Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 9 Markel Palacio Imperial 34 días para el solsticio de verano
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9 Markel Palacio Imperial 34 días para el solsticio de verano

N eal Kellum abandona hoy su cuarto en el área médica para dirigirse a la sala de ceremonias.

No hay nada en su expresión cuando nos ve a las puertas de la estancia. Debe saber que hemos venido por él, y le da absolutamente igual.

Tiene la mandíbula apretada y los labios rectos en una línea dura. Está algo pálido y quizás ojeroso. Puede que camine un poco más lento. Pero nada tiene que envidiarles a los guardias que lo escoltan.

Se ha puesto un uniforme del Skytree que se ajusta a su cuerpo como una segunda piel. No parece, cuando echa a andar, que haya estado al borde de la muerte.

Alto, fuerte, decidido… deja atrás a quienes hemos venido a verlo para encerrarse en la sala desde la que liderará a los ejércitos del Skytree.

Hoy es el día. Hoy la Emperatriz dirigirá a la milicia mientras él comanda las tropas de la Agencia Hawk que aún son leales, y tratarán de reconquistar el Skytree.

Neal pasa dentro y los guardias se quedan fuera para impedir que ninguno más entre.

—¿Y Hikari? —pregunto, cuando las puertas se han cerrado.

—No lo sé —contesta Riku, que también ha venido a apoyar al capitán—. No lo he visto.

Anoche quedamos en que nos veríamos aquí.

Puede que simplemente haya cambiado de idea, pero… podría estar mal. Podría haber tenido otro brote. Así que no espero.

Desando mis pasos hasta el área médica y me aseguro de que Aya no lo ha visto hoy.

Eso no quiere decir, sin embargo, que se encuentre bien; pero sé cómo ha reaccionado Hikari a mi preocupación otras veces y se me ocurre que si voy con una excusa y me aseguro de que esté bien sin que lo note será mejor.

Por eso me encamino primero a mi dormitorio a por algo que enseñarle.

Aquí no tengo mis cosas: ni mi Nintendo vintage, ni mi música, ni mis libros…

, pero hace un par de días tomé prestada una novela de la biblioteca imperial. Tal vez pueda llevársela.

Me agacho para buscar en los cajones de la mesita y, entonces, veo algo fuera de lugar.

Un maletín negro.

Algo se dispara en mi interior en cuanto lo veo; algo que me advierte … sin que yo sepa de qué.

Me suena.

Me suena muchísimo, pero no consigo ubicarlo.

Me pongo de pie con él, me siento en el borde de la cama y, al abrirlo, me quedo sin aliento.

Porque yo ya he visto algo parecido antes en casa de Kai.

Son los viales de Hikari: esa medicación que tan desesperadamente necesita para continuar con vida… la misma por la que Kai traicionó a los Rebeldes hace años.

Me quedo mirando el líquido azulado mientras procuro pensar con claridad porque mi instinto sigue dándome golpecitos en el hombro, diciéndome: reacciona, reacciona, reacciona…

Hasta que todas las piezas encajan y me doy cuenta.

Esto ha tenido que traerlo él .

Me levanto sin ser muy consciente de lo que hago, tomo el tant ō que lleva en el cajón de la mesita desde el día del ataque y abandono el dormitorio.

El miedo es tan intenso como la esperanza y la culpa me golpea cuando descubro que espero encontrarlo a él.

Cuando llego al cuarto de Hikari no estoy preparado.

Lo descubro espiando a través de una ranura en la puerta, como un maldito ladrón.

¿Pero qué clase de ladrón se mete en tu casa y se arriesga a ser arrestado de nuevo para darte un medicamento?

Supongo que el mismo capaz de rajarle el cuello a una chica inocente por su hermano.

Se me revuelve el estómago. Siento una punzada en el pecho y me llevo allí la mano mientras me obligo a avanzar.

Está de espaldas y lo suficientemente concentrado en su hermano, al otro lado de la puerta, como para no darse cuenta de que me acerco a él.

De pronto, a un solo metro de distancia, noto algo diferente en su cuerpo. No se gira, no se mueve, pero algo en su espalda se tensa y Kai se vuelve hacia mí con la mano en el cinturón, listo para desenvainar su katana.

El brillo que se aloja en su mirada me dice que he estado a un segundo de ser atravesado por ella.

Le hago un gesto con la cabeza y lo apunto con el tant ō que él mismo me dio. Cuando levanta las manos se lo acerco más a la garganta.

—Más despacio —susurro.

Kai enarca una ceja, pero obedece.

Me muestra las palmas desnudas y sostiene mi mirada como si me retara.

—Ahora vas a venir conmigo.

—No hagas tonterías, Markel. No me gustaría tener que hacerte daño.

Tiene los ojos enrojecidos y unas ojeras que oscurecen su mirada y que, sin embargo, no le restan atractivo. Una barba de dos días le cubre el mentón y le hace parecer un poco mayor.

—Date la vuelta y camina —contesto, con aplomo.

Kai esboza una media sonrisa, pero, por alguna razón, me hace caso. Se da la vuelta sin bajar las manos y echa a andar cuando siente el filo del arma contra los omóplatos.

Cruzamos el pasillo camino del cuarto que me han cedido en Palacio y cuando insto a Kai a entrar echa un vistazo al interior y se gira hacia mí con descaro.

—¿Para qué me has traído a tu cuarto?

Miro atrás. Oigo voces y unos pasos que se acercan.

—Adentro —le ordeno, y lo empujo para cerrar la puerta.

Kai mira por encima de mi hombro y esboza una sonrisa deliberadamente lenta.

A pesar de la fatiga, las ojeras y esa barba desaliñada, está guapo; increíblemente guapo para lo mal que parece estar.

—No has debido hacer eso. —Se lleva la mano a la cadera y yo sigo el movimiento mientras el corazón se me acelera—. Ni siquiera te has molestado en desarmarme.

Contengo el aliento sin quitar los ojos de sus dedos, sobre la empuñadura de Onimaru.

—No voy a delatarte —le digo, procurando sonar confiado—. Ni siquiera voy a retenerte.

Kai frunce el ceño y ladea la cabeza mientras echa a andar hacia mí. Sus ojos descienden hasta el arma que sigo aferrando con dedos temblorosos.

—Entonces, me temo que esta visita ha terminado —murmura, a un palmo de distancia.

Podría alzar la mano, volver a ponerle el filo del tant ō bajo la garganta. Podría atravesarlo, podría hacerle mucho daño… Pero no le importa que no quede distancia entre los dos, porque sabe que no sería capaz de herirlo.

Él, en cambio…

—¿Dónde has conseguido los viales?

Da un paso atrás para observarme mejor.

—¿Qué importa eso?

—Lo quieres —susurro, y lo digo tan bajo que casi parece un pensamiento fugado—. A pesar de todo, seguirías haciendo cualquier cosa por tu hermano.

—Nunca he mentido sobre eso —replica, tratando de adivinar a dónde van mis palabras.

—Pero me has traído los viales a mí .

Kai parpadea, su sonrisa se curva ligeramente y asiente con suavidad.

—Ah… de eso se trata. ¿Quieres que te diga lo especial que eres?

Ese tono burlón se me clava en el pecho, pero no dejo que me quiebre.

No.

Sí.

No sé qué es lo que quiero cuando miro a este hombre, que hoy parece tan distinto al Kai que yo he conocido.

Son sus pantalones pitillo, su cazadora de cuero, su katana… Son sus ojos azules, y esos pómulos afilados. Esa media sonrisa pícara y esa expresión un poco embaucadora. Y, sin embargo, parece otra persona, como si le faltara algo vital.

Da un paso adelante y yo retrocedo por inercia, algo que no le pasa desapercibido. Me observa, ensancha su sonrisa y me reta cuando da un paso más.

—Los he dejado en tu cuarto porque no quería que mi hermano me viera, y tú eras el único que sabe qué son esos viales. No podía arriesgarme a que otra persona los pasara por alto —explica, con frialdad.

Le sostengo la mirada hasta que me armo de valor.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunto, y apenas me sale un hilo de voz.

Cuando cierro los ojos aún veo a Anna tumbada en un charco de sangre. Todavía noto el temblor en los dedos. El miedo en el alma.

—Ya sabes por qué —responde, como si estuviera decepcionado.

—Pudiste habernos pedido ayuda. Si lo hubiéramos sabido… no tendría que haber pasado nada de esto. —Se me hace un nudo en el estómago.

Kai se muerde el labio inferior y me contempla como si tuviera que meditar muy bien sus próximas palabras.

—Como yo lo hice fue más rápido —contesta solamente.

Aprieto los nudillos porque el temblor de mis dedos consigue atravesar los recuerdos y Kai sonríe ante el gesto antes de terminar de acercarse.

Levanto el arma, pero él la ignora por completo. Se acerca hasta que estamos a un palmo de distancia y noto la presión que él mismo ejerce contra el filo, ahora bajo su cuello.

Su aliento me hace cosquillas contra los labios cuando habla.

—Pero todo esto ya lo sabías, Markel. ¿Por qué me has traído hasta aquí? ¿Por qué no dar la voz de alarma? —ronronea y ensancha una sonrisa astuta—. No puedes, ¿no? No puedes delatarme porque todavía sientes algo cuando me miras.

Siento miedo.

Dolor.

Un sentimiento de traición…

Y remordimientos… porque a pesar de todo lo sigo deseando.

Deseo esa boca y esas manos sobre mi piel, deseo esa mirada despierta, un poco canalla, en la que ahora no parece quedar más que oscuridad.

Bajo los ojos a sus labios un segundo, solo uno, porque entonces Kai sonríe y articula un:

—Mira tú por dónde…

Y eso termina de enfurecerme.

Me enfada porque sabe que lo deseo; porque a pesar de todo, lo que más odio es que nos haya abandonado, a su hermano, a mí… Y eso está mal, porque debería odiarlo por Anna, debería quererlo muerto y, sin embargo…

Le doy un empujón para que se aparte, y aunque al principio enarca las cejas y parece sorprendido, un instante después me ha agarrado por el brazo y me ha puesto contra la pared.

Me sujeta el mentón con una sola mano suficientemente fuerte como para que no pueda moverme, se cierne sobre mí y me besa con furia.

Nunca antes, incluso en los arrebatos más violentos, me había besado así: con tanta rabia y necesidad. Pega su cuerpo al mío y no deja que me mueva mientras me devora.

Pero el beso acaba tan rápido como ha comenzado.

Kai se aparta, desliza el pulgar sobre mi labio inferior hinchado con una lentitud que contrasta poderosamente con mi respiración agitada y esboza una sonrisa satisfecha antes de marcharse por donde ha venido.

Me quedo solo y el frío que deja a su paso se va llenando rápidamente con culpa, dolor y rabia.