Impensable (Amar a un cowboy 2) Capítulo 28. Lars
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Capítulo 28. Lars

Lars

Llego a casa a por la tarde, tras un día largo.

Meissa regresó antes de la comida. Hemos estado hablando y me ha contado todo.

Odio a dónde está llevando sus celos Tara.

Debería preocuparle cómo está su hijo, pero cada vez pide menos hablar con él y sé que tampoco habla con ella cuando está en casa de sus abuelos. Robin me lo cuenta todo.

Los busco y veo a Meissa de pie, con uno de esos vestidos de verano deportivos que se pone para estar en casa.

En cuanto se gira y clava sus ojos verde azulados en mí, siento que todo va bien.

Su sonrisa sigue hablando de un futuro juntos.

Tenía miedo de que ir a casa de su madre y lo de Tara fuera demasiado para ella.

No sabía que estaba tan aterrado hasta que la he tenido delante y la abrazo poniendo mi cabeza en su cuello.

—Sigo aquí —me dice acariciando mi mano.

Robin no se da cuenta de nada, porque está de espaldas, pintando. Y cuando pinta se concentra mucho.

Beso su cuello y luego voy a dar un beso a Robin antes de irme a la ducha.

No tiene sentido que me sienta así por alguien a quien casi acabo de conocer. Pero es como si llevara buscándola toda la vida. Bajo ya cambiado con ropa deportiva y, aunque estoy agotado, juego con Robin. Meissa se marcha a mi despacho a hablar unas cosas con Tyre.

Sale cuando la cena está en la mesa. Parece distraída. Aprieto su pierna bajo la mesa y la sube sobre la mía de forma sugerente. Me mira coqueta cuando Robin no se da cuenta y yo subo la mano hasta rozar su sexo.

—¡Estoy deseando aprender a montar a caballo yo solo!

—¿Qué? —Miro a Robin—. ¿Qué me he perdido?

—Bonnie me ha dicho que puedo aprender con su yegua, que es muy dócil, y que puedo montar solo.

—¿Cómo?

—¡Papá, me vas a enseñar! ¡Y montaré solo! ¿Porfi? —Robin me pone ojitos. Asiento agitado. Yo aprendí a montar joven, pero de golpe todo me da miedo.

—Mejor ir poco a poco. Ya has montado otras veces y tienes que tener cuidado. Iré viendo la mejor forma de avanzar.

—Si no, pregunta a Google cómo hacerlo más rápido.

—Claro, San Google.

—O a la IA, papá. Es más lista.

—Madre mía. Estos niños no van a saber hacer nada sin un puto robot metido por el culo.

—¡Lars! —me regaña Meissa entre risas.

—No he dicho nada.

Robin nos dice que va a ser vaquero, y cuando lo acuesto me pide que le cuente un cuento de vaqueros. Al quedarse dormido, bajo a buscar a Meissa y la encuentro bebiendo agua y mirando por la ventana de la cocina.

—No te muevas. —Ando hasta ella ansioso de su cuerpo.

Llego a su lado y la inclino hacia delante un poco, para que su trasero respingón me dé la bienvenida.

—¿Te gusta mi culo, Lars?

—No sabes cuánto, cariño.

Subo su vestido y veo sus bragas de encaje negro. Subo la mano por su costado hasta sus pechos.

—Lars…, ¿vas a hacer algo con mi trasero?

—Muchas cosas…, pero antes debo informarte de que me he hecho pruebas médicas.

Tú me dijiste que te las hiciste antes de venir.

—Paso la mano por su sexo y aparto la tela para meter un par de dedos dentro sin preliminares.

Joder, ya está lista para mí—. Pienso enterrar mi polla sin condón en este apretado coño y que te pases el día chorreando mi semen y recordando dónde estuvo enterrada mi polla. —Su sexo se contrae con una sacudida.

—Sí, me encantaría.

Toma la píldora; las tiene en el armario de las pastillas y la veo tomarla por las mañanas. Yo no he estado con nadie desde Tara, pero quiero hacer las cosas bien, porque esta mujer me importa mucho. Tara no quería hacerlo sin condones y casi mejor, ahora que sé que no fui el único.

Meto y saco los dedos hasta que me suplica más.

Bajo las bragas y las tiro al suelo. Las cojo para guardarlas en mi bolsillo.

—Lars…, ¿vas a darme duro, grandullón?

—Muy duro, pequeña. —Subo su vestido y sus pezones duros se reflejan en el cristal—. Si los chismosos del pueblo nos vieran así, se llevarían las manos a la cabeza.

Tiro de sus pezones mientras miramos hacia la noche. Muerde su boca y acerca su culo a mi polla para restregarse.

—Que rabien de envidia.

—Por no tenerte a ti —digo besando su cuello—. Eres preciosa.

Muevo mis dedos por su sexo y los mojo hasta presionar en su trasero. Meto poco a poco el pulgar.

—Lars…

—¿Es demasiado?

—No.

La miro, ansiosa de mis atenciones, sonrojada y mojada por mí. Sus flujos mojan sus muslos. Paso la mano por ellos y miro su sonrojado sexo. No puedo cansarme de ella, ni creo que lo haga en toda la vida.

Busco un condón en mi bolsillo y me lo pongo. Entro en ella poco a poco, disfrutando del placer de tenerla así, ansiosa y cachonda por mis atenciones.

Cuando la meto del todo, los dos gruñimos de placer. La saco un poco y miro como su sexo me engulle.

—Madre mía, Mei, que imagen tengo de ti, con mi polla dentro y tu redondo culo tentándome.

—¿Te gusta llenarme?

—Me encanta.

Salgo y la meto poco a poco, prolongando la tortura de ambos.

Tiro de su vestido y la dejo desnuda ante la cristalera mientras entro y salgo de ella con fuerza.

El cristal hace que vea lo excitada que está.

Desde aquí parece que alguien podría vernos, pero en realidad nadie puede ver lo que pasa dentro.

Cojo su trasero con mis manos y me clavo más hondo en cada embestida. No dejo de moverme hasta que noto que estoy cerca.

—Date placer, preciosa, quiero que te toques como te gusta hacerlo, imaginando que son mis manos.

Se toca el sensible clítoris mientras yo meto el dedo gordo en su trasero.

—Cómo me gusta jugar con tu cuerpo y que tú hagas lo mismo. Eres una chica mala, ¿verdad, cariño?

—Sí. Me gusta llevarte al límite.

Joder. Me sigo moviendo hasta que se corre. Salgo de ella cuando estoy a punto, y me quito el condón para darme placer hasta que me corro en la curva de su trasero. Veo su cuerpo pintado con mi esencia.

—Preciosa.

—Quiero verlo —me pide, y me da su móvil. Hago una foto de su cuerpo apenas iluminado.

Se la pongo delante y le gusta lo que ve. Se gira y busca mi boca de nuevo, ansiosa de más. Nos devoramos andando hasta su cuarto. Entramos en la ducha. Abro el grifo y me arrodillo a sus pies para lamer su sexo hasta que se corre de nuevo en mi boca.

Madre mía, no me canso de esta mujer, se ha grabado a fuego en mi piel.