Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 3 Echo Palacio Imperial, Tokio 51 días para el solsticio de verano
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3 Echo Palacio Imperial, Tokio 51 días para el solsticio de verano

D esde el día que supimos de la existencia de las bombas a menudo sueño con la misma escena: tengo ocho años y llevo horas arrodillada frente a un estanque mientras la lluvia me empapa. La noche no me ha obligado a parar porque en esta sala sin techo hay luz.

Me duele tanto que a ratos dejo de sentir las piernas. Hace horas que nadie viene a verme y la tentación de moverme un poco, solo un poco, es casi irresistible, pero yo sé que esta casa tiene mil ojos y mi madre me haría volver a empezar.

Ahora estoy despierta, pero cada vez que parpadeo el apacible bosque de bambú en el que me obligo a permanecer se diluye bajo el negro de aquel estanque y los recuerdos regresan: el dolor, la incomodidad, la incertidumbre… y la voz suave de mi madre:

«La enseñanza es la resistencia».

Desde que se hizo evidente que la esposa oficial de Hisaaki no podría darle herederos, mi madre, que me preparaba para sobrevivir, decidió enseñarme a gobernar.

«Lo único inasumible es la muerte; mientras vivas no hay nada que no puedas soportar».

Sus enseñanzas duraban días, a veces semanas o incluso meses.

Y en el recuerdo de aquella noche, a pesar del peso sobre los hombros, el dolor y la lluvia, doy cabezadas, porque llevo días despierta y horas eternas en esta postura frente al estanque…

y estoy agotada. Por eso me clavo los dedos en los muslos; para no perder el conocimiento.

Sé, no obstante, que no me los clavé lo suficientemente fuerte.

Si lo hubiera hecho, no me habría desmayado, habría acabado antes la lección y mi madre no se habría enfurecido conmigo.

Ahora, al cerrar los ojos, vuelvo a ver el negro del estanque y las palabras de mi madre resuenan en el eco de la memoria.

—Debe decidir qué hacer con Kiera Amell.

Mitsuki Fuwa, líder rebelde, y Aya Kanzaki, jefa médica del Skytree, esperan instrucciones frente a mí.

La rebelde muestra un rostro que pretende ser duro y que, sin embargo, ya está descompuesto, y la médica… Ella parece haberse cruzado con un espectro.

—Conozco la situación —les digo, procurando insuflar valor a mis palabras—.

Kiera Amell ha salvado al Imperio y durante los próximos días, cuando honremos a los soldados caídos en batalla, será despedida con los máximos honores.

Yo misma estaré en la ceremonia y pediré a todo mi pueblo que rece plegarias por la heroína perdida.

Aya se lleva la mano a la boca, como si mis palabras la hubieran conmocionado profundamente, y ha de girarse de forma brusca, incapaz de contener las lágrimas.

La muerte de Kiera debe de haberle afectado mucho.

Me lo han comunicado cuando aún luchábamos contra las fuerzas insurgentes: Amell había sido alcanzada por una bala. Tenía la médula seccionada y no había nada que hacer.

Y lo cierto es que, heroína o no, yo no había vuelto a pensar en ella hasta ahora.

No ha habido tiempo. No mientras el Palacio era atacado.

—No lo entiende, K ō g ō Heika —interviene Mitsuki, en voz muy baja—. Kiera Amell no ha muerto.

Parpadeo, confusa, y miro a mi alrededor, pero ninguno de mis hombres me da una explicación.

—¿Es que era errónea la información? —inquiero—. ¿No han disparado a Amell-san?

—Sí que le han disparado —contesta Aya, que se yergue ligeramente, aunque continúa inquieta.

Reprimo el impulso de frotarme los ojos. Ha sido un día terriblemente largo…

—¿Entonces, Amell-san se ha salvado? Iré a visitarla en cuanto las cosas se calmen. Mientras tanto quiero que…

—No lo entiende, K ō g ō Heika. —La voz de la médica tiembla—. La información no era errónea. Han disparado a Kiera. Hace unas horas tenía un neumotórax, una fractura craneal y la médula seccionada. La bala se había fragmentado y la había destrozado por dentro.

Entrecierro los ojos.

—¿Sigue viva? ¿Cómo es posible? —pregunto—. ¿Quieren que yo decida qué hacer? ¿Es que el capitán Kellum no puede tomar esa decisión?

Mitsuki inspira con fuerza. Aya vacila.

—El capitán Kellum se encuentra en un coma inducido. Ha sufrido el ataque de varias anomalías y han tenido que intervenirlo de urgencia para drenar una hemorragia craneoencefálica.

—¿El capitán? Empiezo a perder la paciencia —les digo, con tono templado—. ¿Qué está ocurriendo y qué necesitan de mí? Sean claras. No tengo todo el día.

La médica le dedica una mirada a Mitsuki, que es quien alza un poco el mentón y de forma más sobria, pero también con cierto deje de gravedad, responde:

—Necesitamos que decida qué hacemos con Kiera Amell, K ō g ō Heika, porque ahora mismo se encuentra junto a la cama del capitán, de pie, sin balazo y en perfecto estado… sin explicarnos cómo es que ha entrado medio muerta a un cuarto oscuro del que después ha salido caminando.

Empiezo a oír el rumor de un arroyo: cada vez más fuerte y bravío, silenciando todo lo demás.

Intento pensar en lo que me están diciendo, encontrar el hilo cuerdo de la conversación; pero no hallo nada en sus palabras, ni mucho menos en unos rostros cuyo horror ahora entiendo.

—Repítanlo. Todo.

Ordeno que guarden silencio. Amenazo a quienes conocían la situación para que no divulguen información.

Y voy al ala médica.

Todavía se siente el caos del ataque. La fatiga aún no ha conquistado a quienes siguen trabajando tras el desastre: arrastrando cuerpos caídos, limpiando destrozos, haciendo balance de daños…

Pero hay otros, soldados heridos u hombres que han visto morir a sus compañeros, que se han detenido y la extenuación de la batalla los ha alcanzado ya: yacen en esquinas y salas de espera, permanecen de pie en los lugares más inesperados.

Todos ellos en silencio, con la mirada perdida y la expresión de quien ha perdido un trozo de alma.

Fuera, las fuerzas de Raine Andrews y los colaboradores corruptos del Skytree se han replegado. Al parecer se han resguardado en el cuartel de la Policía Metropolitana.

Esta vez el asalto les ha costado caro, pero han conseguido entrar, y eso ya es grave.

Y yo debo actuar.

Eso es lo que tengo en mente mientras me abro paso: el ejército, los soldados, la guerra civil que ya es una realidad, las noticias que llegan del exterior, Raine Andrews, los daimy ō , las bombas de luz que siguen siendo una amenaza…

Pero el ruido sordo del arroyo que ha llegado con las extrañas noticias sobre Kiera ahoga cualquier otro sonido y no me deja pensar.

Cuando llego y abro la puerta la imagen de Kiera Amell me golpea como un vendaval furioso.

Se pone en pie con un sobresalto y da un paso atrás, asustada. Tiene la cara manchada de sangre seca y el traje desgarrado allí donde ha recibido el disparo; pero está, tal y como dicen, en pie.

—Emperatriz. —Tiene la voz un poco rota. Sus ojos azules se abren de par en par cuando me ven entrar y buscan después detrás de mí—. Aya… ¿hay noticias? ¿Hay que volver a intervenir a Neal?

Me giro y veo que la médica entrelaza los dedos frente a la bata y desvía la mirada, visiblemente nerviosa.

—Por ahora debemos esperar —le dice, y la forma en la que la mira hace que Kiera apriete los puños a ambos lados del cuerpo y se encoja un poco sobre sí misma.

—¿No deberíamos hacer algo? ¿No podríamos…?

—¡Silencio! —la detengo—. Kiera Amell, hace unas horas he recibido un informe sobre su estado, un estado crítico e irrecuperable. ¿Ha mentido sobre la gravedad de sus heridas?

Kiera abre la boca y sacude la cabeza.

Unos pasos por detrás, Aya se revuelve.

—Yo no he mentido… —balbucea, dedicándole una mirada suplicante a la médica.

—¿Pero ha recibido un disparo en el pulmón?

—Yo no… —empieza—. No sé…

—¿Ha recibido o no el impacto de una bala, Amell-san? —insisto, con dureza.

Aprieta los labios en una línea y algo cambia. Casi puedo ver cómo lentamente Kiera vacía su rostro de toda expresión y lo hace de forma deliberada; una soldado bien entrenada.

—Sí.

También a mí me han entrenado y sé que no hablará; no así.

Me giro hacia los guardias que me han acompañado.

—Traigan a quienes estaban presentes —ordeno, sin dar lugar a réplica—. Ahora.

Kiera me contempla con fijeza, sin atreverse a separarse mucho de la camilla en la que su capitán lucha contra la muerte. Si entrecierro los ojos casi puedo ver el hilo rojo que la ata a él, enredado y tenso, pero fuerte.

—Aya… —murmura Kiera—. ¿Qué ocurre?

La médica no responde.

—Aya… —suplica.

—Silencio, por favor —le pido, alzando una mano frente a ella—. Guarde silencio, Amell-san. No hable. No se mueva.

Se yergue aún más, rígida, y da un paso atrás, hacia la camilla, sin apartar la mirada de la médica y la líder rebelde, que se mantiene inmóvil y con los brazos cruzados frente al pecho.

Unos minutos después, la sala se llena.

Aya y Mitsuki.

Riku Hasegawa, el pirata.

Travis Lavois, el soldado.

Markel Sagastizabal, que entra aunque no estuviera presente.

Y, por alguna razón, Alexa, que no es capaz ni de mirarme a los ojos.

Estoy a punto de echarla. De pedir que los saquen de aquí a Markel y a ella, pero Kiera no espera a que yo me pronuncie para hablar.

—¿Qué ocurre? —insiste, impaciente.

—Eso tendrá que decírnoslo usted, Amell-san, ¿no le parece?

—Ya se lo he dicho a ellas. —Señala a Aya y a Mitsuki—. No sé lo que ha ocurrido ahí dentro. Estaba mal. Estaba…

—¿Tampoco recuerdas cómo sobreviviste al avión que estrellaste? —inquiere Mitsuki.

Kiera guarda saliendo. El resto nos giramos hacia la rebelde.

—Hemos visto el fuselaje, Kiera. Sabemos que no eyectaste la cabina.

Clavo los ojos en la chica, de cuyo rostro ha escapado lentamente el color. No se mueve. Ni siquiera parece respirar.

—No. Eso no es posible —replica Markel, que sacude la cabeza—. He visto cómo estaban los restos. Si no hubiera eyectado a tiempo no habría sobrevivido.

—Igual que no habría sobrevivido a ese disparo —replica Mitsuki, y deja de mirar a Markel para clavar los ojos en Kiera—. Travis, has venido para dar testimonio de lo ocurrido.

El soldado, que aún viste con el uniforme de los hombres que nos han atacado, tarda un rato en hablar.