5 Markel Palacio Imperial 38 días para el solsticio de verano
–E l gabinete de Raine Andrews ha confirmado esta mañana la identidad de los pilotos que comandaron el Scorpion V que hace dos semanas atravesó las popularmente conocidas como Cinco Puertas del Infierno.
A los mandos de la aeronave, la soldado del Skytree Kiera Amell, que según las fuentes mantiene estrechos vínculos con la supuesta organización criminal de Alexa Lalanne.
Como copiloto señalan al capitán Neal Kellum, que habría sido captado por la red de Lalanne mucho antes de su deserción.
Sin embargo, cabe recordar a nuestros espectadores que ya se ha demostrado la falsedad de gran parte del material audiovisual que circulaba en la red sobre la activista Alexa Lalanne y algunos apuntan ya a la propia Raine Andrews como instigadora de una campaña masiva de desprestigio.
Andrews se ha negado a hacer declaraciones al respecto y tampoco se ha pronunciado sobre la acusación de la mismísima Emperatriz de Japón, pero sí ha hablado su jefa de prensa:
—Raine Andrews es presidenta de la Organización Internacional Para Preservar los Derechos Humanos. Sugerir que haría algo para dañarlos es una idea ridícula, fruto de una mente enferma que ha encontrado la forma de manipular a la propia Emperatriz de Japón.
—¿Qué opina del ataque que recibió hace dos semanas el Palacio Imperial? —inquiere una periodista.
—Cualquier acción violenta es siempre una desgracia, pero a veces es necesaria para impedir una tragedia mayor y llegados a este punto, con Lalanne manipulando las decisiones de un gobierno débil y la Emperatriz Echo Akiyama incapaz de reaccionar…
mucho nos tememos que la guerra civil en Japón es inevitable.
Lo que debería preocuparnos ahora es un conflicto a mayor escala.
—¿Qué quiere decir?
La jefa de prensa hace una pausa, como si se pensara contestar o no.
—Si esos criminales han sido capaces de cruzar las cúpulas con un transmisor de radio, ¿por qué no hacerlo con bombas nucleares?
Estalla el caos en la rueda de prensa. Suenan flashes, otros reporteros dejan de respetar los turnos e intentan hacer más preguntas que ella ignora hasta que parece escuchar algo que le conviene responder.
Toma uno de los micrófonos y se lo acerca mucho a los labios pintados mientras mira a cámara directamente.
—Echo Akiyama es una mujer muy poderosa que está siendo controlada por una mente profundamente trastornada, y la Historia nos ha enseñado numerosas veces lo que ocurre cuando la locura encuentra un aliado en el poder: la destrucción está asegurada.
No averiguo qué pregunta la reportera, porque un ataque de ira me hace agarrar con fuerza el vaso que tengo en la mano y lo arrojo contra la pared a unos centímetros de la pantalla.
El cristal se hace añicos y Riku y Alexa dan un respingo.
—Eh, Markel…
Pero no son ellos quienes me preocupan.
Hikari me contempla con los ojos negros muy abiertos y el cuerpecito listo para salir corriendo, con las manos crispadas sobre los reposabrazos del sillón y los pies ya en el suelo.
En cuanto lo veo se me encoge el corazón.
—Lo siento —me disculpo—. No quería asustarte.
—No lo has hecho —contesta enseguida, pero yo veo cómo vuelve a reclinarse y abandona el plan de fuga.
Ha estado así desde que le contamos lo de Kai: asustado y huidizo… por no hablar de los síntomas físicos.
Aya lo ha tenido bajo control, pero pasa muchas horas en el ala médica y nada de lo que le dan, incluso con los recursos de la Emperatriz, parece frenar durante demasiado tiempo lo que le pasa.
Se cansa, dice que le duele un poco el cuerpo, aunque yo estoy seguro de que le duele mucho. Tose, le cuesta respirar y ha pasado días enteros sin poder moverse de la cama.
Muchas de las salas del Palacio Imperial cuentan con luz traída del sol y decidimos probar.
A diferencia de la artificial, tiene propiedades beneficiosas para la salud.
Revierte los efectos nocivos de la otra: mejora el insomnio, los calambres musculares, el dolor nervioso…
Pero no funcionó. Por eso, cuando Anna se recobró un poco, se ofreció a usar directamente su don.
Fue arañada por Raij ū , el yokai , y al igual que los árboles sagrados, es capaz de generar luz divina, pero ni siquiera eso ha dado resultado.
Markel tiene una mutación rara de la gripe blanca. Aya dice que es incurable. Le he contado que su hermano le inyectaba algún tipo de medicamento para controlarla, pero no está segura de qué puede ser. Hikari sabe aún menos.
Y sigue enfermo; mucho más de lo que lo estaba con su hermano.
Hikari se da cuenta de cómo lo estoy mirando y aparta los ojos con un gesto brusco.
Yo también me obligo a dejar de observarlo.
En la pantalla, la sala de prensa vuelve a llenarse de gritos ansiosos y la retransmisión se corta para regresar a la reportera que está hablando de Kiera y de Neal.
Ahora muestra fotografías de ambos. A juzgar por el aspecto, deben de ser parte de sus fichas de soldados.
—Ni siquiera lo han negado abiertamente —masculla Alexa—. Dicen que jamás atentarían contra los derechos humanos, pero ¿qué hay de un exterminio por el bien común ? Se escudan en los matices para poder desarrollar la narrativa que más les conviene.
La misma ira que me ha trepado antes por las manos vuelve a tensarme los músculos.
Alexa tiene razón. Allí fuera Raine Andrews puede decir lo que quiera y nosotros… nosotros no podemos defendernos.
Nos hemos reunido en una de las salas que ya empieza a ser un rincón habitual de los Rebeldes; al menos, de los que no hemos abandonado el Palacio, pues muchos han dejado a Mitsuki para volver con sus familias ahora que se avecina la guerra.
Esta habitación es una de las más modernas del Palacio, con una pantalla que prácticamente abarca una pared entera y que cada día trae noticias nuevas del exterior:
El silencio de Raine Andrews, las pruebas sobre la campaña de desprestigio contra Alexa, los comentarios sobre el mensaje de radio de la Emperatriz, que todos sabemos ya de memoria, y los avances de lo que parece una guerra civil en toda regla.
Unos golpecitos en el marco de la puerta me hacen girarme hacia la entrada.
«¡Anna! ¿Cómo estás?», pregunto, en lengua de signos.
Despertó hace diez días, cuando Kai y Kiera escaparon.
Sigue llevando un apósito en el cuello, pero no queda nada de la fragilidad que había en ella mientras estaba inconsciente; se ha esforzado mucho para que así sea.
—Bien —contesta en voz alta, para que todos la entiendan—. ¿Hay noticias de Kiera?
—Nada nuevo —responde Riku—. Los telediarios no hacen más que repetir lo mismo una y otra vez: que si el lavado de cerebro, que si sus vínculos con Alexa, que si las bombas de luz… No tienen ni idea de que Kiera ya no está con nosotros.
Las noticias nos muestran imágenes de batallas abiertas entre la policía comprada de Andrews y los soldados de Echo.
Han pasado casi dos semanas desde el asalto y desde entonces ninguno de nosotros ha podido hacer nada.
Por lo que sabemos, la Emperatriz tiene las de ganar frente a las fuerzas armadas de Andrews. Desde el intento de golpe de Estado, no ha vuelto a darse un ataque similar en Tokio, pero no es así en el resto de Japón. Allí donde el poder militar de Echo es más débil, Andrews ataca con más fuerza.
Me pongo en pie con frustración y camino hasta la pantalla para apagarla. Luego voy a tener que recoger estos cristales.
—Si no hago algo en las próximas horas voy a perder la cabeza.
—¿Y qué quieres hacer? —inquiere Riku—. ¿Quieres luchar? ¿Quieres ser parte del ejército de la Emperatriz? Ya no podemos hacer nada. Cumplimos nuestro cometido, ¿recuerdas? Rompimos el bloqueo, Kiera lo hizo, y ahora ella…
—Ha sido traicionada —termina Alexa por él. Todos guardamos silencio—. ¿Creéis que está con…?
—No —zanjo yo. No quiero escuchar su nombre—. Antes de que la encerraran le conté que había sido él quien… —Un vistazo a Anna me basta para saber que no debo terminar—. Puede que colaboraran para salir, pero Kiera no podría ignorar lo que ha hecho…
Anna está apretando los puños a ambos lados del cuerpo, pero en cuanto se da cuenta de que todas las miradas recaen sobre ella se yergue un poco y alza el mentón.
De pronto, Hikari se pone en pie y echa a andar hacia la puerta todo lo rápido que el cuerpo le permite.
—Yo ya me iba…
—¡No! ¡Hikari, espera!
Pasa junto a Anna sin atreverse a mirarla.
No es la primera vez que huye de su presencia.
Está triste, enfadado y mortificado; porque aunque nadie le haya contado por qué hizo aquello su hermano, no es tonto.
Anna lo agarra y lo detiene.
—¿No quieres ver una película con nosotros? —sugiere, con la voz un poco ronca.
Hikari agita la cabeza con fuerza y se suelta casi con demasiada violencia antes de alejarse como puede.
Anna suspira y deja caer los hombros con pesadez.
—¿Una película? —pregunta Riku, con sorpresa.
Anna camina hasta el sofá en el que está y se derrumba a su lado sin demasiado cuidado. El pirata se mueve enseguida y veo el gesto apurado de sus manos, como si intentara amortiguar la caída en el sofá, como si Anna pudiera desmontarse en cualquier momento… Yo también me siento así cuando la miro.
—Yo qué sé —contesta—. ¿Qué vamos a hacer si no, eh?
Tiene razón. Aquí dentro tenemos las manos atadas.
—Deberíamos buscar a Kiera —dice Riku, asegurándose de que Anna le lee los labios.
La mención a Kiera, de nuevo, vuelve a caer sobre todos como una losa.
—¿Y por dónde empezamos? Si las cosas están tan mal ahí fuera… —dice Anna.
No termina. No hace falta.
Todos guardan silencio y yo miro el vaso hecho añicos en el suelo sintiendo que algo dentro de mí sufre la misma suerte.
Oigo un crac, crac, crac … que me hace querer gritar y no puedo más.
—Voy a ver a Hikari —anuncio, pero no llego muy lejos.
Antes de que salga por la puerta, un soldado con cara de malas pulgas se acerca a nosotros.
—Mi capitán quiere saber si conocen a Akram Utagawa.
Todos guardamos silencio.