EPÍLOGO
Se podían oler las humedades antes incluso de cruzar el puente levadizo.
El dueño del castillo había mandado construir un foso artificial durante los años que Dariy había pasado en el extranjero, motivado, quizá, por el deseo de hacer aún más inaccesible su reino de tinieblas.
Por lo demás, el edificio altomedieval seguía tal y como lo había abandonado cien años antes, la última vez que fue invitado al pantagruélico banquete que homenajeaba el nuevo siglo.
Había dado la casualidad de que la no tan inesperada cita del anfitrión hubiese coincidido con la feliz celebración.
Cuando uno alcanzaba la friolera de miles de años —y, sobre todo, no tenía el miedo de que sus amigos cercanos no estuvieran allí para celebrar su próximo aniversario—, se hastiaba de celebraciones anuales.
Era el caso del señor del castillo, el único que podría haber puesto en boga los cumplesiglos .
Ya a las puertas del castillo, convenientemente iluminadas por antorchas que luchaban con ferocidad contra la violenta brisa transilvana, Dariy reconoció la esplendorosa figura de la condesa Karnstein.
Aportaba un toque de color a la noche vistiendo un trapo minúsculo de lentejuelas del mismo color que el carmín de sus labios, ese carmín que parecía haberle dado uno de sus muchos nombres literarios: Carmilla.
Sonrió con cuidado de que su mueca no llamara la atención de la astuta vampiresa. De seguro encontraría la mar de interesante el rastro de melancolía en su expresión, apasionada como era de las historias trágicas.
Dariy sabía de una mujer mortal —pero no por ello inofensiva— que se entusiasmaría en presencia de una leyenda de la grandeza de la condesa, tal había sido su interés en conocer cuantos relatos tenían su raza como eje principal.
La sonrisa se le fue apagando conforme se acercaba a los tres rubíes que centelleaban, peligrosos, en la noche: los ojos de Carmilla, de verdadero nombre Mircalla, y el fuego del cigarrillo de los años veinte del que fumaba reposadamente.
Nunca había tenido oportunidad de contarle a la impertinente urechiușă hasta qué punto la literatura era un reflejo de la verdad. Tampoco en qué circunstancias conoció a su padre. Si existía el modo de contagiar el mal —el bien, en su opinión— de la inmortalidad sin fracasar en el intento.
Y ya nunca la tendría.
—Tenía la sospecha de que fueras tú —comentó la vampiresa con su voz lánguida, perfeccionada a lo largo de los siglos para seducir a las incautas—. El fugitivo.
—¿Fugitivo? Que yo sepa, no está prohibido viajar en el espacio-tiempo. De lo contrario, estarías disfrutando de otra clase de cigarrillo —apuntó a la larguísima boquilla con un gesto cansado.
Se detuvo ante ella y le hizo una reverencia en señal de respeto.
Mircalla puso los ojos en blanco e hizo un aspaviento desdeñoso hacia su venia, que solo entendía innecesaria porque ya se la había dirigido. Circulaba el rumor de que a la condesa Karnstein era imposible satisfacerla: no perdonaba la falta de educación y tampoco que se la tratara como a una reina.
La vampiresa le pasó un brazo por el hombro y se lo estrechó con cuidado de no rozarle con sus uñas afiladas. Tenían la forma de una garra animal.
—Bienvenido a casa, querido. La Corte de las Tinieblas te ha echado de menos.
Dariy se reservó su opinión sobre la burla implícita y agradeció el comentario.
Todos los allí presentes sabían a la perfección que en las entrañas del castillo le esperaba un castigo a la altura de su desobediencia.
Apostaba porque muchos de los invitados habían acudido al cumplesiglo con el único interés de atestiguar el enfrentamiento entre anfitrión y traidor.
Salvadas ya las cortesías, se adentró en el recibidor. Subió la gloriosa escalinata que le conduciría al salón principal, que en otro tiempo albergó el trono de sus predecesores.
El dueño de todo lo que alcanzaba a la vista había renunciado al título de rey, pero no a los privilegios asociados.
Para saberlo bastaba con observar el lujo bizantino de siglos de acumulación que exhibían los amplios corredores y los secretos que escondían las puertas selladas a cal y canto.
El castillo era espectáculo de cultura como solo podía serlo un lugar que había sido y seguía siendo sede de toda la sabiduría del mundo.
Que las antorchas iluminaran los pasillos en lugar de la luz eléctrica era un anacronismo al que el dueño se había plegado por una cuestión de romanticismo.
Dariy inspiró hondo antes de empujar las pesadas puertas del salón. Lo recibieron ingentes cantidades de oro y piedras preciosas, disimuladas en las filigranas de los muebles y de los objetos de coleccionista o bien visibles en la cubertería y en las lágrimas cosidas a las cortinas de terciopelo.
Los invitados no llamaban menos la atención, vestidos cada uno en función de la que fuera su época predilecta.
En su decidido avance hacia el anfitrión, al que no costaba reconocer entre la gente, pudo saludar con un discreto asentimiento a los atractivos lord Ruthven y sir Francis Varney, ambos ataviados con prendas victorianas algo menos modernas que las suyas.
La triste Brigitta, la no mucho más afortunada lady Oneiza y la vitalista Brunhilda charlaban en voz baja, exuberantes en sus vestidos de finales del siglo anterior.
Lilit paseaba su flamante desnudez con un mono transparente que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, invitando a Gorcha y a Péter Plogojowitz a deleitarse con sus encantos.
Exhibiendo sus afilados colmillos, los crueles Sekhmet y Nosferatu se reían a mandíbula batiente sobre asuntos sangrientos de los que Dios lamentaría haber sido testigo.
Al fondo del cuadro se erguía, como antaño se habría erigido el trono, la criatura que se había inventado a sí misma.
Estaba de espaldas a él y sujetaba con aire abstraído una copa de oro macizo.
Quién sabía qué brillaba más, si las joyas del borde del cáliz o las que tenían sus dedos largos, cubiertos, como era pertinente, por los guantes.
Nadie querría verle las manos a un vampiro, única prueba de su edad.
El anfitrión tenía el rostro alzado hacia su obra de arte más preciada.
Ni la promesa de diversión de una fiesta, ni la humillación de todos sus poderosos invitados; ni siquiera el fúnebre castigo que le aplicaría a Dariy Vranitsky por su ofensa hacia la raza.
Nada, absolutamente nada, tenía valor en comparación ni podía ofrecerle el consuelo que le inspiraba la sola contemplación del retrato de su esposa.
Dariy respetó la norma de no invadir su espacio frenando a un paso de él.
Imitó su pose alzando la vista, no sin aprensión, hacia el rostro de la difunta condesa.
Ese rostro con el que había coincidido en sus últimas semanas en Londres y que le había ayudado a prever con legítima desazón el desenlace de su paseo por Inglaterra.
—Sopesé concederle la vida eterna, con todas sus terribles consecuencias, al artista que la pintó —comentó el conde en tono pensativo.
Meneaba el contenido de la copa con un elegante movimiento de muñeca.
Se había servido una sangre muy líquida, ligera y excepcionalmente roja, su preferida.
«La edad me impide digerir brebajes de alta densidad», acostumbraba a bromear—.
Me parecía que no era suficiente con preservar su legado; que su talento debía sobrevivir también.
Luego me invadieron unos celos enfermizos, de esos que pueden llevar a un hombre a quemar una ciudad hasta los cimientos.
No soportaba que hubiera sabido hacerle justicia a la belleza de mi mujer.
Pensaba que debía de haberla conocido en la intimidad, que habría tenido que desnudar su alma además de pedirle que posara para captar con semejante precisión detalles que trascienden a lo carnal, como el brillo de los ojos.
—Su voz se fue extinguiendo. Todos los invitados se habían callado para oírle hablar, como era costumbre—.
El brillo de los ojos es idéntico, ¿verdad?
Aún hoy opino que el pintor sabía secretos de ella que yo nunca descubrí.
Siento, incluso, que la conoció antes y después, que él también estaba aislado de la rueda del tiempo...
El caso es que, como bien sabes —echó la cabeza hacia atrás, ladeándola ligeramente, para mirarlo con los ojos entornados—, lo tuve que matar.
—La única decisión posible —convino Dariy sin ápice de ironía.
Había entrelazado las manos sobre el regazo, la mínima postura de respeto.
El conde exhaló un profundo suspiro.
—¿Sabes, Dariy? Ella era la única persona en este mundo que no me complacía con reverencias.
La única que tenía la osadía de llevarme la contraria.
No te imaginas cómo me hizo sufrir con sus desplantes una vez descubrió que había empalado a su querido pintor.
Nunca me lo perdonó —volvió a suspirar. La melancolía era su estado natural, y eso Dariy lo comprendía mejor que nadie—.
Parece que ese es mi sino. Condenarla a abandonarme por mis crímenes.
Esta vez no he podido hacerlo distinto, con la diferencia, claro está, de que no ha sido mi culpa.
Has sido tú quien no me ha dejado otra opción que decepcionarla.
El conde Kristjan Draković se giró hacia él con un movimiento ágil. En el conde, la elegancia de la bayadera de Marius Petipa resultaba asombrosamente masculina.
Clavó en Dariy la mirada de los siete pecados, de las mil maneras de matar y, aun así, no se le antojó tan escalofriante como otras veces porque su destino, la nueva reencarnación de Elisabeta Draković, había regresado para salvarlo de su sino de crueldad.
Solo una nueva ilusión —o la misma ilusión de siempre, pero renovada— podía despojar a la criatura más peligrosa de todos los mundos de su infalibilidad.
Sus ojos centelleaban como el acero de la fragua.