Capítulo 12. Lars
Lars
Preparo algo de cena de picar y la dejo en la mesa de centro junto a los sofás, esperando a que Meissa salga de su cuarto.
Tara me dejó derrotado y llevo días huyendo de su hermana para no empeorar las cosas.
Cuando la escuché mentir para protegernos a Robin y a mí de la madre del niño, me di cuenta de lo ridículo que es todo.
Yo estoy aquí, al lado de mi hijo, luchando por su felicidad.
Dejándome la piel para que no sufra por la ausencia de una madre que ha decidido vivir su vida a costa de todo.
Y a pesar de eso, me alejé de Meissa. Tenía miedo y ahora estoy cabreado.
Muy cabreado. Tengo derecho a seguir con mi vida.
A vivirla como me dé la gana, y no pienso dejar que nadie vuelva a hacerme sentir mal por cuidar a Robin con toda mi alma.
Meissa sale de su cuarto con un vestido deportivo sin mangas, más cómodo que la ropa de antes, con la que se iba a a pasar la noche con Bonnie. Darren me ha dicho que están muy unidas, que tienen muchas cosas en común. Y ha dejado todo eso por mí.
—No me gusta tu cara. Pareces cabreado con la vida.
—Deberías estar de fiesta con tu amiga, y no aquí por culpa de…
—De mi hermana, y bueno, te echaba de menos tras una semana pasando de mí. Así recuperamos el tiempo perdido y las vistas no están nada mal, grandullón. —Sonríe coqueta.
—Nada mal —digo perdido en ella.
—Pues eso, disfrutemos de la noche, y cuéntame todo lo que has hecho estos días. Me has ignorado y no me gusta. Nunca más, o te juro que te retuerzo las pelotas.
Por cómo lo dice, frunciendo el ceño, no puedo evitar reírme. Joder, a su lado me río más de lo que recuerdo. Me tira un cojín que atrapo en el aire.
—Vale, ponemos una película y hablamos.
Nos sentamos cada uno en un sofá. Le dejo a ella el de tres plazas.
—Estás muy lejos. —Hace señas a su lado.
Gruño, pero me levanto. Cuando me siento, me pasa el cuenco de patatas.
—Vamos, pon lo que sea, no le voy a hacer caso —admite cuando dudo entre una película y otra.
Pongo una.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Todo, por supuesto. Ahora somos compañeros de equipo y entre compañeros no hay secretos.
—¿Y eso quién lo dice?
—Yo, son mis normas. Siempre puedes salir corriendo de estampida. —Por cómo aparta la mirada sé que es como Robin: busca cariño de quien quiera darle todo.
No me había fijado en que ella necesita más este equipo que yo.
—No voy a irme. Yo tampoco voy a irme a ninguna parte. —Aparto el pelo de su cara. Pretendía ser un gesto cariñoso, pero tocarla siempre es un error. Me hace desear cosas para las que no estoy preparado.
—Vale. Y ahora, habla, me gusta escucharte.
Le cuento todo lo que he estado haciendo y me hace preguntas.
Luego me habla de su empleo anterior. Trabajaba en una empresa de mensajería, en la parte administrativa.
Ahí conoció a su ex, que era el jefe de esa sección.
Ella acabó la carrera de Ingeniería Informática y llevaba toda esa parte en la empresa, primero como becaria, y luego se ganó un puesto fijo.
—No era feliz allí —admite cogiendo una chuchería—. Me faltaba algo. Lo bueno es que trabajaba sola en mi cubículo con la música puesta.
—Pues a Bonnie le vendría bien tu ayuda para la web de productos ecológicos que quiere lanzar al mercado.
—La miraré. En mis ratos libres puedo sacarme un dinero extra para cuando me vaya. —Se apoya en el respaldo y mira el techo.
Es preciosa y me cuesta mucho no tocarla. La necesidad de sentir su piel es fuerte.
—Puedes quedarte aquí hasta que sepas a dónde ir.
Se gira a mirarme. Estoy perdido. No sé cómo mirarla y no delatar lo que me produce observarla. Estoy temblando, tal vez de miedo, o de algo más fuerte que no acierto a controlar.
—Gracias, Lars.
—De nada. Y ahora, ¿qué más quieres que te cuente?
—Que me digas si te leíste los libros que te dejé.
—Sí, están muy bien, pero el tema del sexo me parece un poco fantasioso. —Se ríe y me río con ella.
—Lo sé. En mi vida nunca he tenido un sexo así, explosivo y de los que te ponen los pelos de punta. Por eso me gusta leerlo en los libros; es como sentir por un momento cómo sería de perfecta la vida si el sexo fuera así de increíble.
—Yo, ahora, en lo que menos pienso es en el sexo.
—¿Ni un poco? —Me mira coqueta y, por un segundo, sí imagino mi boca en la suya y su cuerpo perfecto sobre el mío—. Ni se te ocurra decir que no. He visto tu mirada hambrienta.
—Vale, pero no voy a ceder. Estoy cansado de luchar contra corriente, no me apetece a estas alturas complicarme la vida con nada. Ni con sexo, ni con amor, ni con una historia. Solo quiero disfrutar de mi hijo…
—Y morir solo y olvidado. Lo pillo. —Me da un golpe en el pecho—. Sigues vivo, Lars. Vive. Solo necesitas tiempo para dejar de tener miedo. Yo he pasado por eso.
—¿Cuándo?
—Cuando el primer chico se interesó por mí, pensé que, si mi padre fue un cerdo, por qué no iba a serlo él.
No fue mi mejor historia y cuando me di cuenta rompí, le pedí perdón y llamé a mi padre para decirle todo lo que llevaba dentro.
Entonces me contó lo que había pasado y por qué engañó a mi madrastra.
—¿Me vas a dejar así?
—Claro que sí —me pica, y coge chocolate—. Prométeme que no se lo contarás a nadie.
—Puedes confiar en mí. Pero si no quieres contarlo, lo respetaré.
—Lo sé. Él estaba destrozado porque su mujer le contó que antes de la boda se había liado con un stripper .
Eso los separó. Estaba tan destrozado que empezó a ir al bar donde trabajaba mi madre.
Ella lo escuchó. Le dio consuelo y le dijo que debía entender que, si su mujer se lo contaba ahora, era porque lo quería de verdad.
Porque si no, no tenía caso contar algo así.
Entonces mi padre besó a mi madre. Y se les fue un poco de las manos.
Al día siguiente, los dos se arrepentían, y él se lo contó a su mujer.
No habían roto, pero estaban rotos. Le dijo que quería olvidar todo y luchar por ella.
Ella aceptó y, cuando mi madre se enteró de que estaba embarazada y se lo contó, mi madrastra solo pidió que, para poder seguir adelante, no quería que estuviera en el pueblo, pero que nunca se iba a interponer en la crianza de su hija.
Y cumplió. Siempre ha sido cariñosa conmigo.
—La verdad es que no lo esperaba.
—Ni yo. Había pensado lo peor de mi padre, sin pararme a pensar en toda la historia, y me quedé con el amor que se tenían ellos.
En cómo, a pesar de todo, lo habían resuelto.
Quise creer que ese amor existe. Y me di otra oportunidad para amar de nuevo.
Tardé años, no fue hasta mi último ex. Y ha resultado un capullo.
Pero estoy orgullosa de mí. Porque, a pesar de todo, lo intenté.
—Necesito tiempo. He dejado de creer que merezca la pena intentar ser feliz. Como si lo único que me hiciera feliz fuera que Robin lo sea.
—Eres joven, Lars. Y solo tenemos una vida. Robin será más feliz si tú lo eres. Lo sé por mi madre. Cuando ella se enamoró y la vi feliz, me sentí más viva que nunca. Como si no tuviera que cargar con su tristeza y con que su felicidad dependiera solo de mí.
—Tiempo. —Cierra los ojos y busca mi mano. Entrelazo mis dedos con los suyos. Deja caer la cabeza en mi hombro.
—¿Te molesto?
—Nunca.
—Se está muy bien aquí —murmura mientras se acurruca como un gatito.
Creo que ni ella misma se ha dado cuenta de que lo ha dicho en alto.
No comento nada, porque necesito tiempo para procesar todo.
Ella me agita y remueve dentro de mí emociones que me ahogan.
La quiero cerca. Tenerla así me da paz y a la vez me altera.
Cierro los ojos y disfruto de ella antes de que los pensamientos intrusivos de mi mente me recuerden las razones por las que estar tan bien a su lado es una pésima idea.