Immortalis CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

En contra de sus principios, el corazón le brincó de ilusión al verlo.

Sabía lo que había hecho. Lo había visto con sus propios ojos y lo había encontrado intolerable.

Y, aun así, no pudo empujarlo por el pecho ni abofetearlo en el nombre de Dariy cuando acudió a su encuentro.

Sí consiguió, gracias al cielo, resistir el impulso natural de devolverle el abrazo con el que la sorprendió; de conmoverse con el dolor acumulado en su gesto de afecto, con el que esperaba transmitirle cuánto la había echado de menos pero, sobre todo, apaciguarse a sí mismo.

Tuvo la certeza de que él no se habría separado jamás si no hubiera sido porque ella se esforzó por no inmutarse con su calurosa bienvenida. Mantuvo los brazos pegados al cuerpo y los hombros rígidos hasta que se separó para buscar su mirada, ceñudo.

—¿Qué ocurre?

Lo miró directamente a los ojos.

—Has estado a punto de matarlo. Le viste arder bajo el sol y, aun así, seguiste caminando, ¿me equivoco?

El odio que Edward sentía por Dariy debía igualar, si no superar, la alegría de volver a verla consciente, porque su expresión se endureció.

—Y lo volvería a hacer si le produjese dolor y no la muerte, pues ambos sabemos que esto segundo está fuera de sus capacidades.

Créeme, tengo tan poco interés en matarlo como tú misma, claro que por razones muy distintas —añadió con frialdad—.

Mientras yo esté al mando, va a vivir para ver lo que la justicia inglesa le tiene reservado.

Lenore procuró no exteriorizar cuánto la había perturbado su ferocidad. Estaba al corriente de sus principios punitivos, pero nunca le había oído hablar con semejante mordacidad sobre uno de sus detenidos.

—¿De qué pruebas dispones que puedan señalar su culpabilidad? La propia Isobel me ha confesado esta mañana que se equivocó acusándolo con el dedo. Asegura que no fue él quien atacó a Percy.

—También se desdijo conmigo cuando fui a informarla de las novedades, pero incluso si le perdonáramos al marqués ese crimen por la sola gracia de tu hermana, que todos aquí sabemos que tiene vocación de santa, ¿crees que los familiares de Mansfield, Paulson y Barnes se mostrarán tan magnánimos cuando todo esto salga a la luz?

Parece mentira, Lenore. —Sacudió la cabeza, decepcionado—.

El doctor Barnes te vio crecer. Fue el primer médico, sin contar a tu padre, que apoyó tu interés en la medicina cuando el mundo entero se alzaba en contra.

¿Qué crees que pensaría si te viera defender a su asesino?

Le habría gustado decir que la acusación le fue indiferente, pero aquello era algo que había pensado en los momentos de máxima tensión y desesperanza.

Había apreciado sinceramente al doctor Barnes, y mientras sospechó que Dariy había sido su verdugo, le había costado mirarse a los ojos en el espejo por haberle perdonado el crimen.

Pero ¿cómo no iba a perdonarlo, si para ella la muerte no era una bestialidad inhumana que debiera disculparse?, si para Lenore significaba la libertad?

—¿Cómo sabes que fue su asesino?

—El doctor Winthrop fue atacado horas antes por el asesino de Barnes con la misma arma, una jeringuilla vacía.

La descripción que dio del atacante coincide con la del marqués: un hombre esbelto dotado de una fuerza sobrehumana y capaz tanto de impregnar la atmósfera de una gelidez escalofriante como de sobrevivir a una puñalada en el cuello.

¿Conoces a algún otro monstruo que responda a ese último detalle?

Lenore contrajo las manos en dos puños.

—Sabes que desprecio cuando te pones cínico.

—A mí no me gusta un pelo que tú te dediques a negar hechos probados.

—¿No te has planteado que pueda saber mejor que nadie quién es él y los delitos que ha cometido? ¿Qué sabrás tú sobre si sobreviviría o no a una puñalada?

—Sé que arde cuando el sol brilla sobre su cabeza, y sé que, por graves que sean sus quemaduras, no resultan letales.

El doctor Winthrop vino a petición mía a examinar sus lesiones y determinó que debería haber muerto horas antes, y no solo estaba despierto en el momento del reconocimiento médico, sino que su piel se iba regenerando conforme avanzaba el examen.

Por cierto —añadió con un brillo oscuro en los ojos—, ahora me consta qué empresa te traías entre manos con el especialista.

Permití que se llevara una muestra de fluido del monstruo para que la comparase con la que observasteis en el laboratorio y, para su sorpresa, coinciden.

Lenore acogió la noticia como una puñalada en la espalda.

Winthrop nunca había sido nada parecido a un confidente, pero la traición la había cazado con la guardia baja. La impotencia hacia la situación no hacía sino acumularse en sus adentros, donde anidaba un grito desesperado que aún no iba a permitirse liberar.

Antes tenía que poner a salvo a Dariy.

Sorteó el obstáculo que Edward representaba ahora en dirección a la puerta.

Él la detuvo sin dificultad agarrándola del brazo.

—¿A dónde vas?

Lenore se zafó de él con un violento tirón que le dejó perplejo. Acompañó el desprecio de una mirada cargada de odio.

—A hablar con tu superior. Estoy convencida de que lo retuviste aquí en lugar de pasearlo gustosamente hasta Whitechapel porque has operado a espaldas del inspector Mandeville.

Me pregunto qué opinará cuando sepa que has detenido contra su voluntad a un marqués de su majestad el rey de Rumanía, y qué medidas tomará cuando vea con sus propios ojos que le has procurado heridas de gravedad.

Edward soltó una risita incrédula.

—¿Me estás amenazando? ¿Has perdido el juicio, Lenore?

¡Esa bestia es peligrosa! ¡Su solo contacto puede contagiar una enfermedad para la que no existe cura!

La enfermedad que, según sé, se llevó a tu propio padre y casi te arrastra a ti.

¿Cómo tienes el descaro de mirarme como si fuera un tirano, cuando todo lo que hago es por la seguridad del reino en general y por la tuya en particular?

—Todo cuanto te ha movido han sido los celos y el deseo de reconocimiento —lo calló en tono beligerante.

Edward palideció, estremecido por la injusticia.

—¿Eso crees? ¿Que eres la vía a través de la que pretendo vanagloriarme? ¿Que no eres ni nunca has sido importante para mí?

Lenore se avergonzó de sus palabras, pero no permitió que su mirada traicionada la amilanase.

—Sé que me quieres. Sé, también, que no odias a Dariy por sus presuntos crímenes, sino por mis sentimientos hacia él.

Lo desprecias por mi culpa y vas a hacerle pagar un precio desmedido a costa de destruirme a mí.

No dudo que una parte de ti quiere hacerlo.

Quiere herirme solo la mitad de lo que yo te he herido a ti con mi aventura.

Edward arrugó el ceño, cada vez más pasmado.

—El marqués confesó sus crímenes en cuanto lo esposé, Lenore. No te mentiría sobre un asunto tan sensible. Y veo que ahora, aunque sabes lo que ha hecho, sigues velando por él —murmuraba. Era difícil discernir si estaba más perplejo, decepcionado o simple y llanamente destrozado—. ¿Cómo es posible?

—Tú sabes que yo velo por él, por alguien que encuentras abominable y, aun así, velas por mí —contraatacó—. Quizá querrías explicarme tú a mí cómo eso es posible.

Edward apretó los labios.

—A lo mejor ambos hemos perdido la cabeza.

—A lo mejor.

Lenore y Edward dejaron correr un silencio cargado de tensión, reproches y también anhelo.

No podía olvidar que el hombre que tenía delante, por obstinado y celoso que fuera, tenía muy buenas razones para querer acabar con Dariy.

Razones de índole personal y razones relacionadas con la justicia.

E incluso si no las tuviera, incluso si fuera, además de obstinado y celoso, un auténtico tirano y un animal con el corazón podrido, Lenore lo amaría de todos modos y lo defendería con la misma fiereza con la que lo estaba horrorizando.

Entendía y a la vez no podía comprender que le costara tanto ponerse en sus zapatos, si a fin de cuentas él era el primero que se enzarzaría en una batalla a muerte con el sentido común, con todos los principios morales y hasta con Dios mismo con tal de protegerla a ella.

—Déjalo libre —le pidió al cabo de unos segundos que parecieron eternos.

Edward no bufó ni se rio: la miraba a los ojos a sabiendas de que hablaba en serio, y nada respetaba él más que sus deseos.

Sobre todo cuando eran de temer... y siempre lo eran—, con la condición de que se marche a Rumanía y no regrese jamás.

Yo no le mencionaré tu desobediencia al inspector Mandeville y tus agentes de apoyo harán voto de silencio, estoy segura.

Así salvarás tu empleo, no habrá más asesinatos y yo no tendré que verle sufrir.

—¿Y quién demonios pagará por los crímenes que ha cometido? Cuatro víctimas, Lenore. Cuatro. Una de ellas era tu cuñado. Otro era tu mentor. Otro podría haber sido tu marido. ¿Es que no te importan?

—Me importan hasta tal punto que yo pagaré por esos crímenes, puesto que son mi responsabilidad —sentenció.

Un interrogante asomó a los ojos de Edward, pero ella negó con la cabeza—.

Algún día te contaré por qué. Por hoy solo has de saber que mi curiosidad y mi obsesión por el conocimiento nos trajeron a todos hasta aquí.

Son el titiritero que ha guiado esos asesinatos.

Asumiré mi culpa como corresponda, empezando por aprender a olvidar.

—No —la cortó con firmeza—. No puede quedar impune.

A Lenore se le escapó una sonrisa incrédula.