13 Kiera Cuartel de la Policía Metropolitana de Tokio 33 días para el solsticio de verano #2
Le ofrezco otro medicamento y le acerco una papelera. Cuando la dejo a su lado la mira como si también me la fuera a arrojar, pero no lo hace.
Se traga la pastilla y se retuerce sobre sí mismo con el rostro desencajado.
—Me duele mucho…
—Mejorará —le prometo.
No le digo que será muy largo.
—Kiera, por favor… —suplica y me mira a los ojos. Tiene las pupilas dilatadas y apenas puede levantar los párpados—. Voy a ayudarte. ¡Dejaré el amai doku si quieres! Pero tienes que parar esto.
—Ya no se puede parar —le digo, arrodillada frente a él—. Solo tienes que aguantar unas horas. El dolor remitirá. Luego te daré algo para ayudarte y que la transición sea más… amable.
—¡No puedo hacerlo así! —grita—. ¡¿No ves que me estás matando?!
Me muerdo los labios.
—No te vas a morir. No voy a dejar que eso pase. Estoy preparada.
Kai grita con rabia y me echo hacia atrás.
Patea el aire y da un fuerte tirón del radiador.
—Kiera… Dame una dosis más, solo una… Y lo dejaré despacio. ¿Vale? Me lo quitaré poco a poco. Sé que puedo hacerlo. —Intenta negociar, pero hay tanta desesperación en sus palabras que destilan violencia.
—No. No lo harás. —Me pongo en pie—. Te limpiaré y mientras tanto intentaré convencerte de que necesitas estar sobrio para que no vuelvas a meterte.
Será difícil.
Yo ya temo las secuelas cuando las telarañas de mi amai doku se desvanezcan y vuelva a sentirlo todo.
Procuro apartar de mi mente la imagen de Neal mirándome con desesperación.
No quiero ni imaginar todo el dolor que debe de haber acumulado Kai a lo largo de los años, todo el daño que volverá de golpe.
¿Quién estaría dispuesto a pasar por algo así voluntariamente?
Echa la cabeza hacia atrás y golpea con ella la pared. Debe de estar haciéndose mucho daño.
—Por favor… —suplica, entre temblores—. ¿Y si cuando acabe esto quiero volver a colocarme? ¿Y si no me convences?
—Entonces dejaré que decidas y este sufrimiento no habrá servido para nada.
Kai vuelve a gritar, golpea el radiador con el puño y se echa a llorar; con rabia, con desesperación, con miedo .
Reconozco que eso me rompe un poco.
Es tan impactante como para que sienta una punzada de culpa, pero sacudo la cabeza, salgo del cuarto y lo dejo a solas.
No ha dejado de gritar en toda la noche.
Primero era la furia la que lo movía, luego la desesperación. Pero desde hace un rato es algo diferente, más oscuro y retorcido, lo que ha convertido los gritos en una letanía en la que arrastra las palabras y llama a voces a su madre y le pide perdón a un tal maestro Arashiro.
Lo último que dice antes de quedarse callado es el nombre de Hikari.
Es la primera vez que se queda en silencio y me digo que tal vez el cansancio haya sido suficiente para hacerlo dormir un rato; pero aun así me levanto.
Me acerco despacio para no despertarlo, pero en cuanto me asomo y lo veo… abandono todo intento de sigilo.
Kai está sentado en medio de un charco carmesí.
Se me para el corazón.
Salgo corriendo hacia él, que está tirado, caído levemente hacia un lado en medio de toda esa sangre. Está inconsciente y tiene el brazo derecho, el que he esposado en el radiador, abierto en canal, de arriba abajo.
—¡Kai! —grito.
Él no se mueve.
Ha perdido muchísima sangre, pero aún continúa escapando de su cuerpo.
Le quito su propio cinturón todo lo rápido que soy capaz y le hago un torniquete por encima de la herida, sobre el bíceps. Aprieto con fuerza, pero la sangre no cesa y me pongo cada vez más nerviosa.
—Mierda, Kai… Mierda… —mascullo y aprieto más fuerte, hasta que la sangre deja de manar de la herida.
No me detengo a celebrar la victoria.
—Kai, ¿me oyes? —tanteo, pero no recibo respuesta.
Lo zarandeo un poco, me pego a su rostro y compruebo que no siento su respiración. Su pecho tampoco se mueve.
Los dedos me tiemblan mientras saco la llave de las esposas, lo suelto y lo tumbo en el suelo, sobre ese mismo charco macabro.
Le echo el mentón hacia atrás para comprobar que las vías no estén obstruidas y le tomo el pulso… pero no lo encuentro.
Se ha parado. Su corazón se ha parado por la pérdida de sangre.
Los remordimientos son un trago tan denso que incluso con el amai doku debo sentirlos.
Empiezo con las comprensiones. Si quiero revertir esto lo primero es movilizar sangre.
Echo un vistazo arriba, a la encimera en la que he dejado la bolsa, y he de abandonar a Kai.
Lo hago con tal desesperación que resbalo con la sangre y estoy a punto de caer, pero recupero antes el equilibrio. Agarro la inyección de adrenalina, vuelvo a arrodillarme a su lado y le tomo el brazo ileso para ponérsela en vena.
Arrojo la jeringuilla a un lado y vuelvo con el masaje para que la sangre con la adrenalina circule.
—Vamos, Kai. Vamos…
Cuando llego a treinta me inclino sobre él, le tapo la nariz y le insuflo aire dos veces.
Sigo con el masaje.
Cuento hasta treinta de nuevo procurando no dejar espacio a nada. Si pienso, si me dejo dominar por las emociones aletargadas que se espabilan con brusquedad no sé qué podría pasar.
Vuelvo a insuflarle aire dos veces y, entonces, Kai tose y yo estoy a punto de echarme a llorar.
—Kai —lo llamo.
No responde. Se mueve un poco, pero no llega a abrir los ojos. Recupera el pulso, pero sufre una evidente alteración de la conciencia.
Jadeante, le pongo dos dedos en la muñeca, pero no encuentro pulso radial y eso solo puede significar que tiene la tensión sistólica por debajo de ochenta.
Me quedo mirándolo en el suelo, tumbado sobre toda esa sangre, y me doy cuenta de que si no atajo la causa del paro… podría volver a ocurrir.
Así que me pongo en pie y tomo dos bolsas de suero.
No pierdo el tiempo.
Le pongo una vía con suero como puedo, pero sé que solo eso no lo salvará. A la larga lo único que hará será aguar la sangre y con la tensión así de baja… podría volver a entrar en parada.
Por eso, en cuanto he terminado vuelvo a levantarme y vacío la segunda bolsa de suero.
Lo que voy a hacer sería una barbaridad en cualquier otro contexto, pero… estamos solos. Nadie vendrá a salvar a Kai.
Me preparo con rapidez, me clavo una aguja y empiezo a llenar la bolsa con mi propia sangre. Soy donante universal, así que no importa qué tipo de sangre tenga él.
Me la sacaré mientras le administro el suero y luego se la trasfundiré.
Voy a contrarreloj, así que tomo la bolsa y sigo trabajando. Agarro material de sutura y unos guantes y me pongo a su lado de nuevo.
La herida se ve mejor gracias al torniquete que no deja pasar la sangre.
Mierda… Es muy profunda.
Busco a los lados y encuentro un pedazo de cristal del vaso que no he debido de ver antes.
Maldigo para mis adentros y empiezo a coser por planos. Al menos necesitará una sutura en tres capas diferentes, porque Kai no ha dejado nada al azar. Lo ha hecho bien hondo y una parte de mí que empieza a despertar me susurra que esto se lo he provocado yo.
Trago saliva. No puedo dejarme llevar por las emociones ahora.
Kai se revuelve un poco ante el estímulo doloroso, pero no recobra la conciencia. Contrae la expresión, hace una mueca y gimotea algo.
Mejor así.
Esto debe de doler muchísimo, pero no puedo ponerle nada para que sufra menos, no cuando tiene la tensión por los suelos.
Sigo cosiendo, punto a punto, plano a plano. La bolsa de sangre se sigue llenando y la de suero se vacía.
Cuando estoy dando los últimos puntos abre los ojos.
Balbucea algo que no entiendo y se revuelve más.
Y una parte de mí que es más cabeza que corazón lo agarra por los hombros y lo arrastra de vuelta al radiador para sacar las esposas y atarlo del brazo derecho.
Esto va a quitarme el sueño más tarde. Estoy segura.
Para cuando vuelvo a sentarme junto a él Kai ya me está mirando con los ojos bien abiertos.
—Vas a estar bien —le digo y la voz me sale ronca.
Me mira unos instantes con unos ojos que parecen profundamente exhaustos.
—No, qué va…
Tiene la camiseta empapada de sudor frío y sangre; mucha sangre. El brazo le cae laxo junto al cuerpo hasta que lo tomo continúo cosiendo… Parece agotado, pero no solo por lo que acaba de pasar.
Kai Inoue está cansado de la vida.
No sé queja, aunque ya es plenamente consciente de lo que ocurre.
Termino de darle los puntos sin que haga ni diga nada y en cuanto acabo le suelto el torniquete.
La herida es larga y profunda, pero está limpia.
Y ahora una línea de puntos le recorre el antebrazo entero en medio de la tinta de un tatuaje estropeado.
Cuando acabo tomo el pedazo de cristal con el que se ha hecho esto y busco por si se me hubiera pasado algo más.
Al salir para tirarlo a la basura me doy cuenta de que los dedos me tiemblan, por lo que he de apretarlos con fuerza antes de inspirar y volver dentro.
Tomo una pastilla y otro vaso de plástico y me arrodillo para dárselos.
—Es metadona. Se usa para ayudar en la transición… Reducirá los síntomas de la abstinencia sin darte un subidón. En unos treinta minutos te sentirás mucho mejor.
Kai toma la pastilla y agarra el vaso de agua con cierta debilidad.
—Póntela debajo de la lengua. No te la tragues. Se disolverá enseguida.
Kai obedece. Me siento en el suelo frente a él. Estoy tan cansada que no me importa la sangre de la que ahora también estoy cubierta.
Ambos nos quedamos en silencio unos instantes, hasta que es él quien lo quiebra.
—¿Desde cuándo planeabas hacerme esto?
El pelo oscuro le cae sobre el rostro, húmedo por el sudor.
—Desde hace dos días, cuando me diste media pastilla y comprendí cómo era.
Kai abre los ojos y me mira a través de los mechones oscuros.
—Lo iba a hacer mejor, con más tiempo, más apoyo farmacológico… —le digo, aunque suena a una excusa muy pobre—. La naloxona lo ha precipitado todo.
—Así que pruebas un pedacito de cielo y esto es lo que se te pasa por la cabeza…
Me retuerzo los dedos.
—El amai doku lo anula todo; también lo bueno. Solo quedan emociones simples, muy primarias… —murmuro, sabiendo que, aunque sea difícil de explicar, él lo entenderá—. No puedo volver a sentirme tan vacía de nuevo, otra vez no. Tú tampoco deberías.
Se pasa la lengua por los labios resecos y se aparta el pelo de la cara.
Los dedos aún le tiemblan.
Y todavía no le he visto mirar la herida que se ha abierto.
—¿Cuándo te has sentido así de vacía antes? —pregunta.
Me muevo, me acerco a él y me quito un coletero de la muñeca para recogerle el pelo.
Kai me mira. Está tan cerca como para intentar hacerme daño y estoy segura de que en otras circunstancias podría, pero ha estado a punto de irse al otro barrio y me deja hacer.
—Antes, constantemente —reconozco.
—¿Antes de qué?
Vuelvo a sentarme frente a él.
—Antes de Neal.
Su nombre en mis labios trae de vuelta una punzada tibia, atenuada, que hace dos días dolía mucho más.
Y sé que eso es terrible.
Me doy cuenta de que puedo quitarle ya el suero. Mi bolsa se ha llenado suficientemente también. Así que hago el cambio y le pongo la sangre.
Kai no pregunta. Como si le diera igual. Como si esto fuera en vano.
Me asusta.
—Quiero el dolor. Quiero los remordimientos y el miedo, porque eso me hace humana —le digo.
Kai sacude la cabeza.
—¿Quién querría algo así?
—Yo. Yo lo quiero todo. Quiero lo bueno y lo malo: la pena, la culpa, la miseria… quiero sentir . No sentir nada es peor.
—No sabes lo que dices —murmura.
—Claro que lo sé. Vivir anestesiada no es vivir. Desprenderse de toda emoción te deshumaniza.
—¿Y cuando todas las emociones pesan? ¿Cuando todas se te clavan en el alma? Si todo va a ser sufrimiento, ¿no es mejor no sentir nada en absoluto?
—No —contesto, tajante—. Sentir siempre es mejor. Mientras sientas… habrá esperanza. ¿Crees de verdad que en tu vida solo hay sufrimiento?
Kai no flaquea al sostenerme la mirada.
—El amai doku hace que otras cosas parezcan divertidas, casi buenas. Tú lo sabes.
—No… —Niego con fuerza—. No me refiero a esa pseudofelicidad. ¿Qué hay de tu hermano? ¿El amor que sientes por él no es real?
Kai traga saliva y aprieta los labios.
—¿Y Markel?
Aparta los ojos. Después de todo, solo ese nombre le hace flaquear un poco.
—No mataste a Anna. Lo más sencillo habría sido acabar con ella.
Si lo hubieras hecho nadie te habría descubierto jamás, sé que eres más que capaz de ocultar pruebas.
Pero te encargaste de robarle el móvil primero, avisar a Markel para asegurarte de que llegaba a tiempo, y después cortaste lo suficiente como para que pareciera un intento de asesinato, pero no tanto como para matarla.
Vuelve a mirarme. Tiene los ojos enrojecidos y los labios le tiemblan un poco al hablar, aunque la voz le sale serena.
—Anna me daba francamente igual. Lo hice por Markel.
—Incluso si eso fuera verdad, me estarías dando la razón —replico—. Las personas buenas hacen cosas malas a veces, Kai. Solo debemos vivir para enmendarlo e intentar no repetirlo.
Kai fuerza una risa sardónica, pero creo que no suena como a él le gustaría.
—Voy a soltarme. Lo sabes, ¿no? En cuanto recupere el aliento voy a encontrar la forma de escapar, y cuando lo haga te mataré por esto —me dice muy tranquilo, como si me informara del tiempo.
—Ya… Bueno… Te deseo suerte.
Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y noto cómo su respiración se vuelve más fatigosa. Debe de estar notando la metadona.
Me pongo en pie. Él ni se inmuta.
—Ya ha amanecido. Voy a buscar algunas cosas y volveré enseguida.
No responde. Creo que se ha quedado dormido de puro agotamiento.
Antes de irme me aseguro de que no hay nada peligroso a su alcance.
Le quito el cinturón que he usado para hacer el torniquete y aparto cualquier cosa que en sus manos pudiese ser un arma, pero no me voy todavía…
porque me doy cuenta de que podría arrancarse la vía y usar la aguja para volver a abrirse los puntos.
Así que me quedo mientras duerme, imaginando todas las formas que se me ocurrirían de hacerme daño, y cuando por fin puedo quitarle la vía y compruebo que ahora sí tiene pulso radial, me marcho sabiendo que Kai hablaba en serio: si puede, me matará.
Cuando vuelva me aseguraré de hacerlo bien armada.