7 Kai Akihabara, Tokio 35 días para el solsticio de verano
K iera sale despedida hacia atrás cuando el oni la empuja y cae con estrépito escaleras abajo, justo hasta donde yo esperaba.
No tarda en ponerse en pie y yo no me molesto en preguntar si está bien.
—Muchas gracias por la ayuda.
—Pero si lo tienes controlado —ronroneo y apoyo los hombros en la barandilla que tengo detrás.
Estábamos subiendo las escaleras exteriores de un rascacielos de Akihabara cuando un oni ha aparecido por una de las salidas de emergencia y ha ido derechito hacia Kiera.
Despega los labios, probablemente para insultarme, pero no llega a decir nada. Abre mucho los ojos y se lleva la mano a la funda de la pistola.
No le da tiempo a disparar, porque yo soy más rápido.
Me aparto de la barandilla, desenfundo a Onimaru y descarto el ataque de la criatura con un corte vertical descendente, un tate-giri.
Cambia de rumbo en el último momento con un gorjeo que suena perturbador y se encarama al reverso de las escaleras, lejos de nuestro alcance.
Desde que rompimos el bloqueo el miedo en las calles es intenso. Los últimos días se respira en el ambiente: las calles desiertas, las casas abandonadas, esa soledad oscura que se siente en los lugares que conocen la muerte…
Con las fuerzas armadas dispersas, el pueblo se prepara para una guerra civil donde nadie tiene muy claro cuáles son los bandos. Algunos han huido lejos de la ciudad. Otros han corrido a esconderse.
Las calles están más desiertas que de costumbre.
Me consta que hay soldados del Skytree correteando por ahí: asesinos, violadores y mercenarios que han aprovechado el caos para huir.
Todos temen la guerra y las bombas que podrían caernos dentro de 35 días. Y donde hay miseria… hay oni.
Este en concreto no parece muy peligroso, pero sí ansioso.
Tiene el tamaño de un perro grande y usa sus cuatro extremidades para columpiarse por las escaleras como un mono.
La piel es del color de las ciruelas y desprende un tufo a podredumbre que hace que Onimaru refulja.
Tiene cinco dedos acabados en garras ganchudas, un cuello estrecho y un rostro de rasgos desproporcionados, como si llevara encima una máscara tengu : nariz enorme, cejas gruesas y unos pómulos prominentes que afean aún más una expresión grotesca.
—Este no es difícil —le digo, observando al oni .
Kiera se acerca a mí con cautela y aferra la empuñadura de su katana consagrada. La criatura nos observa desde arriba. Se atisba un solo ojo a través del hueco de las escaleras.
—Me ha tomado por sorpresa —se excusa.
Le echo un vistazo por encima del hombro sin dejar de apuntar al oni, que parece decidir a cuál de los dos atacar primero.
Si tuviera un mínimo de autocontrol como sí lo tienen demonios más espabilados, habría dado media vuelta al sentir la presencia de Onimaru, pero este tiene hambre y poca paciencia.
—Así que podrías con él, ¿no?
—Claro que puedo —replica, un poco molesta.
Si algo he aprendido estos días es que Kiera no puede contenerse ante un reto. Tiene la mecha muy corta.
—Los últimos tres los he matado yo —la provoco.
Kiera suelta un resoplido, airada.
—Mataré los próximos tres si así te quedas tranquilo.
Arqueo una ceja.
—Hecho.
Y envaino la katana.
Kiera va a protestar, pero el gesto es suficiente para que el oni entienda que ya no está tan amenazado y su respuesta más visceral es saltar sobre mí.
—¡Mierda, Kai! —exclama ella, que debe correr para interponerse en su camino.
Podría empalarlo con su arma si fuera más rápida, pero el demonio ve sus intenciones y se escabulle de nuevo antes de que Kiera consiga alcanzarlo.
Es una buena guerrera, pero se le nota demasiado que es militar .
—Mira con qué pose más elegante has dejado que se te escape —observo.
Tiene una buena base, movimientos bien aprendidos y postura regia. Casi se podría decir que lucha de manera bonita, pero no es eficiente. El maestro Arashiro le habría quitado esas poses de revista a base de atizarle con el bokken . ¿Cuántas veces me pegó a mí con ese sable de madera?
—Cierra la puta boca —me espeta, y se gira con un movimiento elegante y fluido para impedir que el oni nos ataque desde otro ángulo.
No sé por qué me acuerdo de mi maestro justo ahora… pero creo que Kiera le habría gustado como alumna.
—Mírate. —Silbo, sabiendo que la voy a cabrear—. No sabía que fuéramos a bailar.
Kiera suelta un grito de frustración cuando la criatura se me arroja encima y yo no hago nada por apartarme. Ella consigue empujarme en el último segundo, pero el esfuerzo hace que pierda de vista su propia arma y el oni se la tira al suelo.
—Pero qué puta chapuza… —mascullo, cuando se agacha a recuperarla.
Está a punto de alcanzarla cuando el demonio se arroja sobre ella y vuelve a caer un par de escalones. Forcejea con él y desenvaina un puñal sin consagrar mientras lo agarra del cuello con una mano e intenta alcanzarlo con la otra.
Las garras podridas del demonio se le clavan en los hombros y me pregunto si penetrarán la tela de la chaqueta de cuero.
El amai doku no deja que la curiosidad se convierta en preocupación, y no me muevo.
—Muy bien, ese puñal sin consagrar te va a ayudar mucho más que tu arma de fuego…
El oni le lanza dentelladas mientras intenta arrancarle la cara.
—¡¿Qué mierda haces, Kai?! —masculla, casi sin aliento—. ¿Quieres entrenarme o quieres hacerlo rápido?
Suspiro, porque tiene razón.
Si fuéramos a colaborar mucho más tiempo quizá me vendría bien que aprendiera un par de cosas que todo matademonios debe saber, pero en realidad no pretendo alargar esta relación más de lo necesario.
No pienso ayudarle con todo el asunto de Japón. Yo no estoy hecho para ser un mártir. Mi muerte será un despropósito, inútil y evitable… Nada de morir por una causa. Si acabar con Nomura no me mata, me atiborraré a sake y amai doku hasta que reviente.
—Tienes razón —reconozco—. Desenvaino a Onimaru y, esta vez, no dejo que el oni escape.
Le corto la cabeza con un kubi-giri, un corte al cuello rápido, y Kiera se lo quita de encima antes de que la podredumbre le salpique.
El cuerpo se deshace en cenizas, purificado por el acero de mi katana.
Cuando la envaino, Kiera me está mirando con intensidad.
—¿Te has divertido? —masculla, y se sacude la ceniza que ahora le mancha el traje.
Sonrío.
—Sí. La verdad es que sí, aunque ha sido un poco patético hacia el final. ¿Cuánto tiempo dices que llevas en Japón? ¿Cómo lo has hecho para seguir viva hasta ahora?
Pasa a mi lado con torpeza, haciendo resonar sus pesadas botas sobre las escaleras metálicas, y me da un empujón intencionado que me arranca una risa.
Lo cierto es que no es mala del todo.
Hacía diez días Kiera no había visto nunca a un demonio y ahora es bastante capaz de cargarse a uno… con ayuda.
Sí… Arashiro habría disfrutado entrenándola, forzando sus límites hasta la extenuación, como hizo conmigo.
Se detiene cuando llegamos al séptimo piso y se asoma un poco por la barandilla. Un sol templado se refleja en el rascacielos de cristal que tenemos justo enfrente.
—Ese oni nos ha retrasado un poco. ¿Estás seguro de que quieres entrar ahí ahora?
—¿Es que te da miedo quedarte a oscuras?
No he necesitado preguntar para darme cuenta de que se trata de un tema sensible.
Ya escuché las preguntas que le hicieron Aya y Mitsuki, y también Echo y la propia Akane…
así que he evitado decir en voz alta todo lo que se me ocurría, pero he comprobado que incluso si en el Palacio fue capaz de arrastrarse por túneles oscuros, Kiera sigue conservando un instinto que le hace huir de la oscuridad.
Me encantaría saber por qué, si es evidente que las anomalías no la matan.
—No —contesta, con aplomo—. No es la oscuridad lo que me preocupa. Si es verdad que Nomura y sus hombres están ahí dentro y nos quedamos atrapados con ellos…
—Oh, no te preocupes —murmuro, con voz dulce, y paso a su lado para probar la cerradura de la puerta—. Yo te protejo.
Saco mis ganzúas del bolsillo, pero Kiera se impacienta, me aparta y es ella la que la fuerza.
La puerta se abre con un chasquido, revelando un interior que sí tiene luz artificial.
—Recuerda que yo no voy a matar personas —me dice, con gesto grave.
No lo ha hecho hasta ahora.
El primer día le di una paliza a un tipo que resultó no saber nada. Fui bastante concienzudo para asegurarme de que decía la verdad y Kiera… miró a otro lado.
Es bastante aprensiva para ser soldado del Skytree.
—Claro que no —le digo, con gravedad impostada—. La princesa del Skytree no va a tener que hacer nada de nada.
—Kai —me advierte, con gravedad, y me agarra del antebrazo—. Lo digo en serio. Te ayudaré a que no te maten, nada más.
La miro de hito en hito.
—Entendido —acepto, más serio.
Entonces, desenfunda su pistola, una con selector. La conseguimos el segundo día. Propuso volver al Rockethill creyendo que allí habría armas olvidadas, y acertó. Se llevó la pistola y algo de munición.
El interior aún permanece iluminado por la claridad que entra de la calle. Hay algunas máquinas de musculación amontonadas en esquinas, discos de pesos abandonados junto a ellas y un mostrador que ya nadie usa.
Kiera pasa primero, con la pistola en alto, haciendo gala de nuevo de unas maneras militares bien aprendidas.
—¿Por qué nunca usas armas de fuego? —murmura, bajito.
—¿Por qué hablas en medio de una incursión?
—Para tocarte las pelotas.
Me entra la risa y veo que ella también sonríe un poco.
—No son nobles —respondo—. Y no matan oni.
—¿Nobles? —inquiere, en un susurro. No parece haber nadie en esta sala, pero hay una puerta al otro lado. Así que barremos el perímetro en esa dirección, asegurándonos de que no hay nadie oculto en las máquinas. —Te he visto romper de uno en uno todos los dedos de un hombre.
—¿Mirabas? —la provoco. No responde, se limita a seguir avanzando, así que decido responder—. El caso es que estoy muy sexi luchando con katana .
Otra sonrisa.
—Creo que sobreestimas lo importante que es eso.
—Pero no lo niegas.
Kiera se muerde los labios para evitar una risa que ahora sería peligrosa.
Me cae bien.
Es dura, es divertida y está tan loca como para pilotar un Scorpion V cargado de C4, así que me viene bien ahora mismo.
Además, está destrozada. ¿Por qué aceptaría trabajar si no con el tipo que le rajó la garganta a su amiga?
También eso me viene bien.
No se lo he dicho, pero si nos encontramos con tantos oni creo que en parte se debe a la miseria que nos acompaña a los dos.
Kiera se detiene frente a la puerta. Unas escaleras conducen a un piso superior, pero no podemos seguir avanzando sin saber qué hay al otro lado de esta pared. Así que se acerca a ella, escucha y levanta una mano.
Tres o tal vez cuatro voces tras la puerta.
Asiento, le hago un gesto, me preparo y empieza la fiesta.
Kiera pasa primero y lo hace sin dar un solo tiro. Cuando se da cuenta de que el resto no tiene armas no tarda en desenfundar su puñal para incapacitarlos antes de que agarren sus pistolas.
Yo no tengo tantos reparos.
Nos encontramos con cinco de los matones de Nomura, que aunque no tuvieran las armas en las manos, sí pueden hacerse con ellas.
No conozco a ninguno, pero me da igual. Me imagino que cualquiera pudo haber entrado en mi piso a la fuerza, agarrar a Hikari, asustarlo, llevárselo…
Me imagino que cualquiera de estos desgraciados pudo haberle puesto la mano encima y no necesito más.
La venganza atenúa el sabor amargo de los remordimientos. El amai doku hace el resto y, al final, dentro de mí no queda nada salvo las ganas de cargármelos a todos… y además hacerlo lo más sangriento posible.
Uno intenta tomar la pistola que había dejado sobre la mesa y antes de que la levante le cerceno la mano con un corte limpio.
Onimaru se ilumina con deleite.
Y eso parece avivar algo en mí.
Es un instinto que el amai doku mantiene amortiguado, una sed con la que puedo convivir… hasta que algo sangriento la hace casi insoportable.
Lo dejo gritando, agarrándose el muñón sangrante con terror, y me vuelvo hacia el siguiente.
Este sí consigue tomar su pistola. Dispara, pero el cuarto no es muy grande, apenas hay espacio para un sofá y una mesita que debió de ser un área de descanso para los trabajadores, y no consigue apuntar bien.
La bala se pierde y yo lo abro en canal con un tate-giri, un corte vertical descendente, rápido y certero.
Sonrío.
Es consecuencia del mordisco del oni . Lo sé.
Aún no se me ha curado y los efectos son… bueno, también esta sed de sangre me viene bien, así que esta rabia primaria no me molesta.
El hombre no muere enseguida y no me molesto en rematarlo, así que le quito la pistola de una patada y voy a por el siguiente.
Kiera dispara. Debe hacerlo cuando uno de ellos se le echa encima con su arma. Forcejean, pero el tipo ya tiene un balazo en el hombro y no me molesto en intervenir.
Se oyen ruidos fuera, otra puerta que se abre, pasos apresurados por las escaleras… y antes de que terminemos de rematar al último esto se convierte en un caos absoluto.
—¡Nomura lo quiere vivo! —grita alguien—. ¡A ella podéis cargárosla!
Kiera suelta una palabrota, se quita de encima un cadáver y dispara cuando uno de los hombres se arroja sobre ella con un puñal.
Voy hacia la puerta, porque sé que a mí no me dispararán y atravieso a otro de lado a lado.
Cuando está de rodillas le corto el cuello y voy a por el siguiente.
A Onimaru también le gusta este instinto perverso. Se ilumina con voracidad y yo le concedo lo que quiere.
Uno a uno todos los hombres de Nomura se lanzan hacia nosotros y esto se convierte en un baile sangriento. Kiera se las arregla para ponerse en pie.
La veo salir despedida cuando alguien la agarra y la tira al suelo, alejándola de mí; pero no necesita ayuda.
Antes de que el otro pueda rematarla, agarra un disco de peso del suelo y le cruza la cara con él.
A mí me entra la risa, una risa salvaje y desquiciada que va avivando un fuego en mí, agresivo, exigente, que me hace querer más y más y más…
Así que sigo riendo y destrozo a todo el que se me pone por delante.