Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 4 Kiera Palacio Imperial, Tokio 48 días para el solsticio de verano #2
7%

4 Kiera Palacio Imperial, Tokio 48 días para el solsticio de verano #2

—Conmigo podrías —sugiere—. Todo lo que nos quitaron el primer día está aquí abajo.

El guardia que se encargó de llevárselo se fue y volvió en menos de dos minutos, así que apuesto por algún cuarto contiguo.

Encuentras el almacén, recuperas mi katana y mi cazadora, enciendes la luz e inutilizas esas dos cámaras de ahí.

Vuelves a por mí y salimos por algún lugar sin vigilancia. Yo te sacaré de aquí.

—Tu celda sigue cerrada.

Kai esboza una sonrisa torcida.

—Y la cerradura está vieja y cansada —ronronea—. Déjame eso a mí.

Me quedo mirándolo y en ese lapso de tres segundos un temblor le recorre el cuerpo. Se recoge las piernas contra el pecho.

—Anna es mi amiga —le digo solamente.

—¿Así que te vas a pudrir aquí dentro por principios? —inquiere.

Los mismos que le pagaron a Linus Edwards para matarme le pagaron también a Kai para librarse de Anna. Cuando Markel me lo contó dijo algo sobre Hikari, sobre un secuestro.

—Contéstame una cosa: ¿por qué lo hiciste? —Alzo la mano en cuanto abre la boca, para detenerlo—. Dime la verdad y me lo pensaré.

Kai se pasa las manos por el pelo negro, que lleva suelto y desaliñado. Nos han dado ropa limpia, y las mangas de la camiseta negra que lleva puesta dejan al descubierto dos brazos llenos de tatuajes y… una venda ensangrentada.

Markel dijo que se había enfrentado a uno de los oni que entró en el Palacio durante la batalla.

—Lo hice por Hikari —contesta, solamente.

Y su gesto se tuerce un poco al tiempo que vuelve a sufrir otro calambre. Se agarra el brazo herido y fuerza una sonrisa, pero yo me doy cuenta.

Estoy acostumbrada a los remordimientos en el espejo y sé reconocerlos cuando los veo.

—Tenían a tu hermana, ¿no? Los mismos que quisieron matarme a mí te pidieron que acabaras con Anna, y tú fingiste hacerlo.

—Hermano —me corrige, con severidad.

—Oh, perdón… —me disculpo enseguida y aguardo, pero no dice nada más—. Entonces, ¿lo hiciste por tu hermano? ¿Le rajaste el cuello a una chica inocente para que te lo devolvieran?

Veo ese tic en la comisura de su boca de nuevo. Un temblor breve antes de mostrarme una sonrisa condescendiente.

—Y volvería a hacerlo sin parpadear.

—No… —le llevo la contraria—. Sin parpadear, no.

Kai me devuelve la mirada y me reta a que sea yo quien aparte la mía.

Markel me contó lo que le había insinuado Kai, que el pago no era para que Anna muriera, y que por eso se contentó con dejarla medio muerta. Pero yo sé que habría sido mucho más fácil rajarle la garganta sin más. Calculó mucho la fuerza, el tacto… para que el corte no la desangrara hasta la muerte.

Tampoco creo que Anna hubiera tenido tiempo de enviarle esos mensajes pidiendo auxilio a Markel.

Fue Kai.

Kai envió esos mensajes antes de cortarle el cuello para asegurarse de que la salvaba.

Qué retorcido y qué terrible.

Una parte de mí quiere mandarlo a la mierda, pero otra lo entiende. Porque sé muy bien qué es estar dispuesto a cualquier cosa con tal de proteger a aquellos que amas.

Me pongo de pie en el catre, me alzo y pruebo a mover las placas, pero están bien selladas.

Kai se levanta también.

—Las patas de la cama —señala, sin tener que explicar más.

Yo obedezco. Le doy la vuelta al catre, desacoplo una de las patas metálicas y vuelvo a subirme a la esquina contraria para golpear las juntas de las placas hasta que ceden un poco y hago el resto del trabajo con las manos.

La muevo a un lado, me agarro a los bordes y me quedo colgando unos instantes para asegurarme de que sostiene mi peso.

—Cuando me trajeron había dos guardias junto a la puerta —dice antes de que me suba—. El interruptor está al otro lado. Tendrás que deshacerte de ellos.

Le dedico una mirada.

—No los voy a matar.

Se encoge de un hombro.

—Tú verás.

Resoplo.

Con mucho cuidado, me deslizo por el hueco y me encuentro en un pasadizo oscuro, con un sistema cubierto por el que deben ir los cables de la luz, y otros tubos de ventilación.

—Asegúrate de recuperar la cazadora —insiste Kai desde abajo.

La luz de la celda no es tan intensa como para que me sienta segura en el borde siquiera. Un instinto que se ha ido aferrando a mis huesos desde que tengo uso de razón me dice que huya y vuelva abajo.

Pero hay otra voz, una que oigo desde hace años, que me llama:

«Acércate. Acércate. Acércate».

Antes siempre cerraba los ojos.

Ahora, contengo el aliento y le devuelvo la mirada a la oscuridad.

Hago lo que ha propuesto Kai.

Calculo hasta posicionarme sobre el cuarto contiguo y me pego al suelo para escuchar. Voy probando hasta que estoy segura de que estoy sola y retiro ligeramente una placa para asomarme, pero necesito un par de intentos para dar con el almacén.

Tal y como ha adivinado Kai, aquí está todo: mi ropa sucia, mis botas militares, la cazadora de Kai y su katana.

Me pongo el cinturón en el que la lleva, me calzo las botas y lo único que recupero de mis cosas es el lazo dorado que me dio Neal. Me lo ato a la muñeca.

Luego, tomo la cazadora y, en cuanto me la pongo, lo noto en el bolsillo del pecho.

Un vial.

Con pastillas.

Debe ser la mierda que se mete.

Podría dejarlo aquí, pero soy consciente de que necesito a Kai para salir del Palacio, y si está con el mono…

Me guardo el vial y me pongo en marcha.

La siguiente parada son los guardias.

Me pego a la puerta y paso los próximos minutos escuchando hasta que me atrevo a abrirla un poco.

Kai tenía razón. Son dos; ambos de pie junto a la puerta del pasillo.

Cuento las placas del techo y vuelvo a subirme a los conductos mientras avanzo y rezo para haber calculado bien. Un error y me descubrirán antes de que pueda hacer nada.

Hago palanca con mucho cuidado y al oír un crujido espero un poco por si acaso. Luego, levanto lentamente el borde de la placa y cuando me aseguro de que no miran… actúo rápido.

La aparto a un lado, me agarro a los bordes y me descuelgo sobre uno de ellos con la placa entre las manos.

Aprovecho la inercia de la caída para darle un golpe en la cabeza con ella y el impacto lo deja fuera de combate al instante.

Me levanto a trompicones, consciente de que el tiempo corre en mi contra, justo cuando el otro guardia se lleva la mano a la cadera.

No le doy tiempo a desenfundar.

Me abalanzo sobre él y lo agarro del cuello por detrás, pero asfixiar a un hombre no es tan rápido como noquearlo. Primero intenta golpearme, luego advierto cómo se lleva la mano libre a la empuñadura de un cuchillo y he de tomar una decisión.

Lo desenvaino yo misma y se lo clavo en el hombro.

La sorpresa me concede unos segundos muy valiosos que aprovecho para agarrarlo más fuerte y, esta vez, consigo reducirlo.

Acabo jadeando en el suelo, incapaz de levantarme todavía.

Necesito unos segundos hasta ser capaz de ponerme en pie, guardarme el cuchillo, darle al interruptor de la luz para volver al techo y continuar con el plan.

Tengo que arrastrarme de nuevo hasta el fondo del corredor mientras ignoro la voz de mi instinto, que me pide que regrese ya a la luz. El reloj ha empezado a correr, y he de ser rápida cuando doy con las cámaras. No me ando con lindezas: reviento las dos de una patada y luego vuelvo a descolgarme.

Camino por el pasillo ya iluminado hasta la celda de Kai.

El matademonios me observa con una sonrisa triunfante antes de darle un golpecito a la puerta, que se abre para él como si no le hubiera costado nada.

La verdad es que me encantaría saber cómo ha forzado el engranaje sin unas míseras ganzúas.

—Has tardado mucho. Creía que te habías olvidado de mí. —Sus ojos se iluminan cuando ve que llevo puesta la cazadora—. Buena chica… —ronronea—. Sabía que podías hacerlo. Dame la katana y…

No le dejo acabar.

Desenfundo con rapidez y se la pongo bajo la garganta antes de dejarle atravesar la puerta de la celda.

Kai echa la cabeza hacia atrás, pero el sobresalto dura poco. Ni siquiera parece un poquito asustado cuando ordena:

—Baja eso, Amell. No quiero que te hagas daño.

—No estás en posición de dar órdenes, Inoue. —Aprieto un poco hasta que la hoja le hace sangre y solo entonces reacciona de verdad, aunque parece más sorprendido que preocupado—. Hiciste mucho daño a Anna.

Los ojos de Kai bajan hasta la katana , que juraría que emite un resplandor muy suave.

Levanta mucho las cejas.

—Te hace caso… —murmura.

Frunzo el ceño.

—¿De qué hablas?

—Onimaru. Te está haciendo caso… Maldito desagradecido —escupe, sin dejar de mirarla—. Cuando te recupere voy a…

Hago un poco más de presión.

—Creo que no eres consciente de la gravedad de tu situación. Dame una buena razón para no hacerte exactamente lo mismo que le hiciste a ella.

Sus ojos, azules y astutos, me contemplan sin flaquear.

—No hay buenas razones para no matarme, Amell. Solo tengo razones egoístas, sucias y oportunistas.

Kai levanta un poco más el mentón, como si me concediera permiso para rebanarle la garganta, y veo algo en sus ojos que no me gusta; algo frío y desapegado que me recuerda demasiado a los míos.

Lo suelto de un empujón.

—¿Qué pasará cuando salgamos de aquí?

Kai se pasa los dedos por el reguero de sangre y la observa con cierta consternación.

—Ah… yo sé qué es lo que necesito hacer. ¿Qué necesitas tú?

—¿Qué quieres? —Ignoro su pregunta.

—Voy a cargarme al hijo de puta que secuestró a Hikari.

—El mismo que ordenó matar a Anna.

Kai deja de mirarse los dedos manchados de sangre para devolverme una mirada cargada de intenciones.

—¿Por qué? ¿Te interesa? —Sonríe un poco más—. No me vendría mal alguien con tu talento. ¿Qué quieres tú a cambio, Amell?

—Salvar Japón.

A Kai le da la risa. Suelta una carcajada corta y áspera que suena fuera de lugar en esta situación. Sacude la cabeza y pone los brazos en jarras mientras me observa con más curiosidad.

—¿Por qué?