Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 3 Echo Palacio Imperial, Tokio 51 días para el solsticio de verano #2
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3 Echo Palacio Imperial, Tokio 51 días para el solsticio de verano #2

—Es cierto —empieza, con voz grave—. Yo lo he visto con mis propios ojos. Ese disparo habría matado a cualquiera. Nadie podría haber sobrevivido a algo así.

Las implicaciones flotan entre los presentes unos segundos y aterrizan en Kiera, que inspira con fuerza sin emitir un solo ruido y, con voz queda, murmura:

—Pero yo no he muerto.

Travis sacude la cabeza con violencia.

No la mira.

No se digna a hacerlo. Clava los ojos en mí.

—Kiera… nuestra Kiera está muerta. —Su gesto se tuerce en una mueca torturada—. Esa de ahí no puede ser ella.

—¡Travis! —exclama ella, rompiendo el estatismo—. ¿Pero qué estás diciendo?

No se gira. Evita el contacto visual a toda costa y cuando los ojos se le llenan de lágrimas se los frota con la manga del traje.

Yo sí la miro: ese reguero de lágrimas secas sobre la sangre de su rostro, los ojos enrojecidos e hinchados y el cuerpo intacto, sin un solo rasguño.

—Travis… —murmura, con desesperación, y se lleva una mano al pecho—. Soy yo…

Cuando da un paso adelante, Travis da otro atrás y eso la frena en seco.

—Yo también estaba ahí —interviene Riku, con cierta dureza—. He visto la sangre, he oído el diagnóstico y me he despedido de ella.

Kiera lo soporta con estoicismo hasta esas últimas palabras, pero entonces se quiebra un poco. Lo siento en el peso que echa abajo sus hombros y en el fango invisible en el que se hunde de pronto.

—También sé que ha recibido ese disparo por salvar a Kellum.

—Riku lo señala en la camilla—. ¡Y también estaba ahí cuando se ha subido al Scorpion V y ha decidido sacrificarse por todos nosotros!

¿Está viva y no sabemos por qué? ¿Qué más da?

Aceptémoslo como lo que es: un regalo de los kami ; intervención divina.

Intervención divina.

Las palabras resuenan dentro de mí como el eco en una caverna oscura: intervención divina, intervención divina, divina…

Riku echa a andar hacia Kiera y solo entonces reacciono.

—¡Quieto!

El pirata se para en el sitio y los soldados que aguardaban en la puerta se cuadran ante mi tono y se preparan para mis órdenes. Riku repara en ellos para centrarse luego en mí. Tiene los ojos grises afligidos, un poco caídos a pesar de la sorpresa que noto en ellos.

También Kiera me mira de forma similar, comprendiendo lo que significa mi orden, ese impulso que me hace mantenerlos a todos alejados mientras una voz aún susurra:

Divina, divina, divina…

—¿Dónde está la Bruja? —inquiero.

—Emperatriz… —empieza el pirata.

—¡¿Dónde está la Bruja?! —grito, para oír mi propia voz por encima de los ecos siniestros.

Uno de los guardias repite mi pregunta a través de la radio.

Divina, divina, divina…

Es una voz cortante, que acaricia el bambú como un filo, amenazando con segarlo de un tajo.

—Si me lo permite —empieza Aya—. No sabemos cómo ha sobrevivido Kiera, pero…

—Esa no es Kiera —murmura Travis.

Divina…

—K ō g ō Heika, el soldado del Skytree tiene razón. La doctora no encuentra una explicación para lo que ha ocurrido. Que Kiera sobreviviese era médicamente imposible y eso solo puede significar… —Mitsuki no termina.

Divina…

—La Bruja Akane ha sido escoltada fuera de Palacio, K ō g ō Heika — interviene con nerviosismo uno de los guardias.

Todos empiezan a hablar. Todos tienen algo que decir. Gritan, imponen su opinión y son tantas las voces que no las distingo. No puedo hacerlo por debajo de la letanía monocorde, cada vez más alta, más similar a un grito:

Divina, divina, divina…

—¡Traedme a la Bruja! —grito—. ¡Traédmela ya!

Los soldados se miran unos a otros. No saben si han de cumplir la orden o si no pueden abandonar el puesto.

Mitsuki sigue demostrando que no se puede razonar sobre un hecho así.

Riku protesta y recuerda el sacrificio de Kiera.

Travis ha dado un paso atrás y se niega a mirar al frente, a mirarla a ella .

Y la voz de Aya apenas se oye, pero todas juntas…

todas son una cacofonía insistente y perversa que es de pronto interrumpida por otra voz.

—Encerradla.

La voz hiriente que amenazaba con segar el bambú queda en silencio. Ya ni siquiera oigo la brisa. Todo queda amortiguado, apagado y antinatural.

Solo comprendo de dónde proviene esa orden cuando veo cómo me mira Kiera y en sus ojos advierto el mismo vacío que me devolvía la mirada desde el estanque negro de mis recuerdos.

—No… —susurra y el dolor vuelve a congestionar su gesto.

Da un paso hacia la cama de Neal.

—Encerradla. Ahora —repito.

No necesito alzar la voz. Los guardias dan un paso adelante y después otro y quienes aguardaban junto a la puerta se apartan para dejarlos pasar.

—Pero ¿qué hacéis? ¡Es Kiera ! —exclama Riku, que va hacia los guardias—. Es quien nos ha salvado. No podéis…

Uno de los guardias reacciona sin mi orden. El pirata ha amenazado con entorpecer su misión y no necesita preguntar. Lo agarra con violencia de la muñeca y lo tira al suelo mientras alguien más grita.

Todo ocurre deprisa mientras el silencio extraño se llena de caos.

—¡Basta! ¡Basta todo el mundo! ¡Kiera Amell será detenida hasta que esclarezcamos el asunto! ¡Es la decisión de vuestra Emperatriz y la acataréis!

El segundo guardia ya ha agarrado a Kiera del brazo cuando oigo que me llaman: ni mi título ni mi clan, mi nombre.

—Echo. —Es Alexa, que ha reaccionado por fin. Tiene los ojos hinchados, también los labios—. No puedes hacerle eso. Ni siquiera tú.

Sus palabras vibran unos instantes contra el bosque de bambú.

Me doy cuenta de que me afecta. Me hiere la forma en la que me mira. Me duele profundamente la manera en la que dice tú.

Y comprendo que ahora no puedo ser Echo.

Ahora, más que nunca, debo ser su Emperatriz; la de todos ellos.

Mi madre dejó de enseñarme a sobrevivir para mostrarme cómo gobernar.

—¡Lleváosla! —les digo a los guardias—. ¡Llevaos también al pirata hasta que se tranquilice! ¡Y traedme de una vez a la Bruja!

De pronto, Kiera reacciona.

Aparta al guardia de un empujón y acto seguido le da una patada que lo desestabiliza.

Una advertencia me late en las sienes. La médica ahoga una exclamación. Riku le grita desde el suelo que escape. Markel da un paso vacilante hacia ella, creo que decidido a ayudarla.

Y durante un instante de confusión pienso que vamos a tener problemas… pero Kiera no aprovecha el caos para escapar.

Podría hacerlo.

Probablemente yo no sea capaz de detenerla. Tampoco la líder rebelde ni la médica.

Travis podría… pero no se atreve ni a mirarla; y no creo que se atreva a tocarla.

Y los demás quieren ayudarla.

Pero Kiera no intenta huir.

Algo que no parece meditado la arrastra de vuelta a la cama del capitán, donde se arrodilla y toma una de sus manos.

No hace ni dice nada. Tan solo se queda ahí, aferrándolo con fuerza, mirándolo con intensidad… hasta que el guardia se recobra, la agarra con mucha más violencia por los hombros y, esta vez, Kiera no opone resistencia.

Solo quería tomarlo de la mano unos segundos.

Una punzada de dolor intenta atravesarme, pero me niego a sentirlo. Aprieto los nudillos.

—¡No! —me grita Alexa—. ¡No puedes hacerlo!

Los guardias se llevan al pirata, que sigue protestando, y a la soldado, que no nos mira a ninguno a los ojos. Su mirada se ha quedado perdida en algún lugar de esa cama, donde también parece yacer una parte de sí misma.

—Silencio —ladro—. O los guardias te detendrán también a ti.

Markel se acerca a ella y le pone una mano en el brazo con suavidad, pero Alexa lo aparta y echa a andar hacia mí.

—¡¿Es que no ves que se trata de la misma mujer que quería dar la vida por nosotros?! ¡Esto es una barbaridad!

Consigue agarrarme de la tela del kimono, pero para entonces ya han llegado más guardias y uno de ellos la detiene.

Siento una punzada en el pecho cuando veo cómo la apartan de mí y ella grita y se revuelve, y en su expresión soy capaz de ver a la misma mujer que burló el bloqueo y se arriesgó a la pena de muerte por mi Imperio.

Y sé que ese dolor es peligroso.

Tomé una decisión cuando vomité el veneno: acepté seguir siendo su Emperatriz, y eso tiene un precio.

La inminencia de las bombas, el miedo y la soledad me hicieron caer en la autocompasión. He sido blanda, he sido débil … y si quiero ser la Emperatriz que este Imperio de sombras merece eso debe acabar.

—¡Lleváosla también y recluidla con el pirata! A Kiera llevadla abajo, con el asesino. —Espero a que pase a mi lado y detengo al guardia que guía a la soldado—. Estará bajo arresto hasta que se esclarezca todo. Prepárese para dar explicaciones si quiere volver a ser libre, Amell-san.

Y cuando busco los ojos de Kiera, azules y profundos como un abismo en el mar y el vacío que anida en ella me devuelve la mirada, confirmo que no va a hablar por voluntad propia.

Tora Satake, mi esposo, llama a la puerta que comunica nuestros aposentos para entrar esta noche.

Parece tan exhausto como me siento yo, pero hermoso a pesar de las ojeras, de los mechones despeinados que escapan de la cinta con la que se ata el cabello negro, o del peso que carga sobre los hombros.

Me encuentra sentada frente a una mesa de té llena de documentos, una tablet encendida y una botella de sake a medio consumir.

No me molesto en ocultarle los informes.

—Dicen que has encerrado a Amell-san y al matademonios —susurra, a modo de saludo.

Decido ser tajante; no tengo paciencia para esto.

—No es de tu incumbencia.

Tora no responde y eso me hace alzar la cabeza, esperando encontrar sorpresa; no lo hago.

—No lo es —coincide—. Solo quería saber cómo lo llevas.

Me hace un gesto para señalar la mesa y yo no puedo más que asentir.

Antes de tomar asiento, va hasta el mueble de las bebidas y agarra otro vasito de sake.

—¿Cómo lo llevo? —repito.

Se sirve con movimientos elegantes antes de dar un sorbo.

—No ha tenido que ser fácil encerrar a la heroína que nos ha salvado a todos.

No parece juzgarme. Tampoco está ofendido por cómo he intentado zanjar el asunto.

—Es lo que debía hacer, hasta saber… si era un peligro. Debo proteger a la gente de este Imperio. Es mi responsabilidad —contesto y la voz, que repite una consigna grabada a fuego en mis entrañas, me sale más dura de lo que pretendía.

Tora alarga el brazo para servirme sake.

—Me han contado lo de la recuperación imposible de Amell-san. —Asiente de forma solemne—. Sé que no es asunto mío, pero has hecho bien.

Eso me sorprende. Arqueo un poco las cejas y noto cómo parte de la tensión se disipa.

—Siento si he sido dura, pero están ocurriendo muchas cosas…

—No debes disculparte —replica él, con rapidez—. Ahora soy tu aliado. Estoy aquí para apoyarte. Puedes confiarme lo que necesites. Aunque no espero que lo hagas de inmediato, porque aspiro a ganarme esa confianza.

Le sostengo la mirada.

En el silencio que se abre entre los dos la voz de mi madre me llega como un eco lejano:

«En Palacio nadie será nunca tu aliado».

La advertencia me resuena en las sienes mientras tomo el sake que me ofrece.

—Está bien. Dime qué harías tú ahora con Amell-san.

Pero aliado o no, Tora Satake es inteligente, y si algo me enseñó mi madre es a usar todos los recursos a mi alcance.

Tora es una de esas herramientas; una muy valiosa.

Alza un poco el mentón y desvía la mirada, pensativo, antes de responder:

—Llama a la Bruja. Si la medicina no puede explicarlo, tal vez lo hagan los kami. —También él se sirve otro vaso de sake.

—Ya lo he hecho. Pronto estará aquí.

—Entonces, deja que los kami te digan si es o no una amenaza.

—¿Y si lo es?

Tora aprieta la mandíbula.

—Pones a salvo a tu gente y la eliminas.