Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2)
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Prólogo Neal
C uando el mar me devuelve la mirada, me doy cuenta de que en realidad son los ojos de Kiera.
Son más oscuros que nunca, del color del océano profundo.
Siguen siendo hermosos, sobre todo cuando me sonríe como lo hace ahora.
La piel, normalmente más pálida, es dorada bajo el sol, le han salido pecas nuevas sobre la nariz y las mejillas encendidas, y los labios que me muero por besar están enrojecidos por el contraste entre el frío del mar y el calor del sol.
La risa lejana de nuestros amigos se confunde con el sonido de las olas rompiendo contra las rocas del paseo.
Tengo veinte años y todo va bien.
Huele a salitre y a arena. Y la cálida brisa arrastra también su aroma a vainilla cuando Kiera agita la melena castaña y se tumba.
No tiene que decir nada. Voy tras ella como si una cuerda tirara de mí, me acomodo de lado y alzo la mano para contar con los dedos sus lunares.
También ella estira el brazo y desliza el dedo índice por el centro de mi frente, hacia abajo y entre mis ojos.
—Pareces tan concentrado…
Hay algo extraño en su voz. Estoy seguro de que le pertenece, es su tono y su cadencia y el aire juguetón que destilan las palabras es suyo por entero, pero…
—Es que este asunto es sumamente importante —declaro.
Tiene la piel sedosa cuando deslizo el pulgar sobre la tinta del tatuaje que le bordea el pecho izquierdo y siento cómo el vello de la piel se le eriza con suavidad.
—Para ser tan importante, acaba de perder la concentración, capitán.
Capitán.
Esa palabra resuena en mi caja torácica.
Capitán. Capitán. Capitán…
Detengo la caricia.
Y me doy cuenta: no es su voz lo que no encaja, sino su acento. En ese capitán no está el deje ligeramente musical y el matiz provocativo que hay en él es diferente de una manera que no puedo explicar. Este acento no es suyo, porque Kiera no pertenece a este lugar.
La miro más de cerca y entonces también comprendo que es imposible que tenga mi edad. Si tengo veinte, ella debe ser mucho más joven… y no lo parece.
Entiendo de pronto que esto es un recuerdo, uno que está mal, y esa sensación, la certeza de estar reviviendo algo de forma incorrecta, me golpea al tiempo que la imagen se hace turbia.
El sol nos abandona, las risas desaparecen.
Ahora, bajo la luz de la tormenta, los ojos de Kiera parecen casi negros. La oscuridad se ha tragado la luz del azul, y todo a nuestro alrededor se vuelve lóbrego de pronto.
Un trueno retumba a lo lejos y cuando alzo la vista hacia un cielo que es negro, Kiera se pone de pie y extiende los brazos hacia mí mientras me dice que vaya con ella.
Pero el mar está embravecido y el día que ha amanecido templado y apacible queda atrás.
Rompe a llover con furia y una violenta ráfaga de aire me hace girar la cara. Cuando vuelvo a levantar la vista, Kiera ha desaparecido y una punzada de incertidumbre se me clava en el pecho.
¿A dónde ha ido?
Del recuerdo amable de un día de playa no queda nada.
La bahía está ahora vacía y completamente oscura y con la ausencia de luz llega la sensación terrible de que algo va muy mal.
Un sonido estridente brota en mi mano y antes de darme cuenta estoy oyendo un mensaje de la radio que llevo en ella.
«Debe tomar una decisión».
Mi bañador ha desaparecido, sustituido por mi traje de salvamento. El viento es tan fuerte que hace remolinos en la arena y apenas puedo abrir los ojos.
«Rápido, señor, nos quedamos sin tiempo».
Detrás de mí, todo mi equipo, que hoy está compuesto por sombras sin rostro, aguarda.
«¿Salvamos al oficial o a las otras veintitrés personas?».
Miro atrás, a los rostros oscuros y sin definir, que sé que esperan órdenes, y me doy cuenta de que esto no es real, porque aquella vez, la de verdad, nadie me dio la opción de elegir.
Fui yo quien rompió todas las normas, quien decidió abandonar a un hombre a su suerte porque consideró que veintitrés vidas pesaban más; aunque el rescate del oficial fuera rutinario y ese otro complejo, aunque el oficial habría aguantado con vida hasta que llegáramos y no supiéramos si los civiles también resistirían.
«¿Qué vamos a hacer, señor?».
Una boca se mueve en uno de los rostros oscuros. Pronuncia despacio y con cuidado y la calma con la que lo hace contrasta poderosamente con los vientos que amenazan con arrastrarme, la arena que me araña la cara, la lluvia que empapa hasta los huesos…
Yo miro al mar, a ese azul profundo que antes he confundido con los ojos de Kiera, y doy un paso adelante, porque después de cinco años tratando de redimirme aún no he aprendido la lección: siempre elegiré con el corazón.