Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 13 Kiera Cuartel de la Policía Metropolitana de Tokio 33 días para el solsticio de verano
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13 Kiera Cuartel de la Policía Metropolitana de Tokio 33 días para el solsticio de verano

O igo cómo se quiebra el cristal cuando echo a correr.

Una parte de mí quiere quedarse, pero hay otra que durante estos años ha aprendido a gritar más fuerte:

«Monstruo».

«No lo va a entender».

«Farsante».

«Querrá respuestas».

«Huye. Huye. Huye…».

Kai me está esperando fuera cuando salgo, bastante más alterada que él para lo que acaba de hacer. Está cubierto de sangre y una sonrisa triunfante le tira de los labios.

Ni siquiera me mira mucho cuando le pido que me dé las llaves y salimos de aquí.

La vuelta en moto también hoy es dramática.

No queda nadie en las calles que, si de día ya están prácticamente vacías por el miedo a la guerra entre Echo y Andrews, ahora parecen completamente abandonadas.

Conduzco a toda velocidad, rezando para no equivocarme de camino, mientras las anomalías se arremolinan en los rincones más oscuros de la ciudad y llegamos a la posada rozando el límite de lo mortal.

Cuando la encargada nos ve entrar a la carrera vuelve a dar un respingo, se lleva la mano al pecho y nos observa al pasar hasta que desaparecemos de su vista.

Al final nos va a echar.

Voy directamente al baño mientras oigo cómo Kai se deshace de la cazadora, se quita el cinturón con Onimaru y se tira en uno de los futones sin molestarse en limpiarse antes la sangre.

Yo aprovecho que no mira para sacar las esposas que he tomado de la Metropolitana y las guardo en la bolsa para bebés donde tengo todo lo que robamos de la farmacia.

Tras desnudarme me miro en el espejo y me fijo en las lesiones que me hice luchando contra los hombres de Nomura. Apenas siento el corte en el antebrazo y el dolor del hombro es solo un rumor lejano gracias al amai doku .

Luego me doy una ducha larga que no consigue quitarme de encima la sensación de la sangre en la piel.

Tampoco me deshago de esa mirada al otro lado del cristal.

Está vivo.

Neal ha sobrevivido y, si estaba en pie, vestido y armado, eso quiere decir que no ha salido con secuelas graves…

El corazón me late con fuerza solo con pensarlo. Late a pesar del amai doku y de las capas de piedra que he ido arrojando sobre él.

Y con cada latido llega una oleada de remordimiento por no haberme quedado.

Pero no he podido hacer nada diferente.

Tras el alivio al verlo con vida, un pánico frío y húmedo lo ha inundado todo y no he tenido otra opción que echar a correr.

Me pregunto cuánto tiempo llevará despierto y qué le habrán contado.

Me pregunto qué pensará de mí, de que esté viva, completamente sana .

Ha estado a punto de morir por mi culpa y yo he… yo he escapado. Dos veces.

Salgo de la ducha consciente de que el amai doku que aún sigue en mi organismo ya no es suficiente para acallar algunas partes de mi alma, y de que dentro de unos días, tal vez de unas horas…, será aún peor, porque lo sentiré todo.

Intento sacudirme esa sensación de encima. Me pongo unos pantalones limpios y una camiseta y salgo de la ducha todavía con el pelo mojado para hablar con Kai.

Necesito hacerle entrar en razón, convencerle de que ahora que Nomura ha muerto debe seguir ayudándome; no solo por Japón, sino por Hikari.

Si las bombas caen, todo lo que ha hecho por su hermano no habrá servido para nada.

Sé que lo entenderá. Sé que, en el fondo, enterrado muy adentro, debe de haber un Kai que todavía está dispuesto a cualquier cosa por su hermano… incluso a vivir .

—Kai, escucha. Tenemos que ha…

Me quedo a mitad de frase, porque lo que veo pone algo en marcha.

Me acerco corriendo al futón, donde Kai está tumbado de una forma extraña, con la cabeza girada a un lado. Y una parte mía que no ha muerto a pesar del ejército despierta un instinto que mis mentores médicos me inculcaron.

—¡Kai! —lo llamo, pero no responde—. ¡Kai! —Lo agarro por los hombros y lo zarandeo, pero sigue sin despertar.

Aún respira. Lo veo en su pecho, pero cuando le pongo la mano bajo la nariz me doy cuenta de que la respiración es muy lenta y superficial.

Le levanto un párpado y compruebo que su pupila es apenas un puntito negro.

—Mierda, Kai…

Es una sobredosis.

Ni siquiera ha esperado una noche.

Corro al baño y busco la naloxona.

Tomo el espray, le levanto un poco la cabeza, se lo pongo en la nariz y se la administro.

Luego espero el minuto más largo hasta que Kai despierta.

Abre los ojos y se intenta incorporar de golpe, agitado.

—¿Qué…? ¿Qué ha? —Deja la pregunta en el aire mientras mira a los lados.

No le permito ponerse de pie y se agarra a mí con las dos manos, hasta que me suelta y se lleva los dedos crispados al pecho.

—Kiera, algo va mal…

Se me encoge el corazón.

—Es un síndrome de abstinencia agudo —le explico, procurando mantener la calma—. Te ha dado una sobredosis y te he puesto naloxona. Eso es lo que estás notando.

—No. —Trata de levantarse, pero trastabilla—. No puedo. No…

Lo agarro a tiempo de que se caiga y, entonces, cuando se gira hacia su cazadora, me doy cuenta de lo que está buscando.

No puede volver a colocarse. Por muy mal que se sienta. Por muy doloroso que sea.

—No puedes volver a meterte, Kai —le digo, y lo agarro con más fuerza para obligarlo a mirarme—. La naloxona desaparecerá de tu organismo y si sigues metiéndote vas a volver a sufrir una sobredosis…

—Aparta —masculla, con la voz enronquecida, y me da un empujón.

Cuando siento su fuerza y lo veo arrastrarse hacia la cazadora me doy cuenta de algo.

Kai es más fuerte que yo y puede que ahora esté desorientado y dolorido, pero en cuanto se le pase… podrá librarse de mí con facilidad.

Así que he de reaccionar ahora.

No dejo que encuentre lo que busca.

Lo agarro por detrás con una llave, le pongo un brazo bajo el cuello y tiro de él hacia atrás con fuerza.

Me golpea el brazo con insistencia. Lo oigo boquear, aturdido, pero no cedo. Lo arrastro por el suelo y lo llevo al baño.

Lo suelto con violencia y lo arrojo a un lado, rezando para que esté tan confundido como para que me dé tiempo… pero Kai se levanta enseguida, casi como si lo moviera el instinto.

Logro tomar las esposas que he guardado, pero antes de atraparlo se zafa, intenta recuperar espacio para atacarme, pero yo no se lo permito y cuando alza el puño apenas consigue conferirle fuerza al golpe. Vuelvo a agarrarlo, tomo las esposas y le pongo una con facilidad.

—¡¿Qué mierda, Kiera?! —exclama, furioso.

No le doy tiempo a atar cabos.

Le propino una fuerte patada en la rótula. Kai se dobla y cuando cae al suelo lo arrastro hasta el radiador para cerrar allí el otro extremo de las esposas. Suelta un grito de frustración. Intenta alcanzarme y yo me pongo en pie y me alejo con rapidez.

—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Kiera! —Pega un fuerte tirón de las esposas que debe de dolerle mucho.

Quizá no tanto como el mono.

—Lo siento —murmuro—. No puedo dejar que vuelvas a consumir.

Kai inspira con fuerza, como si no le llegara el aire a los pulmones.

—¡¿Por qué coño tienes tú naloxona?!

Arrastra las palabras hasta que los últimos sonidos son apenas un gruñido cuando se encoge sobre sí mismo.

—Kiera, Kiera… —suplica, jadeante—. No puedes hacerme esto. No puedes… —Se revuelve con violencia, tira de las esposas y vuelve a gritar, frustrado—. ¡¿Desde cuándo planeas esta mierda?!

—Iba a convencerte de que tenías que limpiarte —le digo—. Iba a hacerlo bien, con tiempo… Pero ahora que has tomado la naloxona ya no podemos dar marcha atrás.

Kai tuerce la expresión. Abre la boca para volver a insultarme, pero la cierra de pronto cuando se dobla sobre sí mismo por el dolor.

Sé que debería afectarme más, pero lo cierto es que tampoco me impresiona demasiado.

Y es por el amai doku .

—Lo siento —le digo—. Pero tienes que aguantarlo.

—Zorra —escupe.

Empieza a temblar. Se abraza a sí mismo con la mano libre y echa la cabeza hacia atrás mientras cierra los ojos con fuerza.

La naloxona le he provocado una abstinencia precipitada y violenta. Para él es como si llevara una eternidad sin meterse… pero lo ha sentido de golpe. Su cuerpo aún necesita los opioides, pero la naloxona los está bloqueando y el dolor tiene que ser…

Kai grita.

Y eso me hace reaccionar. Voy hasta la bolsa, tomo una pastilla y lleno un vaso de agua en el lavabo antes de acercárselo.

—Tómate esto. En un rato los temblores, la ansiedad y los escalofríos mejorarán. Es clonidina.

Me la arrebata con rabia, pero está suficientemente mal como para tragarla sin protestar.

—Me duele mucho, Kiera —murmura, con voz ronca.

Está sudando, pálido y tembloroso.

Vuelvo a la bolsa y tomo dos pastillas.

Kai las observa unos segundos antes de dedicarme una mirada incendiara.

—¡¿Dos putos ibuprofenos?! —grita.

El dolor vuelve a recorrerlo. Se contrae sobre sí mismo, echándose encima parte del agua. Voy a tomar el vaso, pero no me lo permite. Lo arroja hacia mí con violencia y cuando me aparto se estrella contra la pared que tengo detrás, haciéndose añicos.

Miro los peligrosos pedazos de cristal, muchos a su alcance, y los recojo con rapidez.

Está bien. Nada de cristal de ahora en adelante.

Kai es más que capaz de usarlo para atacarme y no puedo arriesgarme.

Aprovecho que sigue contrayéndose de dolor, incapaz de quedarse quieto, para palpar sus pantalones en busca de más armas. Cuando lo descalzo encuentro un pequeño puñal en el interior de la bota. No hallo nada más.

—Me cago en la puta —masculla. Tiene los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra la fría pared. Suda profundamente y los escalofríos son tan intensos que su cuerpo sufre pequeños temblores—. Voy a matarte.

Sé que lo dice en serio, pero tampoco me molesta mucho.

—Primero tendrás que sobrevivir a esta noche. ¿Te has tomado los ibuprofenos?

Asiente levemente sin abrir los ojos.

—Bien. Voy a buscar algo de plástico para darte agua. La deshidratación lo empeorará todo.

—Tengo ganas de vomitar —murmura y se abraza a sí mismo más fuerte.

Está hecho una mierda.

Qué suerte que me diera aquella media pastilla; de lo contrario, ahora me sentiría muy mal.

—Ten. Esto es para los vómitos.