Impensable (Amar a un cowboy 2) Capítulo 16. Meissa
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Capítulo 16. Meissa

Meissa

Mi primo toca a la puerta el lunes por la mañana.

Robin está corriendo mientras trato de darle el desayuno.

Tyre entra y le digo si quiere café. Asiente.

Parece perdido y me da pena. Mi madre siempre ha contado cosas horribles de su familia, pero Tyre parece diferente, aunque todos dicen que es un mujeriego sin corazón.

Yo veo algo en él. Espero no equivocarme, porque confío mucho en Bonnie y ella insiste en que no le dé la espalda.

—Dime qué pasa, grandullón. A menos que hayas venido al rancho de los Bennet para recabar información.

—No, si quisiera hacer eso solo tendría que hablar con algunos mozos de cuadra cuando están borrachos en el pueblo.

—Cierto. ¿Qué quieres?

Se pasa la mano por el pelo rubio y luego me mira con esos ojos tan parecidos a los míos. No me extraña que sea un rompecorazones, es muy guapo. Parece un modelo.

—El rancho es tan tuyo como mío, quiero que aceptes la herencia.

—¿Qué? No, no la quiero.

—Sé que no la quieres, y la verdad es que esa herencia solo trae problemas. Estamos en números rojos —admite, y veo el cansancio en él—. Pero sé que puedo levantar ese lugar.

—¿Por qué te importa tanto sacarlo adelante?

—Es el único hogar que conozco. —Siento que hay algo más, pero no indago—. No quiero invertir todos mis esfuerzos y que luego tú decidas que lo quieres. O tus hijos… —Cuando dice esto, aparto la mirada con pesar—. Lo siento, me he enterado de que tuviste un aborto.

—Joder, las noticias vuelan.

—Es un pueblo pequeño y cotilla. Pero es una realidad, Meissa. Tú eres la heredera, yo el sustituto hasta que tú o tu descendencia lo reclaméis.

—Y quieres que acepte la herencia, con sus deudas, y te nombre heredero.

—Cuando te conocí, sí, pero ahora quiero que hagamos esto juntos.

También he oído que las ideas de la web del rancho Bennet son tuyas.

Son muy buenas. Yo siempre he estado metido en el rancho.

Tú has visto mundo. Necesito la mente de alguien que ha hecho algo más que criar caballos de carreras que nunca llegan a nada.

Y de mil cosas más que se han perdido con el paso de los años.

—Lo estás haciendo bien, y tal vez yo solo sea un estorbo.

—Bueno, te he hecho una oferta. No te hago perder más tiempo. Pero ese lugar no va a echarse a perder.

Se marcha sin decir adiós. Parecía abatido. Es raro tenerlo delante y ver sus ojos tan semejantes a los míos. Nos parecemos más de lo que creía. Salvo que él tiene el pelo rubio.

Miro a Robin, que estaba demasiado callado, y me doy cuenta de que era porque ha empezado a pintar el sofá.

—¡Robin! —digo, y tira los rotuladores.

—Vaya, me has pillado. —Sonríe—. ¡Tachán! Es un regalo para papá.

Voy tras él y de nuevo lo tengo que perseguir por la casa antes de buscar en Google cómo borrar eso. Y, aunque no debería, no puedo evitar dar vueltas a la conversación con mi primo.

***

Es tarde cuando salgo a por agua a la cocina. Al entrar veo a Lars mirando hacia la calle. Se gira y me mira. Y entonces sus ojos me devoran. Bajo la mirada y veo que otra vez llevo solo una camiseta de tirantes y mis bragas de encaje negras semitransparentes.

—Mierda, no pensé…, no, desde luego no pensé.

—Me entra la risa tonta—. Aunque no lo parezca, no quiero seducirte.

Bueno…, eso lo puedo matizar. Porque, joder, ¿te has visto?

Estás muy bueno, demasiado. Pero eres el ex de mi hermana y besarte lo complicaría…

, no hablemos de follar… ¿Puedes darme un golpe en la cabeza a ver si me callo y esas cosas?

—No, me gusta que digas lo que piensas. ¿No te lo dejé claro en mi nota del otro día?

—¿Qué nota?

—La que te dejé cuando me fui de tu cuarto.

—Ah, no vi nada.

No decimos nada; nuestras miradas y la respiración agitada ya hablan por nosotros. Lars no lleva camiseta, solo un pantalón de pijama oscuro. Y, por lo bajo que lo tiene y la inexistencia de la goma de los bóxers, me atrevo a pensar que no lleva nada más.

Trago con dificultad.

—Quería agua. —Miro el grifo que está delante de él. Se aparta un poco.

Voy hasta él y nuestros pies desnudos se tocan.

¿Qué estamos haciendo? El idiota. Lo sé.

Pero me inclino hacia él rozando mi culo con su pierna.

Jadeo por el calor que desprende. Luego me tiende un vaso y lo lleno de agua.

Bebo mirando hacia fuera. Tú puedes ver lo que pasa en el exterior, pero nadie lo que pasa dentro.

Ya me he dado cuenta otras veces. Y es así en toda la casa.

Lo miro tras de mí reflejado en el cristal. Dejo el vaso en el fregadero y me giro.

—¿Por qué sigues aquí?

—Yo estaba primero —responde divertido.

—Cierto.

¿Esto no está bien?

Alza su mano y sube el tirante de mi camiseta.

—Al parecer, mis amigas quieren que las veas mejor. —Agranda los ojos y luego rompe a reír.

—Dios, eres única. —Coge mi cara entre sus manos y me acaricia la mejilla—.

No voy a besarte, pequeña, pero no porque no quiera averiguar si tu boca sabe tan bien como me imagino.

Es porque me da miedo dejarme llevar. Me asusta todo lo que me haces sentir.

No quería sentir nada más que amor por Robin, y llegaste tú…

, y ardo cuando te tengo cerca. —Acaricia mis labios con sus dedos—. ¿Me rechazarías si te beso?

—No.

—Lo sé. Y deberías. Por todas las razones por las que esto debería ser impensable.

No hacemos nada salvo sentirnos el uno al otro. Nuestros cuerpos están muy cerca. Sus dedos acarician mi boca mientras se imagina a qué sabrán mis labios.

Abro la boca y mete un dedo dentro. Lo chupo. Gruñe y lo mete más. Lo mojo con mi lengua mientras mi sexo se contrae y noto como la ropa interior se moja.

Casi no me toca, pero esto es sin duda lo más erótico que he hecho en mi vida. Cuando lo saca, pasa el dedo mojado por mis labios.

—¿Qué me haces, Mei? —Apoya su frente en la mía—. Me tengo que ir. —Hay lástima en su voz, y eso me hace sentir su lucha interna.

Se aleja reticente. Lo veo irse mientras trato de recuperar el control de mi cuerpo, que hasta hace poco era suyo. Todo suyo.