10 Echo Palacio Imperial 34 días para el solsticio de verano
A noche sufrimos el ataque de otro oni .
No suelen entrar en Palacio. Muchos de los lugares aquí dentro son sagrados y su cercanía no los hace sentir cómodos.
Que eso haya cambiado es solo un síntoma más del derrumbe social al que nos enfrentamos.
Tomiko Murase, mi asistente, me da los detalles más escabrosos sin inmutarse mientras las doncellas terminan de prepararme.
—Mató a una mujer y consiguió herir a dos personas más antes de que los gritos alertaran a los guaridas y lo eliminaran.
—¿Quiénes?
Tomiko les dedica un vistazo a las doncellas.
No sabe cómo decirme que las víctimas no son relevantes sin ofender a las doncellas.
Pero yo lo entiendo bien.
—Que refuercen la seguridad. Que pongan más vigilancia por las noches y que se incorporen más matademonios a la Guardia Imperial. Necesitamos hombres y mujeres con experiencia.
—Va a ser difícil encontrarlos. Al parecer, tienen mucho trabajo estos días.
Los ataques demoníacos son especialmente crudos en Shibuya, Shinjuku y Akihabara y eso ha provocado que muchos hospitales colapsen.
Hay escasez de medicamentos y el corte de carreteras ha hecho que muchos se declaren en alerta negra.
Me quedo mirándola.
—No podemos empezar tan pronto con las alertas negras —declaro—. Habla con mis capitanes. Redirigiremos los esfuerzos a las carreteras principales para asegurar el reabastecimiento de los centros médicos.
Tomiko asiente.
Espero a que termine de escribir en la pantalla y solo entonces hago la siguiente pregunta.
—¿Hay noticias de Raine Andrews?
—Todavía no, pero la representante de su gabinete ha vuelto a hacer declaraciones sobre el asalto que sufrió el Palacio.
—¿Y qué ha dicho exactamente?
Tomiko Murase no tiene pelos en la lengua, pero esta vez duda y me doy cuenta de que está pensando cómo dar su respuesta.
—Ha mencionado su incapacidad para liderar el Imperio en una situación crítica, ha juzgado su arrogancia por no haber sido capaz de llegar a un acuerdo pacífico y ha terminado cuestionando la legitimidad de su cargo, alegando un gobierno inmoral, tendencias hedonistas, bárbaras e indecentes.
La brisa es fuego; apenas un rumor muy suave pero abrasador que me araña el rostro y el cuello, que hace que me hierva la sangre.
—¿El acuerdo pacífico al que se refiere habría pasado por deponer las armas y entregarle mi Imperio?
Murase-san no responde. La miro a través del espejo y sé por su mirada grave que opina como yo.
Raine Andrews tenía hasta ahora el control de la narrativa e intenta recuperarlo a pesar de que el Scorpion de Markel le ha dado la verdad al mundo.
Y yo no puedo defenderme. No puedo discutir las acusaciones sobre mi falta de ética o defender mi derecho al trono.
Mi sangre se convierte en lava. El rugido grave de un volcán retumba en mis oídos.
—También yo haré declaraciones —sentencio y miro mi figura en el espejo—. Que Moe Standen las filtre y las haga llegar al exterior.
Tomiko asiente y teclea algo en su tablet mientras las doncellas hacen una reverencia y se retiran.
Yo no lucharé. No, al menos, de forma real, pero el traje sí es marcial: una combinación a caballo entre lo moderno y lo tradicional.
Visto una falda larga y negra adornada con la poderosa imagen de un dragón dorado rugiente.
Las pesadas placas de cuero de una armadura me protegen los flancos y el torso en un conjunto mucho más delicado que el de la armadura samurái tradicional.
Llevo protecciones en los hombros y los antebrazos y en el centro de mi cuerpo un cinturón del que pende el símbolo de la casa real: el kiku , un crisantemo dorado.
Me han recogido el pelo en la nuca y hoy no llevo adornos; tan solo la melena negra pulcramente peinada. Tampoco porto armas: pues mi fuerza no radica en ellas.
Ojalá pudiera hablar con la jefa de gabinete de Andrews cara a cara. Ojalá pudiera hablar con la propia Raine yo misma.
Solo Tomiko me acompaña al salón de ceremonias. Allí me espera el general del ejército, junto a su teniente y a otros oficiales y estrategas. También se encuentran allí los técnicos de imagen que nos retransmitirán el asalto, guardias que nos protegen y, unos minutos antes de comenzar, Neal Kellum.
Se ha puesto el traje del Skytree, aunque no lo necesita. No habrá golpes de los que la nanotecnología tenga que protegerlo, ni anomalías de las que tenga que resguardarse. Sin embargo, Neal Kellum se ha vestido como un soldado; un comandante.
Tengo entendido que Moe Standen lo ha nombrado líder del Skytree.
Camina un poco lento hasta que llega al centro de la sala, donde ocupo el trono. Mis hombres aguardan a ambos lados de la estancia, pendientes de mí y de las pantallas que han colocado al frente.
Tomiko Murase aguarda a mi izquierda.
—Comandante Kellum —lo saludo—. Lo estamos esperando para comenzar.
Neal hace una reverencia. Seguro que es cosa de Tomiko.
Le hago un gesto para que se una a mí. Han dejado un asiento preparado junto al trono, por si el comandante se cansa; pero no lo toma.
Se queda junto a mí, frente a las pantallas.
Una muestra una mesa de oficina alargada que preside Moe Standen y que está repleta de hombres en traje.
Junto a ella, una imagen de los soldados que ya se han reunido en torno al Palacio; el grueso de mi ejército y los soldados del Skytree que aún se mantienen leales.
El resto de cámaras ofrecen una vista de pájaro de los puntos clave que rodean las inmediaciones del Skytree.
Tomiko me tiende un comunicador antes de ofrecer el suyo a Kellum. Un técnico nos explica rápidamente cómo controlar los canales.
Después, llega mi turno.
—General —lo llamo.
Este da un paso adelante, realiza una reverencia y, acto seguido, se gira hacia las pantallas para arengar a las tropas.
—Comandante Kellum.
Los soldados aguardan mientras su comandante da un paso adelante.
No han cancelado el ruido que emite el patio de Palacio para que seamos conscientes de la solemnidad que los envuelve.
No se oye un alma.
—Seré breve, soldados. Algunos me conocéis como el capitán de Byakko del Skytree.
Hoy, sin embargo, no existen las unidades.
No importa si vuestro trabajo era enfrentaros a oni, yurei, yokai o a anomalías.
El enemigo es humano, como nosotros, y amenaza la paz del Imperio.
Nuestro objetivo es simple: recuperar el Skytree, arrebatarles el control de un bastión muy valioso.
—Se ven algunos rostros serios que asienten, miradas orgullosas que brillan—.
Superamos en número al enemigo, pero no os voy a mentir: algunos de vosotros moriréis.
Hoy os arriesgáis a una posibilidad para evitar la certeza futura que traería consigo dejar el Skytree en manos de Raine Andrews.
Es inteligente. No apela al honor o a la lealtad.
Según los informes la peor calaña del Skytree apoya a Andrews o ha desertado ya; pero las filas que siguen a Kellum también están repletas de delincuentes.
Ninguno de ellos está aquí por deber o gloria, y el comandante sabe apelar a algo más importante para ellos: la supervivencia.
—Suerte, soldados. La victoria es vuestra.
No hay vítores, solo un silencio que se extiende a través de las filas. Algunas cabezas bajan en un asentimiento mudo, otras espaldas se yerguen con determinación.
Le hago un gesto al general y comienza el despliegue.
Un sector importante de la milicia se queda guardando el cuartel general de la Policía Metropolitana de Tokio, donde sabemos que se atrincheran algunos de los sublevados.
El edificio está solo a cinco minutos del Palacio y no queremos dejarlo desprotegido para que sufra otro ataque.
El resto se suben a Humvees, tanques y furgones que los llevan directamente al Skytree.
Los minutos hasta que se detienen los vehículos se hacen largos y silenciosos, solo quebrados por la señal de radio que llega por los intercomunicadores según avanzan nuestros soldados y encuentran el camino despejado.
Quienes controlan los drones avisan, a diez minutos de la llegada, de que el Skytree ya se prepara para el asalto.
El comandante Kellum se mantiene imperturbable hasta el final. Una a una hace las comprobaciones pertinentes, da órdenes con voz calma y organiza a sus soldados en conjunto con el general de la milicia hasta que comienza el ataque.
La estrategia ha sido diseñada con cuidado. Todos conocen sus posiciones y tanto el comandante del Skytree como el general de la milicia saben bien cómo dirigir a sus hombres. Sin embargo, las batallas reales traen obstáculos difícilmente planteados en la teoría.
La imagen limpia de las cámaras pronto muta a vídeos caóticos y cámaras en pechos que nos ofrecen muertes en primera persona. El salón de ceremonias se llena entonces de ráfagas de disparos, de gritos de soldados, de órdenes de oficiales, del eco de los llantos…
Kellum improvisa, también mi general.
Es el comandante quien ordena a un escuadrón pequeño que se abra paso a través de los pisos del Skytree, ignorando a los mercenarios que les salen al paso.
No se detienen cuando uno de ellos es herido.
Lo arrastran entre dos soldados hasta que recupera la conciencia y han de abandonarlo para continuar sin él.
Piso a piso ascienden hasta que llegan a la sala de control y allí un ingeniero les explica primero cómo bloquear todas las salidas menos la escalera norte y, acto seguido, cuando se aseguran de que todos los efectivos aliados están bien ubicados, apagan las luces del recinto.
Las siguientes horas son tensas, una prolongación dramática de la derrota hasta que consiguen sacar de allí al último mercenario de Andrews.
Uno de los oficiales corruptos se quita la vida, otros son atrapados antes de que consigan escapar.
Mi general de la orden de que no impidan a los huidos entrar a la Metropolitana. Los queremos a todos en el mismo lugar cuando vayamos a por ellos.