Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 8 KIERA Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano
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8 KIERA Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano

K ai ha perdido el control.

Desde que escapamos de aquella celda ha sido intenso; despiadado a la hora de conseguir información, frío ante el sufrimiento, casi cruel… Pero esto es diferente.

Había muchos más matones de los que creíamos. Todos estos días nos hemos enfrentado a pequeños grupos, pero nada como esto.

He dejado de contarlos y a cada enfrentamiento, cada disparo, cada puñalada… siento que me convierto en el monstruo que todos creen que soy.

Echo, Aya, Travis… seguro que en esta escena violenta solo verían una confirmación de lo que ya pensaban; pero ¿qué dirían los demás? ¿Qué dirían Markel o Riku o Alexa…? Solamente imaginar que cualquiera de ellos podría mirarme como lo hizo Travis aquel día…

Sacudo la cabeza a intento no pensar en ello.

He dejado de intentar no matar.

Aunque estoy segura de que no remato a nadie, clavar puñales en el estómago no creo que se considere un desarme inofensivo.

Pero no tengo más remedio.

Consigo salir de la pequeña sala mientras Kai se abre paso en medio de un baño de sangre. Golpea, mutila y se ríe cuando una patada arranca de cuajo una cabeza que ha segado con su katana .

Por Dios…

Muchos de ellos van sin armas de fuego, para no herirlo de muerte, y eso me da una ventaja, pero conmigo no se contienen.

Apuñalo a uno en el costado, pero es más fuerte que yo, me arroja al suelo y cuando veo que otro se acerca con su arma en mano uso todas mis fuerzas para cubrirme con el otro tipo.

Lo revienta a tiros antes de que yo desenfunde mi arma y le dispare una única vez en el pecho.

La rapidez con la que la vida abandona ese cuerpo para dejarlo caer de rodillas al suelo como un cascarón vacío me golpea de lleno.

¿Qué diría Neal?

Él, que tuvo pesadillas por haber matado a un asesino a punto de acabar con mi vida, que seguía atormentado por haber perdido esas vidas en su última misión antes de ser condenado…

Ojalá pudiera decir algo.

Con gusto aceptaría su miedo si eso significase que sigue con vida; pero la realidad es que no sé nada de él desde que escapé.

Se me retuerce el estómago.

De pronto, unas manos me agarran por los hombros, me arrastran y debo rodar sobre mí misma para impedir que un tant ō me atraviese la garganta. Me pongo en pie rápidamente, le doy una patada, intento una llave y, antes de alcanzarlo, veo cómo uno de los discos de veinte kilos vuela hacia mí.

Muevo las piernas justo a tiempo de evitar que me cruce la cara como he hecho yo antes, pero recibo el golpe en el hombro.

Un dolor sordo me baja por el brazo derecho y es instintivo: suelto la pistola. Durante unos segundos el shock me deja en blanco, pero la adrenalina es más fuerte y sé moverme a tiempo de evitar un segundo golpe que me habría destrozado la cara.

Estoy a punto de usar mis propios puños cuando alguien me agarra por detrás. Los dedos se me clavan en los hombros y la presión es insoportable en el derecho.

Grito, me revuelvo y le doy una patada en la rodilla, pero no me suelta del todo. El otro se acerca a nosotros y esto se convierte en una pelea sucia y violenta en la que los golpes son torpes y desesperados y los movimientos casi animales.

Le doy un cabezazo a alguien, pero el otro me agarra por detrás, me inmoviliza y, de pronto, siento un corte lacerante. La cazadora es de manga corta y el cuero no me protege los antebrazos, así que el tipo consigue abrirme una herida poco profunda, pero sangrante.

Le doy una patada, forcejeo y cuando el que me tiene presa me suelta un brazo sé que lo hace para desenvainar.

Estoy bien puteada.

Intento zafarme, el otro se acerca con el filo por delante y, entonces, a un instante de que acabe todo, Kai aparece convertido en una sombra negra y azul, ejecuta un movimiento preciso con la katana , que emite ese destello fantasmal, y atraviesa a uno antes de rajarle la espalda a otro.

Ambos caen al suelo empapados en su propia sangre.

Uno de ellos aún se retuerce contra el suelo, sufriendo espasmos como un pez que ha sido arrancado del agua.

Aprieto la mandíbula, tomo mi arma y antes de que pueda disparar Kai lo remata. Le clava la katana en la espalda y el cuerpo emite su último quejido.

—Ya te he dicho que no ibas a tener que mancharte las manos, princesa —ronronea.

Tiene las mejillas salpicadas de sangre y un brillo peligroso se ha alojado en su mirada, que parece divertida.

Poco a poco la sensación de peligro acuciante se disipa y da paso al dolor. Me acerco una mano al hombro derecho, que se ha llevado la peor parte, y maldigo por lo bajo.

—Ahí arriba hay más gente.

—Nomura —responde y señala la puerta por la que hemos entrado antes—. Ahí arriba está Nomura.

Me froto el hombro y la simple presión me hace contraerme.

—Y no estará solo. No podemos seguir luchando. Debemos retirarnos, curarnos las heridas y volver otro día más preparados.

Su expresión no se ve alterada ni un poquito. Me mira impasible, con esos ojos azules oscurecidos por las ojeras.

—Puede que solo haya un par de hombres con él —apunta.

—O puede que haya diez, o quince… Y puede que nos acribillen en cuanto asomemos la cabeza por las escaleras. Sé que no quieres escuchar esto, pero tengo el brazo derecho inservible. —Intento levantarlo para que vea el rango de movimiento.

Chasquea la lengua con fastidio.

—¿No sabes apuntar con la zurda?

—Tenemos que irnos —insisto—. No puedo seguir así.

Kai me sostiene la mirada.

No es solo por el golpe y él debe saberlo.

No hay más que cuerpos mutilados a nuestro alrededor, hombres que se están muriendo mientras hablamos.

Y la forma en la que Kai los está matando…

Es peligroso.

Está desatado y ni siquiera creo que sea del todo consciente de lo que hace.

Kai se pasa la lengua por el labio inferior, que tiene también manchado de sangre. Se lleva la mano al bolsillo interior de la cazadora, saca ese vial que ya conozco tan bien, y después de tragarse una pastilla se pone otra en la palma de la mano, la parte con los dedos y me ofrece la mitad.

—O me acompañas o sigo solo. A mí, personalmente, me la suda. Pero si muero no podré ayudarte después.

Me quedo mirando la droga.

Sé que Kai está hecho polvo y, aun así, parece entero, como si se lo estuviera pasando bien. Casi me parece injusto cuando yo llevo tanto tiempo sin poder quitarme de la cabeza la imagen de Neal en esa cama, inconsciente.

El corazón se me acelera un poco ante la perspectiva de dejar de sufrir.

—¿Qué me hará?

Kai sonríe.

—Al ser solo una mitad, nada que no puedas manejar.

La tomo y la observo unos segundos. La razón me dice que se la devuelva, que me lo lleve a rastras de aquí o que lo abandone a su suerte para pelear sola otro día, pero…

Pienso en Neal.

Pienso en la forma en la que me miró la Emperatriz, en los ojos asustados de Travis…

Inspiro con fuerza y me la trago.

La sonrisa de Kai se ensancha y da un paso atrás para observarme mejor.

Al principio no siento nada. Luego, todo estalla.

Es como una gota de tinta al caer en un vaso de agua limpia. Se expande por mis venas, me llena la sangre, el cuerpo y los huesos y todo se sumerge en una sensación cálida y agradable que se siente como un abrazo.

El hombro deja de dolerme tanto y solo noto una ligera molestia, como si tuviera agujetas.

Por primera vez desde el día del ataque al Palacio, me siento bien. Pero no es solo eso, hay algo más; algo parecido a un manto tupido que cubre todas las emociones que quedan debajo. Ninguna de ellas es buena, así que me parece estupendo.

El amai doku también se adhiere a las sombras que se mantienen siempre en los bordes. Sé qué terrores duermen ahí. Ahora, sin embargo, no me revuelve el estómago preguntarme qué demonios me hizo Kohana Harewood en aquella sala de paredes blandas.

—¿Vamos ya? —me apremia Kai.

Sé que lo más sensato sería irnos y sé que la vista de la masacre me horrorizaba hace solo unos segundos. Ahora, sin embargo, cuando veo los cadáveres a nuestros pies no siento nada. Tampoco me espanta la idea de subir ahí y que nos acribillen a balazos.

—Acabemos cuanto antes —sentencio, y Kai me dedica una sonrisa victoriosa antes de dirigirse a las escaleras.

—¿Y si me ayudas con una pequeña distracción? —sugiere, y me señala la puerta de emergencia por la que hemos entrado.

Lo entiendo enseguida. Tomo prestadas sus ganzúas y salgo para subir las escaleras.

No me cuesta mucho abrir la puerta y en cuanto lo hago llueven los balazos. Me pego a la pared, aguardo unos instantes y devuelvo los tiros antes de resguardarme otra vez. Repito la operación hasta en dos ocasiones más antes de oír los gritos.

Luego, debo entrar dando tiros.

Kai tenía razón. Aquí no quedan muchos hombres, y a juzgar por cómo continúa matando a diestro y siniestro, ninguno de ellos es Nomura.

Cuando estoy dentro y veo que una mujer amenaza a Kai con su pistola no me lo pienso. Apunto, disparo y compruebo cómo se desploma con una amapola sangrante en el pecho.

Solo quedan un par con vida, uno de ellos se arrastra escaleras abajo y el otro está siendo interrogado por Kai.

Así que me acerco a la mujer con rapidez y la desarmo con una patada que arroja lejos su arma.

Tiene un agujero en el pecho y la camiseta de tirantes se le está tiñendo de rojo. Mira al techo y tiene los ojos oscuros muy abiertos mientras abre y cierra la boca tratando de articular unas últimas palabras que no le salen. Durante su aliento final me parece que llama a su madre.

Y yo no siento absolutamente nada.

Dejo de mirarla y descubro que Kai acaba de atravesarle el pecho al otro matón. Sin perder el tiempo, agarra al que intentaba escapar escaleras abajo y lo pone bocarriba mientras le planta la suela de la bota en la tráquea.

—¿Dónde está Nomura? —pregunta.

El hombre tiene varios cortes por todo el cuerpo. Alza una mano temblorosa y señala a algún lugar ahí fuera.

Kai suelta una maldición y lo remata de un solo golpe que no le deja enterarse de que ha muerto.

La sangre me salpica en la mejilla y me la limpio sin inmutarme.