1 Markel Palacio Imperial 51 días para el solsticio de verano
S erpientes.
No dejo de pensar en lo que me ha dicho Anna mientras sigo los pasos apresurados de Kai, que avanza asegurándose de que no hay peligro cerca. Cada vez que gira la cabeza yo las veo: dos serpientes con las fauces abiertas, una a cada lado de su cuello.
La cabeza me va a mil revoluciones por minuto y los pensamientos se atropellan unos a otros mientras intento ordenar las ideas y buscar una explicación más fácil, más racional, más… asumible.
Pero no encuentro nada y de lo único que soy capaz es de revivir las mismas escenas: el secuestro de Hikari, su aparición justo después de que Anna fuera atacada, la culpa de Kai…
«Era un corte limpio», rememoro la voz de Kiera.
Clavo los dedos en el tant ō .
«Lo suficientemente profundo para que se hubiera desangrado de no ser por ti, Markel; pero no tanto como para que fuera irreversible».
Me duele el pecho.
Si querían a Anna muerta, ¿por qué no profundizar más?
«Parece una chapuza muy bien hecha. O un trabajo impecable con un acabado terrible».
Kai vuelve a girarse y tengo un vistazo perfecto del perfil de ese rostro de huesos afilados, el pómulo alto, los labios gruesos y esa maldita serpiente tatuada en su cuello.
En cuanto deja de mirar aprieto el paso, aferro con fuerza el tant ō y me arrojo sobre él.
Kai no se lo espera.
Por eso, tal vez, soy capaz de agarrarlo del hombro y empujarlo contra la pared. Por eso puedo ponerle su propia arma bajo la garganta.
Kai me contempla con los ojos azules muy abiertos, las cejas negras arqueadas y una expresión de sorpresa que me hace dudar.
—Fuiste tú —le digo, apenas en un murmullo.
No es mi intención susurrar, pero no me sale la voz.
—Markel… ¿de qué hablas? —inquiere y alza las manos—. Baja eso.
—¡No! —Aprieto un poco más y una gota de sangre le resbala por la garganta.
La vista es tan dolorosa que siento el impulso de apartar la mirada, pero sé lo rápido que es Kai y no pienso darle ventaja—.
No te hagas el tonto. Sabes de qué hablo.
De Anna. Hablo de ella, del secuestro de Hikari, de ese trabajo que tanto te torturaba… Tú intentaste matarla.
Kai me mira con tanto dolor que durante unos segundos todo lo que he imaginado pierde el sentido y me siento profundamente miserable.
Sin embargo, de pronto, algo cambia.
Lentamente, la sorpresa da paso a algo diferente, algo más… oscuro.
Los labios regresan a una expresión neutra, las manos caen a ambos lados de su cuerpo y sus ojos se vacían de toda expresión.
—Anna ha despertado, ¿no?
En su voz no hay culpa, ni el dolor que creía haber visto en sus ojos. Está desprovista de cualquier emoción y siento cada palabra como un golpe.
—¿Por qué? —inquiero y lo agarro con más fuerza de la cazadora. Kai alza el mentón cuando el filo del tant ō se aprieta más contra su piel—. ¿Por qué dejarla medio muerta?
—Porque no me pagaron por matarla del todo.
La frialdad de la confesión me deja helado.
—Mientes.
No sé por qué se lo digo. En el fondo sé que dice la verdad.
—Markel… —Kai esboza una sonrisa y alza una mano para alcanzarme la mejilla.
—¡Quieto! —le grito y hago más fuerza contra su garganta—. ¡Quieto!
Un hilillo de sangre le resbala por la piel, pero eso no lo detiene. Kai acuna mi mejilla entre unos dedos que son sorprendentemente cálidos y ladea la cabeza como si no le importara el filo que tiene bajo el cuello.
—Quieres matarme, ¿no? —pregunta, muy suave—. Te pondré las cosas fáciles; al fin y al cabo, yo también he matado y en mi caso muchas de esas personas eran inocentes.
—Calla…
—Habría matado a Anna si me lo hubieran pedido, pero imaginaba que meterme en tu cama después habría sido más complicado.
—¡Basta ya! —bramo.
El impulso está ahí. Lo siento en la muñeca y en los dedos y Kai debe de sentirlo también porque cierra los ojos de golpe y levanta un poco el mentón, como si me diera permiso.
Pero no muevo la muñeca.
Kai me mira y aprieta la mandíbula.
—¿Es que no vas a hacerlo?
—No soy un asesino —le digo, casi jadeante.
Él sostiene mi mirada y yo no me puedo creer que sea la misma persona que me ha tomado de la mano, que ha velado por mí el sueño de Anna, que me ha echado una manta por encima de los hombros…
Hay algo pequeño, breve y sutil, que se refleja en sus ojos azules un segundo antes de que la indiferencia más fría se adueñe por completo de ellos.
Y me siento tan tonto…
¿Es que todo ha sido una maldita actuación?
—Es una lástima para ti —responde.
No sé cómo lo hace.
Noto presión en la muñeca y, antes de darme cuenta, Kai se zafa de mi agarre, me sujeta con fuerza mientras me gira y un instante después me tiene contra la pared. Me retuerce el brazo, ahora desarmado, y un golpe tras la rótula me obliga a arrodillarme mientras el corazón se me desboca.
Un último empujón me arroja al suelo y solo entonces lo oigo: pasos apresurados.
Kai echa a correr.
Me pongo en pie como puedo, pero solo alcanzo a ver su silueta desapareciendo por la esquina.
Kai… el asesino que casi acaba con Anna.
Siento cómo la rabia y la pena se acomodan en mi pecho mientras las lágrimas me arden en los ojos.
Parece que vienen para quedarse.