Capítulo 32. Lars
Lars
Meissa está en el despacho hablando con Tyre por videollamada mientras yo organizo las comidas de la semana y me preparo para ir a por Robin a casa de sus abuelos. Estoy deseando verlo, es un trasto, pero cuando no está en casa, el silencio es demasiado grande.
Hoy hemos pasado el día en casa de Darren y Bonnie. Esta y Meissa se llevan muy bien, no como pasaba con Tara, que a veces obligaba a Bonnie a ser quien no quería. Mi abuelo y Saril se han pasado para merendar.
—¿Qué tal folla este viejo? —dijo Saril, y Meissa casi se atragantó con las galletas.
—Muy bien, para tener sus años —me picó mi chica, y Saril se rio.
Darren sonrió. Disfrutando, como siempre, de no ser el blanco de sus atenciones.
—Tú no te rías, que quiero más biznietos. Algo debes de estar haciendo mal con la joven si no está preñada ya.
—No hace nada mal, abuela —le respondió Bonnie, y Darren sonrió más, con esa cara de idiota enamorado que pone.
—Qué cara tienes —le dije.
—La misma que tú cuando miras a Meissa —respondió Rob.
Meissa se rio feliz. Muy feliz. Me gusta verla así. Con ellos no tenemos que fingir que no somos nada. Es liberador estar a su lado con gente que no pone malas caras si la beso, la cojo de la mano o le digo que está preciosa.
Pero eso, de momento, debe seguir siendo un secreto. Miro el móvil para irme y escucho un coche acercarse. Voy hasta la ventana de la cocina y veo el coche de Tara. Algo se sube por mi pecho. Algo que me oprime y me quita el aire. Como si la vida me recordara que no puedo ser feliz.
Tara baja del coche. Viene hasta la puerta y voy a abrir.
—Hola, querido. —Entra y va derecha al salón—. ¿Y mi hermana?
—En el despacho. Pero esta no es tu casa y no pienso dejar que entres sin avisarla.
Se la suda, va hasta el despacho y entra, pillando a Meissa trabajando. Por la cara de Tara adivino que esperaba una escena de otro tipo. Nos mira a uno y a otro. Meissa se ha quedado pálida.
—Te llamo luego, Tyre, mi hermana está aquí.
—¡No me jodas! —dice Tyre antes de que Meissa cuelgue.
—Vaya, parece que Tyre sabe que no te alegras de verme. —Tara abraza a Meissa y esta me mira agitada.
—Sabe que has difundido rumores sobre mí usando a sus primas. Por eso sabe que ahora no estamos en nuestro mejor momento.
—Ah, bueno, me has pillado, pero lo hice por ti. Este viejo no es para ti. —Coge su cara entre sus manos.
—¿Qué haces aquí? —pregunto harto—. No se te ha perdido nada en mi casa si no está Robin.
—Pensaba que el niño estaba aquí.
—Pero no has preguntado por él…, luego sabes que está con tus padres. —Tara no puede ocultar que la he pillado.
—Tengo mucho que hablar con Tyre, si no te importa. —Meissa se sienta.
—Vamos, Meissa, somos hermanas, tú me quieres.
—No voy a cuestionar que te quiero, pero no siempre vale todo.
—Vamos, Tara, déjala trabajar.
Tara mira enfadada a su hermana. Cierro la puerta y, cuando miro a Meissa, la veo poniéndose los auriculares. No va a llamar a Tyre, va a meterse en su mundo para ordenar sus ideas.
—Parece que está enfadada.
—¿Y qué esperabas?
Tara me mira. Y es como si no la reconociera. La quise. Pero ahora, al mirarla, sé que nunca fue amor. No fue un amor sano, de esos que te desgarran por dentro y te hacen sentir tantas emociones. No fue lo que siento por Meissa. Y, aun así, la quise, y la respetaba.
—No sé, esto no. Meissa siempre me perdona, a menos que estéis juntos…
—Deja eso ya. Voy a por Robin, me está esperando y voy tarde.
—¿Me puedo quedar aquí para esperarlo?
—No, vamos.
—¿No decías que siempre podía ver a mi hijo cuando quisiera?
—Sí, pero tu hijo no está aquí, y si yo hubiera estado semanas sin verlo, lo primero que habría hecho sería ir a buscarlo, no ir a tu casa a ver si te pillaba con alguien.
—Tal vez porque a mí tú me importas más.
—Pues para mí Robin es lo primero, Tara. Y si no lo pones por delante, al menos no le jodas más la vida con tonterías.
Salimos y llamo a Meissa de camino. Tara me sigue con su coche.
—No lo sabía —digo cuando descuelga.
—Por tu cara se ha notado. Seguro que sabía que estábamos solos y quiso pillarnos sin ropa. Por suerte no ha venido esta mañana, cuando decidimos volver a bañarnos desnudos.
—Sí…, esto lo va a complicar todo.
—Sigo aquí, no voy a irme.
—Siento que estar conmigo sea tan complicado, y se va a poner peor con ella aquí.
—Lo sé. Ahora debemos andar con pies de plomo por Robin.
Pienso en como Tara ha priorizado todo lo demás antes que su hijo.
Agitado, le digo a Meissa que luego hablamos.
Odio estar en medio de esta guerra. De tener que dar tantas explicaciones cuando sé que, por Robin, seguramente yo hubiera seguido casado con Tara para ahorrarle todo esto.
Aunque no fuera feliz. Y ahora que soy feliz, parece que molesta.
Llego a casa de mis exsuegros y aparco. Tara hace lo mismo detrás y saca sus maletas. Llamo y les digo que Tara viene conmigo. Esta pone mala cara, pero me da igual; ellos quieren a Robin y se lo dirán de modo que la sorpresa no le cause daño.
Cuando subimos, Robin no sale a saludarme, y es raro.
—Se ha encerrado en su cuarto —me dice Ivar, y luego abraza a su hija—. No quiere verte.
—¡Has puesto a mi hijo en mi contra! ¿O ha sido esa zorra?
—¡Para, Tara! —le pide su padre—. Meissa quiere mucho a Robin, nunca haría eso.
—¿Y tú puedes jurarlo? Ahora les sobro, quieren su familia perfecta sin mí. Por eso he venido, para recuperar a mi marido.
Tara parece fuera de sí y cuando se pone así me lleva al límite.
Por eso me marcho a la cocina a beber agua.
Cuando escucho a Robin, salgo y lo veo abrazado a su abuela.
No quiere mirar a su madre. Tara le dice que es mamá, que lo quiere, pero Robin echa los brazos para que yo lo coja, y lo hago con el corazón hecho pedazos.
—Todo está bien.
—No quiero verla.
Tara me mira con rabia.
—Si lo quieres, dale tiempo, solo está así porque no quiere que te vayas de nuevo.
—No voy a irme —promete al niño.
No la creo y, por la mirada de sus padres, sé que ellos tampoco. Salgo de la casa e Ivar me acompaña con las cosas de Robin.
—Hablaré con ella —me dice, y parece triste—. Tenemos que ser una piña por el niño.
—Sí, y te lo agradezco. Porque no voy a volver con Tara.
—Lo sé, Lars, sé que tú quieres a Meissa.
Conozco lo suficiente a mi hija pequeña para saberlo, pero esperaba…
, no sé, no quería esto para Tara, pero Meissa tampoco se merece esto, y Robin menos.
Haré lo que pueda. Pero no va a ser fácil ahora.
—Me da unas palmadas en el brazo y luego da besos a Robin antes de cerrar la puerta.
Conduzco pendiente de Robin, que va callado mirando la noche. Pongo música y parece más relajado al escuchar las canciones que le gustan. Al llegar, entra en casa y mira a Meissa, que lo espera en el salón. Va hacia ella y la abraza con fuerza.
—¿Te vas a ir, ahora que ha vuelto mamá?
—No, cariño, siempre juntos, te lo prometí. —Meissa lo acuna en sus brazos al sentarse en el sofá—. Tu mamá te quiere y es bueno que esté aquí.
—Seguro que se vuelve a ir.
Me siento al lado de los dos.
—No lo creo —digo, y odio mentirle—. Lo mismo se ha dado cuenta de que no puede vivir lejos de ti y ha vuelto corriendo.
Robin me mira ilusionado y más relajado. Odio ver la esperanza brillando en sus ojos. Si Tara le falla de nuevo, llegará un momento en que romperá su confianza para siempre.
Es tarde cuando entro al cuarto de Meissa. Abre los brazos tras dejar el libro que está leyendo. Entro en la cama y nos abrazamos.
—Te quiero, Lars, sigo aquí.
—Me basta con eso.
Robin no para de despertarse agitado; al final me meto en su cama y se duerme nervioso. Ya empezamos a pagar las consecuencias de la vuelta de Tara; miedo me da lo que nos espera.