Immortalis EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Tienes suerte de que el viaje a Londres me haya sido productivo, Dariy, porque ya sabes que me agota ir detrás de mis pares para pagar sus platos rotos.

—Le tendió la copa al criado que le perseguía como una cola.

Sin mirarlo a los ojos, este cogió el cáliz y se retiró con discreción—.

Sobre todo me hastía una cosa, y seguro que tú y el resto de los invitados podéis entenderme en este aspecto: repetir una y otra vez lo que ya he dicho en un sinfín de ocasiones.

Así que, por favor, ¿podrías ser tú quien citara en esta ocasión la norma primordial de la Corte de las Tinieblas?

—Proteger el secreto de la raza a cualquier precio.

Kristjan esbozó una sonrisa distante y aplaudió lentamente hasta tres veces.

—Maravilloso. Has dado en el clavo. Me considero un tipo bastante comprensivo, ¿sabes, Dariy?

Entiendo que la soledad empieza a pesar a partir de cierta edad; entiendo que todos los vampiros cometemos el error de creernos enamorados de nuestra presa, en especial si la susodicha siente una turbia fascinación por la muerte y tiene unos ojos en los que arden la vida y la aventura...

, pero ¿de veras merecía la pena arriesgar la paz de los nuestros?

—Estamos a salvo —le aseguró él.

Kristjan exageró una mueca de asombro.

—¿A salvo? Tres agentes de policía y un médico saben de tu existencia, Dariy, e incluso si callan los próximos cincuenta años, todos aquí sabemos, pues ya lo hemos visto, que en su lecho de muerte no resistirán la tentación de largar el milagro que observaron.

Y aunque estuviéramos a salvo, como dices, y quisiera apiadarme de tus debilidades, has desobedecido mis deseos, que de seguro te quedaron meridianamente claros.

—Inspiró hondo—. Tenías que declararte culpable de los asesinatos y dejar que te prendieran para acabar de raíz con el problema.

Un sacrificio, Dariy. Eso era lo que quería. Eso era lo que te exigían las normas.

Así fue como obtuvo su confirmación.

Desde que supo del asesinato de Jane Mansfield, empezó a sospechar que su relación con Lenore Nightingale había llegado a Transilvania y, como era de esperar, la noticia no se había recibido con entusiasmo.

No se le había ocurrido pensar que el conde en persona se presentaría en Londres.

Creía que habría mandado a algún esbirro para sabotearlo desde la sombra.

Craso error.

Ahora lo veía con claridad: ese tipo de maquinaciones retorcidas tenía el sello de Kristjan.

Habría disfrutado de lo lindo siguiendo sus pasos desde las sombras, eligiendo con esmero a la víctima, así como la forma de asesinarla, para que la relacionaran con él: a Jane, la prostituta de Whitechapel, mediante asfixia erótica.

¿Por qué? Porque Dariy frecuentaba el barrio, también su burdel, y circulaban rumores de que le apasionaban las prácticas extremas.

A Samuel Paulson, pretendiente de la señorita Nightingale, con veneno de acónito, las flores que brotaban en su jardín.

Por último, lo había intentado con el doctor Winthrop, quien había estado practicando con sus muestras de fluidos, aunque, misteriosamente, había sustituido a la víctima por otra: a Barnes lo había asesinado con una técnica que solo conocería un apasionado de la ciencia, ¿y cómo lo vería si no la policía cuando al entrar en su mansión encontrara un laboratorio propio?

El asesinato de Percival Bainbridge había sido un capricho ajeno a él. Uno muy comprensible si se conocía la larga búsqueda del conde por poseer a la misma mujer en cada una de sus reencarnaciones.

Todas las pruebas habían apuntado a Dariy de una manera u otra, y para aquel que supiera cómo se las gastaba el rey entre los reyes, la finalidad era obvia: que él mismo se aplicara el castigo de la insurrección muriendo como algunos de sus predecesores, a manos de mortales que no pudieron perdonarles su supremacía y los quemaron al sol con el sabor de la sangre aún en la lengua.

Por suerte, la documentación que describía cómo matar a un vampiro era escasa, cuando no inexistente. Había sido meticulosamente escondida, si no destruida, por los miembros de la Corte de las Tinieblas.

—Ninguno de los nuestros corre peligro. Los agentes creen que soy el único de mi especie —se defendió Dariy.

—Creen, también, que estás vivito y coleando. Me vas a obligar a desplazarme otra vez, a sabiendas de lo hogareño que soy, para encargarme de los cerebros iluminados que has dejado atrás. Tres caballeros y una jovencita, por lo que tengo entendido.

Sin pensarlo, Dariy se arrodilló ante el conde y pegó la cabeza al pecho.

—No le haga daño a Lenore, se lo ruego.

Kristjan esbozó una sonrisa cruel y le apoyó la mano en el hombro.

—Dariy, Dariy... Si hubiera querido matar a la señorita Nightingale, lo habría hecho nada más aterrizar en el bello Londres.

Estuve a punto, ¿sabes? Comprendí que no tendría credibilidad alguna si te enviaba al matadero para mantener el secreto, pero dejaba a la peligrosa criatura caminando por el mundo, así que la visité en la casa de su padre.

Por suerte o por desgracia, quiso la casualidad que justo en ese momento estuviera muy bien acompañada de su hermana.

—Agachó la barbilla para mirarlo como si fuera estúpido—.

Lo entiendes ahora, ¿no? He dejado vivir a tu chiquilla porque solo a través de ella Elisabeta vendrá a buscarme.

Lenore Nightingale o, mejor dicho, la locura de Lenore Nightingale es la garantía de mi felicidad.

—Le estoy profundamente agradecido.

—Yo también te agradezco que hayas amenazado mi reino y a mi familia, Dariy. Sin tu insolencia, me habría podrido aquí un siglo más, castigado sin volver a ver a Elisabeta. Has conmovido mi corazón, y eso te va a salvar de la última consecuencia de mi ira.

Dariy alzó la cabeza con sorpresa.

—¿No va a sacrificarme?

—No —Kristjan se mordió el labio, meditabundo—, pero de todos modos tendrás que pagar por el desacato.

Seguro que, comparado con la extinción, medio siglo bajo tierra se te antoja una temporada sabática.

No volverás a ver a Lenore, eso es cierto —cabeceó con indiferencia—.

Si no me fallan los cálculos, morirá mucho antes de los setenta años.

Pero no albergabas esa estúpida esperanza, ¿verdad?

Desobedecer una norma de nuestra Corte ya es delito; desobedecer también la que prohíbe la vinculación romántica con los mortales habría sido de una codicia sonrojante.

Dariy respondió con un asentimiento sumiso, consciente del riesgo que corría de mentirle al jefe supremo.

Ser el vampiro primigenio otorgaba unos dones a los que el resto no podía aspirar.

Uno de los más inconvenientes y estremecedores era su habilidad para leer los sentimientos de sus allegados.

Tenía que saber que, incluso si era ingenuo y arriesgado, Dariy había soñado con que Lenore se las arreglaba para encontrarlo...

como ya se las había arreglado la primera vez.

—¿Aceptas entonces la penitencia por tus pecados? —Alzó la vista hacia su público y extendió los brazos en ademán festivo—. ¡No se diga que en la Corte no somos democráticos!

Hubo un estallido de risas y aplausos que sin embargo Dariy ni siquiera percibió, sumido como estaba en la triste certeza de que la muerte habría sido un destino más piadoso.

Kristjan lo sabía, como lo sabía absolutamente todo, y se había decantado por el correctivo que le haría morir de rabia.

De seguro le abriría la cripta el mismo día que Lenore hubiera sido enterrada en Kensal Green, junto a su padre, su madre y quizá también su marido.

—Acepto, mi señor —dijo a su pesar.

—Magnífico. —El conde Drakul sonrió, lobuno, y gesticuló hacia los guardias inmortales del salón—. Dejad que el invitado disfrute de una copa. Y en cuanto haya apurado la última gota, por favor, escoltadle a sus futuros aposentos.