Capítulo 34. Meissa
Meissa
Delfina está cuidando a Robin y yo me paso siempre que puedo si no está Tara. Como con ellos antes de volverme a mi rancho, donde hay tanto trabajo. Tyre quiere hacerse cargo de todo, pero yo no quiero estar al margen.
Lars y yo seguimos juntos. Esto nos ha unido más. Pero nos vemos menos, ya que antes dormía en su casa y ahora es complicado coincidir sin levantar habladurías.
Ahora estoy en la casa grande. Está en obras, pero algunas zonas ya se pueden habitar, porque las hemos estado pintando y arreglando Tyre y yo.
Escucho los pasos de Tyre antes de que toque a mi puerta.
—Pasa —le digo sin volverme mientras tomo café mirando los campos por la ventana.
—Me he inscrito para las peleas del rancho Bennet. —Se pone a mi lado—. Odio la violencia, pero aquí todos hemos aprendido a pelear desde críos y este año el premio es de veinte mil dólares. Pienso traerlos a casa.
—¿Y si te lesionas?
—Es un riesgo, pero no hay nadie mejor que yo peleando — dice sobrado. Pongo los ojos en blanco—. Es verdad, por eso he llegado hasta aquí.
—Más te vale ganar y estar listo para trabajar al día siguiente.
—Das miedo, primita. —Mira los campos—. Poco a poco mejoran.
—Siempre.
—Y ahora tengo una sorpresa para ti. Coge las llaves de tu coche.
Las cojo y voy tras él. Vamos a su camioneta y me dice que la siga. Llegamos a un camino que antes no estaba. Está apartado del principal que tengo que coger para ir al pueblo y a casa de Lars. Sigo a Tyre y veo la casa de Lars al fondo, junto al rancho. Llegamos al final. Y se detiene.
—Es un camino secreto —dice cuando bajamos de nuestros vehículos—. Era el que conectaba antes los dos ranchos. Lars y yo lo hemos adecentado para ti. Nos vemos, primita.
Va a su camioneta y yo a casa de Lars.
Cuando estoy a punto de llegar dudo por si está allí Tara, pero luego me recuerdo que es por la tarde y que yo soy la tía de Robin, por tanto tengo derecho a estar aquí. Voy hacia la puerta y veo que no está el coche de mi hermana.
Toco y la puerta se abre. Lars tira de mí y me besa con pasión.
—Robin pasa la noche con su madre y tú conmigo.
—¿Estás seguro?
—Más que nada. Te estaba esperando.
—Me has creado un camino.
—Y lo haré siempre para atraerte a mí.
Dejamos un reguero de ropa hasta su cama y, cuando caemos en ella, entra en mi interior con fuerza.
—Duro, joder, hoy lo quiero bien duro —le pido.
Sale y entra de mi cuerpo con rudeza. Como yo quería, como yo deseaba. Lo beso con tanta hambre que marco sus labios y él los míos.
—Joder, cariño, cómo te echaba de menos. Tenerte así, desnuda y abierta en mi cama. Estar dentro de ti. —Apoya su mano en el cabecero. Enredo las piernas en sus caderas y eso hace que entre más hondo.
Lo siento por todas partes. Su cuerpo me abraza, mi piel se funde con la suya.
Nos corremos juntos como salvajes. Grito su nombre, que resuena por las paredes.
—Hola —dice sin salir de mí.
—Me quedo a dormir. —Se ríe y por un momento, a pesar de todos los problemas, siento que podemos con todo.
Lars
Meissa se sienta a mi lado cerca de la piscina para ver el atardecer. Tengo que ir a por Robin en un rato, pero hasta ese momento la tengo aquí, conmigo.
—Me gusta el toldo —dice mirándolo, ahora recogido.
—Lo han puesto en tiempo récord. Aunque Robin ahora solo se baña muy temprano, cuando no hay tanto sol. O por la tarde.
Tara no dijo nada de lo que pasó, solo que estaba con sus amigos y no pensaba que hubiera pasado nada.
Se pasa por mi casa cuando le da la gana, pero Delfina la tiene a raya y, como no se llevan bien, no le pasa ni una.
Ella está a cargo de Robin y Delfina manda.
Creo que la mujer de Ehud nunca me había caído tan bien.
—¿Cómo va todo para las fiestas?
—Agotador. Ya han llegado algunas personas que se instalan en la zona de cámping.
—Yo iré con Tyre. Así no levanto sospechas de que en realidad voy a ver a mi vaquero favorito.
Pasa sus dedos por mi pecho. Voy a decir algo cuando la puerta se abre.
—¡Papá!
Meissa se marcha por la parte trasera hacia su coche. Entro en la casa y miro a Tara mientras abrazo a Robin.
—¡Hemos venido a darte una sorpresa! ¡Mamá se queda a cenar! ¿A que es genial?
—Sí, ve a lavarte las manos.
Tara sonríe hasta que ve un tanga de Meissa en el suelo. Mierda. Por suerte, no hay nada más.
—¿Qué es esto, Lars?
—No hace falta que te diga lo que hago, ahora que soy libre. —Se lo quito de las manos.
—¿Es de ella?
—No sé de qué hablas.
—¡Es de mi hermana!
—Mira, Tara, no tengo que darte explicaciones.
Robin regresa y, contento, nos cuenta que vamos a hacer pizza los tres juntos. Tara lo está usando para que se haga ilusiones. Pero está tan contento que no le digo nada hasta por la noche. Cuando lo acuesto, ya solos los dos.
—Cariño, no sé qué te ha dicho mamá, pero no vamos a volver a estar juntos.
—¿No? —Veo el dolor en sus ojos.
—No, pero eso no cambia que seas lo más importante para nosotros.
No dice nada, se da la vuelta y se duerme, y odio a Tara por darle falsas esperanzas. Se lo digo en un mensaje, pero no responde. Se está pasando con el juego y no pienso ceder, y que ella crea lo que quiera.