Impensable (Amar a un cowboy 2) Capítulo 15. Meissa
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Capítulo 15. Meissa

Meissa

Lo de tomar leche y galletas se ha convertido en una costumbre cada noche. Hasta el punto de que hoy estoy yo horneando galletas con Robin. Tras sacarlas, las dejamos enfriar. Lars vendrá más tarde, porque con las fiestas cerca hay más lío en el rancho.

Es viernes y Robin suele irse con sus abuelos, pero esta vez no. Mi padre me dijo que era mejor así, para evitar la tentación. Y todo por Tara. Como ella está preocupada, mi padre pierde los vientos por ella.

—Están muy buenas. —Robin me ha robado un par de galletas sin que me dé cuenta.

—Eres un ladronzuelo. —Se ríe.

—Me apetecía ir con los abuelos. ¿Por qué no me han llevado con ellos? ¿He hecho algo mal?

—No, nada, cariño. ¿Te apetece que prepare chocolate caliente con las galletas?

—¡Sí!

—Pues juega a algo mientras lo hago.

Fuera hace calor, pero en casa de Lars, con el aire acondicionado, se está muy a gusto. Y podemos dejar enfriar el chocolate. Lo preparo mientras llamo a mi padre.

—Hola, hija, ¿todo bien?

—No, nada está bien —susurro—. Estás poniendo a Tara por delante en todo sin medir el daño que podéis hacer al niño al rechazarlo.

—Te lo dije —dice su mujer.

—Solo quiero que…

—¿Que no me acueste con su padre? Lo has dejado muy claro, pero eso pasará si tiene que pasar.

Que no es mi idea —matizo, y sé que miento.

La atracción que siento por Lars es cada vez más fuerte—.

Pero Robin está preocupado por si ha hecho algo mal.

Priorizad las cosas. Si solo vais a hacer lo que os dice Tara, bien, pero no jodáis al niño.

Cuanto antes asuma cómo serán las cosas ahora, mejor. Lo digo por experiencia, padre.

Cuelgo y, aunque me siento culpable, no le escribo para pedir perdón. No pienso dejar que nadie haga de menos a mi sobrino, y si para eso tengo que ser dura, lo seré.

Pongo música mientras hago el chocolate.

Al acabar, lo dejo templar mientras Robin juega con sus coches.

Cuando me mira, sonríe y algo vibra en mi pecho.

No puedo irme. No puedo irme de este pueblo.

Si me voy, sufrirá. Noto los ojos llenos de lágrimas al tiempo que la puerta se abre y aparece Lars.

Sonríe al ver a su hijo, pero cuando me mira se preocupa.

—Estoy bien —le digo, pero no me cree.

Nerviosa, busco mis auriculares en los bolsillos. Solo necesito música, y seré fuerte.

Tira de mí y me abraza cuando los auriculares se caen al suelo.

—¿Te acuerdas de la canción que cantábamos cuando tenías miedo?

—¡Sí! —Robin se pone a cantar y Lars se mueve conmigo en brazos.

Tomo aire, cada vez más calmada. Este hombre me está ganando pedazo a pedazo. Estoy aterrada. Sujeto su camiseta y cierro los ojos.

—Estoy mejor —le digo, y me separo. No me cree, pero asiente.

—¿Chocolate con este calor? —Lars lo prueba—Voy a darme una ducha fría y así puedo tomarme esto.

Robin se ríe. Preparo tres tazas y enfrío un poco la mezcla con leche de la nevera. Se queda espeso, pero más fresquito. Como un batido más espeso. Busco nata helada y se la echo por encima. Y rallo chocolate.

—¡Así es genial! —grita Robin, y mete la cuchara en el suyo.

Se pone perdido y, antes de que llegue Lars, su hijo ya tiene chocolate hasta en el pelo. Lars le dice que pare, pero Robin solo se ríe y mancha a su padre, que se acaba de duchar. Me río y los dos me miran de esa forma tan parecida. Lars me lanza una cucharada de nata a la cara.

—¿En serio acabas de hacer algo tan infantil? —Robin se ríe y hace lo mismo.

—Mierda, he creado un monstruo.

Robin se ríe y se pone a lanzarnos chocolate.

Pone todo perdido. Cuando lo atrapamos, la casa es un desastre.

Y con manchas de chocolate. Recogemos todo y nos toca ducharnos.

No salgo a cenar. Le digo a Lars que necesito estar sola.

Se hace cargo de todo mientras leo tranquila.

Mi ex odiaba que hiciera eso. Que me aislara cuando todo me abrumaba.

Lars solo me ha dicho: «Me parece bien, descansa, preciosa».

Es tarde cuando me llega un mensaje de Lars:

Lars: ¿Estás mejor?

Meissa: Me he dado cuenta de que no voy a poder irme de este pueblo; nunca podré alejarme de Robin.

Lars: ¿Y qué te hace sentir eso?

Meissa: Agobiada, perdida, agitada…, feliz.

Lars: Es normal. Ve paso a paso, ¿vale? Encontrarás tu sitio aquí.

Meissa: Lo sé. ¿Estás leyendo?

Lars: Sí, alguien me ha pegado esa costumbre de leer antes de dormir.

Meissa: ¿Y si bajaras a mi cama a leer?

Lars: ¿Es lo que quieres?

Meissa: Te necesito.

En cierta ocasión, mi madre me dijo que mi necesidad de decir lo que pienso algún día me metería en problemas, y cuando Lars entra en mi cuarto y mi cuerpo arde por él sé que es cierto.

Porque hoy tal vez no le suplique que me bese, pero mañana quizás sea yo la que le bese, solo para ver si juntos somos llamas.

Lars

¿Qué hago? No lo sé, solo sé que cuando me dijo «te necesito» me puse unos pantalones de pijama y bajé la escalera tras coger mi libro. Ahora estoy ante la puerta de Meissa sintiendo que esto es una gran equivocación.

Debería irme, pero en vez de eso toco a la puerta y me dice un débil «pasa».

Entro y la veo sentada con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.

Lleva gafas para leer y el pelo suelto cayendo sobre sus pechos.

La respiración se le agita al observar mi torso desnudo.

«Vete», me grita la voz de la razón, esa que llevo escuchando toda mi vida para demostrar que era el mejor en todo.

El correcto, el chico bueno. Cuando has vivido con tus padres en un rancho dirigido por un hombre horrible, quieres demostrar que toda esa mierda nunca te atrapó.

Me esforcé por ser un ejemplo para mi abuelo. Para mis padres. Para mí.

Por eso sé que esto está mal.

Y, a pesar de eso, voy al lado contrario de la cama y me siento como ella, apoyando la espalda en el cabecero.

Sonríe y apoya la cabeza en mi hombro. Pasa las páginas mientras yo trato de centrarme con ella cerca. La miro a la boca y, sin querer, puedo ver como el escote se ha abierto y sus pezones presionan contra la camiseta de tirantes.

Y qué pezones, sonrosados y duros.

Aparto la mirada y le subo la camiseta por el tirante.

Se da cuenta y se ríe.

—¿Se me veían las tetas?

—Bastante. —Se sigue riendo.

—¿Y te la han puesto dura? —Me mira y alzo la rodilla de su lado—. Lo he visto. —Toso incómodo—. Lo siento. —Cuando la miro está sonrojada, cortada, como si hubiera recordado que debe encerrarse en sí misma.

—Vale, me has puesto duro, te he visto las tetas, preciosas por cierto, vamos a leer y a olvidar esto.

—Vale. —Su frescura me encanta.

Se acomoda mejor y de nuevo me usa como si fuera una gatita en celo. Al final coge mi brazo, lo pasa por sus hombros y se apoya en mi torso. Y se queda ahí, leyendo, mientras yo solo la miro. Pasa un rato y se queda dormida.

Salgo de la cama. Le quito el libro y las gafas y apago la luz tras dejar una nota.

Subo a mi cuarto solo. La cama nunca me pareció tan vacía como esta noche.