Capítulo 2. Meissa
Meissa
¿Qué narices hago abrazando a Lars? Debe de pensar que soy idiota. Me separo y lo miro una y otra vez: lo recordaba guapo, pero es mucho más que eso. Es el hombre más sexi que he visto en toda mi vida y lo he dejado petrificado. Casi parece enfadado.
—Lo siento, a veces me olvido de que la gente…, bueno, de que la gente no es como yo.
Sonrío agitada y asiente sin decir nada. Siento deseos de ponerme los cascos que guardo en mi bolsillo para evadirme del mundo. No lo hago, tomo aire y marco las distancias.
—No pasa nada, solo que no te esperaba tan… grande.
Su voz, joder, su voz es ronca y sexi. No sé cómo mi hermana ha podido dejar escapar a alguien así.
Bueno, sí lo sé. Lars es bueno, y mi hermana un día me confesó que era tan bueno que quería emoción en su vida.
Tara era muy diferente cuando estaba conmigo.
No nos llevamos bien, principalmente porque yo odiaba mentir y ella me usaba de excusa para irse de fiesta mientras yo cuidaba de su hijo.
No sabía qué pasaba esos días en que supuestamente estaba conmigo. Ni quería saberlo.
He intentado ser amiga de Tara, por eso estoy aquí, en este pueblo, porque a pesar de todo es mi hermana. Aunque, si soy sincera, estoy aquí por Robin. Tal vez con mi hermana las cosas nunca vayan bien, pero con Robin no quiero eso.
—Para ti sigo teniendo diez años.
—Ya veo que no. Joder, estás… mayor. —Me mira y se pasa la mano por el pelo castaño—. Lo siento, Meissa, es solo que estoy cansado.
Lo veo en sus ojos dorados. Unos ojos preciosos. El pelo, castaño con las puntas doradas, le cae sobre la frente. Intento no devorarlo con la mirada y me cuesta mucho no reparar en lo bien que le queda esa camiseta blanca pegada a sus músculos.
Madre mía.
—Bueno, no tengo nada que hacer en todo el verano. —Pongo mi mano sobre la suya y siento un escalofrío de placer—. Ahora no estás solo, yo te ayudo con el trasto.
Aparta la mano. Parece inquieto. La he cagado, otra vez.
—Sí, iba a hacer la cena…, pero no tengo preparado tu cuarto.
—Mira, yo hago la cena y tú prepara mi cuarto. ¿Vale?
—Vale.
Le ofrezco esto porque parece que quiere escapar.
Coge mi maleta y la lleva al fondo del pasillo.
Ando hasta la cocina y reviso todo antes de lavarme las manos y pensar qué hacer de cena.
Veo mi coche desde la ventana, mi coche rosa.
Lo único que tengo. Todo lo que tenía cabe en un coche.
Todo lo que no era de mi ex. Aparte de algo de dinero en el banco.
Pero de mi ex no quise nada más. Solo me llevé lo que yo había pagado. Nada más.
—¡Tía Meissa!
Robin baja corriendo a medio vestir, seguido de un hombre mayor que lo sigue con la parte de arriba del pijama en la mano.
Me agacho a recibir al pequeño y nos abrazamos con fuerza.
Al hacerlo, mis ojos se llenan de lágrimas y cuando no puedo contener el dolor pregunto por el aseo.
El hombre mayor me lo indica. Estoy llegando cuando Lars sale del cuarto y al verme en este estado me sigue hasta que le cierro la puerta en las narices.
Lars
—¿Qué ha pasado? —pregunto a mi abuelo.
—No lo sabemos. Lo abrazaba y se fue llorando.
—¿He hecho daño a la tía? Soy muy fuerte, lo mismo la asfixié.
—No, pequeño. —Revuelvo el pelo de mi hijo y sigo con la cena mientras miro la puerta a ver si Meissa sale y me da alguna explicación de lo que acaba de pasar.
Rob se lleva a Robin al salón para ver la tele y jugar con sus juguetes. Meissa regresa con la cara lavada y algunos mechones de pelo mojados. Se pone a mi lado y algo se rompe dentro de mí cuando me mira con tanto dolor en sus bonitos ojos aguamarina, tan parecidos a los de Tyre.
—Tal vez no debería estar aquí —admite cortando lechuga—.
Pero necesito avanzar. —Seco una lágrima que cae por su mejilla—.
Perdí a mi bebé hace dos meses —añade—. No era buscado.
Un aborto espontáneo. Y casi ni me había enterado de que iba a ser madre…
, pero en cuanto lo supe lo amé y, de golpe, no había nada.
Esas cosas pasan, me dijo la médica. Como si nada.
Todo está bien. ¿Pero quién me reparaba el alma?
—Siento que hay más cosas que no me cuenta.
No debería, pero la abrazo con fuerza, porque yo sé lo que es ese dolor del alma.
—No lo vas a superar —le digo sincero—. Pero aprenderás a vivir con ese dolor.
—Eso quiero. Pero cuando abracé a Robin, me pregunté si así habría sido ese niño y me vine abajo. —Acaricio su espalda; huele a flores y a vainilla. Encaja perfectamente en mi cuerpo.
—No estás sola en esto, ¿vale?
—Vale. Vaya niñera de mierda te has buscado. Yo, normalmente, soy muy alegre, y loca, y…
—Solo quiero que seas tú. Somos familia, ¿recuerdas?
—¿Te acuerdas de eso? Fue lo que me dijiste cuando nos conocimos. —Se separa para mirarme, es preciosa. Sus ojos son preciosos y su piel, aterciopelada.
—Sí.
—Tal vez necesitaba estar aquí. Vivía con mi ex. Lo dejé el mismo día que supe lo del aborto. Me dijo: «Mejor, un problema menos».
—Menudo gilipollas.
—¿Verdad? —Sonríe a pesar de todo, luego se separa y sigue con la lechuga—.
Era mi jefe y al final, hace unos días, me despidió.
Vivía en un hostal hasta que encontrara algo mejor.
Y pensé, voy a pasar el verano con mi padre y mi hermana, y aquí estoy, con todo lo que tengo en una maleta y en las cajas de lo que saqué de la casa de mi ex que era verdaderamente mío.
—Tu maleta pesa una barbaridad. —Se ríe.
—Porque casi todo son libros. —Su risa se hace más rara, hasta que le sale un cerdito. Entonces me río yo y acabamos riéndonos ambos como dos tontos, y su risa cada vez va a peor.
—¿Qué pasa, papá? —Robin, al vernos riendo, acaba por reírse también y luego abraza a Meissa por las piernas—. Siento haberte hecho daño. Soy muy fuerte.
Meissa se seca las lágrimas de la risa y lo abraza con fuerza; luego lo besa.
—Te quiero, pequeño, no ha sido tu culpa.
—Vale.
Se van a ver el cuarto de Robin y mi abuelo se me acerca.
—Tienes suficiente con tus problemas para cuidar además de esa chica…
—No voy a dejarla tirada.
—Tampoco lo hiciste con su hermana, y mira cómo has acabado. Solo te digo que tengas cuidado. A Tara le perdonaste demasiado y de tan bueno fuiste tonto.
—¿Algo más, abuelo?
—Que si follas uses condones, que luego pasan cosas malas.
—¡Eres peor que Saril!
—Al final todo se pega. Me marcho, que tengo que contarle el chisme.
Se despide de Robin y se marcha, no sin antes echarme una mirada que parece decir: «te estoy vigilando».
No lo dudo; él y su mujer son un par de cotillas.
Miro la cena y sé que Rob tiene razón: no puedo nombrarme protector de Meissa; el problema es que entiendo su dolor.
Tara perdió un bebé después de Robin; ella se lo tomó bien, pero a mí me destrozó.
Pensaba que todo lo que vivíamos era por eso, pero luego me di cuenta de que yo estaba más afectado que ella.
Sobre todo cuando supe que no era la primera vez que me engañaba.
Dejé pasar todo por si ella necesitaba ese escape para soportar la pérdida, y acabé por darme de bruces contra la pared al enterarme de que antes de eso ya me era infiel.
De bueno, tonto, ¿no?
Meissa se acerca con Robin y cuando la miro sé que no podré dejarla sola. Pase lo que pase, ahora es parte de mi familia.