Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 5 Markel Palacio Imperial 38 días para el solsticio de verano #2
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5 Markel Palacio Imperial 38 días para el solsticio de verano #2

—Lo tomaré como un «no» —sentencia, sin esperar, y cuando está a punto de dar media vuelta Anna lo detiene.

—¡Espere, espere…! Sí. Lo conocemos.

El soldado nos mira con desconfianza y nos pide que lo sigamos.

Riku no se mueve.

—Yo paso —declara—. Y vosotros deberíais pasar también.

La última vez que vimos a Akram Utagawa, Riku le cruzó la cara de un derechazo porque habló más de la cuenta de Ruby O’Tool, nuestra antigua aviadora, y de mí.

A Akram nunca le ha gustado lo que hacemos los Rebeldes. Siempre le ha parecido un sinsentido. Nos cree débiles e ingenuos, y aquel día, enfadado y asustado por lo que le había ocurrido a Anna, fue especialmente cruel conmigo. Por eso le pegó Riku.

—Akram conoce a mucha gente, tiene recursos… Quizá nos sea de ayuda —opina Anna.

Cuando despertó y preguntó por el contrabandista, le conté lo ocurrido. Creo que le decepcionó, pero no pareció sorprendida.

Riku bufa.

—Es un oportunista que nunca ha creído en la causa. Si nos ha apoyado alguna vez ha sido solo por ti.

—¿Qué más da por qué lo hace si ayuda a los Rebeldes? —inquiere ella—. Voy a ver qué quiere.

—¡Espera! —le pido—. Te acompaño, pero me quedo fuera.

Necesito hacer algo.

Coincido con Riku: no podemos fiarnos de Akram, porque nunca ha creído en nosotros, pero Anna también tiene razón en una cosa: tenemos que aprovechar cualquier ayuda que nos brinden.

Tomiko Murase, la mano derecha de la Emperatriz, nos está esperando junto a los fusuma de una sala custodiada por guardias para decirnos que Akram tiene permitido hablar con nosotros, pero que no puede quedarse.

Al parecer, lleva días buscando a Anna. Le han dejado pasar tras mucho insistir en que podía servir a la causa Rebelde.

Ojalá tuviéramos causa, pienso.

Yo me quedo fuera, apoyado contra la pared de enfrente, donde los dos guardias imperiales no me quitan el ojo de encima hasta que Anna vuelve a salir.

Ha tardado poco, y no creo que eso sea buena señal.

No se detiene al pasar a mi lado y he de echar a andar para alcanzarla.

—¿Y bien? —pregunto.

Anna resopla.

Parece contrariada.

—Es terco —responde, sin dejar de andar.

—Así que… solo quería verte. Riku tenía razón. No quiere ofrecernos nada.

—Nada de nada. De momento —añade, con una determinación que no me pasa desapercibida.

Me detengo, obligando a Anna a pararse también en medio de un pasillo desierto.

«¿Te gusta Akram?».

Anna advierte la expresión, las cejas arqueadas con escepticismo.

Es encantadora. Cae bien, siempre ha sido así. Ha jugado esa baza a su favor otras veces, igual que ha hecho con Akram antes.

«¿Otra vez con lo mismo?», replica y aguarda, pero yo no cedo y ella acaba suspirando y dejando caer los hombros. «Puede que despierte algo de curiosidad en mí… Es muy guapo, ¿no? Y conmigo es simpático… pero no creo que quiera nada serio con él».

«Me da la sensación de que él no lo sabe».

«No. No lo sabe… Y no va a saberlo todavía».

—Anna… —la reprendo.

Inspira con fuerza y se muerde el labio inferior antes de murmurar, en voz baja:

—¿Tan mal está que quiera mantenerlo cerca… por la causa?

Arqueo una ceja, pero no puedo resistirme: esos ojos grandes, la mirada culpable, y esa forma de morderse el labio inferior…

Me echo a reír.

—Sí. Está fatal, Anna.

Ella suspira con teatralidad, sin duda aliviada por mi risa.

—Volveré a ser una chica respetable cuando acabe la guerra —sentencia.

Y echamos a andar de nuevo.

No le pega hacer esto. Tirar de encanto para conseguir algo es una cosa, pero… le está dando esperanzas por interés.

Supongo que estamos todos desesperados.

Yo no insisto, porque no puedo dar lecciones de moral a nadie.

Cuando Anna regresa a la sala con los demás yo voy en busca de Hikari.

Lo encuentro en su cuarto, ya tumbado sobre la cama y con una novela gráfica abierta en el regazo.

La aparta en cuanto me ve entrar, pero no dice nada.

También el día que sucedió todo me miró de forma parecida. Había oído el caos, pero nadie quería o podía contarle nada.

Yo no tuve agallas para hacerlo; no hasta que Kai se escapó unos días después.

«No tiene sentido. Kai no haría daño a nadie, ni mucho menos a Anna. ¡Es Anna! ¡Fueron compañeros! ¡La conocía! ¿Cómo iba Kai a…?», me había dicho.

«Es repartidor…», murmuraba, sin dar crédito. «Estaba trabajando. Me dijiste que…».

«Debe ser un error. Déjame hablar con mi hermano».

«Ha huido», acabé diciendo.

Tuve que confesarle que esos tres días Kai había estado preso mientras decidíamos qué hacer con él.

No ha dejado de mirarme de esa forma desde entonces, con ojeras bajo los ojos enrojecidos, mirada cansada y huidiza, y esa mueca de dolor… Se siente engañado y triste y solo… un poco como me siento yo.

—¿Cómo estás? —le pregunto ahora.

—Bien —responde enseguida.

Tiene el gesto un poco más duro que de costumbre; la mandíbula tensa, el ceño fruncido…

—¿Puedo sentarme? —Espero a que me lo confirme con un gesto y tomo asiento a su lado—. Lo que hizo tu hermano no tiene nada que ver contigo. Anna no te culpa —me atrevo a decirle.

Hikari me devuelve una mirada consternada, como si mis palabras lo hubieran asustado.

—¿Por qué no? Kai intentó matarla por mí, ¿no?

Sí que ha atado cabos.

Tomo aire.

Hablar de esto también me cuesta. Solo pensar en Kai hace que quiera arrancarme la piel a tiras.

—En realidad, no quería matarla. Creo que solo quería dejarla incapacitada.

Su sonrisa se contrae en una mueca.

—Le rajó la garganta —suelta, y esas palabras en su boca me parecen absurdas, fuera de lugar—. ¿Cómo pudo rajarle la garganta a una persona?

El tono suave, los ojos asustadizos y esas manos pequeñas que se retuercen sobre el regazo me comprimen el pecho.

Yo tampoco tengo una respuesta cuerda.

—Creo que todos hacemos locuras algunas veces, sobre todo cuando sentimos que no tenemos opción. —Se me revuelve el estómago en cuanto se lo digo.

Me duele justificarlo. Una parte de mí, una más racional y templada, quiere darle sentido a todo esto; pero hay otra que salta ante cada mención de Kai, que se agita y se retuerce y lucha contra la idea de encontrar algo de cordura en el horror que nos ha obligado a vivir.

—No era quien yo creía —susurra y se mira los dedos—. ¿Qué voy a hacer ahora?

Por el aspecto de sus ojos, diría que no ha dormido mucho los últimos días, pero no sabría decir si es por la enfermedad o si lo ocurrido con su hermano lo mantiene en vela.

Qué solo debe sentirse.

Alargo la mano y tomo la suya.

—Tu hermano te quiere —me obligo a decir, aunque la voz me sale áspera—. Independientemente de lo que haya hecho, lo que ha compartido contigo, vuestro vínculo… es real.

Hikari levanta los ojos lentamente y la forma en la que me mira me rompe del todo.

—¿Cómo va a ser real? Es un asesino … —Su voz se quiebra un poco al final, pero no hacia la pena o la tristeza. Se vuelve más dura, más violenta, y yo me tenso porque entiendo esa emoción, pero no sé qué hacer con ella.

También a mí me mantiene en vela, enfadado y lleno de un resentimiento denso y profundo.

¿Cómo ha podido hacerle eso a Anna?

¿Cómo ha podido mentirnos?

¿Cómo se ha atrevido a abandonarnos?

Cierro los ojos unos instantes, pero eso no hace desaparecer el escozor.

—Sobre lo otro… No tienes de qué preocuparte. Aquí vamos a cuidarte. Aya sigue buscando una forma de frenar lo que te ocurre y los demás… vamos a apoyarte. Todos nos hemos quedado sin hogar, pero la Emperatriz…

Me aparta la mano de un golpe y se pone en pie con brusquedad.

—¿Qué me importa a mí eso? ¡Estoy solo! —grita.

Me quedo callado.

Hikari está destrozado porque no entiende lo que ha hecho su hermano, y está enfadado porque se siente abandonado.

Me pongo de pie y no le doy margen a protestar antes de envolverlo en un abrazo. Intenta apartarme, pero se detiene en cuanto el llanto lo atraviesa. Hikari se echa a llorar amargamente mientras se aferra a mi camiseta con sus pequeños dedos y yo le acaricio el pelo.

Ahora que ya hemos roto el bloqueo el Imperio no necesita nada de mí. No puedo ayudar a mis amigos, ni a la gente. En una guerra abierta no valgo nada. Tengo miedo, me siento vacío y frustrado y la única persona en la que quiero apoyarme le ha rajado el cuello a mi amiga y se ha largado.

Debo de ser una persona horrible, porque lo peor de todo es que a veces me duele más su ausencia que su traición.