4 Kiera Palacio Imperial, Tokio 48 días para el solsticio de verano #3
—Porque soy una soldado y es mi misión. Raine Andrews aún es una amenaza y mientras el Imperio se enfrente a una guerra civil no podrá defenderse del exterior. Quiero ayudar. —Hago una pausa—. A ti también te interesa que tu hermano se salve, ¿no?
Kai esboza una media sonrisa.
—Me ayudarás a acabar con Nomura y después te ayudaré a mantener Japón a salvo. Tenemos un trato. —Me tiende la mano mientras yo aún lo apunto con su propia katana .
—¿No es mucho esfuerzo por un solo hombre?
Se encoge de un hombro.
—Voy a matar a mi jefe, así que me voy a quedar sin trabajo. Tampoco voy a tener nada mejor que hacer.
Vuelve un poco la palma de la mano hacia arriba y agita los dedos, como si me tentara.
Al final, cedo.
Sé lo que es abrazar la oscuridad para proteger a un ser querido.
Aquí dentro ya no me queda nada.
Y necesito ayuda.
Qué importa si proviene de Kai Inoue, el asesino.
—Colaboraremos juntos porque te necesito, pero no seremos amigos. No seremos nada. Eres un medio para un fin.
Le devuelvo la katana , que atrapa rápidamente, y luego le doy el cinturón con su vaina.
—Sí, sí… De acuerdo…
Lo primero que hace cuando le devuelvo la cazadora y se la pone es palpar los bolsillos mientras su rostro, tan seguro y decidido, va perdiendo el color.
Me saco las pastillas del bolsillo y agito el vial frente a él.
—¿Buscas esto?
El paso adelante que da, brusco y poco meditado, despierta mis instintos y aparto las pastillas de él con una mirada de advertencia.
—Lo voy a necesitar para salir de aquí —murmura, con la voz ronca.
—¿Qué es? —le exijo saber.
Kai no medita si responder o no.
—La llaman amai doku o «veneno dulce».
Creo que necesita que se la dé cuanto antes.
—¿Es recreativa? —insisto—. ¿Depresora? ¿Estimulante?
—Para que tú me entiendas, funcionaría como un opioide que no te deja hecho polvo —me explica, con una calma que le cuesta cada vez más fingir—. Se lleva el dolor, del cuerpo y del alma.
Miro el vial y las pastillas.
—No es depresora —añade, y da un paso, impaciente—. No me va a dejar hecho una mierda en una esquina, no te preocupes.
Kai no aparta los ojos del vial. Procura permanecer sereno, pero la mano le tiembla un poco y yo… acabo dándoselo.
En cuanto se lo ofrezco me lo arrebata con rapidez.
—¿Cuánto tarda en hacer efecto? —le pregunto.
Lo destapa, toma una pastilla y se la traga antes de dejarme acabar la pregunta.
—El efecto es rápido, la muerte lenta —responde, y cierra los ojos con alivio.
Espero que no haya mentido. Si esto ha sido un truco para que le consiguiera sus drogas y no tiene intención de salir de aquí me voy a cabrear muchísimo.
Sin embargo, no se permite disfrutarlo demasiado.
—¿Te has encargado de los guardias de la entrada? —pregunta, saliendo al pasillo.
—Sí y tenemos que darnos prisa. Cuando se den cuenta de que las cámaras no funcionan intentarán contactar con ellos.
Ambos echamos a andar. Al otro lado de la puerta, los dos soldados siguen inconscientes en el suelo.
Kai los mira con atención, arquea las elegantes cejas y siento que está a punto de echarse a reír cuando se da cuenta de que están vivos. La sonrisa le baila con más facilidad en los labios desde que ha tomado el amai doku.
Se agacha junto a ellos, rebusca en sus uniformes y los desarma con diligencia hasta que encuentra una pistola demasiado oculta; puede que las órdenes de los guardias sean usar primero la katana , que también me tiende.
—¿Sabes usarla?
Me ato el cinturón y guardo la pistola en la cinturilla de los pantalones mientras me reprendo por no haber hecho esto mismo yo antes.
Mierda. Estoy demasiado alterada.
—Me las apañaré.
Kai se pone en pie y dedica una última mirada a los cuerpos antes de tomar el camino de la izquierda.
—¿Y cuando se den cuenta de lo que hemos hecho y vengan a por nosotros? ¿Vas a estar dispuesta a defenderte ?
Kai se vuelve para observar mi reacción.
Entiendo enseguida qué me está preguntando.
—No vamos a matar a nadie para salir de aquí —le advierto.
—De acuerdo… —rezonga, y alza las manos—. Entonces será mejor que nos demos prisa.
Echa a correr y yo aprieto el ritmo también.
Enseguida nos cruzamos con el primer soldado. Kai lo noquea de un solo golpe antes incluso de que entienda que está siendo atacado. Le veo hacer un gesto, un movimiento rápido de muñeca mientras levanta su katana y me adelanto:
—Hemos dicho que nada de muertos.
Kai me dedica una mirada, arquea las cejas y vuelve a envainarla como si hubieran sido imaginaciones mías.
Esta vez, no nos paramos a desarmarlo; no hay tiempo.
Seguimos corriendo pasillo arriba, pero debemos detenernos cuando una patrulla entera pasa por delante de nosotros.
—No van a tardar mucho en darse cuenta —murmuro, con el corazón en la boca, y Kai debe de estar de acuerdo porque cambia enseguida de rumbo.
Continuamos recorriendo pasillos, tomando atajos y entrando en cuartos vacíos cuando escuchamos que se acerca algún civil. La siguiente vez que nos cruzamos de frente con soldados es muy evidente que no están haciendo una simple ronda: nos están buscando.
Y la ansiedad crece.
Kai me insta a girar a la izquierda cuando llegamos a un ala que reconozco, a unos pasillos blancos que resuenan en la memoria de una pesadilla, pero yo lo agarro de la manga.
—Espera. Necesito hacer una cosa.
Kai frunce el ceño y se pega más a la pared.
Ya se siente movimiento.
No hay sirenas avisando de nuestra fuga, tampoco noto el caos que reinaba durante el ataque… pero se puede palpar la urgencia.
—No tenemos tiempo para ponernos sentimentales, Amell. —Adivina qué es lo que pretendo.
—Dos minutos —le pido.
Echa un vistazo por encima de mi hombro y me hace un gesto.
—Si se han dado cuenta de que hemos escapado ya habrán enviado guardias a su puerta.
—Si hay guardias daré la vuelta. No voy a poner a nadie en peligro de forma innecesaria.
Kai chasquea la lengua, pero acaba asintiendo y recorremos el pasillo.
No reconozco las salas y durante unos segundos el pánico me invade porque me doy cuenta de que no voy a poder irrumpir en todas hasta que dé con él.
Sin embargo, cuando alcanzo una puerta metálica, algo resuena contra mis costillas: unos golpecitos desacompasados que me provocan arcadas.
Y sé que este es el lugar en el que Aya me dio la espalda; la misma habitación en la que Travis dijo que yo había muerto.
Me trago el nudo que se me hace en la garganta.
Empujo la puerta con cuidado y paso mucho más despacio que Kai, que se echa a un lado y se oculta dentro para asegurarse de que nadie nos mira.
Tienen la luz al mínimo y emite un resplandor blanquecino que ilumina las zonas a las que la luz del exterior no llega.
En medio de la sala, mi capitán yace en una cama.
Lo han desintubado. Las constantes son normales y la medicación, por los informes, ya no es tan fuerte como para que siga dormido.
Pero no ha despertado.
Me cuesta un poco respirar.
Me obligo a dejar los registros para acercarme a él. Ese cuerpo grande y elegante descansa ahora sin fuerza ni asomo de vitalidad. Y cuando sigo mirando arriba la vista de su rostro completamente inmóvil es un golpe mucho más duro que el disparo que recibí.
Tiene el pelo rubio un poco despeinado y un par de mechones más largos que el resto resbalan por su frente. Alzo los dedos y se lo peino. Su piel está cálida al tacto y no puedo evitar deslizar una caricia por su mejilla.
No sabía lo que hacía, pero tuvo una sospecha y no dudó en meternos en ese cuarto y apagar las luces.
Estar dispuesto a morir por una posibilidad minúscula…
—Qué valiente y qué estúpido, capitán Kellum —susurro.
Y me inclino para depositar un beso en su frente.
—Amell. —La voz de Kai me apremia sin decir nada más.
Contengo el aliento, me saco el lazo dorado que Neal me dio antes de nuestro vuelo y esta vez soy yo quien lo ata alrededor de su muñeca.
Le oprimo la mano unos segundos y cuando he de soltarlo soy consciente de que nunca me ha costado tanto dejar un lugar.
—¿Tú no necesitas despedirte de nadie? —sugiero.
Kai me contempla unos segundos mientras parece meditarlo, pero enseguida tuerce el gesto y sacude la cabeza.
—No. De nadie.
No insisto.
Una cosa es estar dispuesto a lo que sea para salvar a una persona y otra muy diferente dar la cara por esos crímenes.
Atravesamos los pasillos blancos, evitamos a los guardias y solo tenemos que enfrentarnos a dos más antes de que Kai consiga llevarme a la salida.
Luego, abandonamos el Palacio Imperial y, con él, yo abandono a Neal.