10 Echo Palacio Imperial 34 días para el solsticio de verano #2
La sala de ceremonias se llena de aplausos comedidos y reverencias respetuosas que contrastan fuertemente con la sala en la que Moe Standen seguía el asalto, donde saltan, gritan y prácticamente aúllan mientras él felicita efusivamente a su hombre.
En medio de la celebración, me doy cuenta de que Kellum se deshace del comunicador discretamente y me levanto del trono antes de que se marche.
—Ha hecho un gran trabajo, comandante. Le doy las gracias por servirme bien.
Kellum abandona el comunicador en el suelo, lo deja caer sin mirarlo siquiera, porque tiene los ojos verdes fijos en mí.
—No la he servido a usted, ni a su Imperio —replica, sin mutar una expresión grave, un poco hosca—. He servido al pueblo, al mismo que Kiera intentaba salvar cuando decidió sacrificar su vida.
No estoy preparada para esas palabras, ni para la crítica ni para la rabia contenida.
Si no me tenso ni altero mi rostro se debe solo a mis años de férreo entrenamiento y disciplina feroz.
La voz de mi madre me llega en un murmullo a través de la brisa de la memoria:
«Que no te vean sufrir. Que no te vean dudar. No les regales tu sorpresa o tu incertidumbre; ni siquiera tu alegría. En manos de tus enemigos, la emoción más inofensiva será una daga en tu corazón».
—Soy consciente de que no aprueba mis decisiones, pero yo también me debo a mi pueblo, comandante. Y he de protegerlo frente a cualquier amenaza.
Es esa palabra. Amenaza. Eso lo enfurece.
Lo noto en su mirada, que se estrecha y se oscurece antes de abrir la boca sin perder la calma. Quizá sea eso precisamente, esa tranquilidad serena, lo que hace que sus palabras resuenen con más dureza.
—¿Alguien le ha dicho a usted que es una cobarde?
Esta vez, una reacción sí escapa por entre las grietas de la armadura. Se filtra como agua y yo le concedo a Neal Kellum la sorpresa que mi madre decía que algún día podría convertirse en arma.
—Hoy he dirigido al Skytree por su pueblo, pero a usted no le perdonaré jamás lo que le ha hecho a una persona dispuesta a morir por la gente que dice proteger. Si Kiera Amell fuera una amenaza, no habría pilotado ese avión, y en el fondo sabe que ha cometido un error por pura cobardía.
Su voz es un aguijonazo a través del cuero que me protege. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo es capaz de ser tan necio con tal arrogancia?
Aprieto la mandíbula. Alzo el mentón.
—Está dolido, comandante, pero no puede hablarme así —le advierto—. Le ciega el amor y eso lo ha convertido en alguien débil.
Neal Kellum me devuelve la mirada. No se amedrenta ante mi amenaza. No se inclina bajo el peso cortante de mi tono. Se limita a observar con gravedad, desafiante.
—Si cree que el amor puede hacer débil a alguien es que no ha comprendido nada en absoluto.
Aprieto los nudillos.
—No lo tomaba por alguien tan ingenuo, Kellum.
Esta vez no hay respuesta. No creo que le preocupen las represalias; simplemente, no tiene nada más que decirme.
Se da la vuelta, sin despedida, ni reverencia ni trato respetuoso.
Baja las escaleras de la plataforma del trono y pasa por entre quienes aún celebran la victoria sin detenerse en nadie, hasta que toma la puerta y desaparece.
Poco después de caer la noche una tormenta furiosa irrumpe en Tokio.
Fuera, una pasarela de seguridad sigue iluminada para los soldados que montan guardia. Nadie atacará. Solo un demente sin respeto por la vida de sus hombres ni nada que perder planearía una incursión de noche.
Más allá del foso, las murallas o los guardias armados, la propia oscuridad es la línea de defensa más segura cuando se va el sol.
Desde mis aposentos se ve el jardín iluminado por linternas de piedra que no protegen del mal. Las sombras que nacen a los pies de los arces japoneses, los parterres de flores y los estanques con nenúfares son un recordatorio inquietante de que todos estamos atrapados aquí dentro.
Arrodillada frente al fusuma abierto de par en par, no me percato de los pasos que se acercan por el pasillo hasta que es demasiado tarde.
Las puertas del otro lado de mis aposentos se abren de golpe. Me giro con el corazón en la boca y la mano en la empuñadura de la kogatana que llevo al muslo. Cuando intento ponerme en pie, tropiezo y la voz de mi madre resuena de nuevo en mi conciencia:
«No estar preparada significa morir ».
Me quedo sin aire.
La daga se me resbala de las manos cuando intento aferrarla con más fuerza y el tintineo metálico que provoca al caer desata otro recuerdo en forma de furin.
La campanilla de viento resuena en las paredes de mi memoria mientras me quedo ahí plantada y veo los rostros que entran en tropel en mi cuarto.
Distingo la melena rubia de Alexa, los rizos rebeldes y apretados enmarcando un rostro pequeño, de nariz respingona y mejillas ruborizadas. Reconozco también a los dos guardias que la atrapan antes de que consiga dar un paso más y a la asistente que corría tras todos ellos sin aliento.
Sin embargo, no soy capaz de reaccionar.
En mi mente sigue tintineando el eco de un furin y yo me veo muchos años atrás, siendo arrastrada del pelo fuera de mi cama.
Me veo desde fuera, como si esa niña no fuera yo; como si no me hubiera desgarrado la garganta llamando a mi madre, como si no me hubiera arañado las rodillas en la gravilla tratando de zafarme.
La primera vez que unos hombres con máscaras de demonio me sacaron de la cama de madrugada me llevaron medio desnuda hasta el jardín interior, me hicieron arrodillarme frente a la última línea de luz que ofrecía protección.
Rasgaron mis ropas, me cortaron el pelo con un puñal de forma violenta y humillante y me golpearon hasta que creí que había muerto.
Cuando desperté por la mañana y vi el rostro de mi madre lo primero que pensé fue que ella me había salvado. Luego, descubrí la decepción en su expresión y comprendí el error que había cometido.
«No estar preparada significa morir », me dijo. «Si lo que ocurrió anoche hubiera sido real hoy no seguirías con vida. Para mí lo es; para mí sí que ocurrió y tú estás muerta».
No me dirigió la palabra en semanas y ordenó que así lo hicieran todos. Nadie me miraba a la cara. Nadie se molestaba en responder. Me convertí en un espectro que se limitaba a vagar por la casa en silencio, ignorada por todos.
La segunda vez que me sacaron de la cama a rastras yo estaba preparada, porque pasaba las noches en vela. No consiguieron llevarme al jardín, porque peleé hasta herirme a mí misma.
Mi madre volvió a hablarme. Por primera vez en semanas un ser humano volvió a mirarme a los ojos, pero solo fue para decirme que había vuelto a fracasar.
La tercera noche no lograron sacarme de mi cuarto.
Por la mañana, mi madre observó cómo el médico curaba mis heridas y volvió a advertirme.
«Sigues estando muerta».
Durante un año entero conviví con esa gente como un espíritu. Nadie osaba mirarme. No me oían si lloraba, no aparecían si pedía auxilio por las noches. Estuve rodeada de un montón de gente que obedecía a mi madre hasta las últimas consecuencias, pero completamente sola.
La última noche que lo intentaron, le segué la garganta a uno de los hombres enmascarados.
Solo entonces volví a la vida.
Mi madre dejó de castigarme con silencio. Dejé de ser invisible.
La tortura continuó de otras formas y yo aprendí una valiosa lección:
Todo vale para sobrevivir.
Ahora me encuentro de pie, indefensa y torpe, con la daga que debería protegerme a los pies y las manos temblorosas por un simple recuerdo.
— K ō g ō Heika! ¡Por favor!
La voz de Alexa tira de mí y me saca un poco de ese estanque de aguas pútridas.
—K ō g ō Heika! ¡Escúcheme antes de tomar una decisión! ¡Se lo ruego!
Los guardias la arrastran fuera y yo comprendo, mientras Tomiko se deshace en disculpas y Alexa patalea con furia, que ambas me han estado hablando y que yo no he oído nada de nada.
Ahora, además de ellos, Tora Satake ha irrumpido también en mis aposentos. Ha debido de escuchar los gritos desde los suyos, que se encuentran muy cerca de los míos.
Y ahora los guardias saben ya que no compartimos cama.
Solo pensar en el quebradero de cabeza que supondrá acallar los rumores en la corte hace que me duelan las sienes.
—¡Basta!
Todos se detienen en el acto: Tora, que exigía respuestas; Tomiko, que procuraba silenciar a Alexa; los guardias, que intentaban sacarla de aquí sin herirla de verdad; y la joven, que me mira con ojos esperanzados.
—Echo. —Mi nombre en sus labios es una puñalada consciente y condenatoria, porque sabe muy bien qué es capaz de hacerme con él—. Por favor, déjame hablar contigo a solas antes de oírlo.
—¿Oír qué? —Alexa abre la boca, pero yo me giro hacia mi asistente—. Murase-san.
—Es Raine Andrews —responde, con prudencia—. Ha hecho declaraciones por fin.
La realidad cala en mí como un manto de vapor suave mientras fuera llueve con violencia.
Andrews se ha pronunciado tras el asalto al Skytree y lo que quiera que haya declarado ha sido tan malo como para que Alexa haya aparecido aquí de madrugada, rogándome que la escuche a ella antes de ver los vídeos.
—Murase-san —la llamo—. ¿Tiene ahí las declaraciones?
—Echo… —murmura Alexa, desesperada—. K ō g ō Heika —repite, como si antes simplemente se hubiera confundido.
—Puede quedarse, Lalanne-san —le digo, con voz serena—. Pero lo hará en silencio.
No espero a su reacción. Me giro hacia mi asistente, que se acerca para ofrecerme la pantalla, y permito que ella decida.
Los guardias dan un paso atrás cuando deja de oponer resistencia y solo entonces alzo la mano y les hago un gesto para que vuelvan fuera.
—Tora, ¿tú las has oído?
El hombre lleva un kimono negro, y el cabello que acostumbra a lucir siempre recogido le llega hoy por los hombros, completamente liso y negro como las plumas de un cuervo.
También así, con este aspecto menos formal, es bello.
—No. —Sacude la cabeza—. Aún no.
—Puedes quedarte también —ofrezco.
Me aparto del umbral del dormitorio con el corazón todavía latiéndome acelerado.