Immortalis CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

—¿De veras crees que encerrando a Dariy estarías vengando a las víctimas?

¿Hasta qué punto puedes actuar conforme al derecho cuando el presunto asesino es una criatura sobrenatural?

Has visto con tus propios ojos de lo que es capaz y puedes imaginarte qué otros tantos e inexplicables milagros sabe obrar.

Lo condenas a toda una vida en la cárcel, y después ¿qué?

Tiene otra para desquitarse por lo que ha perdido.

Y otra, y otra: tiene vidas infinitas. ¿Y qué hay de la absurda alternativa de condenarlo a muerte? No puedes matarlo, Edward.

—Si tan poderoso es, ¿por qué no ha escapado? —replicó, aunque Lenore notó que había mellado su argumento.

La expresión de la joven se suavizó.

—Porque necesitaba volver a verme y asegurarse de que estaba bien. Ahora que lo ha confirmado, ya nada lo ata a Londres. Déjalo en libertad —insistió, más despacio—, y la recompensa será la liberación de la ciudad, la tuya y la mía.

—Mi liberación —se rio con amargura. Miró a Lenore con la derrota grabada en la postura y extendió los brazos—. El daño ya está hecho. Me ha arrebatado lo único que quería. Yo nunca, jamás, me daré por satisfecho. Ni siquiera si pudiera estrangularlo con mis dos manos desnudas.

Ella no respondió de inmediato. Se pasó la lengua entre los labios, pensando, pensando y pensando para ganar tiempo, para vencer en ese pulso con la vida, pues era consciente de que pretendía que la muerte misma se saliera con la suya.

—Si lo liberas, me casaré contigo —determinó con confianza—.

Aquí y ahora, mañana o pasado; dentro de cinco meses.

Mi promesa se mantendrá por cuanto tiempo quieras esperar para tomarme la palabra.

—Viendo que lo había dejado petrificado, avanzó hacia él sin apartar la vista—.

Haré siempre lo que me ordenes, ya sea dejarlo todo, mudarme a la costa o engendrar tus hijos.

Su libertad por la mía, Edward. Lo juro.

Estaba tan decidida a salvar a Dariy a cualquier precio que ni se dio cuenta de que acababa de tenderle una trampa.

Era brutalmente sincera al ofrecerle una solución que lo satisficiera.

Cumpliría su palabra si él caía en la tentación.

Pero una parte de Lenore, tan recóndita que no fue consciente de ella, rezaba para que Edward demostrara estar por encima de su egoísmo y la rechazara de pleno.

Él sabía que no estaba hecha para la vida matrimonial, que un embarazo pondría en jaque el futuro de descubrimientos con el que soñaba y que no había dejado de temer ni un solo día aquello en lo que su amor por Edward podría transformarla: en alguien que no era y no pretendía ser.

Además, estaba tan claro que Lenore había cambiado de idea respecto a la boda con tal de proteger a Dariy que cualquier hombre con una pizca de amor propio se negaría en rotundo a aceptarla.

Edward no era idiota y entendía todas y cada una de las implicaciones de la propuesta.

Así lo confirmaba el hecho de que todas las emociones del mundo desfilaran por su mirada, desde la perplejidad hasta la indignación, pasando por la ingenuidad de ilusionarse.

Por su lado, Lenore lo amaba y sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar por él.

Lo que no había sabido era cuánto la amaba él y hasta dónde estaba dispuesto a llegar con tal de tenerla.

Nunca lo habría averiguado de no haberlo expuesto a aquella encerrona...

y le habría gustado no haberlo descubierto nunca.

Sin mediar palabra, Edward se llevó la mano a la cintura, de donde pendía el manojo de llaves de los calabozos.

Le sostuvo la mirada a la inmóvil Lenore en tanto que sacaba la llave maestra, la que representaba la libertad de todos excepto la de la joven, y se la tendió en silencio al agente de pelo rubio.

Este abrió la boca con la intención de protestar o quizá de manifestar el terrible egoísmo del que estaba haciendo alarde, pero calló a regañadientes y desapareció pasillo abajo para cumplir la orden.

Lenore no apartó la vista de Edward, si bien un acceso de miedo había empezado a debilitarle las rodillas.

Entendió por qué siempre había rehusado aceptar sus sentimientos: porque eran acaparadores e impositivos como tirano había sido él al ceder a su soborno.

Temía la seguridad que le hacía erguirse con orgullo, temía que en el fondo no hubiera vacilado tanto como había pretendido dar a entender y, sobre todo, temía sus propias emociones, porque aun dentro del pasmo y la decepción, Lenore se sentía extrañamente aliviada, como si muy en el fondo hubiera estado disfrazando de protección y altruismo el secreto deseo de ser suya.

El sonido de los pasos de Dariy los distrajo a ambos. De las tinieblas del pasillo había emergido el hombre que no podía morir, que ahora era un hombre libre.

No parecía orgulloso de su nueva condición. Su mirada fija cayó sobre Edward igual que una maldición, pero este, revestido ahora de la tranquilidad de tener el futuro cogido por los cuernos, ni se estremeció ni le pagó con la misma moneda.

Acababa de decidir que Dariy ya no era su enemigo. No tenía nada que hacer frente a él.

Lenore no habría sabido decir si esa convicción era de un optimismo sonrojante o el augurio de que todo saldría bien ahora que las cosas estaban en su sitio.

¿Lo estaban?

Pudo respirar tranquila viendo que las lesiones de Dariy habían mermado de forma considerable. Se le había regenerado el párpado y casi toda la cabellera oscura, que cubría pertinentemente las abrasiones de las mejillas.

Fue Edward quien rompió el silencio.

—Si regresa usted a Londres, Volteran, iniciaré una caza de brujas como no se ha visto otra desde las persecuciones de Jacobo VI. Pagará por triplicado todos los pecados que ha cometido en estas tierras.

Dariy asintió como si las amenazas de un humilde mortal pudieran mellar las escamas del miedo mismo. Luego miró a Lenore para compartir con ella la verdad de la situación, siempre sin necesidad de palabras.

Los dos sabían que Dariy podría haber escapado sin su ayuda, pero tenía que fingirse vulnerable, quizá, para que se cumpliera el futuro previsto para la joven.

Los dos sabían que nada ni nadie podía derrotar al homo immortalis , pero les convenía a él y al resto de su especie que no se supiera hasta qué punto eran poderosos.

Los dos sabían que su maravillosa coincidencia no podría haber acabado de otro modo, porque estaban condenados desde el principio: si no hubieran enfrentado el problema actual, se habrían visto en otras dificultades no menores.

Dariy era nocivo para ella, y ella no era inmortal.

Lo único que Lenore podía hacer por él era guardarle el secreto y sacrificarse para que nadie lo persiguiera como ella lo había perseguido, solo que no por amor, como había sido su caso, sino por odio.

Dariy se encaminó a la salida sin perder el temple. Al pasar por el lado de Lenore, no la rozó ni la miró, a lo mejor en señal de respeto al hombre que había puesto en ella su marca.

La sensación de un recuerdo lejano, el recuerdo primigenio, se mezcló con la que la embargó al sentir en la comisaría el frío en la piel, el aliento de ese perpetuo invierno al que estaba condenado y que lo envolvía como una cámara frigorífica.

Era ese campo de fuerza lo que lo aislaba del mundo y lo mantendría aislado de por vida.

Lenore tragó saliva y en el último momento, víctima de la debilidad, se giró para verlo partir. Él ya había desaparecido siguiendo la estela de su sino, uno que Lenore había tratado de desoír para al final resignarse sin remedio: la eterna soledad.

Acto seguido encaró a Edward solemnemente, creyéndose preparada para enfrentar su propio destino.