Capítulo 17. Lars
Lars
Llevo mi caballo hasta los lindes del rancho.
Que, casualmente, limitan con el de los Landry.
Pienso en volver cuando veo a Tyre acercarse a caballo.
El otro día estuvo en el rancho. Dijo que venía a ver a su prima y lo dejaron pasar.
Meissa no me ha dicho qué quería. Tampoco le he preguntado.
No puedo meterme en su vida. Ella ya es mayorcita para hacer lo que quiera.
Y ya es complicado resistirme a ella viéndola lo justo.
Desde la noche que leímos juntos no nos hemos quedado a solas.
Salvo la imprudente noche en que bajé a por agua y ella salió de su cuarto medio desnuda.
Desde que la vi andar hacia mí descalza, con esa ropa interior puesta y esos ojos cargados de deseo, supe que tenía un problema, y de los gordos.
No besarla me costó la vida cuando sentí su lengua mojada acariciar mi dedo una y otra vez.
La quería en la isla de la cocina, cubierta solo por mis besos.
Es como si, cada vez, todas las razones para no hacer nada se fueran desdibujando. Por eso me da miedo quedarme a solas con ella.
—Qué casualidad verte por aquí —me dice Tyre desde su caballo.
—Sí, venía a ver si todo estaba en orden.
—He mandado reparar las vallas para que no perdáis más ganado. Estaba revisando que hubieran hecho bien el trabajo.
—Al parecer, sí.
—No quiero problemas. No soy como el viejo. Quiero hacer las cosas bien. Pero en las fiestas os daré una paliza —dice sobrado, y luego se marcha.
De momento no tengo pegas con él, por eso lo dejamos pasar al rancho a ver a su prima.
Lo que no sé es qué quiere hacer Meissa con él.
Tal vez si no huyera de ella… El problema es que ella dice lo que se le pasa por la cabeza y me he dado cuenta de que me encanta escucharla.
Y que me cuente todo, cada fantasía suya.
Mal, joder.
***
Voy al pueblo a ver cómo van montando los puestos para el rancho. Es tarde y Robin está con sus abuelos. Van a volver a quedarse con él los fines de semana. Robin se alegró, pero luego vi el miedo en su mirada. Odio que la gente adulta juegue así con un niño.
—¡Os dije que lo quería de otra forma! —Tyre se pasa la mano por el pelo, cansado, y sus primos se ríen.
—¡Vamos, Tyre, en verde moco es más bonito! —Aomar choca los cinco a otro.
—No lo quería así. ¡Joder! Voy a comprar pintura.
Aomar saca un porro y se lo enciende. Tyre se lo quita.
—¡Eh!
—Si quieres trabajar para mí, se acabó la droga.
—¡El viejo molaba más!
—Pues como sigas así, pronto le harás una visita.
Aomar se marcha y Tyre mira lo que han hecho: es un color verde horrible. Cojo la pintura negra que nos ha sobrado y la dejo a sus pies.
—No queremos ganar porque este color te espante los clientes.
—No pienso agradecerte la pintura.
—No lo hagas. —Me marcho, pero me llama.
—Tara es quien está difundiendo los rumores sobre mi prima y tú. No es trigo limpio.
—Lo he descubierto.
—Se lo dijo a una de mis primas y esta corrió el rumor. Pero como hagas daño a Meissa…
—¿Ahora vas de cuidador? No la conoces de nada.
—No tengo ni puta idea. Pero aquí estoy, al mando de esta panda de inútiles, y ella parece la más sensata.
Se pasa la mano por el pelo, agitado. Es más joven que yo, pero de golpe parece mayor.
—¿Te ayudo en algo?
—No. —Su orgullo le hace coger la pintura e irse.
Bueno, él verá. Reviso todo y el secretario del alcalde se me acerca.
Habla conmigo como si fuéramos grandes amigos.
Lo escucho a medias. Me parece un pelota de cuidado, y el alcalde es peor.
No sale otro porque nadie quiere presentarse.
Al regresar a casa estoy cansado. Entro y veo a Meissa en la cocina.
Mi mirada va a toda ella. La devoro con los ojos sin poder contenerme.
Intento evitarla, huir de ella. Y aquí estoy.
Devorando cada centímetro de su piel descubierta.
Cuando no estoy a su lado, no paro de pensar qué estará haciendo.
Invade mis pensamientos más de lo que seguramente admita nunca.
—Hola, he preparado algo de cena. Luego me daré un baño. Te puedes apuntar. O puedes seguir evitándome para no comerme la boca.
Vale, ya me ha dejado noqueado.
—Voy a cambiarme.
Dice un débil «vale» y le pido desde la escalera que prepare la cena en el jardín, en el cenador junto a la piscina. Grita otro «vale» y me pregunto qué narices hago cuando me pongo un bañador y una camiseta. Si la quiero evitar, bañarme con ella no va a mejorar las cosas. Ni a aplacar mi calor.
El problema es que he visto el dolor en sus ojos cuando habló. El dolor de que la esté evitando, cuando congeniamos tan bien. Puedo resistirme a ella sin que tenga que pasar nada malo.
Bajo a cenar y termino de llevar lo que falta. Nos sentamos a cenar.
—He visto a tu primo Tyre.
—¿Y qué te ha dicho? El otro día vino para proponerme que fuéramos socios —cuenta sin más. Seguramente me lo hubiera contado antes, si yo no fuera tan gilipolllas—. Dice que él quiere hacer las cosas bien.
—He estado investigando. —Me mira curiosa—.
Al parecer, Tyre siempre quiso cambiar cosas en el rancho.
Tras la muerte de su padre, le dijo a su abuelo que, si no tomaban medidas, los Landry iban a acabar todos muertos por sus vicios.
Pero el viejo se rio en su cara y le dijo que pensaba joderle la vida.
A pesar de eso, al rechazar tú lo que te corresponde según el testamento de tu abuelo, todo ha recaído en Tyre.
—Como pariente más cercano al abuelo.
—Sí, aunque no lo aceptó nunca como nieto, porque su padre le dio el apellido, pero no se casó con la madre de Tyre.
Y tu abuelo, a los que tenían hijos fuera del matrimonio les hacía la vida imposible.
Pero, por si acaso, Tyre se sometió a una prueba de ADN tras la muerte de tu abuelo y ya nadie duda de que es su nieto.
—Yo también soy hija bastarda.
—Sí. Y Tyre trata de hacerse cargo…
—Con esa panda de primos inútiles.
—Sí, hay de todo. Hay algunos que son horribles, otros que no. Es tu familia.
—Como Tara, y últimamente no sé qué pensar de ella.
—Ni yo. Tyre me dijo que es ella la que está esparciendo los rumores sobre nosotros.
—No me sorprende.
—Siento que todo esto te haya metido en este lío.
—Yo siento más que me evites porque no puedes dejar de soñar conmigo desnuda en tu cama. —Me atraganto, toso y se levanta para ayudarme.
—¡Joder!
—Me pediste que no dejara de ser yo misma a tu lado. Encontré tu nota, se había caído y estaba debajo de la cama. No te preocupes, sé que es demasiado.
Busco su mano y la acaricio.
—No, lo dije en serio.
—Entonces, ¿por qué me evitas?
—Porque no puedo dejar de imaginarte desnuda en mi cama. —Se ríe por cómo lo admito—. No quiero que pase.
—Lo sé.
Seguimos cenando y luego recogemos todo. Podría irme a mi cuarto. Seguir evitándola. No me lo echaría en cara. Ella no es así. El problema es que no quiero. Quiero estar aquí, con ella. Y, por un momento, no me paro a pensar por qué, o si está bien o mal.
Va hasta las tumbonas y se quita el vestido.
Hoy lleva un bikini. Puedo ver su precioso cuerpo escaso de tela.
Ese cuerpo que me llama a gritos. Se gira y va hasta las duchas.
Me quito la camiseta y me ducho a su lado.
Ninguno de los dos oculta cómo nos devoramos con los ojos.
Su forma de mirarme me hace sentir tremendamente deseado.
Tara nunca me miró así. Ni yo a ella. Nuestro fracaso no solo fue cosa de ella.
Fue de los dos. Cada vez lo tengo más claro.
Forzamos lo nuestro hasta romperlo en pedazos.
Entro al agua y Meissa me sigue. Nadamos cada uno por nuestro lado hasta que se me tira encima para hacerme una aguadilla.
—¡Eres una cría! —le digo cuando salgo. Se ríe hasta que la hundo.
—¡Eso no vale!
Me lanza agua a la cara. Esto es lo más estúpido que he hecho en mi vida.
Tiro de ella para que deje de echarme agua.
La atrapo entre mis brazos y la pared de la piscina, donde solo yo hago pie, y ella decide enlazarme con sus piernas.
Deja caer su cuerpo contra el mío. No sé cuál de los dos gime primero cuando nuestros cuerpos se chocan y no dejamos nada a la imaginación, ella me siente duro presionando contra la unión de sus piernas.
La miro. Está iluminada por la tenue luz de emergencia, de color azul plateado, que rodea el jardín.
—Lars… —Mi nombre en sus labios parece una súplica. Un ruego para que me deje llevar.
No besarla parece ir contra el universo. Es como si algo más poderoso que yo mismo me arrastrara hasta sus labios. No puedo detenerme, esta noche soy incapaz de recordar todas las razones por las que esto no está bien. Por las que solo complicará las cosas.
Por una vez en mi vida, soy egoísta.
Nuestras bocas se encuentran a medio camino la una de la otra, como si ella tampoco hubiera podido resistirse, o como si me hubiera leído las intenciones.
Sus labios se amoldan a los míos. Son suaves y jugosos.
Estoy perdido, lo sé desde el primer instante en el que dejarme llevar hace que me olvide de todo salvo de ella.
Es como en los puñeteros libros. Por eso me separo para mirarla agitado, y por lo que veo en sus ojos, ella está sintiendo lo mismo.
Cojo su cara entre mis manos y la beso adentrando mi lengua en su boca. La suya sale a mi encuentro y se restriega contra la mía, lo mismo que su cuerpo. Ha empezado a subir y bajar contra mí.
Me está volviendo loco.
Esto es demasiado bueno.
Su cuerpo encaja con el mío perfectamente, y la acerco más a mí mientras sus manos están por todas partes y nos devoramos la boca como dos hambrientos. No me canso, quiero más. Necesito más.
Siento como mi polla presiona contra al bañador. Su cuerpo se resbala sobre ella. Está caliente. Muy caliente, a pesar del frío del agua.
—Lars. —La miro, agitado, nervioso y consciente por primera vez de que si sigo no podré detenerme.
—Lo siento. —Le doy un beso en la mejilla y me alejo de ella.
Me cuesta la vida hacerlo. Nadar como si nada y salir de la piscina sin mirarla.
Me cuesta horrores, pero sé que es lo mejor.
Seguir solo lo hubiera complicado todo, y tal vez no solo para mí.
Para ese pequeño que quiero más que a mi vida y al que tengo que poner por delante de todo.
Por primera vez entiendo mejor a Darren, cuando siendo los dos adolescentes, no quería hacer nada que no fuera cuidar y estar con Max.
Yo era demasiado joven para entenderlo. Darren creció demasiado pronto.
Este peso tan grande cuesta asimilarlo cuando eres adulto; para él debió de ser una carga muy pesada.
Entro a la ducha de mi cuarto y ni el agua fría consigue calmar mi cuerpo ni hacerme olvidar lo increíble que fue besarla.