Capítulo 36. Lars
Lars
Tara está insoportable, me persigue por todas partes. Me está ahogando. Y lo peor es que usa al niño para que parezcamos una familia feliz. No puedo más. Si esto sigue así, siento que voy a explotar. Necesito mi espacio, sin ella y con Meissa.
No ha vuelto a las fiestas desde que se fue. La seguí con una de las camionetas, que tenía las llaves puestas, y luego la dejé en su sitio. Quería comprobar que llegaba bien a su casa.
—Yo la cuidaré. Ahora escribo a mi madre para que vaya con ella.
Nunca creí que fuera a darle las gracias a Tyre Landry, pero en este tiempo se ha convertido en un buen amigo. Nos ha ayudado mucho a Meissa y a mí. Hasta se pegó una paliza para habilitar la carretera. Aunque casi no la hemos usado, porque Tara parece que vive en mi casa.
Veo a Robin y parece triste. Me acerco a él.
—¿Qué te pasa, cariño?
—¿Vas a pedir a mamá que se case contigo? Mamá vio tu anillo en la mesita de noche. Dijo que era el que el abuelo Rob regaló a Saril para pedirle que fuera su mujer, y que la quieres tanto que se lo vas a dar ahora a ella.
¿Cómo? Si tenía dudas de que mi ex registraba mi casa, esto lo confirma. Esa mujer tiene que salir de mi casa, tengo que ponerle un horario y lo va a respetar. Ya lo he hablado con mi abogado. No puede seguir así.
Pienso en Meissa, en lo mucho que la necesito y en cómo ha sufrido con todo esto. No quiero hacer daño a Robin, pero la vida a veces golpea, y no puedo darle falsas esperanzas.
Ese anillo Rob no me lo dio para Tara. Era suyo y de Saril, y ellos aceptaron mi boda con Tara, pero no me veían feliz con ella.
Hace unos días, Rob vino a casa y me lo dio.
Dijo que para Saril era importante que el anillo lo tuviéramos yo y la mujer que me amaba sin dobleces.
Que yo, para ella, era un nieto más. Lo guardé y, al parecer, Tara lo vio.
Claro que lo reconoció, porque Saril lo luce en ocasiones especiales.
—No, cariño, no era para tu mamá.
—Pero somos una familia, y si no estamos juntos, al final me echarás de tu casa.
—¿Cómo dices?
—Si Meissa se casa contigo, tendréis hijos juntos, y yo…, yo no seré tu hijo favorito. Me echarás de casa.
—¿Cómo?
—No quiero que me eches de casa. —Se pone a llorar. Lo abrazo con fuerza—. Odio a la tía. Por su culpa me vas a echar de casa.
Siento tanto odio crecer en mi pecho que tengo que respirar para calmarme. Tomo aire varias veces mientras Robin llora.
—Eh, cariño, eso no va a pasar. Te quiero más que a nadie, y eso no lo va a cambiar nada. Te lo dije, te lo dije hace semanas. Eres lo primero para mí, cariño.
—Pero yo quiero que seamos una familia, como antes. Echo de menos a mamá en casa.
Dudo que se acuerde de eso, era muy pequeño, pero da igual; Tara le ha estado comiendo la cabeza.
—Somos una familia, pero diferente.
Sus abuelos se acercan. Me llaman para que atienda unos problemas con las reses.
Les digo que se queden con él y me marcho a trabajar esperando calmarme.
Llamo a Meissa, pero me cuelga. ¡Joder! De camino llamo a mi abogado; tengo que ponerle límites a Tara.
De puro bueno, una vez más he sido tonto con ella.
Me doy cuenta de que a su lado era bueno porque sentía que, si no, siempre estaríamos discutiendo. Y al final me acostumbré a dejarme llevar.
Qué idiota he sido.
***
Al regresar no encuentro a Tara. Robin estaba con sus abuelos. Me han dicho que está triste y le he contado a Ivar todo. Y le ha parecido bien que ponga límites.
—Estoy enamorado de Meissa y voy a dejar de esconderla.
—Lo sé. Tal vez sea lo mejor. Robin tiene que aceptar su nueva realidad. Protegerlo no le está haciendo bien.
Voy hasta la zona de combates, donde anuncian la última pelea. Espero encontrar allí a Meissa y la veo junto a su primo. Le da consejos y, como si sintiera mi mirada, se gira y me sonríe con tristeza.
Tyre sale y empieza la pelea. Le cuesta más que las otras veces, pero consigue el premio. Besa a su prima y voy hasta ella. Tara se pone delante de mí.
—Deberías estar con Robin —le digo.
—Quiero estar con mi marido. —Tara me besa y la aparto, pero se aferra a mí.
La gente silba como si nos estuviéramos besando. La aparto y me limpio la boca asqueado.
—No, Tara, no quiero nada contigo. Solo te respeto por Robin, pero si por mí fuera no te volvería a ver en mi vida.
—Es por esa zorra. ¡Es por culpa de ella, que te ha comido la cabeza y te ha puesto en mi contra!
—Estoy enamorado de ella. Y pienso luchar por que sea mi mujer. Y más te vale dejar de meterle al niño en la cabeza ideas contra ella, o hacer que crea que vamos a volver a estar juntos. Eso solo le hace daño.
—¿Ves? Yo estoy luchando por la felicidad de esta familia, pero tú prefieres a la primera que se te pone por delante.
Pues que sepas que un día será vieja como yo, y se le caerán las tetas como a mí.
Y tú querías más hijos, pero ella se quedó tocada tras el aborto.
Lo mismo ni siquiera puede darte más hijos.
Así que, muy joven y bonita, pero será vieja, y tal vez no puedas ser padre de nuevo.
No sé de dónde sale, pero alguien le cruza la cara. Veo a Bonnie ir a por otro derechazo, pero Darren la sujeta mientras yo asimilo la maldad de Tara. En su envidia nos quiere destruir a todos. La gente nos mira y, no muy lejos, Meissa contempla la escena asimilando tanto dolor.
—Nunca creí que un día, al mirarte, me preguntara qué queda de esa mujer a la que un día quise. Eres despreciable, Tara, y no solo me has perdido a mí. También te has quedado sin amigos y sin una hermana que te quería de forma incondicional.
—Por eso me ha quitado a mi marido.
—A tu marido lo perdiste tú sola. ¿Y sabes qué? Te doy las gracias, porque al amar a Meissa me he dado cuenta de que a tu lado nunca hubiera sido feliz.
Tara se marcha. El atardecer está cayendo y tengo que ir a buscar a Robin para llevarlo a casa. De momento está con sus abuelos. Sigo a Meissa y la encuentro en el box con su primo, con los auriculares puestos.
La abrazo y Tyler se marcha. Al rato se quita los auriculares y me mira.
—No te conté esa parte. El embarazo estaba fuera del útero y, bueno, perdí una de mis trompas. Al dolor del aborto se le sumó la posibilidad de que tal vez quedarme embarazada de nuevo me costaría más.
—No me importa, Meissa —acaricio sus mejillas—, te amo a ti, no por una vida llena de promesas o de esperanzas, te amo porque quiero una vida real a tu lado. Y si un día quieres ser madre, te apoyaré en todo, y si no podemos, no pasa nada. Te amo, Meissa, y eres mi familia.
—Y ahora todos lo saben.
—Ya era hora, cariño.
—Robin me odia. Me lo dijo. No quiero hacerle daño.
—No podemos protegerlo del mundo. Creía que sí, pero no se puede. Cambiará. Esto lo hará más fuerte. O le dejará secuelas. Pero, pase lo que pase, lo querremos igual. La vida sigue y quiero seguirla contigo.
—¿Estás seguro?
—Nunca he estado tan seguro.
Se lanza a mis brazos y me besa. La beso feliz, sabiendo que tengo mucho que cambiar, pero vamos por buen camino. Salimos juntos de la mano y no la apartamos. Se acabaron los secretos.
Vamos a buscar a Robin y veo a mi exsuegro…, o mi futuro suegro, joder, qué manera más retorcida tiene el destino de hacer las cosas.
—Vale, ya veo por qué Meissa está así. Espero que me la cuides.
—Lo hago desde que llegó. ¿Y Robin?
—Se lo ha llevado Tara a la zona de juegos.
Vamos hasta allí y nos sigue. De camino vemos a Tara liándose con un hombre. Su padre la aparta.
—¿Y Robin?
—Con un amigo. —Me mira fría. Está borracha. Madre mía.
Vamos hasta donde dice que está Robin, y al llegar vemos a otros niños, pero no a él. Noto el frío correr por mi cuerpo. Un miedo visceral me atrapa las entrañas. Lo llamamos y vemos al amigo de Tara, uno al que acaba de conocer, al parecer, y que no sabe dónde está el crío.
No sé qué hacer.
—Vale, no nos alarmemos. —Meissa se hace cargo de la situación.
Saca el móvil, llama a Tyre y dice que los ponga a todos a buscar al niño. Luego llama a Darren y le cuenta todo. Dan el aviso por los altavoces y la gente se pone también a buscarlo. Tara nos mira pálida.
—¿Qué le has dicho?
—Que nunca tendrá un hogar —dice, y rompe a llorar—. ¿Qué he hecho?
Veo el terror en sus ojos, como si por primera vez estuviera siendo consciente de a dónde han llevado sus celos.
—Vale —dice Meissa—. No podemos perder la calma. Lars, recuerda todos los rincones que Robin conoce de este sitio. A dónde le gusta ir. Tara, haz lo mismo, eres su madre. ¡Vamos! Todo lo que recordéis ayuda.
Meissa nos organiza a todos. Luego coge mi mano y le digo dónde puede estar. El miedo no me deja pensar, pero ella tira de mí mientras imagino todo lo malo que pude haberle ocurrido a Robin mientras huía enfadado con el mundo por haber descubierto de nuevo que la vida no es perfecta.