4 Kiera Palacio Imperial, Tokio 48 días para el solsticio de verano
H an pasado tres días desde que me encerraron aquí abajo y desde entonces me han interrogado ya varias veces. No han permitido que ni Markel, ni Riku, ni tampoco Alexa bajaran. Así que imagino que siguen sin estar de acuerdo con esto.
Aya ha venido todos los días; también Mitsuki. Travis también estuvo aquí, pero creo que no fue por voluntad propia. Debieron de ordenarle intentarlo, pero no insistió como los otros y se marchó enseguida.
También me han interrogado personas a las que no conozco, soldados de la Guardia Imperial y la Bruja Akane, que también hoy está frente a mí.
—No me estás dejando ayudarte, Amell-san —pronuncia, con voz suave.
—¿Es que acaso puedes?
No espero una respuesta real; ya sé que no. Diga lo que diga no me sacarán de aquí, porque me tienen miedo.
También yo lo tendría. Lo he tenido mucho tiempo.
—Cuéntame cómo funciona para que pueda encontrar una explicación que satisfaga a la Emperatriz y te deje salir.
Akane ha pasado al otro lado de los barrotes y me mira desde arriba mientras yo permanezco sentada en el catre contra la pared.
Las celdas se encuentran en un nivel inferior del Palacio. No hay luz natural y la artificial es tan suave como para que las esquinas más oscuras supongan un peligro.
El resplandor de los fluorescentes le arranca destellos iridiscentes a un maquillaje intenso, de un magenta cromado que destaca sobre la piel oscura.
—Kiera —insiste, cuando ve que me quedo callada—.
Tú sabías que ocurriría algo así si te quedabas a oscuras.
Te salvaste en tu primera misión en el metro; sola y sin luz, abandonada a tu suerte.
Más tarde sobreviviste a un avión estrellado…
en una cueva, sin luz. Y, por último… tu columna, tus pulmones, tu cráneo…
parecen bastante bien después de un diagnóstico fatal.
Dijeron que morirías, el capitán Kellum te llevó a un cuarto oscuro y saliste caminando.
Él también sabía que te curarías. —Akane me taladra con sus ojos oscuros, negros y almendrados—. Así que dime: ¿cómo? ¿Cómo lo sabíais?
Es la primera vez que alguno de ellos entra en la celda. Ninguno se ha atrevido. Ni siquiera me han sacado de aquí para interrogarme a solas, sin la presencia silenciosa que lo observa todo desde la celda de en frente.
Creo que les da demasiado miedo tocarme.
—Existen… personas tocadas por los kami, también por los yokai, como tu amiga Anna, que tiene el arañazo de Raij ū . Dime que es algo similar, Kiera. Dime que un kami te protege.
—¿Quieres que te diga que es un dios ? ¿Una fuerza divina ? —la provoco.
Akane inclina un poco el rostro, expectante. Sabe entrever la insinuación de mis palabras y el reto. Pero no parece tan asustada como los otros.
—Como he dicho, los yokai también nos dan a veces sus bendiciones, y no son malignas ni algo a lo que temer.
He de reconocerle el temple. El resto de personas con las que he hablado parecen mucho más perturbadas por mi mera existencia.
—No he sido tocada por ningún kami, ni tampoco por un yokai. No he sido bendecida por nada de nada. Puedes decirle a tu Emperatriz que tampoco tú has encontrado una explicación a esto, porque no hablaré más.
En ese instante se oye el chirrido de una puerta. Akane se gira hacia atrás y no aparta los ojos hasta que una figura irrumpe en este pasillo oscuro.
Escoltada por dos guardias, Echo Akiyama se presenta ante la celda ataviada con un kimono blanco. Estos días solo la he visto vestir en tonos negros, blancos y grises, siempre muy sobria y solemne… Imperial .
Imagino que va de luto por las muertes que hubo en el asalto al Palacio.
Hoy el kimono, que llega hasta el suelo, luce bellos motivos de brotes de bambú.
La Emperatriz le hace un gesto a Akane. Esta me mira un segundo, como si me dijera «aún estás a tiempo», pero obedece cuando ve que no tengo intención de hablar y sale de la celda para dejar la puerta abierta y permitir que Echo me mire de frente.
Tiene las manos entrelazadas frente al regazo y una expresión imperturbable cuando me dice:
—El capitán Kellum ha despertado.
Me pongo en pie y los guardias dirigen la mano a la katana que llevan a la cadera.
No me muevo.
Sé lo poco que tardan en reaccionar cuando sienten que su Emperatriz está siendo amenazada.
—¿Está bien? —inquiero.
Después de que le drenaran la hemorragia, no había conseguido despertar. Le habían retirado la sedación, pero continuaba dormido.
—Está bien —confirma, sin mutar su expresión estoica—. Le hemos pedido que viniera, pero se ha negado. No quiere verla, no quiere escuchar su nombre.
El corazón se me detiene un segundo, solo uno.
Luego, lo comprendo.
Cierro los ojos con fuerza.
—Ojalá eso fuera verdad —le digo a Echo—. Porque significaría que está fuera de peligro, pero sé que miente.
Echo alza una ceja oscura.
—¿Por qué habría de mentir, Amell-san?
—Porque ese hombre estaba dispuesto a morir por mí —respondo, con aplomo. Siento un nudo difícil de digerir aferrado a mi garganta, pero me esfuerzo por seguir hablando—. Lo peor es que me apena que sea mentira, porque ahora sé que todavía no ha despertado.
Echo me observa en silencio. También Akane, que mira a su Emperatriz sin murmurar palabra.
Le he dicho la verdad. Preferiría a Neal vivo y asustado como lo están todos. No me gusta esta alternativa donde aún lucha por su vida.
Por tu culpa, susurra una voz que me pone los pelos de punta.
—Creo que no le pedimos tanto, Amell-san —dice la Emperatriz. Echo ha venido cada día, a veces más de una vez—. Díganos por qué está viva.
En el silencio que se hace después el eco de un recuerdo golpea las paredes de esta celda, los barrotes, mi caja torácica.
Me encuentro hecha un ovillo en una cama en el centro de una habitación blanca, sin muebles ni decoración alguna salvo por este catre.
No sé cuánto tiempo llevo sin dormir. Me pesan los párpados y hace rato que me quedé sin fuerza en los brazos y las piernas, pero no dejo que se me cierren los ojos porque las últimas veces que eso ha ocurrido se ha ido la luz.
Y sin luz llegan las anomalías, y con ellas el terror, el dolor… hasta que despierto en la sala médica, llena de cables y tubos. A veces, entera; otras, herida, pero no tanto como para no volver a ese cuarto una y otra y otra vez…
Me pellizco a mí misma, repito cada verso de la misma canción, me obligo a ponerme en pie aunque estoy exhausta…
hasta que no puedo más y acabo recostada contra una pared.
Me escuecen los ojos, me pesa el alma y durante un segundo, en ese margen donde los sueños penetran en la realidad, deseo que esta vez sea tan malo como para que tengan que sedarme y pueda pasar unos días en el hospital y tener tiempo antes de volver a empezar…
Cierro los ojos, se va la luz… y las anomalías me atrapan.
—Kiera. —La voz de Akane me trae de vuelta al presente. Debe de ver algo en mi rostro, porque el suyo ha cambiado y ahora me contempla con curiosidad, pero también con preocupación—. ¿Necesitas algo? ¿Quieres agua?
—No habrá agua hasta que hable —replica Echo con dureza.
Akane se gira lentamente. Intenta adivinar si su Emperatriz habla o no en serio, pero no la contradice, no cuestiona sus órdenes; no, al menos, de forma verbal. Se limita a asentir con sutilidad, a dedicarme una última mirada y a alejarse de la celda, porque sabe que ya no puede hacer más por mí.
Yo me echo hacia atrás, apoyo la espalda en la pared y estiro las piernas sobre el catre.
En el camino, Akane se detiene un instante frente a la celda en la que tienen a Kai Inoue, el casi asesino de Anna.
Tampoco a él le dice nada, pero se queda un rato observando hasta que Kai le devuelve la mirada. Luego se aleja de nosotros con andar tranquilo.
—Cuando esté sufriendo recuerde, Amell-san, que este es el camino que usted ha escogido —me dice Echo.
Luego también la Emperatriz y los guardias se dan la vuelta.
Y Kai y yo volvemos a quedarnos a solas en las celdas.
Está sentado en un catre gemelo al mío, también con las piernas estiradas.
A él no han venido a verlo. No le han hecho preguntas, porque ya le confesó todo a Markel justo antes de que lo atraparan. A mí me lo contó el pequeño genio cuando yo aún era libre.
En cuanto el chirrido de la puerta se oye las luces del pasillo se apagan una a una.
Clic.
Clic.
Clic…
Solo el resplandor de nuestras celdas ilumina los metros más cercanos. El resto del corredor queda completamente a oscuras: una medida mucho más eficaz que cualquier cerradura.
—¿Te has dado cuenta de lo que ha hecho Akane? —me pregunta entonces Kai.
No tiene buen aspecto. Está pálido desde ayer, tiene los ojos rojos y ya he visto cómo de cuando en cuando le atraviesan descargas que parecen calambres.
Se debe de meter alguna mierda, porque esto es un síndrome de abstinencia como una casa.
—No ha cerrado mi puerta con llave —contesto.
Me preguntaba por qué ella habría entrado en la celda. Ahora lo sé.
—Es una trampa —declara Kai.
—Lo sé. —Asiento y dedico un vistazo al corredor sin luz—. Quieren saber si puedo atravesar la oscuridad.
Kai arquea una ceja.
—¿Y puedes?
Una parte de mí me pide que guarde silencio, que me dé la vuelta en el catre, que me olvide de Kai, de la trampa, de la Emperatriz y de todos los demás.
Pero no lo hago.
—Creo que sí —respondo y ahogo en determinación el miedo que me da pensarlo siquiera—, pero no servirá de nada, porque me estarán vigilando.
—No, si tomas un atajo —contesta y, lentamente, alza el rostro hacia el techo.
Repito el movimiento y descubro lo que está mirando Kai.
Podría mover las placas con facilidad y colarme por los conductos. No sería difícil volver a salir en otro punto, fuera de la celda y lejos de las cámaras que vigilan los pasillos.
Nadie se ha preocupado nunca por el techo porque ningún prisionero en su sano juicio se arrastraría en la oscuridad.
—De todas formas, no importa. No lograría salir sola del Palacio.