10 Echo Palacio Imperial 34 días para el solsticio de verano #4
Luego besé a Tora para quitarle esa idea terrible de la cabeza.
Ya había estado con otras personas así, hombres y mujeres dispuestos a ser para mí lo que una vez mi madre significó para el antiguo emperador Hisaaki: Tatsuki Hokke, con quien el consejo me animó mucho tiempo a desposarme de manera oficial; Yaku Kageyama, a quien hace una eternidad que no veo; y Mai Nij ō , a quien han educado para conformarse con cualquier atención que yo le conceda.
Creía que no podía permitir que Alexa se convirtiera en ellos: un espectro de Palacio, demasiado aferrada a mí para marcharse, triste y sola por toda la eternidad, porque yo jamás podré estar a su lado como se merece.
No llegué a descubrir si ese beso le hizo cambiar de idea, asumir que no soy tan buena como cree y replantearse su decisión.
Después ocurrió lo de Kiera, ese regreso, divino o profano, de la muerte, y desde entonces no se había acercado a mí.
Hasta ahora.
—No tienes por qué hacerlo —susurra, con voz queda.
—Solo voy a celebrar una reunión —respondo.
Me sirvo otro vaso de sake.
—Tú y yo sabemos que eso no es verdad. Te he estudiado también a ti, ¿recuerdas? —Inspira con fuerza y alza un poco el mentón—. Esto no va a ser como lo del clan Kanmu.
Me giro hacia ella, sorprendida de que se atreva a mencionarlo siquiera.
El clan Kanmu apoyó mi gobierno porque creyó que sería más débil que Ryosuke, que tenía dos años más y era hombre.
Y, tal vez, al principio fuera así: durante ocho años estuve completamente dominada por ellos.
Cuando cumplí los veinte maté a todo el clan.
Es un secreto a voces que no me he esforzado por ocultar; por eso Raine Andrews también está enterada.
—¿Y sabes, exactamente, cómo fue lo del clan Kanmu? —pregunto, con voz templada—. ¿Sabes cómo vivía bajo su control? La corte era muy diferente antes. Si esto te parece opresivo, si crees que ahora me tienen divinizada y el ritual de la Noche de las mil estrellas se te antoja una barbaridad…
—Pero esta vez no es así, ¿no? Esta vez tú tienes el poder y puedes decidir.
—Tengo el poder gracias a que un día tomé una decisión difícil.
Alexa traga saliva.
—Tú no eres así.
—¿Así ? —repito y doy un paso hacia ella—. Alexa, no me conoces. No de verdad. Solo has visto las partes amables.
—Y son tan preciosas como para pelear por ellas.
Echo, por favor… Considéralo. Solo te pido eso.
—Apoya una mano sobre mi hombro y el calor de sus dedos a través de la tela liviana prende una chispa en mí.
¿Cómo es posible que una brasa arda más que un volcán entero?
—. Existen otros caminos y quizá tu hermano Ryosuke esté dispuesto a recorrerlos contigo.
Tal vez el clan M ō ri esté atemorizado por el mensaje de Andrews y la maldiga por haberlos colocado en una posición tan difícil.
A lo mejor rezan a los kami para tener una oportunidad de hablar contigo.
Qué ingenua, y qué dulce sería que tuviera razón.
Le rodeo los dedos con la mano y el gesto la sobresalta, pero no se aparta.
—¿Conoces la historia de cómo Japón se quedó a oscuras?
Alexa frunce el ceño.
—Sí, claro… —murmura y como ve que sigo esperando continúa hablando—. Cinco años después de que aparecieran las anomalías, Japón se quedó a oscuras y las encerraron aquí, sacrificando a todo el que se encontraba dentro.
Sonrío y me fijo en nuestras manos. Deslizo una suave caricia sobre sus nudillos.
—Durante el periodo que se conoce como la Gran Oscuridad, el último presidente de Japón y su gobierno decidieron construir las Cinco Puertas del Infierno.
Se dijo que serían defensivas, para aislar a Japón del exterior y de las anomalías…
Aunque nadie dijo nunca cómo pensaban sacarlas de aquí antes de encerrarnos.
El caso es que una noche, cuando el resto de potencias se iluminaron, Japón no lo hizo.
Sufrió un apagón masivo que dejó a toda la isla sin luz protectora.
—Alzo los ojos para comprobar que sigue mirándome, pendiente de mí—.
Esa luz era cara, muchos lugares en todo el mundo contaban todavía con una protección muy precaria…
Solo unas semanas atrás, muchos otros lugares habrían permanecido a oscuras igual que le ocurrió a Japón y las anomalías se habrían dispersado, pero la Cumbre acababa de implantar soluciones que protegían a la humanidad y eso hizo que todas las anomalías se reunieran aquí.
—Eso es… —empieza, dubitativa—. Todos ahí afuera sabemos que el asunto apesta, pero no conocía esas medidas de la Cumbre…
—Ah, ¿no? Déjame que te cuente más. —Le suelto la mano, solo para deslizar los dedos sobre su mejilla, atrapar un mechón de pelo rubio y acariciarlo entre mis dedos mientras siento cómo Alexa contiene el aliento—.
El resto del mundo, la Cumbre, vio entonces una oportunidad y activaron esas Puertas que deberían haber servido para protegernos.
Así encerraron a la mayoría de las anomalías.
Los japoneses no creyeron ni por un momento que la construcción de una estructura similar fuera casualidad, y aunque no se pudo probar derrocaron al presidente, lo encerraron junto con otros miembros del gobierno implicados en el proyecto y nunca nadie confirmó la verdad porque todos ellos murieron.
Se suicidaron, dijeron que por la deshonra.
Alexa inspira con fuerza.
—Tampoco eso lo sabía.
—La transición fue complicada y convulsa.
Tampoco aquí interesa demasiado que se sepan los detalles más sórdidos, porque ese fue el origen del poder de mi familia.
Había un vacío, facciones revueltas y lo que más preocupaba a la Cumbre: daimy ō que amenazaban con destruir las Cinco Puertas del Infierno para soltar a las anomalías y liberar a Japón.
Así que la Cumbre se reunió con mi abuelo, el primer Emperador tras la Gran Oscuridad, y llegaron a un acuerdo: el mundo no nos masacraría si nosotros nos estábamos quietecitos aquí dentro.
Le dieron poder y recursos y pusieron a su alcance la fuerza suficiente como para manejar a los daimy ō y restablecer el orden.
Le meto el mechón de pelo tras la oreja y contemplo la turbación de su mirada, la inquietud que llena el verde.
Qué hermosa es, incluso cuando está horrorizada.
—¿Por qué? ¿Por qué encerraros aquí dentro? ¿Por qué no permitieron que la gente huyera? Un éxodo habría sido terrible, pero… se habrían salvado muchas vidas.
—¿Y qué habría servido de alimento para las anomalías? —pregunto.
Veo cómo el color abandona su cara y acaricio su pálida mejilla con el pulgar.
—Durante los cinco años en que el mundo se enfrentó a las anomalías se dieron cuenta de algo: mientras se implantaba la luz protectora, al principio todavía había comunidades que, de vez en cuando, sufrían apagones, pero no todas eran atacadas.
Algunas ciudades eran terriblemente masacradas mientras que otras poblaciones más pequeñas, en zonas poco pobladas, permanecían intactas incluso si se quedaban a oscuras. ¿Sabes por qué?
—Porque no había gente —comprende, con un hilo de voz.
Asiento lentamente.
—Mi abuelo pudo negarse, pudo destruir las Cinco Puertas del Infierno, y, sin embargo, adoptó el papel de guardián y carcelero y aceptó el poder que le ofreció la Cumbre a cambio de proteger las puertas… porque temía las represalias.
—Eso es terrible —murmura.
—Y pragmático. Hizo una apuesta y decidió que merecía la pena sacrificar a parte de su pueblo para asegurar la supervivencia del resto. De otra forma, se habría jugado las vidas de todos… y prefirió ir a lo seguro.
Alexa me observa con los labios apretados.
—¿Por qué me cuentas esto, Echo?
—Porque la propia historia de mi familia, mis raíces, mi sangre… me enseña que a veces es necesario hacer sacrificios para preservar la paz.
La joven se muerde los labios. Tiene los ojos húmedos, anegados en rabia y dolor.
—Reconsidéralo —me dice, me implora—. Esta vez la amenaza no es real, sino una artimaña de Andrews. Por favor, Echo.
Vuelvo a tomarla de la mano y, esta vez, entrelazo mis dedos con los suyos.
—Lo reconsideraré con una condición —le digo.
Sus ojos verdes se iluminan, y esa luz disipa un poco los remordimientos por lo que estoy a punto de pedirle.
¿Qué importa pagar con mi conciencia por una mentira, si esta es capaz de hacerle sonreír?
De todas formas, tal y como Andrews y ella me han recordado, yo ya perdí mi alma hace tiempo.
—Claro. Haré lo que esté en mi mano.
—Quédate esta noche —le pido. Egoísta, mentirosa, manipuladora… Qué importa en qué me convierte esto si mañana podríamos morir todos—. No tienes que hacer nada. Permanece en silencio o háblame, pero quédate conmigo.
Alexa toma aire con brusquedad, pero sé lo que va a responder antes siquiera de que lo diga.
—Sí. Sí… Me quedo. —Se humedece los labios—. ¿Por qué yo?
Arqueo las cejas.
—No lo entiendo.
—¿Por qué no Tora? —Ha de detenerse, apretar los labios y bajar mucho la voz—. No me has buscado. No me has hecho llamar. Creía que no querías verme.
Podría recular ahora mismo. Sería fácil confesarle la verdad: decirle que besé a Tora precisamente para apartarla, porque se merece algo más que lo que esta corte y yo podemos ofrecerle.
Pero en mi interior sigue rugiendo el mismo volcán y en el eco de mis memorias el sonido del furin continúa sonando.
—Creía que te había molestado ver cómo lo besaba.
Alexa se muerde el labio inferior hasta dejárselo rojo y echa a andar a través del salón sin ningún rumbo en concreto.
—Sé que acababas de explicarme que habría obligaciones con las que tendrías que cumplir, pero pensaba que contaría con más tiempo y, de alguna manera, me había convencido de que lo que hicieras con Tora no sería…
romántico. No lo sé. —Sacude la cabeza—.
Soy muy consciente de que nunca me has prometido nada…
Y no te lo estoy echando en cara, es que… Esto es nuevo para mí.
Lo es para mí también, pienso; pero no lo digo en voz alta.
Ante mí se abren dos caminos.
Con el primero, soy valiente: le miento sobre lo que siento por Tora y le digo que no encaja en esta vida para que se olvide de mí.
Con el segundo, soy cobarde: le confieso que nunca amaré a nadie como la amo a ella y le pido que no se marche mientras quede luz en Japón.
—Sigo pensando lo que te dije —añade ante mi silencio, porque no es consciente de la batalla que estoy librando—. De verdad. Sigo creyendo que si las dos queremos… podemos hacer esto. Yo quiero. Estoy dispuesta y conozco mi lugar.
Eso me quiebra y me empuja en una dirección, hacia un tercer camino mucho más largo, retorcido y oscuro.
—¿De verdad puedes tolerarlo? —pregunto.
Caminaré sobre un precipicio, aferrada a la seguridad de sus brazos y al calor conocido de sus besos… pero siempre junto a la caída vertical, por si en algún momento me atrevo a ser más decente.
—De verdad —responde, ya quieta en el centro del salón.
Camino hasta llegar a su lado.
Puedo hacer que hoy se quede, pero no puedo pedirle que sea para siempre. No puedo decirle que la amo o jamás me abandonará. Se quedará atada a mí y a esta corte.
Así que guardo silencio.
Ni la aparto de mí, ni soy sincera.
Cuando Alexa se inclina y me da un beso muy suave en los labios, yo me derrito y deja de importarme lo mal que está esto.
Le deslizo las manos tras la cintura y la acerco a mí para hacer el beso más profundo y cuando ella desliza los brazos tras mi cuello y siento cómo se queda blanda contra mí, me doy completamente por perdida.
Le quito la sudadera, la empujo hasta el sofá que tiene detrás, tan bajo que estamos a punto de tropezar, y busco con rapidez el botón de sus vaqueros para bajarle la cremallera.
Alexa se deshace como puede de las zapatillas mientras se retuerce debajo de mi cuerpo, tira del haori con el que me cubría y desliza después las manos bajo la tela de seda del camisón hasta que la agarro por las muñecas y freno unos segundos.
Los ojos le brillan, de sus labios entreabiertos escapa un suspiro que suena a súplica y sus caderas buscan las mías antes de que me aparte un poco, solo un poco, para quitarle los pantalones y arrodillarme entre sus piernas.
La beso por encima de la ropa interior y, aun así, es suficiente para que se estremezca, enrede los dedos en mi pelo y pronuncie mi nombre como una plegaria profana.
—Echo… —susurra, y mueve las caderas pidiéndome más.
Yo se lo concedo.
El placer que alcanza unos minutos después, cuando se abandona a mis caricias, no parece calmar la necesidad que bulle en ella.
Me acerca, me pega a sus labios y me besa largo y profundo mientras me desnuda, se sube a horcajadas sobre mí y baja la mano por entre mis piernas.
Me hace el amor sin movernos del sofá, y cuando consigue llevarme al límite y ya me ha arrastrado sin piedad a un estado de anhelo insoportable, me toma de la mano, se pone en pie y me dedica una mirada cargada de malas intenciones antes de tirar de mí en dirección al dormitorio para continuar.