Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 8 KIERA Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano #2
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8 KIERA Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano #2

—El otro me ha dicho lo mismo. Ha escapado —declara, y ejecuta un movimiento fluido para sacudir la sangre de la katana antes de echar a correr hacia la salida de emergencia.

Si hubiera bajado lo habríamos visto, así que solo puede haber subido.

Llegamos a la carrera a la azotea justo cuando se oyen disparos abajo y, unos segundos después, los frenos de varios coches.

Nos asomamos por el borde a tiempo de ver cuatro coches patrulla. Los agentes no bajan de ellos; se limitan a dejar que un hombre que aguardaba entre en uno antes de volver a salir prácticamente derrapando.

—¡Me cago en la puta! —brama Kai—. ¡Mierda! ¡Ese hijo de puta ha llamado a sus amigos corruptos!

Nomura. Debe ser él.

Kai tiene razón, porque la policía no patrulla las calles desde el asalto al Palacio. Han llegado dando tiros y sin sirenas y es posible que el ejército de Echo los persiga.

—¿Sabes a dónde lo van a llevar? —inquiero.

Kai detiene su andar nervioso.

Debe de estar muy furioso si siente esa ira por encima del amai doku.

Yo tengo en mente mi objetivo y me da rabia que Nomura se haya escapado, pero todo es muy tibio.

Y Kai exuda violencia.

—Seguramente lo llevarán a la sede de la Policía Metropolitana de Tokio. También él colaboraba con Raine Andrews.

Hace una pausa cuando se escuchan disparos de nuevo y, un instante después, dos camiones militares aparecen por la carretera.

Uno de ellos continúa su camino por el mismo lugar por el que han desaparecido los coches patrulla; el otro se detiene frente a la entrada de nuestro edificio y varios soldados corren hacia la puerta, probablemente buscando a los hombres de Nomura que hemos matado.

—Bien. Entonces ya sabemos a dónde tenemos que ir.

Kai se pasa una mano por el pelo. Algunos mechones se le han escapado de la cinta con la que se lo ata y caen a ambos lados de su rostro dándole un aspecto aún más salvaje y desaliñado.

—¿A la Metropolitana?

—A la Metropolitana —confirmo, convencida.

Me alegra tener un plan y un siguiente paso que dar. El amai doku me ayuda a centrarme solo en eso y mientras tanto no pienso en Neal, no pienso en las bombas ni en toda esa gente a la que he matado.

—Entonces, vamos a bajar de aquí antes de que nos alcancen —sugiere, más calmado.

Debería preocuparme más que los militares de Echo estén subiendo, pero lo cierto es que estoy bastante tranquila.

—¿Tienes alguna idea para no usar las escaleras?

Kai alza el mentón, señala algo ahí delante y cuando comprendo que se refiere a la azotea del edificio contiguo, a solo unos metros, sé que la idea debería horrorizarme… pero, en realidad, no me parece del todo mala.

—Dame un segundo —me pide, y me deja a solas un par de minutos antes de regresar con un maletín que ha tomado de la base de Nomura.

—¿Dinero? —pregunto.

Sacude la cabeza.

—Son medicamentos… para mi hermano.

No me explica nada más y yo tampoco pregunto.

No tenemos mucho tiempo. Así que ignoro ese hilo de razón que me dice que debería temer esto, tomamos carrerilla y saltamos al otro lado.

La carrera y la huida me espabilan un poco, pero sigo sintiendo los felices efectos del amai doku.

Cuando ya hemos llegado a la moto le digo que debemos hacer una parada antes. Kai mira arriba, a las luces del atardecer que empiezan a disiparse, pero no replica.

Lo llevo a una farmacia, a una grande.

Cuando rompo el cristal de la puerta no suena alarma alguna.

Kai está a punto de pasar al otro lado de la farmacia cuando lo detengo.

—Tú espera fuera. Vigila que no venga nadie.

Mira a ambos lados. La calle empieza a estar oscura; pero no protesta.

No tengo ni idea de si sabría lo que estoy tomando de los estantes, pero prefiero no arriesgarme.

Empiezo a meterlo todo en un bolso para bebés cuando un ruido me alerta y descubro que Kai ha abandonado su puesto para acercarse al mostrador.

—¡Kai! —lo reprendo. Tiene algo entre las manos que me cuesta unos segundos identificar—. ¿Qué crees que estás haciendo?

Se encoge de hombros y guarda como puede una caja de condones en el bolsillo de su cazadora.

—Nunca se sabe.

—Nunca se sabe, ¿qué? —inquiero, pasmada—. ¿Qué más te has tomado? Hoy no vas puesto solo con amai doku . ¿Qué es?

No responde, pero da igual. Sé que tengo razón.

Lo agarro del brazo y tiro de él para sacarlo fuera.

No parece que le falten reflejos, camina erguido y sin dudar, pero esa expresión facilona…

—Conduzco yo —sentencio, y lo cacheo con rapidez para quitarle las llaves de la moto.

Kai no se resiste. Me mira y se ríe y señala algo con la cabeza.

—Vale, pero tenemos que parar antes. Tengo sed y ganas de celebrar nuestra victoria.

Lo miro de hito en hito.

No sé qué mierda es el amai doku . No he tomado mucho y en mi caso ya está atenuado, como un manto muy fino sobre el resto de emociones.

Casi puedo sentir en qué lugares se está deshilachando, como una tela de araña que se desvanece y revela un interior en carne viva.

Pero Kai va puesto hasta las cejas y con esa cantidad de opioides todavía en el organismo debería estar tirado en una esquina, feliz y ufano, pero bastante más incapacitado que ahora. Así que es un misterio.

—No vas a emborracharte.

—¿Por qué no? —protesta.

Se detiene cuando llegamos a la moto y me monto antes de que se le ocurra intentar conducir a él. No dudo de sus capacidades. Me preocupan más las decisiones conscientes que podría tomar; como llevarnos a un sitio sin luz porque todo le da absolutamente igual.

—Porque tenemos trabajo, ¿recuerdas? No hemos terminado y queda poco más de un mes para que caigan las bombas.

Kai resopla y yo le hago un gesto apremiante para que se suba detrás de mí. Pronto anochecerá, y si el ocaso nos atrapa en mitad de la carretera tendremos que buscar algún Camino de Luz para pasar la noche.

Sé que la idea debería inquietarme más, pero yo tampoco noto más que una leve punzada de preocupación y eso es… peligroso.

Kai no se monta enseguida. En lugar de eso, se lleva la mano a la cazadora y actúa con tanta rapidez que soy incapaz de detenerlo antes de que se acerque a la boca el vial en el que guarda las pastillas.

Se lo arrebato con violencia.

—¿Cuántas te has tragado? —inquiero.

Enarca las cejas, se pasa una mano por el pelo y al encontrárselo semirrecogido tira de la cinta y se lo suelta del todo para moverlo de un lado a otro, como si le molestara.

—Tranquila… —ronronea—. Tengo muchas.

Frunzo el ceño. Es tal y como pensaba: no tiene intención de ayudarme. Se va a dejar morir.

Y a pesar de la dulce placidez que me embarga, sé que eso no es bueno para mí.

Me bajo de la moto y vuelvo dentro de la farmacia para buscar naloxona. Si sigue así, se matará antes incluso de acabar con Nomura y no puedo dejar que haga eso.

—¿Qué se te ha olvidado? —inquiere.

—Nada. Sube.

Kai obedece con demasiada parsimonia, rodea mi cintura con los brazos y deja caer todo el peso de su cuerpo sobre mí.

Pretende aguantar hasta que Nomura caiga, y si él no lo mata se pondrá ciego de amai doku y se irá feliz, divertido y cómodo; sin preocuparse por Raine Andrews, ni por las bombas, ni tampoco por su hermano.

Será estúpido.

Si tengo razón y Andrews actúa a pesar de todo, Hikari también morirá y nada de lo que ha hecho importará. Pero está tan herido y tan ciego como para ser capaz de cerrar los ojos e ignorarlo.

El motel está en una callejuela cercana a Kita-senju. Kai aparca la moto cuando ya ha empezado a llover y las luces de neón de los establecimientos que permanecerán abiertos esta noche ya se han iluminado.

Las luces doradas de los negocios honrados que ya han bajado sus persianas rivalizan con las rojas y moradas de otros de más dudosa reputación.

Nos abrimos paso a la carrera, porque aquí no hay Caminos de Luz para quienes desean volver a casa de noche, y ni los neones ni las luces de las farolas nos salvarán frente a las anomalías.

Las esquinas más oscuras son ya peligrosas cuando alcanzamos el vestíbulo a la carrera, jadeantes, y la mujer que atiende da un respingo al vernos aparecer.

Kai parece un maldito delincuente: con el pelo suelto y rebelde, los tatuajes de la serpiente que asoman por su cuello, la sangre que no se ha limpiado de la cara y las salpicaduras que ni siquiera la ropa oscura disimulan.

Yo no me he mirado en un espejo, pero supongo que no presento mucho mejor aspecto.

La señora a la que pagamos un mes por adelantado clava sus rechonchos dedos en el mostrador y no nos quita los ojos de encima hasta que desaparecemos por el pasillo que lleva a nuestra habitación compartida.

Kai se da cuenta. Le devuelve la mirada sin detenerse, sonríe y está a punto de decir algo cuando le doy un golpe en la espalda para que siga caminando.

Quién sabe qué podría decirle. No nos conviene asustarla y que la policía o los militares o quienquiera que se dedique a eso ahora se presente aquí mañana a primera hora.

Nuestro cuarto da a un patio desangelado y a través del papel del fusuma se advierten las luces rojas de un negocio cercano que anuncia habitaciones por horas. La lluvia se escucha al otro lado cuando empieza a caer con más fuerza.

Hay dos futones en el suelo que antes no hemos recogido, la estructura de un armario de madera en el que Kai cuelga su cazadora nada más entrar y un pequeño cuarto de baño a mano izquierda.

En cuanto se deshace de su cazadora, los brazos de Kai quedan al descubierto y advierto que la venda que aún lleva en el antebrazo izquierdo se le ha vuelto a manchar.

Curé ese mordisco en cuanto nos escapamos. Y sé que antes, durante nuestro cautiverio, los médicos de la Emperatriz también lo atendieron.

Pero la herida no se cierra. Vi que Akane se ofrecía a echarle un vistazo, pero Kai no se lo permitió.

—Déjame ver eso —le pido.

Intento quitarme mi cazadora también, pero un tirón en el hombro me da un aviso.

Kai se acerca a mí, agarra la cazadora por las solapas y me la quita con cuidado de no hacerme daño.

—¿Antes ese oni te ha clavado las garras? —pregunta.