Capítulo 4. Meissa
Meissa
—Mi madre no me quiere —me suelta Robin mientras está en la piscina pequeña, entretenido con sus juguetes de playa—. ¿Me pasas el cubo?
¿Espera? ¿Cómo? No sé qué me sorprende más, si que diga algo tan gordo, o que lo suelte con tanta frialdad.
¡Solo tiene cinco años! Pero los niños de padres divorciados maduran antes.
Yo lo sé mejor que nadie. El resto de mis amigos de clase vivían en una burbuja mientras yo veía a mi madre llorar a escondidas cuando creía que nadie la estaba viendo.
No me importaban sus lágrimas. Era la sensación de que yo debía ser perfecta para no hacerla llorar más.
Le doy el cubo y escribo a Lars:
Meissa: Robin ha dicho que su madre no lo quiere. así de pasada. ¿Lo dejo estar o indago?
Lars: Lo dice cada dos por tres. Ya le hemos explicado que sí lo quiere, pero que tiene cosas importantes que hacer… Dile lo que sientas, no va a dejar de decirlo mientras su madre no haga de madre.
Meissa: Vale. No quiero joderle la infancia por decir algo mal.
Lars: ¿Has cuidado alguna vez niños?
Meissa: ¿Aparte de tu hijo, cuando era pequeño y tu exmujer me lo dejaba en casa?
Meissa: Mierda, no sé tampoco sí debía decirte esto.
Lars: Relájate, iré a comer y así hoy no se te hará tan duro este primer contacto con alguien de cinco años tan inquieto y preguntón.
Meissa: Vas a pensar que soy la peor opción para tu hijo.
Lars: Me pregunto si soy buen padre cada día. No te agobies por tus pensamientos negativos. Solo sé tú misma con él. Os queréis.
Meissa: Vale, ser la tía guay siempre se me dio bien.
Guardo el móvil y Robin me mira con esos ojos tan parecidos a los de su padre. De mayor seguro que será tan guapo y sexi como su progenitor. No, para, deja de pensar en lo guapo que es Lars.
—¿Qué quieres hacer?
—Que te metas al agua conmigo a jugar. Estoy haciendo comidas. —Lo pienso y no me parece mala idea, porque hace mucho calor.
Tras quitarme el vestido playero, entro al agua con él. Jugamos a las comidas y me tira agua encima una y otra vez. Luego salimos a la sombra, a jugar a las cartas un juego sencillo de parejas para él.
—Mi madre no me quiere.
Mierda, otra vez la puta pregunta de las narices. Vale, solo debo ser yo misma.
Lo miro y es como si me viera a mí, sufro un déjà vu .
Yo le decía esto a mi madre muchas veces sobre mi padre.
Vivíamos solas en una ciudad lejos de todo.
Yo no entendía que ella, al tener un lío con ese hombre, nos había condenado a empezar de cero.
Mi padre no quería que mi madrastra se enfadara, quería recuperarla, y mi madre, bueno, ella solo quería alejarse de sus errores y de su familia.
Sí, tengo aquí más familia, pero no son las mejores personas que te puedas encontrar.
Mi madre cuenta cosas horribles de ellos.
Por eso nunca he sentido curiosidad por este lado de mi familia.
Mi abuelo me dejó su herencia y quise rechazarla, pero no puedo.
Tengo que aceptarla primero para luego hacer eso.
No he querido saber más del tema, porque me dijeron que, hasta que me decidiera, el miembro de la familia más cercano a mi abuelo dirigiría todo.
Me centro en Robin; los problemas, de uno en uno.
Cuando era muy pequeña y mi padre venía a verme, esperaba que se quedara. Y cuando se iba, pensaba que era por mi culpa. No entendía por qué no estaba en casa cada día.
—Yo pasé por eso. —Robin me mira—. El abuelo no vivía con nosotras. Mi madre y yo. Sabes que soy hermana de tu mamá, pero con otra mamá.
—Sí. ¿Y te quería?
—Oh, sí, me quería, pero no fue hasta que me hice mayor que entendí todo. Las cosas de los adultos son muy complicadas cuando eres niño.
—Pero yo soy mayor, tengo cinco años.
—Eres muy mayor, pero a esta edad solo necesitas saber que tu madre te quiere.
—¿Y por qué no está conmigo? —Sus ojos se llenan de lágrimas y no sé qué mierda decirle.
Pienso en mi padre. Lo quiero y lo respeto, pero lo que siento por él no es comparable a lo que siento por mi madre.
Ella sí estuvo ahí en cada momento. Al final, estar cuando los necesitas marca la diferencia entre querer y necesitar en tu vida cuando las cosas se ponen mal.
Si yo necesitaba un abrazo, se lo pedía a mi madre, porque ella sí estaba.
Y mi padre tenía que ver cuándo le venía bien venir para que su familia no notara su ausencia.
—Porque no —digo simplemente—. Mira, no lo sé, porque eres un niño increíble. Yo, desde que naciste, no puedo dejar de pensar en ti, y estaba deseando pasar este verano contigo…
—Pero te irás, como ella, y luego solo estaremos papá y yo.
—No sé qué haré con mi vida, Robin, no sé qué camino seguir. Estoy perdida.
—Vale, cosas de adultos. —Me río por lo maduro que es y sé que, como yo, ha tenido que madurar demasiado pronto.
—Cosas de adultos aburridos. Pero te puedo hacer una promesa. —Cojo su meñique—. Te prometo que te querré toda mi vida y que, vaya donde vaya, el lazo invisible que nos une nunca, nunca, se romperá.
Robin me mira con los ojos llenos de lágrimas.
Yo sé lo que siente. Yo sé lo que es vivir con solo uno de los progenitores y no entender por qué no estás con los dos.
Nos abrazamos y me pregunto si todo lo que ha pasado me ha llevado a este momento.
A ser lo que Robin necesita para hacerse un niño fuerte y feliz a pesar de todo.
***
—Van a venir a cenar Darren y Bonnie. —Lars acaba de llegar para comer. Solo se ha quitado el sombrero de cowboy . Solo ese sombrero que lo hace parecer tan atractivo.
Cuando entró por la puerta hice lo imposible por no mirarlo con la boca abierta. Me gustan mucho los cowboys . Tal vez porque lo llevo en las venas, o porque un hombre sudado y curtido por el trabajo duro me pone mucho.
—¿Y por qué me lo sueltas nada más verme? ¿Son malos?
—No, al contrario. —Se pasa la mano por el pelo y mira a Robin, dormido en el sofá. Se quedó torrado tras toda la mañana jugando—. Darren es como mi hermano, de hecho somos primos. Y Bonnie es su… prometida. Vienen porque quieren cotillear sobre ti.
—Ah, vale. Y me quieres avisar por si son demasiado intensos.
—Algo así.
—Ve a darte una ducha, vaquero, yo acabo la comida, despierto a Robin y te esperamos para comer.
—Gracias.
—Me vas a pagar horas extras, de gracias nada. —Sonríe de esa forma que hace que su hoyuelo aparezca. No quiero devorarlo con los ojos, pero fracaso de nuevo.
Por eso aparto la mirada, acalorada. No sé qué tiene este hombre que me altera de una manera tan primitiva. Este tipo de atracción tan visceral es algo que solo he leído en los libros. Nunca he experimentado algo así. Ni por mi ex ni por nadie. Hasta creía que no existía en la vida real.
Lars se marcha a su cuarto. Sigo con la comida y la coloco en la mesa.
Despierto a Robin, que refunfuña hasta que ve a su padre tras de mí y lo abraza con fuerza.
Verlos juntos calienta algo en mi pecho.
Me recuerda como mi ex se alegró de lo que me pasó.
Se alegró mientras yo estaba más rota que nunca.
¿Cómo pude creer que quería a alguien que ante mis lágrimas solo sentía alivio?
Entiendo que no quería hijos. Que no fue buscado. Que falló la protección, lo comprendo. Pero me vio destrozada. Estuve ingresada… y no vino. Estaba ocupado. Y luego vio mi dolor y me regaló un «no pasa nada, esto es lo mejor que nos podía pasar».
¿Cómo pude estar con alguien tan cruel que no entendió que yo me sentía como si me acabaran de arrancar el corazón del pecho?
Pestañeo para contener las lágrimas y nos sentamos a la mesa.
Lars en medio y Robin y yo cada uno a un lado.
Se ha dado una ducha rápida y puedo oler el gel en su cuerpo.
Mi hermana se quejaba de que Lars siempre olía a campo.
Cuando venía a pasar tiempo conmigo, las pocas veces que la veía era para quejarse de él.
Que si trabaja mucho, que si es demasiado bueno.
Odiaba que dijera eso, porque sentía deseos de defenderlo a él, aunque ella era mi hermana.
—¿Sabes que la tía también sufrió por su padre? —Ambos me miran mientras yo casi me atraganto con la comida.
—¿Estás bien? —Lars acaricia mi espalda preocupado.
—Sí, no te preocupes.
—Me ha hecho una promesa de amor eterno. —Robin sonríe —. Ha prometido quererme siempre, vaya donde vaya. Porque al final del verano se irá.
—No tengo ni idea de qué haré con mi vida, te dije, pequeño cotilla.
—El abuelo era como mamá, casi nunca estaba.
Lars me mira y luego a su hijo.
—Bueno, son cosas de ella.
—Pero ella me entiende. Mamá no me quiere. —Otra vez. Miro agitada a Lars; lo mismo todo esto es mi culpa.
Muevo las piernas nerviosa bajo la mesa y Lars pone sobre ellas una de sus grandes manos, como si notara mi agitación, y me da un apretón que me calma.
—Ya hemos hablando de eso. Nadie podría no quererte. Eres increíble.
Robin asiente y sigue comiendo como si nada. Lars me mira y se da cuenta de que su mano sigue descansando en mi pierna. La quita como si nada, aunque mi piel arde ahí donde me ha tocado.
Al acabar de comer, Lars se encarga de recoger y yo acuesto a Robin, que parece cansado de nuevo. Cuando bajo, Lars me dice que ha dejado café en la cocina. Está en el salón recogiendo juguetes.
—Siento lo de antes…
—No es culpa tuya que Tara no esté. Tampoco mía tener que hacer entender a un niño que su madre lo quiere, pero no lo suficiente para quedarse con él. —Lars se pasa una mano por el pelo, cansado.
—Es un niño increíble; si Tara quiere perderse eso, al final ella es la que más pierde.
Mi padre no estaba casi nunca, aunque me llamaba, y con los años, bueno, con los años, si tenía un problema, no era a él a quien buscaba.
No sabe casi nada de mi vida. Solo me ve, me da un abrazo, le digo un falso «todo está bien» y poco más.
Guardamos las apariencias, pero quien lloró conmigo y se cogió un mes de excedencia en el trabajo para acompañarme tras lo que viví fue mi madre.
—¿Y por qué estás aquí y no con ella?
—Porque su dolor me agobiaba. Discutí con ella poco antes de tener el aborto —admito—.
Le dije que estaba embarazada y me dijo que me había educado para ser más lista que ella.
Que un niño solo me complicaría la vida.
Mi novio no quería el niño. Mi madre me dijo, en pocas palabras, que era tonta por no aprender de ella…
, y en medio de todo eso empecé a sangrar.
Mi madre se sintió culpable, pero no era su culpa.
Ese embarazo estaba destinado a no llegar a puerto.
—Lo siento, Meissa. —Acaricia mi mejilla con ternura—. Es horrible pasar por eso.
—Sí, y mi madre se culpaba. No me dejaba sola. Y yo quería mi espacio tras cortar con mi ex. Necesitaba nuevos aires. Empezar de cero, encontrar mi camino. Y pensé en Robin. Quería estar cerca de él.
—Y te ha traído aquí.
—Sí, como si no tuvieras suficientes problemas con los tuyos. —Sonríe y me encanta su sonrisa.
—No te voy a mentir, no sé tampoco qué hacer con mi vida.
Me dejo llevar y esto es así desde hace años.
Pero tenerte aquí no me molesta. Me relaja que Robin tenga cerca a alguien que lo quiere y lo entiende.
No era consciente de cuánto necesitaba a alguien que entendiera su dolor hasta que lo he visto mirarte en la comida.
—Yo lo pensé esta mañana. Tal vez podamos ayudarnos mutuamente.
—Seguro que sí.
Va a la cocina, se toma el café y dice que va al despacho a trabajar. Voy hasta mi cuarto a leer pendiente de Robin. A las cinco mira a la cámara y me grita: «¡Ven a por mí ya! ¡Me estoy aburriendo!».
¿Quién se aburre dormido?
Se acabó el descanso.