Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 8 KIERA Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano #3
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8 KIERA Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano #3

—¿Te refieres a ese que casi me mata porque te ha parecido divertido dejar que yo me encargara?

Esboza una sonrisa perezosa y observa con cuidado la cazadora antes de dejarla en una percha.

—No mucho —contesto y giro un poco el cuello para verme mejor, porque es cierto que sí llevo un par de agujeros en ambos lados.

—Compruébalo —insiste—. Luego me curas.

Me quito la camiseta mientras voy al baño y me miro en el espejo.

Tengo la imagen que había imaginado: las pupilas todavía dilatadas, la coleta medio deshecha, el labio inferior partido e hinchado sin que apenas lo sienta, la cara salpicada de sangre, un corte en el antebrazo y los hombros…

tengo unas marcas pequeñas, apenas unos arañazos; pero la peor parte se la ha llevado el hombro derecho, que se está poniendo de un intenso color entre rojizo y morado por el golpe.

Kai está mirando desde la puerta cuando me vuelvo hacia él.

—¿Crees que es peligroso? —inquiero.

Observa con atención las pequeñas marcas de garras.

—Puede. No lo sé. Te las curaremos y si no se te cierran en unos días empezaremos a preocuparnos.

Aunque a mí me destinaran a la unidad de Byakko para erradicar anomalías, en la Academia de la Agencia Hawk también nos enseñaron lo básico sobre los oni . Sé que muchos son venenosos: si te muerden o te arañan pueden inocularte su doku y los síntomas son aleatorios y muy diversos.

Kai no me ha dicho qué está sintiendo él con esa herida que no se cierra, pero puedo imaginarlo.

¿Ira? ¿Sed de sangre? ¿Esa crueldad macabra que le hace reír después de partir dedos o amputar manos?

Tomo el botiquín que robamos el primer día después de escapar y me siento con él en uno de los futones revueltos.

Kai se deja caer a mi lado con un suspiro y, sin que se lo pida, toma desinfectante y gasas y empieza a limpiar los arañazos.

El dolor ha regresado lentamente, aunque de forma muy suave. Apenas noto un ligero cosquilleo cuando la gasa empapada humedece la piel abierta y sus dedos tocan el hombro magullado.

—¿Es así como lo hiciste? —me atrevo a preguntar—. ¿Te pusiste hasta las cejas de amai doku para rajarle la garganta a Anna?

Me sorprende lo fácil que salen las palabras de mi boca.

Kai detiene la cura y me contempla fijamente a un palmo de distancia.

—¿Quieres vengarte? —pregunta, casi con interés científico—. ¿Notas algo extraño?

—No. —Sacudo la cabeza—. No tiene nada que ver con los arañazos. Te lo pregunto porque quiero saberlo.

Kai vuelve a tomar una gasa.

—Sí. Me coloqué para hacerlo. —Una pausa—. Siempre voy colocado.

Aquella mañana Kai sabía que lo que hacía estaba mal, igual que yo sé hoy que la masacre ha sido espantosa… pero no lo siento . Es complejo.

Me pregunto hasta dónde estaría dispuesta a llegar en ese estado continuo, en el que distingues el bien del mal solo porque recuerdas cómo lo hiciste alguna vez.

—Debiste pedir ayuda —le digo solamente.

Clava los ojos en los míos y deja las gasas en el suelo.

—Debiste contarles lo que te pasa en la oscuridad.

La mención ni siquiera me altera un poco. No siento la opresión del pecho, ni el dolor que viene después cuando recuerdo todo lo demás: a Echo, la celda, a Neal en esa cama…

Lo que te pasa. Qué eufemismo tan burdo.

Sonrío y Kai me imita.

—Los arañazos ya están —anuncia—. Sobre el golpe en el hombro…

—No tengo nada roto. Cuando baje la inflamación se volverá a mover con normalidad —le respondo.

Kai asiente, pensativo.

—¿Cómo acaba una persona como tú en el Skytree?

La mentira acude con rapidez a mis labios:

Insubordinación.

Mentir sobre ello siempre me había resultado fácil, pero cada palabra de esa historia inventada dejaba tras de sí un regusto amargo en el paladar. Las invenciones venían acompañadas del eco de recuerdos tortuosos, de miedo, de remordimientos…

Ahora no hay nada.

Me siento vacía.

Y quizá sea precisamente eso lo que me hace responder:

—Me alisté voluntariamente porque quería huir a un lugar al que nadie pudiese seguirme jamás.

Kai enarca las cejas.

—Una decisión de lo más cabal —observa—. Qué consecuente y equilibrada.

Me entra la risa.

—¿No me preguntas de quién huía?

—¿No es evidente? —Ladea la cabeza—. Apuesto a que no lo lograste. El problema de huir de uno mismo, Kiera, es que siempre acabas atrapándote, vayas a donde vayas.

Me quedo callada.

Nos miramos durante unos instantes y me pregunto de qué parte de él mismo querría huir cuando tomó la primera pastilla de amai doku .

Aparto la mirada y señalo su brazo antes de agarrarlo con suavidad para bajarle la venda.

—¿No es peligroso? —Cambio de tema.

Todos los dientes de la mordedura están marcados, pero el lugar en el que le hincaron los colmillos está más comprometido.

—Para ti no —me asegura—. Iré a ver a Akane cuando atrapemos a Nomura. Le pediremos que purifique tus heridas también.

—¿Akane no está de parte de la Emperatriz?

—Akane no está de parte de nadie. Estoy seguro de que nos ayudará.

Intento curarlo aun sabiendo que el veneno de oni no dejará que se cierre. Seguirá infectándolo y provocándole esos síntomas de los que no me quiere hablar hasta que lo purifiquen.

—Una vez que mates a Nomura y hayamos encontrado a Akane, me ayudarás con Raine Andrews —le recuerdo y observo su respuesta.

—Ah, sí… El asuntillo de las bombas. —Esboza una sonrisa que parece demasiado forzada—. ¿Y cómo quieres que te ayude exactamente?

Continúo desinfectando.

—Ya hemos advertido al mundo de lo que pretende, pero ninguna fuerza ha confirmado que existan esas bombas. Nadie ha castigado a Andrews. La sospecha está ahí, y si ahora ocurriera las miradas recaerían sobre ella, pero… podría hacerlo igualmente. Debemos quitarle esa oportunidad.

Suelta una carcajada.

—¿Y cómo vamos a hacer eso?

—He estado dándole vueltas… Y me he dado cuenta de una cosa.

Japón está protegido, ¿no? En teoría ningún proyectil llegado de fuera podría cruzar las Cinco Puertas del Infierno sin que el pulso electromagnético lo frenara.

Así que si quiere freírnos tiene dos opciones: desactivar las puertas en el momento del impacto, cosa que parece complicada desde fuera, o…

—O detonar las bombas desde dentro —termina por mí.

Asiento, tomo las vendas y comienzo a tapar la herida.

—Debemos encontrar a sus cómplices y descubrir qué es lo que pretende. Cuando sepamos cuál es su plan podremos intervenir. Habrá alguna forma de impedir que desactive las Puertas o, por el contrario, impedir que detone las bombas.

—Casi nada —responde, provocador—. ¿Y estás segura de que tú sola no puedes hacerlo? Parece un trabajo para una sola persona.

—Tenemos un trato —le recuerdo.

—Claro… —murmura y se estira como un gato antes de que le devuelva el brazo herido—. Voy a ver si la posadera tiene algo de comer.

—Límpiate la sangre primero.

Kai asiente y me hace un saludo militar antes de meterse en el baño.

No piensa ayudarme.

No habíamos hablado de lo que ocurriría cuando atrapáramos a Nomura, pero ahora estoy segura: no quiere sobrevivir.

Le da igual si lo hace… No espera tener que ayudarme.

Y si acabamos el trabajo y se escapa yo no podré obligarlo. Así que me doy cuenta de que tengo que encontrar la forma de que esto también sea problema suyo.

Tengo que hacer que se preocupe.

Y eso no ocurrirá hasta que deje el amai doku.