cuando salgo, Neal me dedica una mirada impaciente y se aparta unos pasos de la puerta antes de detenerse en el pasillo.
—¿Qué opinas de Kiera?
Enarco las cejas.
—¿De Kiera? ¿Te refieres a…? —No termino. No sé ni cómo hacerlo. Él, sin embargo, no me lo pone fácil—. No sé. No sé lo que opino. ¿Tengo que opinar algo?
—Deberías. Era tu amiga, ¿no?
Suena acusatorio, implacable. Aún no entiendo qué pretende con esta conversación.
—Es mi amiga —matizo, ligeramente molesto. No tengo paciencia para que el comandante Kellum me toque las narices.
De pronto, suspira.
—Bien. ¿Estarías dispuesto a ayudarla?
Me quedo en silencio unos segundos, pero le digo que sí con la cabeza sin pensarlo.
—¿Cómo?
Neal mira a su alrededor.
—Largándonos de aquí.
—¿Sabes a dónde se ha marchado?
—Todavía no, pero la estoy buscando. La Bruja me ha dejado caer que tampoco ella está de acuerdo con las medidas de la Emperatriz, así que llegado el momento… también nos ayudará.
—Iré —decido.
Esto debería darme más miedo.
Tendría que pensar en Hikari, en Anna… pero lo primero que se me pasa por la cabeza es que por fin podré hacer algo.
Esperar sin hacer nada en absoluto va a acabar conmigo.
—Quizá haya algo en todo esto con lo que no estés cómodo —añade, y no espera a que pregunte—. No sé dónde está Kiera, pero sí sé con quién colabora.
La forma en la que me mira me hace entenderlo.
—Kai.
Pronunciar su nombre en voz alta remueve algo en mis entrañas. Aprieto los nudillos.
—Por cómo estaban los cadáveres que encontramos en la Metropolitana… Sí, pensamos que Kai y Kiera están juntos. ¿Será un problema para ti?
Sé lo que debería responder.
La imagen de Anna tumbada en un charco de su propia sangre me nubla la visión, me constriñe la garganta y, aun así, respondo:
—No.
—Bien. Entonces, vamos a buscarlos.