12 Neal Cuartel de la Policía Metropolitana de Tokio 33 días para el solsticio de verano
E l pelo se me pega a la cara por el sudor.
Me deshago del casco y lo abandono en una de las mesas que aún permanecen en pie.
Cuando Moe Standen me pregunte por el resultado, tendré que decirle que ha sido óptimo… porque solo han muerto diecisiete personas entre los soldados de Echo y los del Skytree.
Diecisiete.
Cuando entré a formar parte del equipo de salvación náutica especializado en rescates de alto riesgo jamás habría concebido que una misión en la que se pierden diecisiete vidas sería considerada un éxito.
Aún no hemos terminado.
Los soldados ilesos van de un lado al otro encerrando a los prisioneros.
Los altos mandos irán a las mazmorras de Palacio, donde estarán mejor protegidos. El resto van a ser encerrados aquí mismo.
Dos soldados arrastran por los pies el cadáver de un enemigo caído que obstaculizaba el paso y que ahora va dejando una estela de sangre tras de sí.
Aparto la mirada.
Y echo a andar.
Aún quedan un par de horas para que anochezca, pero la claridad que entra por los cristales rotos no es suficiente para que las esquinas donde han reventado las luces sean seguras, y todos las evitamos.
La milicia redoblará la seguridad tanto aquí como en el Palacio durante los próximos días, cuando es más probable sufrir un nuevo ataque.
Ahora somos débiles. Aunque hayamos ganado, este lugar es difícil de guarnecer; nosotros mismos hemos ido destruyendo las líneas de defensa y ahora es un blanco fácil para los mercenarios y los soldados comprados de Raine Andrews que han huido.
Noto un dolor tirante en la cabeza y al pasarme los dedos por ella siento la cicatriz en la zona aún rapada de pelo. También noto algo parecido en el costado, donde mis costillas todavía están doloridas.
Aya tenía razón. Aunque mis reflejos están bien por lo general, me siento débil. Los días que estuve en cama me han pasado factura y mi cuerpo todavía me recuerda que he estado a punto de morir.
Procuro no pensar en ello y sigo andando hasta que, de pronto, una voz detiene mi paseo.
Algún soldado debe de haberse escaqueado de las labores de limpieza.
Sigo el sonido y evito pisar los cristales rotos que hay por todo el suelo, ignoro los charcos de sangre, el rastro violento de las balas y, de pronto, una sombra cruza el pasillo y se desliza tras una puerta entreabierta.
Me llevo la mano a la culata de mi arma y desenfundo, en posición, porque ese soldado no vestía el uniforme del Skytree; tampoco el del Palacio Imperial.
No me ha parecido el traje táctico que visten los mercenarios, ni tampoco el uniforme de la policía; pero aun así estoy seguro de que no era de los nuestros.
Continúo andando con la pistola ya en la mano, atento a cada movimiento, pero sin perder un segundo. Me asomo por la puerta y, de nuevo, advierto solo una sombra que desaparece.
Esta vez, no me lo pienso. Salgo corriendo tras él y noto, por los pasos acelerados, que me oye y aprieta el ritmo, también sin importarle ya hacer ruido.
Se escucha un chirrido y acto seguido llego a la puerta metálica de las escaleras. Salgo a toda prisa, con la pistola en la mano, y avanzo de dos en dos mientras intento adivinar de quién se trata.
El perímetro está asegurado. Todas las salas han sido inspeccionadas.
Por eso tengo que alcanzarlo; porque si está aquí eso significa que es tan bueno como para burlar la seguridad de dos ejércitos.
Corro a través de las escaleras, las subo de dos en dos y luego de tres en tres, mientras las botas rechinan contra el suelo y quiebran los cristales.
Sigo la sombra a través de la puerta del tercer piso, la cruzo como un vendaval y me doy cuenta de que he acortado la distancia cuando veo cómo el soldado se cuela por un pasillo estrecho y soy capaz de verlo mejor… verla.
Es una mujer. Una soldado con coleta.
No. No puede ser…
El corazón se me contrae cuando tomo una puerta bamboleante; tal vez por eso caigo en la puta trampa.
La puerta que acabo de traspasar se cierra a mi espalda con un sonoro golpe que me tensa y me obliga a girarme.
Me doy cuenta de que estoy encerrado en una sala de interrogatorios y comprendo en un parpadeo que si la intención hubiera sido diferente ahora podría tener un tiro alojado entre los omóplatos.
He sido imprudente.
La luz del cristal chisporrotea, y cuando me giro hacia el otro lado, los ojos confirman lo que el corazón ha sentido mucho antes.
Una mirada azul, profunda como el océano, se ha clavado en mí. Tiene ojeras y los párpados un poco enrojecidos, pero esos ojos siguen siendo tan hermosos que duele contemplarlos.
—Kiera. —La voz me sale ronca.
Respira con dificultad por la carrera; los labios entreabiertos, las mejillas encendidas y salpicadas de sangre.
Sangre.
La miro de arriba abajo con rapidez y descubro que no solo se ha manchado el rostro. Pero no parece herida. No lo está de gravedad si ha sido capaz de huir así.
Sé lo que me dice la razón y, sin embargo, una emoción fría y viscosa se adueña de mí mientras intento asegurarme de que está bien.
No lleva uniforme. Se ha puesto unos pantalones cargo, una camiseta negra ceñida y una cazadora de manga corta que rompe con la estética militar.
Sus ojos, que también parecen regresar de un escrutinio profundo, se encuentran con los míos y durante unos segundos veo paz y alivio, y algo cálido que se desliza entre los dos.
Doy un paso adelante sin pensar mucho en lo que hago, extiendo una mano y la apoyo contra el cristal porque me parece imposible habérmela encontrado aquí.
No me importa qué estaba haciendo. Me da absolutamente igual de quién es esa sangre si no es suya.
—Kiera —repito, esta vez más alto, aunque no sé si podrá oírme a través del cristal.
Ella también se mueve como en un sueño, sin tener que pensarlo. Se lo noto en la cara, en esa expresión incrédula y feliz cuando da un paso adelante, y después otro, y extiende la mano.
Es muy pequeña frente a la mía.
Y de pronto la vista de su mano, tan bonita y delicada, tan cerca y tan inalcanzable agita algo dentro de mí.
Lo siento como un mar antes en calma que se ve perturbado por algo que dormía en el interior.
—Abre la puerta, Kiera —le pido, incapaz de ocultar el dolor.
Ocurre rápido.
Veo el instante exacto en el que este momento se quiebra, y encerrado aquí dentro no puedo hacer nada por impedirlo.
Se le dilatan las pupilas e inspira con fuerza, como si se hubiera quedado sin aire.
Kiera parpadea. Mira nuestras manos. Mira la puerta. Y, entonces, aparta los dedos.
—No… ¡Kiera!
Pero ya no hay alivio en sus ojos. Tan solo miedo, un miedo extraño e inexplicable que no entiendo y que deja tras de sí una sensación amarga.
—¡Kiera! —grito.
No dice nada.
Da un paso atrás. Luego otro… Empieza a alejarse y yo solo puedo pensar que es injusto y que no tiene sentido.
La impotencia me oprime los pulmones.
Le doy un puñetazo al cristal, pero eso no consigue frenarla. Vuelvo a golpearlo con más fuerza y este tiembla. Kiera se lleva la mano al pecho, pero no se detiene.
—¡Kiera! —grito, desgarrándome los pulmones.
Le doy otro puñetazo con todas mis fuerzas y la luz chisporrotea.
—¡Kiera!
Un nuevo golpe quiebra ligeramente el cristal y dejo escapar un grito de frustración.
Me giro, buscando algo, cualquier cosa… y tomo una silla para reventar el cristal con ella.
Cede tras dos intentos, pero para entonces ya sé que es tarde. Cruzo al otro lado y camino a través de los cristales rotos un segundo, dos, tres… hasta que me detengo en medio de un pasillo oscuro, demasiado para resultar seguro, y comprendo que Kiera ha vuelto a desaparecer.
¿Qué mierda acaba de pasar?