11 Kai Cuartel de la Policía Metropolitana de Tokio 33 días para el solsticio de verano
L os soldados de Echo Akiyama en conjunto con los aniquiladores del Skytree van rompiendo una a una las barreras de seguridad para que Kiera y yo podamos cruzar las puertas de la Metropolitana sin inconvenientes.
La lucha es violenta e intensa y una vez dentro debemos tener cuidado. Kiera roba un intercomunicador del Skytree y con él nos guiamos para no ser sorprendidos en un mal lugar.
El resultado de la batalla está decidido mucho antes de empezar. La Metropolitana apenas ofrece resistencia, intentan atrincherarse y resistir desde el interior, pero no son rivales para las tropas de la Emperatriz y Moe Standen.
Por eso sé que no tenemos mucho tiempo. Una vez que se hayan rendido, los soldados harán recuento de bajas, reconocerán el lugar, y arrestarán a todos los colaboradores.
Debemos encontrar a Nomura antes de eso.
Kiera se mueve bien. Es un ratón sigiloso que pone a prueba los márgenes más oscuros, donde un paso en falso para cualquier otro significaría la muerte.
Lentamente, nos vamos desplazando por el interior, atentos a la radio y a las capturas, hasta que el aviso de un soldado del Skytree nos conduce a mi presa.
Kiera insiste en no matar a ningún soldado.
Ese es su trato para ayudarme, y permito que ella misma deje inconsciente a un hombre joven que no sabe lo que ocurre antes de ser asfixiado y mearse encima.
La joven verifica después que aún tiene pulso y se arriesga a usar uno de los comunicadores para despejar el lugar y asegurarse de que me da tiempo.
Antes de abrir la puerta, me saco el amai doku del bolsillo y me pongo dos pastillas en la palma de la mano.
—¿Estás segura de que no quieres? Será más fácil.
Sabe lo que espera al otro lado. Sabe lo que tendré que hacer, y cómo me tendrá que ayudar ella si el número de soldados me supera demasiado.
Pero Kiera sacude lentamente la cabeza.
Me encojo de hombros y me tomo las dos ante su atónita mirada.
—Una es de tu parte. —Le guiño un ojo y me vuelvo hacia la puerta.
Onimaru se ilumina con anticipación. Tal vez sepa oler la sed de sangre que emana de mí. Tal vez sea algo más; algo que entrelaza mi destino con el hombre que hay tras esta puerta.
Una última maldad antes de morir.
Esta, al menos, traerá algo bueno, pues además de vengar a Hikari libraré al mundo de un ser despreciable.
Y voy a hacer que dure todo lo que nos permita el tiempo.
Voy a disfrutar.
Agarro el pomo, lo giro y, al abrir la puerta, tres hombres nos reciben en una sala sin salidas ni ventanas; solo celdas cerradas en un pasillo estrecho.
Ya estaba bastante colocado, así que no necesito esperar al efecto de las últimas pastillas para sentir la indiferencia abrumadora que se posa sobre mis huesos como un manto denso, que lo cubre todo y me permite lanzarme hacia ellos con brutalidad.
Cerceno un brazo, clavo la katana en un vientre y el tercer individuo alza las manos.
—¡Me marcharé! ¡Me iré! ¡No quiero pelear! ¡Dejad que…!
No permito que acabe. Empuño a Onimaru y realizo un kesa-giri perfecto, sin vacilar, de arriba abajo y en diagonal.
Un movimiento brusco por el rabillo del ojo me hace girarme de golpe, pero descubro que solo es Kiera, que ha apartado la mirada.
—Te dije que te tomaras el amai doku .
El hombre cae al suelo entre estertores y yo paso por encima de él sin hacer caso de Kiera, que viene detrás, se arrodilla frente a los cadáveres y los remata con una expresión que podría haberse ahorrado si se hubiera metido.
Qué tonta.
Celda vacía tras celda vacía, la ansiedad se abre paso a través de los grilletes del amai doku, pero la última de ellas contiene a mi víctima.
Nomura.
Tiene los ojos negros entrecerrados, pero las pupilas dilatadas.
Espero que haya oído los gritos. Espero que cada miserable minuto lo haya pasado temiendo este momento y rezando para que no llegara.
Viste de traje, impecable a pesar de la situación. La figura estilizada, el pelo negro peinado hacia atrás con pulcritud, los zapatos caros… Tiene ojeras pronunciadas bajo una mirada cuyo miedo me hace sonreír como un demente.
Me esfuerzo para que él así lo vea.
—Buenas tardes, Nomura-sama. Espero que perdone mis modales, no he tenido tiempo de concertar una cita.
Sus ojos se abren aún más. La repulsión danza con el miedo en una combinación que me ensancha la sonrisa.
—Siempre supe que eras un pedazo de mierda, Kai Inoue; una rata incapaz de reconocer la grandeza o el éxito.
Miro a los lados, me llevo una mano al pecho y finjo sorpresa mientras busco ese éxito del que habla.
—Perdona, ¿de qué éxito estamos hablando? ¿Es el de tus hombres destripados a las puertas de tu celda? Tendrás que ilustrarme, Nomura; como bien has dicho, un pedazo de mierda como yo no es capaz de entender esas cosas.
Nomura inspira con fuerza, todavía con esa expresión que no ha transitado por completo al terror.
Tendré que ponerle remedio.
No deseo que muera cabreado.
Lo quiero absolutamente aterrado, a punto de enloquecer, preguntándose cuánto tiempo más durará el dolor. Quiero que me ruegue por una muerte más rápida.
—Todavía estás a tiempo de dar un paso atrás. Sácame de aquí y estaré en deuda contigo. Soy un hombre de negocios, Inoue, y estoy dispuesto a negociar por mi vida… que vale mucho. Créeme.
—¿Vale un pasaje de salida antes de que caigan las bombas de Andrews? —interviene Kiera.
Nomura se fija en ella por primera vez. Veo la esperanza al fondo de esos ojos de rata.
—Sí. Por supuesto que sí.
—¿Cómo será eso? ¿Os tenéis que reunir en algún lugar?
—Ellos vendrán a buscarme cuando llegue el momento. Puedo llevaros. Hay sitio para dos más.
—¿Quiénes son ellos ? —continúa, con tranquilidad. La voz le sale casi dulce.
Tiene las manos manchadas de la sangre de sus hombres, la cara salpicada después de haber tenido que rematarlos ella sola.
Y ahora está serena, absolutamente concentrada en las palabras de Nomura sin que nada quiebre la superficie de esa máscara en la que se ha convertido su rostro. Hay que reconocerle la templanza.
—El Skytree —contesta, entre dientes, y lo hace rápido para asegurarse de que sabemos que quiere colaborar—. Muchos de ellos están aquí. Los altos mandos, los generales… todos ellos comprados. Puedo poneros en contacto.
Kiera me dedica una mirada.
Continúo yo.
—¿Y cómo vas a hacerlo si han sido arrestados o ya están muertos? —Doy un paso adelante y me apoyo en los barrotes. La sangre resbala por el filo de Onimaru cuando la alzo y me cae sobre los nudillos—. Creo que no tienes una mierda, Nomura.
Su nuez se mueve cuando traga saliva.
—¿Qué pasa con tu hermano? ¿Qué pasa con los viales?
¿Quién te los va a conseguir ahora? —Nomura da un paso adelante y el instinto desplaza mis ojos sin mover el resto de mi cuerpo.
Guardo silencio, expectante. Soy un cazador preparado para el paso fatal de mi presa—. Abre la puerta y Hikari vivirá.
—Claro, ahora te abrimos la puerta. Dinos dónde está la llave.
Sonrío con cuidado, pero creo que el hambre me delata, porque por fin veo ese miedo profundo y visceral en sus ojos, y da un paso atrás.
Me paso la lengua por los labios, rabiando de anticipación, igual que Onimaru.
Ya noto el chispeante efecto del amai doku abriéndose paso a través de mi torrente sanguíneo, aferrándose a cualquier emoción mínimamente desagradable para envolverla en un abrazo asfixiante que hace agonizar todo lo que no es esta sed oscura de violencia, que me provoca una alegría feroz.
—Púdrete, Kai. Los soldados de la Emperatriz llegarán de un momento a otro y no tendrás más remedio que marcharte.
—Pero, Nomura… —ronroneo, inclinándome sobre los barrotes—. ¿No rogabas hace un momento por salir? Vamos, te vamos a cuidar muy bien…
La mandíbula se le crispa en una mueca que afea su expresión y a mí me entra la risa, desquiciada e incontrolable, que nace como el hipo.
—Querida. —Me giro hacia Kiera—. ¿Tendrías el detalle de abrirme la puerta, por favor?
Kiera me devuelve una mirada preocupada, pero no replica. Sabe que no tenemos tiempo y es consciente de qué voy a hacer.
Saca su arma, le pone un silenciador y me la ofrece.
Nomura se tensa y trastabilla, pero no hay nada en la celda tras lo que pueda escapar de un tiro.
—Si voy a disparar igual para reventar la cerradura, dispara directamente al corazón y salgamos ya de aquí —ofrece, con voz templada.
Seguro que le está costando una barbaridad hablar tan tranquilamente de la muerte de un hombre, pero ahí está, siendo cómplice para acabar con una vida.
Es una mujer interesante.
Quién sabe. Con un poco más de tiempo, puede que hasta nos hiciéramos amigos.
Mi camino, sin embargo, termina esta noche.
—Revienta el cerrojo, por favor —le pido, con voz melosa.
Kiera se muerde el labio inferior, porque sabe qué esconde esa petición; pero cede.
Da un paso adelante, me pone un brazo tras el pecho para obligarme a retroceder y pega un tiro que destroza la cerradura.
Lo primero que hago es mirar a Nomura a los ojos y lo que veo en ellos me hace sonreír como un lobo.
Le doy una patada a la puerta, que se abre con violencia y rebota contra los barrotes, y entro para cobrarme mi premio.
Agarro a Nomura de la chaqueta del traje y está tan aterrado que no ofrece resistencia más allá de manotear en el aire. Las piernas se le doblan cuando lo arrastro, sus manos se aferran con desesperación a la mía, pero no se atreve a acercarlas a los dedos que sujetan la katana .
—Por favor… —balbucea—. Sé razonable, Kai. Tú sabes que esto no te reportará nada bueno. Por favor, por favor… Intenta pensar en el beneficio, intenta… ¡AH! ¡Por favor!
La explosión de dolor le arranca un grito desgarrador cuando levanto a Onimaru y la hago descender en un corte vertical y absolutamente monstruoso que le destroza la cara, le abre la frente y la nariz y le desgarra la boca separando en dos su labio inferior.
Se revuelve como un animal asustado, me clava las uñas e intenta escapar, pero no supone una amenaza.
Kiera se gira por completo para no verlo, y saber que lo que estoy haciendo es tan brutal como para provocar esa reacción me anima.
Tiro a Nomura al suelo de una patada y le piso el cuello mientras acerco a Onimaru a su estómago.
—No voy a malgastar saliva en decirte lo miserable que eres —escupo, inclinándome sobre su cara ensangrentada—. Tú sabes por qué vas a morir. Se acabó, Nomura.
Le hundo la katana en el estómago y la retuerzo para ver cómo lo que queda de su expresión se contrae aún más por el miedo y el dolor.
—Voy a cortarte las manos y los pies, y al final te sacaré los ojos. Voy a hacerlo en ese orden concreto porque quiero que veas antes lo que te hago.
Kiera, a mi espalda, empieza a moverse de un lado a otro; los brazos en jarras, andar nervioso…
—Kai, el disparo se ha escuchado —me recuerda, con una nota de tensión en la voz.
La miro, ofendido por que quiera acabar tan pronto con mi momento; pero no respondo.
Me incorporo y enfundo mi katana solamente para volver a agacharme sobre él.
—Habrá que acelerar el proceso.
Desenfundo mi tant ō y agarro a Nomura de la garganta para que no se mueva mientras le hago un corte sobre el párpado. El grito es brutal y desgarrador, pero eso solo aviva mi necesidad de seguir. Repito lo mismo debajo y le meto los dedos en la cuenca del ojo.
Los sonidos son espantosos. El ruido acuoso de mis dedos hurgando en el ojo, el llanto desolado de Nomura, los golpes secos de sus piernas contra el suelo al intentar liberarse…
—Mierda, Kai —masculla Kiera—. Te espero fuera.
—Enseguida te alcanzo, preciosa —respondo, con tranquilidad y tiro del ojo hasta que lo saco de cuajo, hecho un amasijo gelatinoso y sanguinolento.
Nomura es ahora una masa igual de ensangrentada, un despojo que balbucea sin decir nada concreto y se revuelve en espasmos como un pez moribundo.
Me incorporo y me detengo a mirarlo. La llama ha ardido con violencia y ahora, bajo los rescoldos del fuego, solo quedan cenizas; un regusto amargo, apenas templado, al fondo del paladar.
Porque Hikari sigue enfermo.
Yo, más que nunca, continúo siendo un asesino.
Y mi hermano va a crecer sabiendo que lo engañé, lo traicioné y, al final, lo abandoné.
Qué puta mierda.
Desenfundo de nuevo a Onimaru y le rajo la garganta igual que hice con Anna, para que su muerte sea lenta, lo más lenta posible, y se ahogue en su sangre sabiendo que la ayuda no llegará.
Luego, salgo de aquí; pero Kiera no está.