10 Echo Palacio Imperial 34 días para el solsticio de verano #3
La kogatana que llevaba en el muslo descansa ahora en el suelo y soy terriblemente consciente mientras me alejo y pienso que ahora, si un peligro real se acercara a mí, no tendría con qué defenderme.
Tal vez los kanzashi que llevo en el pelo.
Me abro paso hasta la sala, tomo un vaso de sake y me dejo caer en uno de los sillones sin esperar a ver qué hacen Alexa y Tomiko.
Tora me sigue y toma asiento a mi lado, pero rechaza el sake que le ofrezco.
Inicio el vídeo y el odioso rostro de Raine Andrews me devuelve la mirada desde el otro lado.
No es un evento público, pero hay un atril desde el que lee su discurso.
La habitación en la que se encuentra es blanca, pero la pared que tiene detrás muestra una placa con su nombre y su cargo en la dirección de la OIPPDH, la Organización Internacional Para Preservar los Derechos Humanos.
A su alrededor, varias fotos suyas en eventos y cumbres políticas, así como en actividades benéficas y viajes humanitarios a lo largo del mundo.
Las que más me llaman la atención son las fotos con su marido y sus dos hijas pequeñas, dos angelitos rubios calcados a la arpía de su madre.
Y ella se muestra en el centro, en ese atril ridículo, con el pelo recogido en un moño tirante, los ojos azules enrojecidos y unas ojeras que cualquier maquillador profesional habría sabido disimular mejor.
—Buenas noches. Me presento ante vosotros no como la directora general de la OIPPDH, sino como Raine, una ciudadana preocupada por la salud mental de una de las dirigentes más poderosas de la historia de nuestro mundo: la Emperatriz de Japón, Echo del clan Akiyama.
Como bien sabéis he evitado hacer declaraciones personales esperando, en vano, un acercamiento por parte de la Emperatriz para subsanar los posibles malentendidos que han llevado al Imperio de Japón a una situación tan precaria.
Acto seguido dan paso a una serie de imágenes que son bastante elocuentes por sí solas, aunque ella se molesta en narrarlas:
—Hurtos, vandalismo y muerte en la calle, demonios sin control, una infraestructura dañada que ya no protege a sus habitantes de las anomalías…
Y todo esto en medio de una guerra civil.
—El plano regresa a ella y esta vez se acerca lentamente a su rostro—.
Los últimos informes declaran que, durante la mañana del día de hoy, la milicia de la Emperatriz, junto con el terrorista y líder rebelde Neal Kellum, ha asaltado las instalaciones del Skytree, desatando el pánico entre los soldados que aún se mantenían leales a la OIPPDH a pesar de las amenazas.
Muchos de ellos han sido asesinados en el acto y otros tantos han sido secuestrados y trasladados a las instalaciones del Palacio Imperial, donde las fuentes afirman que serán sometidos a tortura.
Nuestras plegarias están con esos hombres y mujeres valientes que se han mantenido fieles a la humanidad a pesar de conocer el destino que les aguardaba.
Raine Andrews entrelaza las manos y baja la cabeza mientras cierra los ojos.
—Oh, por favor… —digo, en voz alta.
Aprovecho el lastimoso minuto de silencio por los corruptos del Skytree, violadores, asesinos y delincuentes militares, para servirme otro vaso de sake y mirar al resto.
Tora no le quita los ojos de encima a la imagen penitente de Andrews.
Tomiko aguarda con las manos cruzadas frente a la falda negra sin que su expresión revele lo que opina del vídeo. Alexa, a su lado, se retuerce los dedos visiblemente nerviosa.
Hacía días que no la veía.
Intentó hablar conmigo para pedirme que liberara a Kiera, pero no le permití visitar mis aposentos. Quizá por eso ha irrumpido hoy de esta forma: imaginaba que no le concedería una audiencia.
Está dolorosamente guapa, con esos vaqueros que no encajan en absoluto con el lugar, la sudadera blanca desgastada y el pelo suelto y libre alrededor de su hermoso rostro.
Creía que su ausencia me había hecho conjurarla aún más bella en mis sueños, pero no era así. Ninguna fantasía es capaz de hacerle justicia.
—Sentaos, por favor —les ofrezco.
Tomiko obedece enseguida. Alexa, en cambio, no se decide hasta que Raine Andrews vuelve a tomar la palabra y dejo de mirarla.
—Ante la violencia y las muertes, nos hemos visto obligados a instar a nuestras fuerzas aún leales a que resistan en todo Japón, no solo en Tokio.
La osadía de la Emperatriz nos hace preguntarnos si estaremos ante el inicio de una nueva Gran Oscuridad.
Se ha vuelto imprudente y temeraria y con sus acciones no hace sino romper todos los lazos diplomáticos con el exterior.
No nos cuesta recordar, si echamos la vista atrás, que Echo del clan Akiyama no fue la única candidata para suceder al fallecido emperador.
Ya entonces, Japón estuvo al borde de una guerra civil por su codicia y años después asesinó a sangre fría a todo un clan.
Ante el terror que ahora está desatando no podemos dejar de preguntarnos si ese pobre Imperio en ruinas no estaría hoy mejor de haber sido gobernado por su hermano Ryosuke del clan M ō ri.
Le rezo a Dios para que libere a Japón de este mal y coloque en su lugar a un dirigente sensato, que restablezca la paz.
Sin duda, la OIPPDH le brindaría su apoyo para preservar los derechos humanos que se están vulnerando.
El vídeo sigue reproduciéndose mientras Andrews se despide, la cámara se acerca a su rostro piadoso y comienza a sonar una música que yo ya no escucho.
Una declaración de guerra… que se extenderá en forma de batallas inútiles por todo el país.
Raine Andrews tiene poder, pero no el suficiente para derrotarme en mi propio territorio. Lo único que hará será desgastarnos, provocar muertes evitables y consumir recursos muy valiosos.
Solo oigo el sonido burbujeante de la lava, el rugido furioso de un volcán.
Sé que Alexa dice algo, porque le veo mover los labios.
También mi asistente lo intenta. Tora no. Tora se mantiene en el más absoluto de los silencios.
Dejo el dispositivo a un lado, me pongo en pie y me sirvo otro vaso de sake.
Qué tremendo es el estruendo del volcán. Qué turbulento el temblor bajo mis pies.
Una mano en mi hombro hace que me gire en redondo, pero me relajo cuando descubro el rostro amedrentado de Alexa, muy cerca del mío, antes de bajar la mano.
—Te está provocando —me dice, temerosa—. Conozco a Andrews. La he estudiado durante mucho mucho tiempo y sé que esta es una de sus jugadas. Quiere hacerte reaccionar, y ninguna reacción será buena ante semejantes acusaciones.
Así que Alexa también escucha el bramido del volcán.
«Imprudente».
«Temeraria».
«Asesinó a sangre fría a todo un clan».
Puede que Andrews tenga razón. Tal vez no sepa qué tipo de reacción provocará.
Aparto los ojos de los de Alexa.
—Murase-san, convoque al consejo y a mis jefes militares, y envíe misivas a todos los daimy ō , menos al del clan M ō ri.
—¡Echo! —protesta Alexa—. ¡No! ¡Eso es lo que ella quiere!
Levanto una mano frente a su rostro y vuelvo a mirar por encima de su hombro.
—Conquistaremos la Metropolitana y después celebraré una reunión con las personas más poderosas de Japón.
Tomiko asiente sin replicar. No tiene que cuestionarse nada, no duda ni teme.
Alexa, en cambio, da un paso adelante procurando reclamar mi atención.
—Es un error —murmura—. Un error que te costará muy caro.
Sus ojos verdes son un remanso de paz en medio de la ira del volcán y decido dejar de mirarlos.
—Tora —lo llamo, despacio—. Aún no has dicho nada.
Tenemos una alianza y si he unido mi vida a la suya es por el poder que alberga frente a los daimy ō . Si no me gusta su opinión no sé si escucharé su consejo, pero me interesa saber cuál es.
Tora aún sigue con la vista fija en la pantalla, ya estática y centrada en el rostro de Andrews.
Su equipo de comunicación ha elegido una captura donde la mujer sale mirando directamente a cámara, con las cejas arqueadas en un ángulo lastimero, los labios fruncidos en una línea recta y la pena tirando hacia debajo de sus expresiones.
Tora Satake levanta el rostro hacia mí. El pelo oscuro le cae a ambos lados de la cara cuando me mira con gesto grave.
—Si la reunión es para tomar decisiones sobre el clan M ō ri, yo no la celebraría.
Alexa se vuelve hacia él, esperanzada.
—¿Por qué? —inquiero, tal vez con demasiada dureza.
Tora no vacila.
—La información vuela rápido y el clan M ō ri podría descubrir que no han sido invitados a esa reunión. Yo no concedería ese margen.
El significado de sus palabras se desliza como tinta hasta llegar a mí.
La voz de mi madre resuena como un guijarro que cae al agua, quiebra la superficie del estanque y se expande en una onda y luego en otra y otra y otra…
«No estar preparada significa morir ».
—Olvide mi orden, Murase-san. Convoque a todos los daimy ō ; también al clan M ō ri.
Alexa contiene el aliento y da un paso atrás cuando comprende que está sola en esto.
Esta vez, el rostro de mi asistente sí refleja sorpresa; pero es solo un segundo. Asiente, recoge su tablet y abandona mis aposentos.
Alexa procura que Tora la mire, pero este se limita a observar sus dedos entrelazados sobre el regazo. Tiene los hombros un poco caídos, la cabeza hundida. Es consciente de las consecuencias que traerá lo que acaba de sugerirme.
—También yo debería marcharme —declara entonces ella.
—No. —La detengo, y miro enseguida a Tora—. Satake-san, ¿puedes dejarnos?
Él reacciona enseguida, adopta de nuevo ese rostro amable y sereno y nos dedica una sonrisa cansada.
—Claro. Me marcho ya. Hoy ha sido un día largo. Que descanséis.
Alexa le responde con una lenta inclinación de cabeza. También yo me despido y ambas nos quedamos en silencio hasta que estamos solas.
No lo hemos estado desde que intenté acabar con lo nuestro siendo fría y pragmática y ella me sorprendió jurando que no le importaba ser mi amante, vivir siempre en las sombras y querer esas partes de mí que no pertenecen al Imperio.