6 Neal Palacio Imperial 38 días para el solsticio de verano
E n el sueño, Kiera camina hacia la oscuridad del mar y yo intento seguirla sin éxito. Echo a correr, pero no avanzo y la tormenta es cada vez más intensa; las nubes del cielo, más densas; el viento, más fuerte…
Cuando abro los ojos y la luz me hiere tengo la mano alzada hacia una pared. En mi muñeca, veo un lazo dorado que parece fuera de lugar y que despierta algo en mí. Un pitido insistente se acelera y me taladra los oídos, y entonces comprendo que es mi pulso.
—¡Neal! —exclama una voz conocida.
Intento enfocar la vista, pero no lo consigo.
La figura se levanta y corre hacia una puerta.
—¡Neal ha despertado! ¡Llamad a Aya! ¡El capitán Neal Kellum está consciente!
Trato de concentrarme y me aferro a esas palabras.
Consciente.
¿Por qué no debería estarlo?
Miro a mi alrededor mientras mis ojos se acostumbran y me fijo en las paredes blancas, el monitor junto a la cama, la vía conectada a mi mano…
Y antes de que lo pueda entender un nombre acude a mi garganta como si se hubiera quedado aferrado a ella.
—Kiera…
Mi voz suena raspada, tan ronca que apenas es inteligible.
Travis, que ha corrido a mi lado, me contempla con gravedad.
—Kiera… —repito y entonces, cuando su gesto se contrae, comprendo que sí me ha entendido.
Un terror gélido me baja por la columna, un miedo como el que nunca antes había sentido se adueña de mí y trae de vuelta todos los recuerdos:
La bala que era para mí.
La sangre.
Sus gritos…
La vastedad del océano más profundo amenaza con tragárselo todo.
Me arranco la vía y me pongo en pie, pero Travis está preparado para agarrarme por los hombros y empujarme hacia atrás.
—¡Neal, no! ¡Espera! ¡Espera a que venga Aya! ¡Te vas a hacer daño!
Intento apartarlo de un empujón, pero en cuanto sus manos me sueltan me fallan las piernas y no puedo hacer nada cuando me recoge de nuevo y me deja apoyado en la cama.
—¡Llevas dos semanas postrado! ¡No puedes irte! ¡No puedes…! —Se detiene cuando alguien llega a la carrera a la habitación—. ¡Hazlo entrar en razón, Aya!
Me giro hacia la médica, que echa un rápido vistazo a los monitores antes de acercarse a mí y apoyarme una mano en el hombro.
—No puedes levantarte todavía, Neal —me dice, con suavidad—. Tienes que tomártelo con calma. No puedes, no debes…
—¿Kiera? —insisto.
Mi voz es de cristal, uno afilado y cortante, que no solo me hiere la garganta a mí.
También a ellos parece dañarlos y eso hace que el miedo se haga más fuerte y denso, casi corpóreo.
Lo siento como una presencia a su lado, uno más en la habitación, mirándome sonriente con una boca llena de dientes.
Aún me siento desorientado y mi mente trata de encajar todas las piezas, pero ese miedo es tan nítido como para que recuerde lo peor.
—Kiera está viva —dice Aya por fin.
Y solo entonces respiro.
El miedo se disipa un poco, pero no por completo. No cuando siguen mirándome de esa forma.
—¿Qué le ha pasado?
Recuerdo la desesperación, la carrera con ella en mis brazos, el cuarto, las luces que apagué de una en una…
Sabía lo que me pasaría y, aun así, no me importó.
Solo me importaba ella, frágil, rota… mientras yo me sentía completamente impotente, sin nada que pudiera salvarla salvo esa remota y demencial posibilidad.
Acerté.
—Está sana, Neal. Se salvó. Se recuperó… —añade, y toma aire—. Al menos, estaba bien cuando se marchó.
—¿Qué?
Aya aprovecha el desconcierto que eso me provoca para hacerle un gesto a Travis y entre los dos me devuelven a la cama, me suben las piernas que no me responden bien y la médica me toma la mano para limpiar la herida que me he abierto al arrancarme la vía.
—Kiera escapó hace más de una semana —susurra, sin mirarme. Se concentra mucho en mi herida—. No sabemos dónde está.
—¿Se escapó? ¿Por qué iba a hacer eso?
No tiene sentido. No cuando yo estaba en una cama de hospital. Si le ordenaron quedarse y ella tenía otros planes pudo haber incumplido órdenes, pero… ella no es de las que abandonan a un compañero caído.
Me quedó claro desde su primera misión.
Sacudo la cabeza, pero el movimiento me aturde aún más.
Aya y Travis comparten una mirada y es el soldado quien se atreve a abrir la boca.
—Se negaba a contarnos lo que había ocurrido, la Emperatriz la encerró para forzarla a hablar, pero no quiso hacerlo y tres días después se escapó con Kai Inoue, que también estaba preso por haber intentado matar a Anna Sinden, la aviadora…
Miro a Aya, porque entiendo lo que Travis me dice, pero no consigo hilar las ideas.
La médica me da la espalda y empieza a preparar otra vía para ponérmela en la mano contraria.
—¿Encerrada? —repito.
Travis baja la mirada y eso me lo confirma. La rabia se abre paso a través de mí en oleadas violentas.
—Repítelo —le reto.
Travis alza la mirada.
—Repítelo, sargento. Es una orden.
Traga saliva.
—Ya sé que Aya ha dicho que estaba bien, pero… Neal, Kiera estaba muerta. Sea lo que fuere lo que salió de esa habitación, esa cosa no era…
No puede detenerme.
Le cruzo la cara de un puñetazo bastante torpe y me abalanzo sobre él.
Aya grita y pide ayuda, pero Travis no la necesita.
Estoy tan débil que, tras la sorpresa inicial, podría apartarme cuando quisiera.
No lo hace porque no quiere hacerme daño.
Forcejea de manera burda cuando me levanto, lo agarro por las solapas de la camisa y lo pongo contra la cama.
Estoy a punto de volver a pegarle con las pocas fuerzas que me quedan cuando unos guardias me llevan de vuelta al catre.
—No quiero sedarte —me dice Aya, con tono serio—, pero lo haré si te pones en peligro.
Miro a Travis de reojo, que se limpia la sangre que le chorrea de la nariz con la manga.
—¿Encerrasteis a Kiera? —pregunto de nuevo, con la voz ronca.
—No nos quedó otra opción —responde Aya—. Sabes que aprecio a Kiera, pero… Neal, tú oíste el diagnóstico y aun así salió caminando de ese cuarto.
También a mí me falta el aliento.
Apenas me he movido, pero me cuesta respirar y tengo la sensación de que las piernas no volverían a sostener mi peso si lo intentara.
—¿Y qué? —inquiero, con sequedad.
Aya parpadea y les hace un gesto a los guardias para que vuelvan a dejarnos a solas.
—¿Cómo que y qué ? —interviene Travis. Se ha dejado un reguero de sangre sobre el labio—. ¿No te das cuenta? Mírate. Casi no lo cuentas.
—Sabía lo que hacía cuando entré en esa habitación.
Aya ladea la cabeza. Tiene el moño rubio un poco despeinado y la piel más pálida que de costumbre.
—¿Lo sabías? —repite, con un tono de voz muy suave.
Los miro alternativamente y ambos me observan de manera similar.
Encerraron a Kiera.
La metieron en una celda para que les contara… ¿qué? ¿Por qué estaba viva?
—Sabía que yo moriría —improviso. No me cuesta decirlo porque aún recuerdo cómo me sentí aquel día.
Había visto los vídeos del Scorpion de Markel, el estado del fuselaje y el lugar en el que Kiera viajaba.
Y una posibilidad, una pequeña y recóndita y absurda me hizo llevarla a la oscuridad, pero la parte más racional de mí creía que los dos moriríamos en ese cuarto…
y me parecía bien; aunque eso no se lo cuento—.
Estaba dispuesto a aceptar la muerte, tanto la suya como la mía.
Ahora me decís que no solo está viva, sino sana y salva, ¿y que la habéis tratado como a una criminal?
Aya tarda un rato en responder.
—A mí tampoco me gustó —responde, vacilante—. Pero debes entenderlo. Eres capitán, Neal. Sabes que a veces hay que tomar decisiones difíciles para proteger a las personas a tu cargo. Es lo que hizo la Emperatriz.
—Y encerró a Kiera, que había estado dispuesta a morir por todos nosotros.
Cuanto más lo digo, más ridículo me parece.
Miro a Travis y lo reto a que vuelva a decir que esa no era Kiera, pero no se atreve.
—Entonces, ¿no sabes cómo su cuerpo sanó milagrosamente?
Una pequeña parte de mí se pone alerta, como un lobo que levanta las orejas, se agazapa en la espesura y observa.
—Ni lo sé ni me importa —respondo.
Aya asiente como si tampoco le importara demasiado, pero esa parte de mí que es más instinto que razón ya ha despertado, y no se quiere ir a dormir.
No puedo contarles lo que pienso de verdad, ni hablarles de esa idea que me empujó a llevarla a un cuarto oscuro que habría matado a cualquier otro.
Antes de que la médica pueda insistir y yo deba volver a darle largas, unos golpes en la puerta hacen que los tres nos giremos y un guardia entra de forma atropellada con una pantalla entre las manos.
—Es para usted, capitán.
—¿Para mí?
El soldado asiente.
No lleva la ropa de los guardias. Más bien, parece…
El uniforme del Skytree.
Tomo la pantalla con curiosidad y acepto la conexión.
Al otro lado un rostro serio, de piel morena y pelo cano y bien peinado hacia atrás, me devuelve una mirada oscura. Viste traje y tiene las manos cruzadas bajo el mentón de forma elegante pero distraída.
—Capitán Kellum. Es un placer conocerlo por fin, aunque habría deseado que fuera en otras circunstancias.
Yo sí que lo conozco a él.
—Moe Standen —susurro.
La voz aún me raspa al salir por la garganta.
—Bien. Sabe quién soy. Eso nos ahorrará las presentaciones. No tenemos mucho tiempo.
Frunzo el ceño, aún perdido.
—¿Tiempo para qué?
Standen baja las manos, pero continúa con los dedos entrelazados sobre un escritorio de madera oscura.
—Para recuperar el Skytree de manos de Raine Andrews, por supuesto. Como usted mismo descubrió antes de desertar, los altos mandos eran corruptos y los soldados… se han dejado llevar. Cuando un superior te da órdenes lo lógico es cumplirlas, aunque estas atenten contra el propio sistema.
Aparto la mirada de la pantalla para echar un vistazo a Travis y a Aya.
—¿Qué es esto?
—Moe Standen lleva días tratando de colaborar con la Emperatriz —responde Travis—.
Standen tiene razón: muchos acatamos órdenes sin entender lo que ocurría.
Después de la incursión a Palacio algunos se rindieron y se quedaron aquí, otros han continuado trabajando para Andrews y los demás…
han huido. Han intentado reorganizarnos, pero no hay un mando claro.
Un carraspeo me hace devolver la vista a la pantalla.
—Capitán Kellum. —La voz es calmada, el tono templado, pero esa mirada oscura clama ira, una gélida y desapegada—. Fue un militar modélico hasta su más que justificada deserción. Seguro que recuerda qué papel cumplo en la jerarquía como CEO del Skytree.
—Es mi general, la máxima autoridad.
—Entonces sabrá mostrarme el respeto que merezco, al menos dirigiéndose a mí mientras aún me tiene enfrente.
Lo miro de hito en hito.
—¿Qué es lo que quiere de mí?
—Seré directo, capitán Kellum —empieza, con una sonrisa que no le llega a los ojos—.
Usted es uno de los pocos oficiales de su rango en el que puedo confiar.
Muchos de sus superiores fueron comprados y otros, como le ha dicho su sargento, han desertado.
El Skytree ha sido tomado por la facción rebelde de nuestro propio ejército y necesitamos restablecer la paz.
Mis fuerzas respaldan a la Emperatriz; pero no puedo ayudar si mi ejército se desintegra.
Sus amigos le confirmarán que la situación en Japón requiere medidas.
—Es cierto —reconoce Aya—. Desde el ataque a Palacio no se ha dado un enfrentamiento directo en Tokio, pero sí ha habido pequeñas escaramuzas en otras regiones; hay controles militares, soldados patrullando las calles…
y todo el mundo está asustado. La gente se atrinchera en sus casas.
En algunas zonas ha habido apagones… Muere gente, Neal. Y hay que acabar con esto cuanto antes.
Los miro a los tres alternativamente.
—La Agencia Hawk no entrena soldados para ir a la guerra —respondo.
—No. No lo hace. —Sus ojos se oscurecen—. Pero tampoco podrán proteger a los civiles mientras se libre una. Debe dirigir las tropas, capitán Kellum. De momento, esto es una petición amistosa, pero le recuerdo que hace seis años firmó un contrato conmigo. Su libertad me pertenece.
Continúa hablando con tranquilidad, sin acelerar el ritmo ni levantar el tono. Tampoco su rostro ha mudado y sigue luciendo esa expresión absolutamente calmada. Sin embargo, yo sé leer la violencia que late bajo la amenaza.
Antes, ese comentario habría accionado algo en mí: la responsabilidad, el honor, el deber.
Ahora, me suena cuanto menos ridículo. Japón se desmorona y la realidad es que por mucho poder que albergue alguien ahí fuera, mientras esa persona no esté dispuesta a cruzar las Cinco Puertas del Infierno, aquí dentro no tiene nada.
—Aunque quisiera hacerlo, no estoy en condiciones de liderar misión alguna. —Echo la pantalla hacia atrás y le permito ver dónde me encuentro—. No podré empuñar un arma en un tiempo.
Standen sonríe como un gato.
—Los grandes líderes no necesitan empuñar armas para comandar ejércitos. —Ensancha aún más su sonrisa de dientes blancos, que contrastan con fuerza con su piel bronceada—. Es el mejor candidato para reunificar al ejército. A usted le seguirán, comandante —añade, con intención.
Nos quedamos unos segundos en silencio mientras yo barajo mis opciones.
—No existe ese cargo en el Skytree.
—Ahora sí. —Se inclina un poco adelante en el escritorio, acercándose más a la cámara—. Entonces, ¿cuento con usted?
¿Qué ocurrirá con el Skytree y sus soldados si no lo hago? Algunos son criminales, tipejos de la peor calaña, pero la mayoría son solo hombres y mujeres que cometieron delitos menores dentro del ejército y que por eso acabaron aquí, igual que yo.
Aya se ha apartado discretamente y toma notas en un informe. Travis sigue aquí, pendiente de la conversación, con la sangre reseca sobre el labio y la mirada fija en mí.
Moe Standen, que debe saber anticipar la respuesta, sonríe ampliamente un segundo antes de que yo declare:
—De acuerdo.