Capítulo 14. Lars
Lars
No saben nada de Meissa desde esta mañana. El móvil lo tiene apagado. Le escribí para ver cómo iba todo y me dijo que Robin estaba con sus abuelos. No advertí nada raro hasta que he venido a buscarlo por la tarde. Y al parecer, nadie sabe nada de ella desde esta mañana.
—¿Y no habías pensado contarme esto antes?
Cuando me dijo que Robin estaba con mis exsuegros pensé que era raro, pero ella es lista, si hacía esto era por algo. Ahora siento que debí seguir mi instinto.
—Le dije algo un poco feo —admite Ivar cuando su mujer se lleva a mi hijo a jugar al cuarto que tiene aquí para él, con todas sus cosas. Hay otro para Tara y otro para ellos. Ninguno para Meissa, aunque es parte de la familia.
—¿Qué le dijiste?
—Tara está preocupada por si tú y ella…, bueno, Meissa se ha convertido en una mujer muy sexi y estáis viviendo juntos. No pensé en esto cuando te pedí ayuda hasta que Tara me llamó y me dijo que los rumores decían que había algo entre vosotros.
—No hay nada entre nosotros.
—Ya, pero la gente habla y a Tara le hace daño. Le he buscado otro trabajo a Meissa. Por eso le propusimos quedar a desayunar. Le iba a dar la noticia. Y he alquilado un cuarto para ella.
—Porque ofrecerle tu casa, ni pensarlo. Ya entiendo.
—Lars, es complicado.
—Es tu hija.
—Hago todo lo mejor que puedo.
—Entonces, ¿si me caso y tengo hijos doy de lado a Robin, porque de golpe me jode mi matrimonio perfecto?
—Ella fue después. —Se pasa la mano por el pelo—. Le hablé de su aborto. Y le dije que era mejor así, que un hijo puede complicarte la vida si no es con la persona correcta.
—Eres un cabrón. Ella es la que menos culpa tiene de todo esto. —Nunca le he hablado así, tal vez a nadie adulto. Pero ahora mismo estoy ardiendo de rabia.
—Lo sé. Y la quiero, pero la vida se complica con un niño no deseado, aunque lo quieras.
Cada cosa que dice me parece peor. Cojo a Robin y les digo que nos vemos pronto.
—Lars, yo la quiero —me dice Ivar.
—Querer no es decirlo y sentir que con eso todo está arreglado; es demostrarlo, y esa joven ha vivido sola con su madre toda la vida. Y de su parte solo ha recibido las migajas. No os voy a prohibir nunca ver a mi hijo, pero cuida tus palabras con Meissa, porque ahora ella está bajo mi cuidado.
—Entonces, Tara tenía razón —apunta su mujer.
Sonrío sin emoción; que piensen lo que les dé la gana. Vamos a mi camioneta. Robin está muy callado. Yo también; no sé dónde puede estar Meissa. Estoy muy preocupado. La llamo y me coge el teléfono.
—Mei, joder…, ¿dónde estás?
—En casa. Me acaba de traer Tyre.
—¿Cómo?
—¿Está Robin bien? No pude quedarme, soy una irresponsable…
—Mei, lo dejaste con sus abuelos.
—Entiendo que me despidas.
—¡Para! —grito—. Entra en tu cuarto, date una ducha, ponte música y haz la cena. No tardamos en llegar.
—Vale —dice tras salir del círculo vicioso de autodesprecio. Cuelgo y miro a Robin.
—¿Vas a abandonarme si tienes otra mujer e hijos?
Mierda, hablé demasiado alto. Detengo el coche, salgo y me paso al asiento trasero junto a él. Lo cojo en brazos tras desatarlo. Me abraza con fuerza y llora.
—Eh, pequeño. Te quiero, eres lo más importante de mi vida. Y si alguna vez alguien me quiere a mí, no se ganará mi amor si no te quiere a ti también con todo su ser. —Me mira—. Somos un equipo indestructible: o vamos juntos, o nada.
—¿De verdad?
—De verdad. —Cojo su dedo como he visto hacer a Meissa con él para sus promesas—. Te lo prometo. Para siempre juntos.
—Te quiero, papá.
—Y yo a ti, pequeño. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida y volvería a pasar por todo igual para tenerte conmigo.
Y es cierto. A pesar de todo, si volviera a nacer él sería lo único que repetiría. Lo dejo en su asiento, más tranquilo, y entonces empieza a hablar por los codos. Eso es síntoma de que está más relajado.
Al llegar a casa, Robin corre a abrazar a Meissa, que ha preparado la cena con los cascos puestos. Estos son grandes y rosas, inalámbricos. Se los quita y los deja en la isla de la cocina.
—¿Dónde has estado?
—En el rancho de mis primos. —No me mira y sé que es porque necesita espacio.
Nos lavamos las manos y cuando regresamos cenamos en silencio. Solo cuando Robin se duerme al fin, porque le ha costado, le digo que la espero en el cenador junto a la piscina.
—Leche caliente y galletas.
—Has cenado muy poco.
—Ya. —Se sienta a mi lado en el banco.
—Tu padre me ha contado lo que ha pasado. Me han dado ganas de partirle la cara.
—Me quiere, y es cierto. Yo le compliqué la vida.
—Sí, lo más fácil es culpar y joder al niño que no pidió nacer.
—Ya. Bueno, es complicado.
—No. No lo es. Estoy de tu parte.
—Gracias.
—Y ahora, dime cómo has acabado con Tyre.
Juega con la leche y come algo. Eso me alivia, porque en la cena apenas comió nada. Y seguramente no ha comido nada en todo el día. Quiero cuidar de ella, protegerla. Hoy lo he visto claro. Cuando su padre dijo eso, supe que no pensaba dejar que nadie hiciera daño a esta mujer.
—No sabía dónde estaba hasta que vi a Tyre.
Me miró y al ver mi pinta me llevó a su casa, o lo que queda de ella.
Está reconstruyendo el rancho. Tiene mucho trabajo por delante y muchos capullos a los que guiar.
No me extraña que tenga miedo de que le quite todo.
Ese lugar está resurgiendo gracias a él.
Pero mi abuelo quiso castigarlo dejándome a mí todo.
Mi madre me dijo que era mala persona, y ahora no tengo dudas.
Tyre ama esas tierras, pero se las ha dejado sabiendo que yo puedo quitarle todo. Eso no se hace.
—Ya. No era buena persona, no.
—Tyre me dio algo de comer y me dijo que, si lo necesitaba, me daría cobijo. Tiene miedo de que le quite todo, pero a pesar de eso vi que era sincero. Que si lo necesitaba me abriría su hogar.
—Bueno, si lo ha dicho, será cierto.
—Sí. Luego me enseñó todo con su camioneta y me trajo aquí.
—Es tu primo hermano.
—Ya. No sé qué pensar de todo esto. Ahora solo quiero…
—Escuchar música —adivino por ella.
—No, escucharte a ti. Háblame de tu día, por favor.
Lo que siento en el pecho cuando ella me pide hablar para calmarse creo que es algo que no podré explicar nunca con palabras.
Es algo cálido, que me reconforta y a la vez me hace temblar.
Y le hablo, le cuento mi día mientras mi voz la calma como una melodía y se toma la leche con galletas.
Cuando se queda dormida apoyada en mi pecho, solo la miro. La miro perdido en ella.
Yo no pedí esto. Joder, yo no quiero sentir nada…
Y sin querer sentir, la miro y siento miles de cosas latiendo bajo mi piel.