Capítulo 1. Lars
Lars
Robin corre por la casa medio en pelotas. Ha estado en la piscina y ahora no quiere bañarse. Ha terminado el colegio y me espera un verano intenso. Tara se ha ido a vivir la vida de gira por Europa, porque su nuevo novio es músico. El anterior era ranchero, el otro…, ya ni me acuerdo.
Toda la vida con una mujer, y de golpe es como una extraña para mí.
La respeto porque es la madre de Robin, pero algo se rompió en mí para siempre cuando me pidió tiempo y luego Tyre me contó lo de su primo.
Lo peor era que salieron más infidelidades y yo no había visto nada.
Y un día Robin me llamó asustado desde el teléfono del cuarto de sus abuelos para decirme que un hombre estaba haciendo daño a su madre y que él se había metido bajo la cama de los abuelos hasta que fuera a rescatarlos.
Llegué allí más asustado que nunca en mi vida.
Entré en la casa y nada más hacerlo escuché los gemidos de mi mujer…
y mi mundo se vino abajo, porque esto confirmaba las palabras de Tyre.
Pensé en Robin y dejé una nota, no sé ni cómo, para decirle que me lo llevaba.
No podía conducir. Llamé a Ehud, que no respondió, y acabé por llamar a Max.
Vino con su camioneta y llevamos a Robin a casa de Ehud.
Max tenía una pinta de mierda, pero se hizo cargo de todo con una madurez que nunca había visto en él.
Creo que en ese momento me salvó la vida.
No quise que nadie supiera esto, porque a pesar de todo quería proteger a Tara.
Por eso solo les conté a mis amigos que Tyre me había avisado. Hace poco les conté la verdad.
La risa de mi hijo me dio fuerzas para no dejarme llevar. Para luchar porque Robin nunca perdiera la sonrisa.
Y ahora no sé qué hacer con este trasto que corre como un loco. Ya no duele haber perdido a Tara. Me duele que como madre no esté a la altura.
La puerta se abre y aparece mi abuelo Rob con una caja de galletas.
—¡Bisabuelo! —Robin se tira a los brazos de Rob y lo moja.
—Vaya, pequeño, tienes todo esto hecho un desastre. Empiezo a pensar que la piscina que pusimos en el patio al construir la casa no fue buena idea.
—Yo tampoco —digo recogiendo el agua del suelo.
—Pues yo soy superfeliz.
—Necesitas una niñera —dice mi abuelo.
—De hecho, viene una de camino. —Mi abuelo me mira a la espera de más datos—.
Me ha llamado Ivar, que su hija pequeña, Meissa, estaba aquí para pasar el verano y darle una sorpresa a Tara.
Pero Tara no está y se ha quedado chafada, así que me ha pedido que la contrate de niñera, porque parecía muy alicaída y necesitaba a Robin.
—Ah, bien. Así se hacen compañía mutuamente.
—La tía Meissa es muy guay. Me da siempre caramelos caseros que se hace ella.
No me acuerdo casi nada de Meissa. Es trece años menor que yo.
Me casé con Tara muy joven. Con veintitrés.
Ella tenía diez y solo recuerdo su pelo negro y sus grandes ojos aguamarina.
Cuando me miró con ellos, le di unas flores y poco más.
Luego, Tara siempre ha sido muy esquiva con ella.
Casi parecía que no quería que yo anduviera cerca de su hermana pequeña.
No lo vi raro, porque Tara es muy celosa, y eso que era ella la que me hacía perder los papeles con sus numeritos.
Yo siempre he sido pacífico, pero Tara me llevaba al límite porque parecía que, si no, no se sentía amada.
Nunca más, paso del amor, del sexo y de todo lo que me complique la vida.
Me da igual tener solo treinta y nueve años, estar en lo mejor de la vida y poder disfrutar. Tara me agotó para los restos. Lo peor es que yo no sabía que estaba tan mal hasta que rompimos y, aunque lo pasé mal, me sentí liberado.
Si el amor es así, no lo quiero en mi vida nunca más.
—Claro que es perfecta, cariño —le dice Rob—. Bueno, así está con alguien que lo cuidará bien y no como las últimas, que solo querían…, ya me entiendes. —Rob me mira y alza las cejas.
Sí, las últimas niñeras solo querían follar conmigo. Aunque tengo la custodia de Robin, Tara puede ver al niño cuando quiera. He tenido niñeras para que me ayudaran, ya que ahora tengo más responsabilidad en el rancho, al haber aceptado mi herencia como un Bennet más.
Nadie se sorprendió de saber que mi abuelo era hijo ilegítimo. Tampoco de que Darren quisiera darme mi parte y compartir la herencia conmigo. Ahora somos socios.
Mis padres viven lejos, casi ni los veo.
Decidieron vivir su vida y lo respeto. A ellos todo esto no les gusta.
Pero Rob se emocionó cuando firmé como dueño de una parte del rancho y de las tierras.
Aunque el cabezón nunca quiso nada para sí mismo, al final le gustó que se hiciera justicia por mí.
Entonces Tara quiso arreglarlo. Como si no se viera a la legua que solo era por dinero.
Ella sabía que yo tenía sangre Bennet y muchas veces discutimos cuando me exigía pedir más dinero.
Pero yo no hice esto por dinero. Acepté por Robin y porque Darren merece no llevar este peso solo sobre los hombros.
Lo quiero como a un hermano y hacer esto juntos hizo que mi divorcio pesara menos.
Tara no lo entendió.
Lo dicho, nunca más.
—Vamos, que te duche el bisabuelo, mientras tu padre prepara la cena.
Robin sale corriendo del cuarto y mi abuelo se lo lleva arriba mientras miro qué hacer de cena.
Escucho un coche acercarse. Miro por la ventana y veo un coche rosa horrible aparcar delante de mi casa; pienso que es el de Bonnie, pero no, es otro.
De él sale una mujer morena con unos pantalones cortos y un top verde.
Saca una maleta y puedo ver su culo. Y qué culo, joder.
No, no se mira así a nadie más, me digo.
Y a pesar de eso no puedo evitar ver cómo se recoge el pelo en una coleta mal hecha con una goma que lleva en la muñeca.
Luego mira la casa y suspira. Toma aire y pinta una sonrisa en su cara.
No me jodas.
Anda hasta la puerta y toca al timbre.
Esa mujer tan impresionante no puede ser Meissa. No se parece en nada a Tara, aunque sí se da un aire a los Landry.
—¿No piensas abrir? —grita mi abuelo, y voy hasta la puerta.
Abro y, si en la distancia era sexi, de cerca es toda una fantasía sexual.
—Hola, Lars, qué alegría volver a verte.
Entonces me abraza. Y su cuerpo encaja perfectamente con el mío.
Gracias, destino de mierda, por odiarme tanto.