Impensable (Amar a un cowboy 2) Capítulo 33. Meissa
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Capítulo 33. Meissa

Meissa

Robin está callado, pero hemos hecho muchas cosas.

Ahora está pintando tras haber jugado en la piscina.

Hace mucho calor y le he escrito a Lars para pedirle que instale un toldo que se pueda abrir y cerrar para tapar una parte de la piscina.

Sé que esto es meterme en cosas de su casa, pero él ha respondido mostrándome ideas.

Tocan a la puerta y voy hacia ella. Veo que es Tara.

Abro agitada y nerviosa. Pensé que le daría más tiempo a Robin, pero, como siempre, va a lo suyo.

—Hola, cariño. —Entra a ver a Robin tras decirme un frío «hola» y este la mira enfadado—. Lo sé, debí venir antes. Pero ya no voy a irme más. Lo prometo.

Robin la mira desconfiado, pero al fin y al cabo es su madre y la ha echado de menos. Va hasta ella y la abraza. Me recuerda a mí, cuando me enfadaba con mi padre y luego me decía que lo sentía y me abrazaba. Le devolvía el abrazo, pero no me sentía en casa, como cuando abrazo a mi madre.

—Puedes tomarte la mañana libre, me voy a quedar con mi hijo.

—No voy a irme. Estaré en el despacho.

Dice que vale y le propone a Robin que jueguen. Inquieta, me meto en el despacho. Hago cosas de mi trabajo y me digo una y otra vez que no debo salir. He escrito a Lars y me ha dicho que vendrá en cuanto pueda. No salgo, pero me cuesta la vida.

—Hola, primita. —Tyre me responde enseguida cuando lo llamo.

—Hola, he estado haciendo pruebas para la web.

—¿Por qué te noto tan tensa?

—Tara está con Robin. —Se lo cuento todo—. Es su madre, y yo la vil impostora.

—Madre mía, eso ha sonado a las novelas esas de frutas de las redes que me pone mi madre.

—Sí, las he visto. Pero es que no escucho nada. Todo parece calmado, y en el jardín hace calor…

—Meissa, es su madre.

—Sí.

Va hasta su despacho y trabajamos juntos un rato. El silencio en la casa me desquicia. Y cuando escucho a Robin me calmo. Hasta que se pone a llorar como un loco y salgo corriendo. Lo encuentro solo en la cocina, con la rodilla llena de sangre. Tara baja por las escaleras.

—Aparta, es mi hijo. ¿Qué te ha pasado, cariño?

Se lo lleva al aseo para curarlo. Robin no para de llorar y justo en este momento llega Lars.

—No le pasa nada, cariño —le dice Tara. Yo me siento una vil impostora, como le dije a Tyre, y la broma no mitiga la incomodidad de mi pecho.

Salgo de aquí y voy hasta mi coche para irme con Bonnie. Necesito alejarme de todo por un momento. Pero no voy a ver a Bonnie, acabo con Tyre. Al verme, solo me da trabajo, y eso calma mi tormenta.

Lars

—¿Por qué Robin estaba solo en la cocina? —pregunto a Tara cuando Robin se duerme tras untarle crema por todo el cuerpo, porque su querida madre lo había sacado a la piscina sin ponerle protección—. ¿Y por qué no le pusiste crema solar?

—Ella no me dijo que no la llevaba puesta. Y subí solo a por crema…, yo… ¡Mira, no lo he hecho aposta!

—Siento que me ocultas cosas. Y no puedes venir y hacer como si nada.

—Es mi hijo, eso está por encima de todo.

Pienso en Robin una y otra vez para no decir nada de lo que me pueda arrepentir, pero sospecho que subió para registrar mi cuarto y pillar cosas de su hermana en él. Por suerte, como la conozco, no hay nada de Meissa allí. Tenemos que tener sumo cuidado con eso.

—He pensado que, ahora que he vuelto y mientras no encuentre trabajo, puedo quedarme con Robin mientras tú trabajas.

—No, no voy a prohibirte verlo, pero no. Eso confundirá a Robin y le hará creer que volvemos a estar juntos.

—Tal vez sea lo mejor para el niño. Tú siempre lo pones por delante, tal vez…

—Nunca voy a volver contigo, Tara, nunca, y te lo puedo jurar.

Me mira con tanto odio que siento que debí medir mis palabras.

—Es mejor que me vaya, mañana volveré.

Se marcha y odio todo esto. Al poco, Robin se despierta; le duele la piel. Lo llevo al médico e informo a Tara. Dice que vale y nada más. Sus abuelos sí se acercan a la farmacia para verlo.

—Madre mía, está muy rojo. —Ivar, asustado, le pone la mano en la cabeza—. Le puede dar fiebre.

—Sí, hay que vigilar que no tenga insolación. Me voy a quedar en la casa de Ehud para estar más cerca del médico.

—Puedes quedarte en nuestra casa.

—No con Tara en ella.

—Sí, mejor. —Ivar mira al niño, preocupado, mientras pago todo lo que necesita.

Vamos a casa de Ehud y su mujer le pone películas al pequeño. Meissa viene a media tarde, nerviosa, y luego se pone a llorar en el aseo.

—¿Qué pasa, cariño? —La abrazo.

—Sabía que algo no iba bien. Lo sentía aquí. —Se señala el pecho—. Pero pensé que era su madre y que si le decía algo… ¿Por qué no salí y le exigí que entrara? Esto es mi culpa. —Seco sus lágrimas y veo el tormento en su mirada.

—Mei, es su madre, no esperabas que no lo cuidara bien, y si le hubieras dicho algo se hubiera enfadado más. No va a ser fácil esto con ella aquí.

—¿Lo dices por nosotros?

—Lo digo por todo.

—Tal vez lo mejor sea que otra cuide a Robin. Y así no habrá un conflicto tan directo.

—Mei…

—No te estoy dejando, solo quiero hacer lo mejor para el niño, y si ella ahora me odia, lo usará. Y mira lo que ha pasado: Robin está quemado por el sol.

—Siento interrumpir. —Miramos a Delfina—. Pero Meissa tiene razón. Yo estoy de vacaciones y me puedo ganar un dinero extra cuidando a Robin, al menos hasta que Tara acepte que no vas a volver con ella.

Robin me llama y no estoy listo para tomar decisiones ahora. Al final tenemos que ir a urgencias. Le sube la fiebre y pasamos la noche allí. Tara no aparece. Se ha ido de fiesta. Sus padres sí se quedan conmigo y con Meissa.

—Sabes que es lo mejor —me dice Meissa cuando Robin ya está mejor y regresamos a mi casa.

—Lo nuestro no acaba aquí.

—Nunca. —Me besa en su cuarto y la abrazo con fuerza. Cuando recoge todo para irse, siento que alguien me ha arrancado un trozo de mi pecho.

—¿No va a volver? —Robin me mira nervioso.

—Sí, Meissa nunca romperá su promesa.

Eso sí se lo puedo prometer, porque Meissa no es Tara.