Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 2 Kai Palacio Imperial 51 días para el solsticio de verano
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2 Kai Palacio Imperial 51 días para el solsticio de verano

D ebería haberme matado.

Eso me habría facilitado mucho las cosas… Pero Markel tiene razón: a diferencia de mí, él no es, ni será nunca, un asesino.

El Palacio se ha convertido en un caos tras el ataque y, aunque la guardia de la Emperatriz no deje que nadie entre ni salga, encontrar un camino no resulta muy complicado.

Sigo andando en círculos, dando rodeos para no cruzarme con soldados, atento al sonido de los disparos, los gritos y las órdenes cuando lo noto: una sensación conocida, que viene junto con un olor pútrido y penetrante que hace que me tape la boca y la nariz con la manga de la cazadora.

También Onimaru, mi katana, lo siente.

Se ilumina en mi cadera con un brillo azulado y la desenfundo.

Oni.

Demonios.

Acuden a la miseria y la desesperación. Las huelen y se ven atraídos como polillas a la luz.

Y en este lugar en guerra hay mucho de ambas.

No me sorprendería que hubiera más de un oni.

El olor es tan fuerte como para que sepa que se trata de uno poderoso. Ningún oni es tan peligroso como los grandes yokai, que son los causantes de los desastres naturales, pero sus hermanos menores tampoco deben subestimarse.

Veo las huellas en uno de los jardines interiores, al doblar una esquina. A simple vista parece únicamente barro, pero yo sé ver la sangre coagulada y espesa que se aleja del pequeño estanque. Entre los nenúfares, un torso reventado estropea las flores.

Maldita sea…

Echo un vistazo al camino que dejo atrás y me pregunto si Markel estará ya acompañado.

Espero que sí. Yo aún debo seguir corriendo si quiero salir del recinto del Palacio sin que me detengan.

A estas alturas, Markel ya habrá dado la voz de alarma.

Sin embargo, hay algo, un runrún molesto detrás de la oreja, que no me deja avanzar.

Tomo el camino que marcan las huellas.

Me lo cargo rápido y me largo, me digo. Por si acaso.

En algún momento las huellas desaparecen, pero solo debo seguir el olor pestilente hasta que encuentro el resto de cuerpos.

Mierda.

A veces los oni disfrutan acosando a su víctima. Cuánto más terror y desesperación hay en la carne más sabroso encuentran el bocado.

Parece que esta vez no les preocupa tanto la calidad del bocado como la cantidad. Y hoy hallarán muchas almas torturadas en este Palacio; como, por ejemplo…

Sacudo la cabeza. No quiero pensar en ello.

Dejo atrás los miembros mutilados, los cuerpos abiertos en canal y las cabezas que aún albergan muecas de terror y sigo el rastro del oni.

Debo ocultarme cuando me veo a mí mismo en los lugares que antes he evitado, a punto de ser atrapado.

Quizá sea estúpido, pero no puedo irme así.

Continúo hasta una esquina peligrosamente oscura. La luz del pasillo ha debido de verse comprometida con los disparos de los soldados, pero yo me acerco porque ahí, agazapada entre las sombras, se encuentra la figura retorcida de un oni .

Es pequeño, deforme y del tamaño de un mono. Tiene rostro humanoide, la piel cetrina, unos ojos sin párpados hundidos en las cuencas y una boca desproporcionada y sin labios con la que está devorando las vísceras de un cuerpo destripado.

Ni siquiera reacciona. Está tan concentrado en el cadáver con el que se está dando un festín que para cuando se percata de mi presencia no es capaz de hacer nada.

Le corto la cabeza limpiamente con Onimaru y el cuerpo se desintegra y se deshace en una nube de ceniza gris.

No sería así si la katana no hubiera sido consagrada en un templo.

Cualquier arma puede herirlos, pero las consagradas eliminan toda impureza, y por eso desaparecen por completo.

Los mercenarios no pueden usar armas consagradas porque necesitan los cuerpos para comerciar con ellos…

aunque a veces eso no sale bien: dependiendo de su poder los demonios pueden regenerarse y merendarse a sus captores.

Doy un paso atrás, porque no quiero tentar a las anomalías, pero me quedo a observar un cuerpo que parece bastante más entero que los otros.

Este demonio no ha matado a toda esa gente.

Me trago una maldición y sigo adelante, desandando los pasos que tanto me ha costado dar hacia la libertad.

Sé que me la estoy jugando al regresar a los mismos pasillos que antes he cruzado con Markel, pero el instinto me guía; también el hedor. Onimaru destella con violencia, sedienta, y entonces escucho un rumor suave y muy sutil.

Son sollozos, demasiado suaves para tratarse de alguien atacado por un oni , pero, aun así, la intuición me hace avanzar, sostener con más fuerza a Onimaru y…

Ahí estás, cabronazo.

Este sí podría ser el artista de ese lienzo de cuerpos desmembrados y vísceras.

Se asoma por una puerta sh ō ji mientras clava sus garras en el marco de madera. Tiene el cuerpo de una mujer y viste un kimono negro y rojo donde las manchas de sangre no se distinguen de las higanbana o flores del infierno.

Aunque la figura es delicada y el brazo parece también humano, sus dedos acaban en uñas largas y oscuras que se hunden en la madera y la astillan. Y todo su cuerpo tiembla de anticipación ante la presa.

Un solo vistazo basta para que todos mis miedos cobren vida, porque al otro lado del sh ō ji, derrumbado en el tatami, se encuentra Markel sollozando.

El oni ha debido seguir el rastro de su desesperación… una que le he provocado yo.

—¿A dónde crees que vas? —siseo, loco de ira.

Un minuto más y estaría presenciando una escena muy diferente…

El oni se gira con violencia y me muestra su rostro, que también tiene rasgos de mujer, pero de una forma perversa: ojos grandes y completamente negros, un maquillaje que imita los pétalos de las higanbana surcando su piel de porcelana y una corona floral de la que surgen dos cuernos tan largos como los colmillos que sobresalen de sus labios.

Abre la boca, me gruñe y el ruido alerta a Markel, que se gira en redondo con sobresalto.

El oni sisea cuando lo ve retroceder. Nos mira alternativamente y entonces parece decidir que prefiere asegurarse al menos una víctima más.

Salta y aterriza junto a él, que cae al suelo por el impacto.

El monstruo le da una patada en el pecho que lo ancla al suelo, se yergue sobre él y alza un brazo mientras se contorsiona y extiende sus garras negras.

Un terror gélido se desliza por mis venas, pero la furia arde más y me obliga a moverme.

Voy tras él y no me lo pienso. Grito mientras empuño la katana y trazo un corte kesa-giri, del hombro a la cadera contraria. Sin embargo, la criatura es más rápida y se aparta.

—Kai —murmura Markel, con la voz estrangulada.

Parece tan sorprendido de verme a mí como al oni : los ojazos castaños muy abiertos y enrojecidos por el llanto y la rabia, los labios un poco hinchados, las mejillas encendidas…

—¡Mantente al margen! —le ladro, porque el oni vuelve a intentar atacarlo y yo he de lanzarme hacia él.

Esta vez lo alcanzo con una estocada directa que me cuesta un gruñido. El sonido se convierte pronto en un llanto estridente y lastimero, tan agudo y potente que obliga a Markel a llevarse las manos a los oídos.

Aunque el sonido es espantoso aprovecho la oportunidad que me da y vuelvo a intentarlo con el kesa-giri, pero fallo de nuevo y un instante antes de ponerme en guardia el oni encuentra un resquicio en mi defensa.

Lanza sus garras hacia mí y durante un instante el pánico me invade, pero descubro que solo me ha rajado la cazadora.

El alivio dura poco, porque el monstruo me abandona.

Con horror, contemplo cómo se lanza hacia Markel, y comprendo que el dolor y el miedo que desprende deben de convertirlo en un plato mucho más apetecible que yo.

Se abalanza sobre él, inmovilizándolo contra el suelo, y durante unos segundos visualizo con claridad cómo le arranca la garganta.

Todo se vuelve rojo para mí.

Dejo de pensar con claridad.

No me importan la técnica ni la precisión.

Me arrojo hacia el oni como un animal y la furia y la locura me hacen atravesarlo, pero lo hago sin reparar en nada más… y eso deja expuestos mis brazos.

La imprudencia me cuesta un mordisco.

Me clava los colmillos en el antebrazo y un dolor lacerante me atraviesa cuando siento cómo me desgarra la piel y la carne.

Grito, incapaz de contenerlo, pero no dejo que eso me frene.

Tiro para liberarme de su mordisco fatal, le doy una patada que lo derriba, y con un corte completamente horizontal, un yoko-giri, le siego la cabeza.

Onimaru brilla de puro deleite y sé que si la sangre del demonio le ha gustado es que era poderoso.

El corazón me late desbocado mientras el monstruo se vuelve ceniza y desaparece y mis ojos buscan con desesperación a Markel.

La pregunta acude a mi boca, pero no la formulo. No puedo preguntarle si está herido si quiero mantener mi papel; uno que le permita odiarme y le facilite entender por qué he cometido tantos crímenes.

Así que me limito a recorrerlo con la mirada con ansiedad, pero parece que el oni no lo ha tocado.

Le doy la espalda y estoy a punto de abandonarlo de nuevo cuando varios soldados entran en tropel en la estancia y sé que la he cagado.

—Mierda.